CAPÍTULO 7 — EL INFORME ROTO
El papel tenía un borde irregular.
R emei lo colocó sobre una mesa de acero del Instituto Anatómico Forense. Faltaban dos hojas del informe preliminar, arrancadas por la grapa.
—Las páginas cuatro y cinco —dijo.
Silvestre tocó el hueco sin tocarlo.
—¿Qué había?
—Lesiones antiguas. Estado nutricional. Una descripción de fibras adhesivas en tobillos y muñecas. Y una observación sobre el contenido gástrico.
—¿Qué observación?
—Había comido unas horas antes de morir. Carne, patata, quizá pan. No basura. No llevaba días abandonada.
—¿Quién ha tenido acceso?
—Medio edificio.
—Nombres.
Remei lo miró.
—¿Quieres que te dé una lista de funcionarios para que alguien me acuse mañana de haber perdido yo las hojas?
—Quiero saber quién las arrancó.
—Yo también. La diferencia es que yo trabajo aquí.
Silvestre se apartó.
En una bandeja había una bolsa con los objetos de Rosalinda: la llave, la estampa, un pañuelo, dos monedas, un botón suelto.
—¿La pulsera?
—Nada.
—¿Marcas de haberla llevado?
Remei cogió una fotografía del antebrazo izquierdo.
—Aquí.
Una línea más clara rodeaba la muñeca.
—Podría ser de un reloj.
—O de una pulsera.
Silvestre pensó en la llamada.
—¿Quién sabía que el cuerpo estaba aquí?
—Policía, juzgado, ambulancia, nosotros.
—Demasiada gente.
Remei apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Silvestre.
—¿Qué?
—No conviertas esto en una penitencia.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
No había romance entre ellos. Nunca lo hubo. Habían compartido cafés de madrugada, silencios, la vergüenza de una España que se mudaba de traje sin cambiar de cuerpo. Remei sabía cuándo Silvestre mentía porque no necesitaba creerle.
—La chica murió porque alguien quiso —dijo él.
—Eso no significa que tú puedas arreglarlo.
—No he dicho arreglar.
—¿Entonces qué?
Silvestre miró la bolsa de objetos.
—Nombrarlo.
Remei soltó el aire.
—Eso suele ser más peligroso.
Antes de irse, Silvestre pidió una copia de lo que quedaba del informe.
Remei dudó.
Luego abrió un cajón y sacó un sobre.
—Ya la había hecho.
Silvestre lo guardó bajo la gabardina.
—¿Por qué?
—Porque llevo demasiados años viendo desaparecer papeles.
Remei abrió otro sobre con fotografías de la autopsia.
—Mira los tobillos.
Silvestre se inclinó.
Dos bandas pálidas rodeaban la piel, discontinuas, con pequeñas abrasiones.
—¿Cuerda?
—No exactamente. Algo ancho. Correa, tela fuerte, quizá cinta.
—¿La misma de la obra?
—No puedo decirlo.
—¿Puedes decir qué no es?
—No es una marca de dos horas.
Pasó a la siguiente imagen. En la espalda de Rosalinda había zonas de irritación y dos pequeños hematomas amarillentos.
—Estos son antiguos. Siete días, quizá más.
—¿Le pegaban?
—O chocaba con algo. No inventes lo que no sabemos.
Silvestre asintió.
—¿Y esto?
Señaló una mancha junto al hombro.
—Restos de un adhesivo médico.
—¿La curaron?
—Eso parece.
La idea lo inquietó más que una tortura sencilla.
Alguien la retenía y, al mismo tiempo, la cuidaba lo suficiente para mantenerla viva. No era furia. Era administración.
—¿Embarazada?
Remei negó.
—No.
—¿Actividad sexual?
Ella lo miró con frialdad.
—No voy a convertir a una niña en un inventario sexual para que alguien justifique lo que le pasó.
Silvestre aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Remei señaló el contenido gástrico descrito en sus notas.
—Comió unas tres horas antes de morir. Y hay restos de un sedante suave en sangre. Con los medios que tenemos no puedo precisar más.
—¿Lo bastante para dormirla?
—Lo bastante para calmarla. Quizá.
Silvestre recordó los frascos de Feliciana.
—La madre también está sedada.
Remei levantó la vista.
—¿Por quién?
—Dice que su médico.
—Averígualo.
—El caso me lo van a quitar.
—Entonces date prisa.
Se quedó mirando las fotos.
No veía ya un cadáver anónimo. Veía una muchacha a la que alguien había alimentado, inmovilizado, medicado y quizá curado durante semanas.
Eso significaba una habitación.
Una cama.
Una persona llevando platos.
Un calendario que seguía avanzando al otro lado de una puerta.
Rosalinda había tenido una vida durante su desaparición.
Una vida mínima, encerrada, pero vida.
Silvestre comprendió que la investigación no consistía solo en descubrir cómo murió.
Tenía que encontrar dónde había seguido viviendo cuando todos habían aceptado que se había marchado.
Silvestre pidió a Remei que revisara también el cabello y las uñas de Rosalinda por si había restos que permitieran localizar el lugar de cautiverio.
—No tenemos laboratorios mágicos —respondió ella.
—No te pido magia.
—A veces sí.
Encontró partículas de yeso, grasa industrial y fibras textiles oscuras. Nada que pudiera señalar una fábrica concreta. En el Besòs había cientos de lugares con esos materiales.
—Lo importante no siempre es lo raro —dijo Remei—. A veces es lo común.
—Eso tampoco ayuda.
—Ayuda a no inventar.
Silvestre observó una muestra bajo un pequeño microscopio.
—¿Crees que estuvo cerca del río?
—No puedo demostrarlo.
—No te he preguntado eso.
Remei pensó.
—Creo que estuvo en un lugar industrial. Seco. Con polvo de obra o yeso. Y que alguien la movió después de morir o cuando estaba muy cerca de morir.
—¿Por qué?
—No tiene suficiente barro en la ropa para haber forcejeado en la marisma.
Silvestre recordó las marcas de arrastre.
—La trajeron.
—Eso parece.
—¿En una lona?
—Puede.
—¿Cinta en muñecas?
—Puede.
Remei se quitó los guantes.
—¿Ves el problema? Ya tienes una historia completa hecha de «puede».
Silvestre la miró.
—Y alguien está arrancando las páginas que contienen los «puede» más incómodos.
Remei guardó las muestras.
—Entonces protege los papeles. Yo intentaré proteger lo que queda del cuerpo.
Ambos sabían que podían fracasar en las dos cosas.
Remei consiguió conservar una pequeña muestra de las fibras encontradas en la ropa antes de que el expediente cambiara de manos. No era una prueba judicialmente limpia. Era una precaución.
—Esto podría costarme el puesto —dijo.
—Devuélvelo.
—No.
—Entonces no me lo cuentes.
—Quiero que sepas que existe por si un día yo digo que no.
Silvestre la miró.
—¿Por qué dirías que no?
—Porque todos tenemos un precio o un miedo. No sé cuál será el mío hasta que aparezca.
Guardó el tubo en una caja marcada con un número que no correspondía al caso.
—Ahora tú eres testigo de que lo hice.
—Eso nos hace a los dos vulnerables.
—Exacto.
Remei cerró el armario.
—La confianza adulta consiste en entregar al otro algo que podría destruirte y esperar que tenga una razón para no hacerlo.
Silvestre pensó en Mercadal.
Silvestre volvió al Instituto Anatómico a primera hora de la tarde. El edificio tenía ese olor que no pertenecía únicamente a los muertos: desinfectante, papel húmedo, café recalentado y una corriente subterránea de carne que ningún producto conseguía borrar por completo.
Remei lo esperaba en una sala pequeña, junto a un ventanal opaco. Sobre la mesa había dos carpetas y un cenicero lleno.
—No debería enseñarte esto aquí —dijo.
—Entonces enséñamelo deprisa.
—No funciona así.
Abrió la primera carpeta. Era la copia de trabajo de la autopsia. Había anotaciones a lápiz, medidas, dibujos de lesiones. En la segunda, la versión mecanografiada que iba a incorporarse al sumario. Silvestre las comparó.
Faltaban cosas.
No solo las páginas cuatro y cinco. Habían desaparecido expresiones concretas: «lesiones antiguas compatibles con inmovilización», «signos de alimentación regular durante el periodo previo a la muerte», «ausencia de deterioro nutricional esperable en una fuga prolongada».
Donde antes había frases, ahora quedaban formulaciones vagas.
—¿Quién lo ha corregido?
—Oficialmente, nadie. La mecanógrafa recibió instrucciones de pasar una versión distinta.
—¿De quién?
Remei encendió otro cigarrillo.
—Eso es lo divertido. Nadie firma una orden para borrar una frase.
—¿La mecanógrafa recuerda quién se lo dijo?
—Claro que lo recuerda. También recuerda que tiene dos hijos y un marido en paro.
Silvestre apoyó las manos sobre la mesa.
—Necesito hablar con ella.
—No.
—Remei.
—No voy a darte otra persona para que la pongas delante de Mercadal y le preguntes si quiere perder el trabajo.
—No haré eso.
—Tú no decides todo lo que ocurre después de preguntar.
Silvestre se quedó callado.
Remei pasó una página.
—Mira aquí.
Era una fotografía de la muñeca derecha. La marca clara formaba un rectángulo preciso.
—Reloj —dijo él.
—Probablemente.
—La madre dice que llevaba uno dorado.
—Entonces ya tenemos un objeto desaparecido.
—¿Robo?
—Puede. O alguien se lo quitó para que no se identificara un regalo.
Silvestre pensó en el coche negro.
Remei señaló otra imagen, esta vez del tobillo.
—Esto es más importante.
Había dos zonas irritadas, casi simétricas.
—¿Cuerdas?
—No exactamente. Algo más ancho. Tela, quizá cuero. Si hubiera estado atada con una cuerda, esperaría abrasiones distintas.
—¿Correas?
—Podría ser.
—¿Cuánto tiempo?
—No puedo decirlo. Pero no son del momento de la muerte.
Silvestre anotó.
—¿Y causa?
Remei cerró la carpeta y lo obligó a mirarla.
—La ahogaron.
La frase fue seca.
—¿Segura?
—Agua en pulmones, espuma fina, signos compatibles. La herida de la nuca pudo dejarla inconsciente o aturdida, pero respiraba al entrar al agua.
Silvestre apartó la vista.
—¿En el Besòs?
—Eso no puedo saberlo con certeza. El contenido pulmonar es compatible con agua contaminada, pero aquí tenemos media provincia llena de acequias y vertidos. No me pidas milagros.
—No te los pido.
—Sí. Todos me los pedís cuando queréis que un cadáver os dé una dirección y un apellido.
Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del fluorescente.
—Había algo más —dijo Remei.
Sacó una bolsa de papel. Dentro había un pequeño hilo rojo, apenas dos centímetros.
—Lo encontramos bajo una uña.
—¿Tejido?
—Sí. Lana o mezcla. No sé más todavía.
—¿Peleó?
—Quizá. O tocó una manta.
Silvestre sostuvo la bolsa a contraluz.
Un hilo rojo.
Pensó en lo absurdo que resultaba depender de algo tan pequeño frente a hombres capaces de mover expedientes enteros.
—Quiero copia de todo.
Remei lo observó.
—Si te la doy, ya no podré decir que no sabía lo que ibas a hacer.
—No sabes lo que voy a hacer.
—Precisamente.
Abrió un cajón y sacó un sobre marrón.
—Una copia. Si desaparece, no vuelvas a pedirme otra.
Silvestre la guardó dentro de la chaqueta.
—¿Por qué haces esto?
Remei sonrió sin humor.
—Porque llevo quince años viendo cómo los muertos pobres son menos convincentes que los muertos ricos.
—Eso no responde.
—Responde de sobra.
Cuando Silvestre salió, vio a un hombre sentado al final del pasillo. Traje oscuro, periódico abierto, zapatos demasiado buenos para aquel edificio. No lo había visto entrar.
El hombre levantó un instante los ojos y volvió a la página.
Silvestre siguió caminando.
En la calle se detuvo bajo el alero y esperó.
Cinco minutos después, el hombre salió, subió a un Peugeot negro y arrancó sin mirarlo.
Silvestre anotó la matrícula.
Por primera vez desde que había aparecido el cuerpo, tuvo la certeza de que alguien más estaba siguiendo la investigación.
De regreso a comisaría, Silvestre comprobó la matrícula del Peugeot.
El vehículo estaba registrado a nombre de Servicios Auxiliares del Mediterráneo SA, una empresa con domicilio en una oficina de la calle Balmes. Ventura tardó menos de una hora en averiguar que uno de sus administradores era también apoderado de una sociedad participada por Terralta.
—Eso ya es una conexión —dijo el joven.
—Es una conexión mercantil.
—¿Cuántas necesita para dejar de llamarlas casualidad?
Silvestre no contestó.
Pidió los antecedentes de la empresa. Seguridad de obras. Transporte. Vigilancia de almacenes. Nada ilegal.
—¿Quién tiene licencia de armas ahí?
Ventura consultó otra carpeta.
—Tres empleados.
—Nombres.
Uno era Julián Baeza.
Silvestre lo anotó sin saber que volvería a verlo en la marisma semanas después.
Los otros dos no significaban nada todavía.
—¿Pedimos vigilancia sobre ellos?
Silvestre soltó una risa.
—¿A quién?
Ventura comprendió.
Aquello empezaba a ser otro problema: cada paso de una investigación oficial dejaba una huella dentro de la misma institución que quizá estaba siendo investigada.
Silvestre tomó la copia del informe de Remei y la dividió. Guardó unas páginas en su piso, otras en la taquilla y una tercera copia en una caja metálica que llevó a casa de Anselmo sin explicar qué contenía.
El tabernero la miró.
—No quiero drogas.
—No son drogas.
—Eso dicen los que traen drogas.
—Papeles.
—Peor.
Aun así, aceptó guardarla debajo de unas cajas de vino.
—Si pregunta alguien —dijo Silvestre—, no sabe nada.
Anselmo arqueó una ceja.
—Inspector, llevo cuarenta años atendiendo un bar. No saber nada es prácticamente mi oficio.
Silvestre salió con una sensación incómoda.
Ya estaba construyendo un archivo paralelo.
Lo había criticado toda su vida en otros.
Ahora lo necesitaba para que la verdad sobreviviera a los cauces oficiales.
La matrícula del Peugeot llevó a Silvestre hasta una oficina donde nadie parecía trabajar.
Servicios Auxiliares del Mediterráneo ocupaba un segundo piso con dos mesas, un teléfono y archivadores casi vacíos.
La secretaria dijo que el director no estaba.
—¿Cuándo vuelve?
—No sé.
—¿Quién contrata sus servicios?
—Empresas.
—Eso suele pasar con las empresas.
La mujer lo miró con hostilidad.
—Necesitará una orden.
Silvestre observó un calendario de Terralta colgado en la pared.
—Bonito calendario.
La secretaria lo arrancó casi de inmediato.
Demasiado tarde.
—¿Qué relación tienen con Terralta?
—Cliente.
—¿Solo?
—Sí.
—Entonces no tendrá inconveniente en decirme quién pidió seguimiento sobre el Instituto Anatómico.
La mujer palideció.
—No sé de qué habla.
Silvestre sonrió.
—Yo tampoco he dicho que hubiera seguimiento.
La secretaria cerró la boca.
Silvestre guardó el nombre de Terralta sin insistir. A veces una respuesta llegaba antes de que nadie aceptara haberla dado.