CAPÍTULO 6 — ENTONCES LA CASA DEL PADRE
La cal viva se pegaba a la garganta.
C elestino Amat trabajaba en silencio frente a las pieles tensadas. Había envejecido diez años desde la muerte de Marcos. O quizá Silvestre solo había empezado a verlo.
El reloj de la cocina seguía parado.
Seis y veinte.
Tres años después.
Visitación no permitía tocarlo.
—Me han ofrecido entrar —dijo Silvestre.
Celestino siguió raspando una piel.
—¿Dónde?
—Policía.
El cuchillo se detuvo.
—¿Para qué?
Silvestre había ensayado respuestas: sueldo fijo, alojamiento, Madrid quizá, posibilidades. Ninguna sonó verdadera.
—Orden.
Celestino dejó la herramienta.
—Aquí también hay orden.
Miró las hileras de pieles, los cubos, las manchas blancas del suelo.
—Todo muerto y colgado en su sitio.
Silvestre apretó la mandíbula.
—No quiero quedarme aquí.
—Eso es otra cosa.
En la puerta apareció Visitación. Llevaba un pañuelo negro. Lo llevaba desde 1948.
—Que se vaya —dijo.
Silvestre se volvió.
—Madre.
—Que se vaya si quiere.
—Solo os lo estoy diciendo.
—No. Estás pidiendo que te digamos que haces bien.
La mujer miró el reloj parado.
—Yo no te lo voy a decir.
Silvestre salió de la curtiduría con el olor a cal pegado a la ropa.
Esa noche escribió la solicitud.
Años después comprendería que no había entrado en la policía para poner orden en el mundo.
Había entrado para encontrar un uniforme lo bastante pesado como para no sentir el cuerpo que llevaba debajo.
La semana antes de marcharse, Silvestre acompañó a Celestino al mercado de ganado. No hablaron de la policía. Su padre compró una correa de cuero, dos cuchillas y un queso pequeño.
En el camino de vuelta dijo:
—Un uniforme no pone orden dentro de nadie.
Silvestre siguió caminando.
—No he dicho que quiera eso.
—No hace falta.
Celestino le entregó la correa.
—Es buena piel.
—¿Para qué la quiero?
—Para que tengas algo hecho por un hombre que sabe que la piel conserva todas las marcas.
Silvestre no entendió entonces.
Años después, cuando viera cicatrices en detenidos, en cadáveres y en sus propias manos, recordaría esa frase.
La piel conserva todas las marcas.
Los papeles, en cambio, podían arrancarse.
La marcha de Silvestre no fue heroica. No hubo despedida en la estación. Celestino siguió trabajando. Visitación se quedó en casa. Alèxia le entregó un bocadillo envuelto en papel y le dijo que no perdiera el tren.
—Es difícil perder algo tan grande —respondió Silvestre.
—Tú pierdes cosas más grandes.
No supo si la niña pretendía ser cruel.
En el vagón, mientras Lleida se alejaba, Silvestre sacó la correa de cuero que le había dado su padre. La guardó en la maleta.
Años después la usaría para sujetar una caja de documentos durante una mudanza. Décadas más tarde seguiría conservándola, agrietada, inútil.
La piel conserva las marcas.
Silvestre también.
Antes de partir definitivamente, Silvestre fue al cementerio. No llevó flores.
Se sentó frente a la tumba de Marcos y sacó la navaja oxidada.
—Me voy —dijo.
Se sintió ridículo hablando con una piedra.
—No sé si eso te importa.
Una mujer pasó por el camino y lo miró de reojo. Silvestre esperó a que se alejara.
—Voy a ser policía.
Imaginó que Marcos se reía.
A los nueve años, su hermano odiaba a los guardias porque uno le había quitado una pelota durante una procesión.
Silvestre sonrió por primera vez desde hacía días.
Después dejó de hacerlo.
—Supongo que lo hago para que algo tenga reglas.
No dijo la frase verdadera: para encontrar un lugar desde el que decidir quién era culpable y quién no.
Guardó la navaja.
No pidió perdón.
Todavía creía que pedir perdón era lo mismo que merecerlo.
En Madrid, durante la formación, Silvestre escribía a casa una vez al mes. Visitación no respondía. Celestino sí, con cartas breves sobre el trabajo, el precio de las pieles y Alèxia.
Nunca mencionaba a Marcos.
La tercera carta terminó con una frase distinta:
No busques una profesión que te diga si eres bueno. Ninguna puede.
Silvestre la leyó varias veces.
Le molestó.
Todavía necesitaba creer precisamente lo contrario: que la placa, el uniforme y una jerarquía podían ordenarlo desde fuera.
Guardó aquella carta durante décadas sin admitir que su padre había entendido antes que él el motivo real de su elección.
Durante los primeros meses fuera de Lleida, Silvestre descubrió que el uniforme tenía un olor propio. Lana húmeda, betún, tabaco de otros hombres. Al principio lo colgaba cada noche con cuidado, como si se tratara de una promesa. Después aprendió a dejarlo sobre una silla.
En la formación le enseñaron a memorizar calles, reglamentos, fórmulas de tratamiento y maneras de sujetar a un detenido sin perder el equilibrio. Nadie habló de culpa. Nadie habló de miedo. Esas materias se daban por aprendidas.
Un instructor de bigote blanco corrigió su primer parte.
—Demasiadas palabras.
Silvestre había descrito una pelea en una taberna: quién había empezado, quién había intentado separarlos, quién sangraba antes de que llegara la patrulla.
El instructor tachó media página.
—Los hechos no necesitan una novela.
—Pero fue así.
—Fue de muchas maneras. Nosotros dejamos una.
Silvestre observó cómo la tinta roja convertía una escena confusa en cuatro líneas limpias.
—¿Y si quitamos algo importante?
—Si fuera importante, no podríamos quitarlo.
La respuesta le pareció lógica.
Tardaría años en descubrir que era exactamente al revés.
En una de sus primeras guardias conoció a un anciano detenido por dormir en un portal. El hombre olía a vino y a lana mojada. No había cometido delito alguno, pero un comerciante se había quejado de que espantaba a los clientes.
—¿Dónde lo ponemos? —preguntó Silvestre.
El agente veterano que lo acompañaba se encogió de hombros.
—Un rato dentro y luego fuera.
—¿Por qué dentro?
—Porque alguien con tienda ha llamado.
—Eso no es una razón.
El veterano sonrió.
—Ya aprenderás qué cosas son razones.
Silvestre le dio al anciano un café antes de soltarlo. Se sintió mejor por hacerlo.
Durante mucho tiempo confundiría esos pequeños gestos con la prueba de que seguía siendo un hombre decente.
No comprendía todavía que la bondad privada podía convivir sin dificultad con la obediencia pública.
Cuando escribió a Celestino aquella semana, no contó nada de eso. Habló del sueldo y del frío. Dijo que estaba aprendiendo mucho.
Su padre respondió con una sola frase al final de la carta:
Aprender no siempre mejora a un hombre. A veces solo lo hace más útil.
Silvestre guardó la carta en la misma caja que la correa de cuero.
Celestino envejeció de golpe después de Marcos. El cabello se le volvió gris en pocos meses y empezó a toser por las noches. La curtiduría, que antes parecía una prolongación de su cuerpo, comenzó a devorarlo.
Silvestre trabajó allí un verano. Su padre quería que aprendiera un oficio. Él quería demostrar que podía soportar cualquier cosa.
No soportó el olor.
Las pieles llegaban húmedas, pesadas, todavía con rastros de animal. Se sumergían en cal, se raspaban, se volvían a lavar. Celestino decía que el cuero era memoria: por mucho que se tratara, siempre conservaba algo de aquello que había sido.
—Como las personas —dijo Silvestre una vez.
Su padre lo miró con cansancio.
—Las personas se estropean más fácilmente.
En aquella época, Silvestre empezó a hablar de entrar en la policía. No lo hizo por vocación. Tampoco por orden. Lo hizo porque necesitaba imaginar una institución capaz de impedir que las cosas ocurrieran sin explicación.
Celestino escuchó la idea mientras cenaban.
—¿Policía?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para trabajar.
—Trabajo hay aquí.
—No quiero esto.
—Ya.
Visitación dejó la cuchara sobre el plato.
—Déjalo.
—No he dicho nada —respondió Celestino.
—Precisamente.
Silvestre comprendió que el proyecto de marcharse era interpretado por su madre como otra forma de abandono.
—No voy a irme lejos.
Visitación se levantó.
—Todos os vais lejos aunque os quedéis en la misma casa.
Años después, Silvestre recordaría aquella frase al firmar su primer destino.
Su padre no intentó impedirlo. Solo le puso una condición.
—Si llevas uniforme, no creas que la tela te hace mejor que quien no lo lleva.
—No lo creo.
—Todavía no.
La conversación quedó ahí.
En 1954, cuando regresó con la primera placa, Celestino la sostuvo en la palma. La examinó como examinaba una piel para detectar defectos.
—Pesa poco.
—No es de oro.
—No hablaba del metal.
Silvestre se la quitó de la mano.
—Nunca estás contento.
—Estoy vivo. Es diferente.
Aquel mismo invierno, Celestino empeoró. Tosía sangre. Los médicos hablaron de los pulmones y del polvo, de los productos, de años respirando lo que nadie debía respirar.
En el hospital, pocos días antes de morir, pidió ver a Silvestre a solas.
—Tu madre te culpa —dijo.
Silvestre permaneció de pie junto a la cama.
—Ya lo sé.
—Y tú también.
—Sí.
Celestino respiró con dificultad.
—Yo no.
Silvestre lo miró por primera vez en mucho tiempo.
—¿No?
—Eras un crío.
—Pude sacarlo.
—Quizá.
La respuesta lo hirió más que una absolución fácil.
—Entonces fue culpa mía.
—No he dicho eso.
—¿Qué has dicho?
Celestino tardó en contestar.
—Que hay cosas que uno pudo hacer y no hizo. Si llamas culpa a todas, no podrás levantarte de la cama.
Silvestre pensó en Marcos.
—¿Y qué hago?
—Recuerda bien. No recuerdes para castigarte. Recuerda para no repetir.
Fue el consejo que menos supo obedecer.
Después de entrar en la policía, Silvestre visitaba Lleida con el uniforme doblado dentro de una maleta. No quería que Visitación lo viera vestido con él. No sabía por qué.
Su madre nunca le preguntó por el trabajo.
—¿Comes? —decía.
—Sí.
—Estás más delgado.
—No.
—Sí.
Y ahí terminaba la conversación.
Celestino, en cambio, preguntaba por los detenidos.
—¿Qué clase de gente cogéis?
—De todo.
—Eso no responde.
—Ladrones. Peleas. Política.
—¿Política es un delito?
Silvestre se incomodó.
—No exactamente.
—Entonces no digas que cogéis política.
Su padre tenía esa forma de hablar que convertía una imprecisión en una falta moral.
Una tarde de 1958, Silvestre llegó con un pequeño corte en el pómulo. Celestino lo vio.
—¿Te lo hizo un detenido?
—Sí.
—¿Y tú qué le hiciste?
Silvestre tardó demasiado.
—Mi trabajo.
Celestino volvió a mirar el plato.
—Eso tampoco responde.
Años después, Silvestre entendería que su padre no desconfiaba de la policía. Desconfiaba de cualquier oficio que permitiera ocultar una decisión personal detrás de una función.
Cuando Celestino murió, Silvestre encontró entre sus cosas la placa envuelta en un pañuelo. La misma que había llevado orgulloso a casa.
No recordaba habérsela dejado.
Quizá su padre la había guardado deliberadamente.
Quizá quería devolvérsela.
Silvestre nunca pudo preguntarlo.
Visitación no fue a la ceremonia de entrega de la placa.
Dijo que le dolía la cabeza.
Silvestre supo que mentía.
A la noche la encontró sentada en la cocina.
—Papá dice que estás orgullosa.
—Tu padre dice muchas cosas.
—¿Tú no?
Visitación miró la placa que él había dejado sobre la mesa.
—No sé qué significa.
—Que tengo trabajo.
—Eso sí me alegra.
—Significa más.
—Ahí está lo que me preocupa.
Silvestre se enfadó.
—Nunca estás contenta conmigo.
Visitación cerró los ojos.
—No sé estarlo sin pensar en él.
Marcos.
Siempre Marcos.
Silvestre cogió la placa.
—No soy él.
—Ya lo sé.
La respuesta fue tan triste que durante años prefirió recordarla como una acusación.
Celestino tenía una costumbre que Silvestre heredó sin darse cuenta: revisar dos veces las cerraduras antes de acostarse.
En la casa de Lleida no había nada de valor. Aun así, el padre recorría puertas y ventanas cada noche.
—¿Tienes miedo de que entren? —preguntó Silvestre una vez.
—No.
—Entonces ¿por qué miras?
—Porque dormir tranquilo también necesita trabajo.
Años después, Silvestre repetiría el gesto en su piso de Barcelona. Dos veces la puerta. Una la ventana. Otra la cocina.
Nunca relacionó la costumbre con su padre hasta la noche en que encontró a dos hombres esperando dentro de casa.
Entonces comprendió que muchas herencias no tenían forma de apellido ni de dinero.
Eran movimientos del cuerpo.
Frases.
Miedos aprendidos sin explicación.
Celestino también le enseñó a reparar zapatos, a distinguir piel buena de mala y a no comprar herramientas baratas.
Nada de eso le sirvió en la policía.
O eso creyó.
Años después, mirando un expediente manipulado, recordaría cómo su padre examinaba una piel: no por la superficie, sino por las zonas donde alguien había intentado ocultar un defecto.
—Lo importante —decía Celestino— es mirar donde han trabajado demasiado para que no mires.
Silvestre terminó aplicando esa regla a los papeles.
No sabía si habría hecho sonreír a su padre.
Probablemente no.
Celestino sonreía poco.
En 1978, cada vez que encontraba un expediente demasiado limpio, Silvestre seguía buscando la costura que alguien había trabajado para ocultar.