La casa de las aguas negras CAPÍTULO 5 — LA MADRE MUDA #2
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CAPÍTULO 5 — LA MADRE MUDA #2

Silvestre abrió el cajón de la mesilla. Cuadernos escolares. Cartas de amigas. Una libreta de tapas verdes con páginas arrancadas. No la tocó todavía.

—¿Trabajaba?

—A veces ayudaba en una mercería. Limpiaba escaleras conmigo los sábados.

—¿Tenía novio?

Feliciana soltó una risa breve y amarga.

—Eso preguntaron los otros también.

—¿Qué otros?

La mujer lo miró.

—Los policías. Cuando desapareció. Si tenía novio, si era alegre, si salía mucho. Como si una muchacha tuviera que portarse bien para que la buscaran.

Silvestre sintió la frase como una acusación personal.

—¿Había alguien mayor?

—Había hombres que la miraban. Eso sí.

—¿Alguno en concreto?

Feliciana tardó.

—Un coche.

—¿Qué coche?

—Negro. Grande. Venía a veces. No hasta el portal. Se quedaba en la esquina.

—¿Rosalinda subía?

—Una vez la vi.

—¿Quién conducía?

—No lo sé.

—¿Y no le preguntó?

Feliciana avanzó hasta la cama y se sentó.

—Claro que le pregunté. Me dijo que era alguien que podía ayudarla.

—¿A qué?

—A salir de aquí.

Silvestre miró el dibujo de la casa.

—¿Tenía problemas con usted?

—Tenía quince años. Tenía problemas con el mundo entero.

La mujer se frotó las muñecas.

—Pero conmigo no se habría ido sin dejar una nota.

—¿Por qué está tan segura?

—Porque ya lo había hecho antes.

Silvestre se volvió.

—En la denuncia pone que nunca había desaparecido.

—No desapareció. Se fue una tarde y volvió de madrugada. Eso no es desaparecer. Es tener quince años.

—¿Dónde había estado?

—No me lo dijo.

—¿Cuándo?

—En octubre.

Un mes antes de la desaparición definitiva.

Silvestre anotó la fecha.

—¿Volvió con algo? Dinero, ropa, regalos.

Feliciana abrió la boca y la cerró.

—Un reloj.

—¿Qué reloj?

—Pequeño. Dorado. Bueno. Demasiado bueno.

La marca clara de la muñeca.

Silvestre sintió que el caso daba un paso.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Lo llevaba el día que se fue.

—¿Quién se lo regaló?

—Dijo que una amiga.

—¿Le creyó?

—No.

—¿Entonces?

Feliciana levantó los ojos, de pronto enfadada.

—Entonces nada. ¿Qué quería que hiciera? ¿Encerrarla? ¿Pegarle? Bastante encerradas estábamos ya.

La frase dejó la habitación más pequeña.

Silvestre volvió a la libreta verde.

—¿Puedo llevármela?

—¿Para qué?

—Puede contener algo útil.

—También puede contener cosas suyas.

—Las cosas suyas son útiles ahora.

Feliciana apretó la mandíbula.

—Ahora.

Silvestre no encontró una respuesta que no fuera obscena.

Dejó la libreta.

—Volveré con una orden si hace falta.

—No hace falta. Solo quiero saber que no van a convertirla en otra cosa.

—¿En qué?

—En lo que les convenga.

Feliciana abrió el cajón y sacó la libreta ella misma.

—Mi hija mentía. Robó dos veces en una tienda. Fumaba. Se escapaba del instituto. Una vez me dijo que me odiaba y otra que ojalá yo estuviera muerta. Ponga todo eso si quiere. Pero no escriba que por eso merecía que no la buscaran.

Silvestre recibió la libreta con ambas manos.

En la primera página había una lista de lugares que Rosalinda quería conocer: París, Roma, Lisboa, Sevilla, «un sitio donde nieve de verdad». Debajo, una frase: «No quiero morirme sin haber visto algo que no sea esto».

Silvestre cerró la tapa.

Por primera vez la niña muerta empezó a separarse del cadáver.

Feliciana guardaba una caja de fotografías en el armario.

Silvestre le pidió verla.

—¿También eso es prueba?

—Puede ayudarme a conocerla.

La mujer sacó la caja.

Había cumpleaños, excursiones, una primera comunión, fotografías de cabina. Rosalinda cambiaba de edad entre una imagen y otra sin dejar de tener la misma mirada directa.

En una foto de 1976 aparecía junto a una piscina. Al fondo, casi fuera de encuadre, había un hombre.

Silvestre acercó la fotografía.

—¿Quién es?

Feliciana miró.

—No sé.

—¿Dónde fue tomada?

—Una excursión de la parroquia, creo.

El hombre estaba borroso, pero vestía demasiado formal para una excursión.

—¿Puedo llevarme esta?

Feliciana dudó.

—Devuélvamela.

—Sí.

—No como lo demás.

Silvestre entendió.

Guardó la foto en un sobre.

Más tarde, Brion reconocería el perfil.

No sería Berrocal.

Sería Castany.

Eso significaría que el abogado conocía a Rosalinda al menos dos años antes de su desaparición.

Y que la red alrededor de la muchacha había empezado mucho antes de que ella supiera que existía.

Antes de marcharse del piso, Silvestre pidió ver la cocina.

Feliciana lo miró extrañada.

—¿La cocina?

—Quiero saber cómo vivían.

—Mal.

—Eso no se fotografía bien en un informe.

La mujer abrió la puerta.

Era una estancia estrecha con azulejos amarillos y una ventana que daba a un patio interior. Sobre la nevera había facturas sujetas con un imán. Algunas tenían sellos de reclamación.

Silvestre vio un sobre de la Fundación San Jerónimo.

—¿Qué es eso?

Feliciana siguió su mirada.

—Ayuda.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

—¿Quién la pidió?

—No sé.

—¿Nunca preguntó?

Feliciana sonrió con cansancio.

—Cuando una tiene una niña y debe tres meses de alquiler, pregunta menos de lo que debería.

Silvestre tomó el sobre con permiso. Dentro había una notificación de pago. La cifra coincidía aproximadamente con los registros de Brion que aún no conocía.

—¿Rosalinda sabía de esto?

—No al principio.

—¿Después?

—Encontró cartas.

—¿Qué cartas?

Feliciana se apoyó en la encimera.

—De él.

—¿Berrocal?

La mujer lo miró con furia.

Todavía no había pronunciado ese nombre.

Silvestre comprendió que acababa de adelantarse.

—¿Quién le ha dicho eso?

—Nadie.

—Entonces ¿por qué lo dice?

Silvestre podía mentir.

—Porque estoy siguiendo el dinero.

Feliciana se sentó.

—Siempre acaba igual.

—¿Qué?

—El dinero llega antes que los hombres y se queda después.

Sacó de un cajón una carta antigua. No estaba firmada. Hablaba de «la niña» y de «asegurar que no le falte nada».

—¿Por qué la guardó?

—Porque una no tira las pruebas de que alguien sabía que existías.

Silvestre leyó otra vez la frase.

Pruebas de existencia.

Ese caso empezaba a llenarse de ellas.

Rosalinda había pasado quince años rodeada de documentos que demostraban que un hombre la conocía y, al mismo tiempo, organizada legalmente para que ese conocimiento no significara paternidad.

—¿Puedo llevarla?

Feliciana negó.

—Esta no.

—Haré una copia.

—Aquí.

Silvestre sacó su libreta y transcribió.

Al terminar, Feliciana guardó la carta en el mismo cajón.

—¿Sabe qué es lo peor? —dijo.

—No.

—Que cuando llegaba el dinero yo respiraba tranquila.

Silvestre esperó.

—Y ahora pienso que cada sobre era una forma de comprar mi silencio aunque nadie me hubiera pedido callar.

—Usted no sabía.

—Sabía suficiente.

Silvestre reconoció la frase.

Él también había sabido suficiente demasiadas veces.

La traición empezaba mucho antes del encierro.