CAPÍTULO 5 — LA MADRE MUDA
El piso de Feliciana Vega olía a caldo frío y medicamentos.
U na mujer de unos cincuenta años abrió la puerta solo diez centímetros. Llevaba bata de flores y una cadena dorada al cuello.
—¿Sí?
—Policía. Busco a Feliciana Vega.
—Está mala.
—Necesito hablar con ella.
La mujer miró la placa. Luego a Silvestre.
—Soy la vecina.
—¿Nombre?
—Lola.
—¿Apellido?
—¿Para qué?
Silvestre guardó la placa.
—Para llamarla por su nombre.
La mujer abrió.
Feliciana estaba sentada junto a una ventana. Delgada, cabello gris aunque no debía de tener más de cuarenta y cinco años. En la mesa había tres frascos de pastillas, una taza con una película de leche seca y un cenicero lleno.
—Señora Vega.
No reaccionó.
Silvestre se sentó enfrente.
—Hemos encontrado a Rosalinda.
Los ojos de Feliciana se movieron apenas.
—Ya me lo han dicho.
La voz era lenta.
—¿Quién?
—Un señor.
—¿De la policía?
—No.
—¿Del juzgado?
—No sé.
Lola intervino desde la cocina.
—Un abogado.
Silvestre se giró.
—¿Qué abogado?
—Uno con traje. Vino ayer por la tarde.
—Ayer todavía no estaba identificada.
Silencio.
Feliciana miró la ventana.
—Rosalinda se fue.
—La denuncia dice que desapareció el 8 de noviembre.
—Se fue.
—¿Con quién?
—No sé.
Silvestre observó los frascos. Uno llevaba una etiqueta de farmacia. Otro no.
—¿Quién le ha dado esto?
Feliciana se encogió.
—El médico.
—¿Qué médico?
—El de siempre.
Lola negó desde la puerta, muy despacio.
Silvestre entendió.
—¿Rosalinda trabajaba?
—A veces limpiaba.
—¿Dónde?
—Casas.
—¿De quién?
Feliciana cerró los ojos.
—No me acuerdo.
—Inténtelo.
—Déjela —dijo Lola.
Silvestre la miró.
—Su hija ha estado retenida más de un mes.
Feliciana abrió los ojos.
Por primera vez apareció algo detrás de la sedación.
Terror.
—No diga eso.
—Necesito saber dónde trabajaba.
—No diga eso.
—¿Quién es el abogado?
La mujer empezó a temblar.
—Fuera.
—Señora Vega...
—¡Fuera!
Lola se acercó y la abrazó. Silvestre se puso en pie.
En la entrada había una fotografía familiar clavada a la pared con una chincheta. Feliciana más joven. Rosalinda, unos diez años. Y el hueco recortado de una tercera persona: la foto había sido cortada con tijeras de modo que solo quedaba un hombro masculino.
—¿Quién estaba aquí?
Lola siguió su mirada.
—Nadie.
—Había alguien.
—Hace años.
—¿Quién?
Feliciana gritó desde el salón:
—¡He dicho que se vaya!
Silvestre salió.
En el rellano se cruzó con un hombre de traje azul que subía las escaleras.
Cuarenta años, quizá menos. Pelo engominado. Maletín de cuero.
—¿Señor Amat?
Silvestre se detuvo.
—¿Nos conocemos?
—No personalmente. Soy Álvaro Nogués. Represento a la señora Vega.
—Ella dice que no recuerda haber contratado a ningún abogado.
Nogués sonrió sin enseñar los dientes.
—El duelo produce confusión.
—¿Quién le paga?
—Mis honorarios no son asunto policial.
—Una menor aparece asesinada y usted visita a la madre antes de que la identificación sea oficial. Eso sí lo es.
La sonrisa desapareció.
—Tenga cuidado con las palabras, inspector. Todavía no hay homicidio declarado.
Silvestre bajó un escalón.
—¿Quién le avisó?
Nogués abrió el maletín, sacó una tarjeta y se la ofreció.
—Llame a mi despacho si necesita algo.
Silvestre no la cogió.
—Ya estoy necesitando algo.
—Entonces llame.
El abogado pasó a su lado.
Antes de que cerrara la puerta, Silvestre vio una inicial grabada en plata sobre el maletín.
T.
No era de Nogués.
Silvestre no bajó de inmediato a la calle. Se quedó en el rellano escuchando la conversación amortiguada tras la puerta. Nogués hablaba bajo. Feliciana lloraba.
Lola apareció desde el piso de enfrente.
—¿Se ha ido?
—No.
—No me refiero a usted.
Silvestre miró la puerta.
—¿Conoce a ese abogado?
Lola negó.
—Apareció cuando desapareció la niña.
—Antes de encontrar el cuerpo.
—Mucho antes. Una vez en diciembre y otra en enero.
Eso cambiaba las cosas.
—¿Qué quería?
—Decía que ayudaba a la familia.
—¿Ayudaba cómo?
Lola bajó la voz.
—Dinero.
—¿Feliciana aceptaba?
—¿Qué iba a hacer? Limpia escaleras cuando puede. Rosalinda llevaba algo a casa. Sin ella...
Silvestre miró las paredes desconchadas, el contador eléctrico antiguo, la bombilla desnuda.
—¿Rosalinda tenía novio?
—Tenía quince años. Tenía tonterías.
—Eso no responde.
—Un chico del barrio, quizá. Pero no se fue con él.
—¿Cómo lo sabe?
Lola cruzó los brazos.
—Porque dejó sus botas buenas.
Silvestre esperó.
—Una chica puede abandonar a su madre —continuó Lola—, puede mandar a paseo a un novio, puede irse a Francia si quiere. Pero Rosalinda llevaba meses ahorrando para unas botas y no se habría ido sin ellas.
El detalle era absurdo.
Por eso resultaba verdadero.
—¿Qué le gustaba hacer?
Lola lo miró, sorprendida.
—Dibujar ropa. Vestidos. Decía que algún día tendría una tienda.
—¿Trabajaba en casas?
—Sí. Con su madre. Alguna vez la mandaron sola.
—¿A Sant Cugat?
Lola tardó.
—Puede.
—¿A casa de Berrocal?
La vecina palideció.
—No diga ese nombre aquí.
—¿Por qué?
—Porque no somos tontos.
—¿Qué sabe?
Lola miró hacia la escalera.
—Rosalinda decía que su padre era rico. Al principio pensamos que fantaseaba. Luego empezó a traer cosas: un pañuelo, una pulsera, billetes. Feliciana la hacía callar.
—¿Vio al padre alguna vez?
—No.
—¿Y la fotografía cortada?
—Antes estaba entera.
—¿Quién la cortó?
—Feliciana.
—¿Cuándo?
—El día después de denunciar la desaparición.
Silvestre sintió una punzada.
—¿Por qué?
Lola negó con la cabeza.
—Pregúnteselo a ella cuando deje de tener miedo.
Abajo, una puerta se cerró.
Nogués salió del edificio sin mirar hacia arriba.
Silvestre esperó unos segundos y descendió.
En la calle había niños jugando al fútbol con una pelota desinflada. Una mujer sacudía una alfombra desde un balcón. Un hombre reparaba una motocicleta junto a la acera.
La vida seguía con la obstinación de los barrios pobres: sin permiso para detenerse.
Silvestre miró hacia la ventana de Feliciana.
Pensó en las botas buenas que Rosalinda había dejado en casa.
Era la primera cosa que sabía de ella que no tenía que ver con su muerte.
Y decidió conservarla.
Silvestre regresó al barrio dos días después sin avisar. No subió al piso. Caminó por las calles donde Rosalinda había vivido.
Preguntó en una mercería, en una panadería y en el quiosco. Al principio nadie quería hablar. La placa cerraba bocas.
La guardó.
Entonces empezaron los detalles.
Rosalinda compraba revistas de moda usadas.
Dibujaba sobre los márgenes. Ayudaba algunos sábados en una tienda de ropa del Poblenou.
Había discutido con una maestra porque no quería hacer secretariado.
Un muchacho del barrio, Miguel «el Chispa», la acompañaba a veces, pero llevaba meses trabajando en Zaragoza cuando desapareció.
La dueña de la mercería, Teresa Cifuentes, recordó algo más.
—En octubre vino con un abrigo nuevo.
—¿Nuevo de verdad?
—De los buenos. Ella estaba incómoda. Le dije que parecía una señorita de Pedralbes y casi me manda a paseo.
—¿Dijo quién se lo había dado?
—Su padre.
—¿Usó esa palabra?
—Sí. Luego dijo: «el hombre que dice que es mi padre cuando no hay nadie mirando».
Silvestre anotó la frase.
—¿Estaba enfadada?
—Rosalinda siempre estaba un poco enfadada. Era lo mejor de ella.
Teresa sonrió.
—No se deje engañar por la foto del expediente. Ahí parece asustada. Ella no era así.
—¿Cómo era?
La mujer pensó.
—Entraba en un sitio como si esperara que el sitio se disculpara.
Silvestre cerró la libreta.
Afuera, dos niñas salían de la escuela. Una llevaba una carpeta contra el pecho y la otra hablaba con las manos.
Imaginó a Rosalinda entre ellas.
No pudo.
Todavía la conocía demasiado tarde.
En una segunda visita al bloque, Silvestre encontró a Pepa, la amiga de Rosalinda, sentada en un banco con otras dos chicas. Tenía dieciséis años, ojos pintados y la hostilidad inmediata de quien espera ser juzgada.
—No sé nada.
—Todavía no he preguntado.
—La policía siempre pregunta lo mismo.
—¿Qué?
—Si tenía novio, si se drogaba, si se acostaba con alguien.
Silvestre se sentó a cierta distancia.
—No voy a preguntarte eso.
Pepa lo miró con desconfianza.
—Entonces qué quiere.
—Saber qué estaba haciendo el día antes de desaparecer.
La muchacha tardó.
—Vino a mi casa.
—¿A qué hora?
—Por la tarde.
—¿Estaba preocupada?
—Cabreada.
—¿Por qué?
Pepa arrancó una hebra del banco de madera.
—Su padre le había prometido que iba a presentarla a alguien. No sé a quién. Luego le dijo que no.
—¿Berrocal?
Pepa levantó la cabeza demasiado rápido.
—Yo no he dicho ese nombre.
—Lo he dicho yo.
—Rosalinda decía que algún día se lo iba a soltar a un periodista en la cara.
—¿Tenía contacto con alguno?
—No. Era una forma de hablar.
Silvestre anotó.
—¿Te dijo adónde iba el día que desapareció?
Pepa negó.
—Solo que por fin iba a arreglar «lo de su padre».
—¿Llevaba maleta?
La chica frunció el ceño.
—Sí.
Silvestre sintió el golpe del recuerdo de la gasolinera.
—¿Por qué?
—Dijo que quizá pasaría unos días fuera.
—¿Dónde?
—No lo sabía.
—¿Con quién?
Pepa lo miró.
—Con gente de él.
Silvestre cerró la libreta.
Rosalinda había subido voluntariamente a un coche porque alguien la convenció de que se acercaba al reconocimiento que llevaba años exigiendo.
El piso de Feliciana conservaba a Rosalinda de una manera que las fotografías no podían.
Había una taza con una grieta en el asa que nadie había tirado, un peine con cabellos oscuros atrapados entre los dientes, un abrigo demasiado pequeño colgado detrás de la puerta y tres novelas baratas apiladas junto a la cama.
Silvestre pidió permiso para mirar. Feliciana asintió sin comprender del todo qué estaba autorizando.
La habitación de la muchacha medía poco más de seis metros cuadrados. En la pared había recortes de revistas, una postal de Cadaqués, el dibujo de una casa con jardín y una frase escrita con bolígrafo azul: «Aquí no me quedaré».
—¿Lo escribió ella? —preguntó.
Feliciana estaba en el umbral.
—Todo lo escribía ella.
—¿Quería irse?
—¿Quién no?
La respuesta tuvo una lucidez que no encajaba con la mujer sedada que había encontrado al llegar.