CAPÍTULO 4 — ENTONCES LA REDADA
El olor de las escaleras era lejía y sopa de col.
S ilvestre lo recordaría años después con más precisión que los gritos.
La orden hablaba de una reunión clandestina vinculada a «elementos de agitación vecinal». Mercadal la leyó en el coche, camino del bloque, sin darle importancia. Cuatro vehículos. Doce agentes. Un inspector de la Brigada llamado Muntané que no dejaba de golpear con un dedo el borde de una carpeta.
—Tercero segunda —dijo—. Asociación de vecinos no legalizada. Hay propaganda.
Silvestre miró por la ventanilla. En los balcones colgaba ropa húmeda. Junto a un portal, dos mujeres llenaban cubos en una tubería provisional.
—¿Qué reclaman? —preguntó.
Muntané levantó la vista.
—¿Quién?
—Los vecinos.
—Lo de siempre.
—¿Qué es lo de siempre?
El hombre sonrió.
—Que el Estado les resuelva la vida.
Subieron sin sirena.
La puerta del tercero estaba entreabierta.
Dentro había siete hombres, cuatro mujeres y una olla de lentejas hirviendo sobre un hornillo.
No encontraron armas. Encontraron planos del alcantarillado, recibos sin pagar, octavillas sobre alumbrado público y una carta dirigida al Ayuntamiento en la que se pedía que una fábrica dejara de verter residuos junto a las viviendas.
En el parte, todo aquello se convertiría en otra cosa.
«Documentación subversiva.»
«Reunión no autorizada.»
«Material de propaganda.»
Silvestre todavía no sabía hasta qué punto una palabra podía cambiar la naturaleza de un hecho.
—Todos contra la pared —ordenó Muntané.
Un hombre sentado junto a la mesa alzó las manos.
—¿Puedo apagar el fuego?
Muntané le dio una bofetada.
—Ahora ya está apagado.
No lo estaba.
La olla siguió hirviendo mientras registraban el piso.
Silvestre abrió cajones. En uno encontró cuadernos escolares, una fotografía de comunión y un plano coloreado con lápices. Una niña había dibujado peces azules sobre la línea del colector que los vecinos pedían construir.
Cerró el cajón.
En la habitación contigua había tres niños. El mayor tendría nueve años. Los tres estaban sentados en una cama sin hablar.
—No pasa nada —dijo Silvestre.
El niño lo miró como se mira a un adulto que acaba de demostrar lo contrario.
Detuvieron a nueve personas.
Uno de ellos se llamaba Joaquín Aranda. Treinta y dos años, mecánico, extremeño, padre de dos hijos. Llevaba una cicatriz en la ceja izquierda y una camisa de cuadros arremangada hasta los codos.
—Yo solo quiero que mis hijos no jueguen con ratas —dijo mientras le ponían las esposas.
Muntané se volvió.
—Eso lo decides en el Ayuntamiento.
—Llevamos dos años decidiéndolo allí.
El golpe llegó con la culata de una porra, corto y seco.
Aranda dobló el cuerpo.
Silvestre dio un paso.
Mercadal le puso una mano en el hombro.
—No.
—Le va a abrir la cabeza.
—No.
No dijo que Muntané tuviera razón. Ni que Silvestre la tuviera.
Solo «no».
Aquella fue una de las primeras lecciones que Mercadal le dio sin explicarla: dentro de una cadena de mando, la neutralidad casi siempre favorecía al que ya estaba golpeando.
En el rellano, una anciana intentó bajar con una bolsa de basura.
—Vuelva a casa —le ordenó un agente.
—Vivo abajo.
—Pues vuelva arriba.
La mujer obedeció.
Décadas después Silvestre recordaría aquel detalle con una claridad incómoda. Una anciana obligada a subir porque, durante unos minutos, hasta la dirección de una escalera pertenecía a la autoridad.
Cuando salieron, los vecinos miraban desde las ventanas.
Nadie gritaba.
La gente de aquellos bloques había aprendido que el silencio podía ser una forma de no ser elegido.
En la calle seguían los cubos junto a la tubería.
Una mujer sujetó a Silvestre del brazo.
—Llevamos tres días sin agua en el cuarto y el quinto.
Él miró la mano.
La mujer la retiró.
—Perdone.
—No pasa nada.
—¿Puede decirlo en algún sitio?
Silvestre miró el portal lleno de agentes, los detenidos junto a los coches y las hojas requisadas.
—Sí.
No lo hizo.
En comisaría, Aranda fue interrogado por Muntané. Silvestre estuvo presente porque alguien tenía que levantar acta.
El despacho olía a tabaco y sudor.
—¿Quién financia la asociación? —preguntó Muntané.
—Los vecinos.
—¿Qué partido?
—Ninguno.
—¿Quién os da las consignas?
—No tenemos consignas.
Muntané le dio una bofetada.
Aranda sangró por la nariz.
Silvestre cogió un pañuelo de papel del escritorio y se lo acercó.
El detenido no lo aceptó.
—No quiero nada suyo.
—Te estás manchando.
Aranda sonrió con la boca rota.
—Usted también.
Silvestre lo golpeó.
Durante años se contaría a sí mismo que había sido un arrebato. No era verdad. Tuvo tiempo de decidir. Dio un paso, cerró el puño y eligió el lugar donde sabía que dolería sin dejar una señal demasiado evidente.
Muntané asintió.
—Así se hace.
La aprobación le produjo vergüenza.
No la suficiente para marcharse.
El interrogatorio terminó cerca de las tres de la madrugada. Aranda fue conducido al calabozo. Antes de desaparecer por el pasillo se volvió hacia Silvestre.
No dijo nada.
No hacía falta.
Silvestre volvió a su mesa y redactó el parte.
El detenido mostró actitud hostil y resistencia verbal.
Escribió la frase.
La leyó.
No la borró.
No se observaron lesiones de consideración en el momento del ingreso.
También la escribió.
Esa sí era técnicamente cierta.
Años después entendería que las mentiras más útiles casi siempre contienen una verdad pequeña.
A la mañana siguiente, Joaquín Aranda estaba muerto.
Un agente lo encontró encogido junto al camastro. El médico habló primero de un posible fallo cardiaco. Muntané repitió la explicación antes de que hubiera terminado el reconocimiento.
—Estaba enfermo.
—No lo sabemos —dijo Silvestre.
—Lo sabemos bastante.
—Recibió golpes.
Muntané lo miró con una expresión casi curiosa.
—¿Qué golpes?
No había ironía.
Eso fue lo que más inquietó a Silvestre.
Muntané no estaba negando un hecho. Le estaba recordando que, para existir dentro de la institución, el hecho necesitaba una frase, una firma y un papel. Si ninguno de los presentes lo escribía, la realidad quedaba fuera.
Mercadal llegó una hora después.
Leyó el parte de ingreso. Leyó la nota del médico. Miró a Silvestre.
—¿Estuviste en el interrogatorio?
—Sí.
—¿Le pegaste?
Silvestre tardó.
—Una vez.
Mercadal cerró la puerta.
—¿Muntané?
—Más.
—¿Cuánto más?
—No sé.
Mercadal se sentó.
—Escúchame. Si esto se convierte en un asunto interno, te van a preguntar si viste una paliza que pudiera explicar la muerte.
—La vi.
—No te he preguntado eso.
Silvestre sintió frío.
—Entonces ¿qué me preguntas?
—Qué puedes demostrar.
—Yo estaba allí.
—Tú también golpeaste. No eres un testigo limpio.
—No quiero ser limpio.
Mercadal lo miró con algo parecido a cansancio.
—Todavía crees que esto va de cómo quieres ser.
El acta complementaria llegó por la tarde.
Silvestre firmó que había presenciado «medidas de reducción de intensidad moderada» y que no podía establecer relación entre esas actuaciones y el fallecimiento.
La primera parte era mentira.
La segunda no podía saberla.
Firmó ambas.
Cuando salió del despacho, la viuda de Joaquín Aranda esperaba en el vestíbulo con un niño de la mano y otro en brazos.
—¿Dónde está mi marido? —preguntó.
Nadie respondió.
Silvestre pasó junto a ella.
El niño mayor lo miró.
Tendría la edad de Marcos cuando murió.
Durante años Silvestre recordaría aquella coincidencia como si el parecido de las edades tuviera algún significado. Después comprendería que era otra forma de apropiarse del dolor ajeno.
Dos días más tarde la mujer volvió con una bolsa de ropa.
—Falta la chaqueta —dijo.
El agente de recepción revisó el inventario.
—No consta.
—La llevaba cuando se lo llevaron.
—Aquí no está.
Silvestre la había visto.
También sabía que tenía manchas de sangre y que había desaparecido antes de que llegara el médico.
Muntané salió de un despacho.
—Señora, tranquilícese.
—No me diga que me tranquilice.
—Está alterando el orden.
La frase produjo en Silvestre una náusea que tardaría años en saber nombrar: una mujer acababa de perder a su marido y la institución ya estaba a punto de convertir su dolor en una infracción.
—Yo me encargo —dijo.
Acompañó a la viuda hasta la calle.
—Buscaré la chaqueta.
—¿Me la devolverá?
Silvestre no contestó.
Nunca la encontró.
Tampoco la buscó con suficiente empeño.
Esa noche, en casa, se lavó las manos durante varios minutos. El agua del grifo salió marrón al principio y luego aclaró.
Mercedes, su mujer entonces, apareció en la cocina.
—¿Otra vez?
—¿Qué?
—Llegas con esa cara.
—Trabajo.
Ella miró sus nudillos.
—¿A quién has pegado?
Silvestre sostuvo su mirada.
—A nadie.
Mercedes soltó una risa cansada.
—Ni siquiera sabes mentir cuando te conviene.
El matrimonio terminaría dos años después. Durante mucho tiempo Silvestre diría que el alcohol había sido la causa. Mercedes le explicó una vez que no: el alcohol era solo el lugar donde él se escondía después de hacer cosas que no sabía contar.
A la semana siguiente, una nota interna felicitó al grupo por la «neutralización de un foco de agitación vecinal».
Silvestre la llevó al despacho de Mercadal.
—Esto no cuenta lo que pasó.
Mercadal siguió escribiendo.
—Cuenta lo que hace falta que haya pasado.
—No es lo mismo.
—Todavía tienes la edad de creer que un informe es un espejo.
Silvestre dejó el papel sobre la mesa.
—¿Y qué es?
Mercadal alzó la vista.
—Una puerta. Decide qué llega al día siguiente y qué se queda atrapado en el anterior.
Silvestre salió sin responder.
En el portal del bloque de Aranda, días después, encontró todavía escrito con lápiz junto a una puerta reparada con chapa metálica:
AGUA, LUZ, ESCUELA.
Tres palabras.
No había revolución.
No había conspiración.
Solo necesidades convertidas en sospecha.
Una niña estaba sentada en el rellano recomponiendo con cinta adhesiva uno de los planos requisados. Había vuelto a dibujar peces azules sobre el colector.
Silvestre pasó a su lado sin decir nada.
Esa fue la parte que más tardó en entender.
La violencia visible había durado unas horas.
El informe duraría décadas.