CAPÍTULO 3 — LA COMISARÍA DE LA VERNEDA #2
Silvestre leyó las diligencias. Dos visitas al domicilio. Una pregunta en el instituto. Ninguna consulta a hospitales fuera del distrito. Ninguna fotografía distribuida. Ninguna búsqueda real.
—¿Quién llevó esto?
Coll señaló una firma.
—Mena.
El inspector Mena estaba en el patio fumando junto a dos agentes. Silvestre lo llamó aparte.
—Rosalinda Vega.
Mena frunció el ceño.
—¿Quién?
Silvestre le enseñó la ficha.
—Ah. La chica del Besòs.
—La chica del Besòs apareció esta mañana muerta.
El cigarrillo quedó detenido a mitad de camino.
—Joder.
—¿Qué hiciste?
—Lo que pone ahí.
—Pone muy poco.
—Porque había poco. Madre sola. La cría ya se había escapado una vez.
—No figura ninguna fuga anterior.
—Lo diría la madre.
—La madre declaró que nunca había dormido fuera.
Mena empezó a irritarse.
—¿Me estás interrogando?
—Te estoy preguntando por qué una menor desaparecida tres meses no tuvo búsqueda.
—Porque teníamos atracos, peleas, una violación, dos apuñalamientos y seis chicas que se largaban de casa cada semana. Elige tú a cuál salvas.
La frase quedó suspendida.
Silvestre conocía esa lógica. La había usado. No exactamente con esas palabras, pero sí con expedientes, prioridades, horarios. La policía no decía que una vida valía menos. Simplemente le dedicaba menos minutos.
—¿Alguien te pidió que bajaras el asunto?
Mena lo miró fijamente.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Mírame y dilo.
—No me jodas, Amat.
Mena tiró el cigarrillo al suelo.
—A los dos días vino un abogado. Dijo que representaba a la familia. Que la chica se había ido con un hombre mayor y que no querían escándalo. Enseñó una autorización de la madre para retirar la denuncia.
—¿Está en el expediente?
—Debería.
No estaba.
Silvestre regresó al archivo. Revisó la carpeta dos veces. La autorización había desaparecido o nunca había entrado.
Buscó a Mercadal.
El comisario jefe lo recibió con la chaqueta colgada en el respaldo y un vaso de leche sobre la mesa.
Zenón Mercadal tenía el cabello completamente blanco y unas manos anchas, de carnicero.
A Silvestre lo había protegido más de una vez: después de una pelea en un bar, después de una ausencia sin justificar, después de una investigación interna que nunca llegó a empezar.
Durante años, Silvestre había confundido esa protección con afecto.
—Ya sé lo de la muchacha —dijo Mercadal.
—Rosalinda Vega.
—Todavía no está confirmada oficialmente.
—La fotografía coincide.
—Entonces espera a que lo confirme la madre.
Silvestre dejó la carpeta sobre la mesa.
—Desapareció en noviembre. La búsqueda se cerró prácticamente en dos días.
Mercadal hojeó sin interés.
—¿Y?
—Un abogado trajo una retirada que no está aquí.
—Los papeles se pierden.
—Algunos se pierden mejor que otros.
Mercadal levantó la vista.
—¿Qué quieres decir?
Silvestre sintió por primera vez una resistencia que no sabía nombrar. No era amenaza. Era decepción anticipada.
—Que quiero saber quién era el abogado.
Mercadal se reclinó.
—Silvestre, encuentra al que la mató. No conviertas cada negligencia de esta casa en una conspiración.
—No he dicho conspiración.
—Todavía.
El comisario cerró la carpeta.
—Y otra cosa. Cuidado con Vilanova. Es buena forense, pero tiene ideas.
—Todos tenemos.
—Unas cuestan más que otras.
Silvestre tomó la carpeta.
En la puerta, Mercadal lo llamó.
—¿Sigues sin beber?
La pregunta llegó demasiado suave.
—Sí.
—Bien. Me alegro.
Silvestre salió con la impresión absurda de que acababan de hablar de algo distinto a Rosalinda.
La identificación oficial llegó poco después del mediodía.
Feliciana no quiso ir al depósito. Reconoció la fotografía.
Silvestre estuvo presente cuando firmó.
La mujer sostuvo el bolígrafo sin apoyar la muñeca en la mesa.
—¿Aquí?
—Sí.
Firmó despacio.
Rosalinda dejó de ser «mujer joven sin identificar» en ese instante.
Silvestre observó cómo Coll cambiaba la carátula del expediente.
VEGA MARTÍN, ROSALINDA.
Una etiqueta nueva.
El contenido seguía siendo el mismo.
—¿Ahora sí es menor? —preguntó Silvestre.
Coll levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
Poco después recibió una llamada de Jefatura. Querían un resumen verbal.
—Sin especulaciones —advirtió la voz.
Silvestre enumeró: quince años, desaparecida desde noviembre, probable homicidio, signos de retención.
—No diga secuestro.
—No lo he dicho.
—Ni retención, de momento.
—Eso está en el forense.
—Está pendiente de confirmación.
Silvestre miró a Remei al otro lado de la sala.
—¿Quién habla?
La línea quedó en silencio.
—Inspector, limítese a informar.
Colgaron.
Silvestre anotó la hora y el número interno.
Había empezado a registrar no solo lo que ocurría, sino quién intentaba decidir cómo debía contarse.
Aquello no figuraba en ningún manual.
Aquella tarde, Silvestre pidió ver todos los partes relacionados con fugas de menores durante el último año.
No porque creyera que Rosalinda formara parte de una serie, sino porque quería saber qué significaba exactamente la palabra «fuga» dentro de aquella comisaría.
Encontró treinta y siete casos.
Veintidós chicas.
Quince chicos.
En casi la mitad, la investigación no pasaba de una visita al domicilio y una pregunta en el colegio o el trabajo.
Las anotaciones se repetían: «conflictiva», «mal ambiente familiar», «posible relación sentimental», «antecedentes de ausencias».
Silvestre empezó a subrayar expresiones.
Ventura, que todavía no llevaba una semana allí, se sentó enfrente.
—¿Qué busca?
—Patrones.
—¿De desaparición?
—De nosotros.
Ventura no entendió.
Silvestre le mostró dos fichas. Una pertenecía a la hija de un comerciante del Eixample que había desaparecido durante treinta horas. La otra, a una chica del Besòs que estuvo nueve días fuera.
En la primera había quince diligencias.
En la segunda, dos.
—¿Ve la diferencia?
Ventura leyó.
—La primera era menor.
—Las dos.
—Entonces la familia presionó más.
—Eso es una forma de decirlo.
Silvestre sacó otras fichas.
La diferencia se repetía.
No siempre. Lo suficiente.
—¿Está diciendo que buscamos mejor a los ricos?
—Estoy diciendo que cuando alguien llama tres veces al día, conoce a un abogado y sabe dónde está Jefatura, resulta más difícil olvidarlo.
—Eso es injusto.
Silvestre levantó la vista.
—Apúntalo en una hoja y guárdala. Te hará falta muchas veces.
Ventura frunció el ceño.
—¿Y nadie corrige esto?
—A veces.
—¿Quién?
Silvestre volvió a los expedientes.
—Gente concreta. Cuando decide hacerlo.
Esa respuesta lo incomodó porque lo incluía.
Durante años había hablado de falta de medios, prioridades, procedimientos. Todo era cierto.
También era cierto que una tarde podía elegir dedicar tres horas a un expediente o diez minutos.
La desigualdad no siempre llegaba en forma de orden.
A veces llegaba en forma de cansancio.
Silvestre cerró la carpeta de Rosalinda.
—Mañana vamos al instituto.
—¿Oficialmente?
—Sí.
—¿Y si Mercadal dice que no?
—Todavía no lo ha dicho.
Ventura sonrió.
—Eso suena a aprovechar un vacío.
—Aprende rápido.
—¿Es bueno?
Silvestre pensó en todas las cosas que había aprendido rápido cuando era joven.
—Depende de qué aprendas.
Ventura guardó la libreta. Silvestre lo vio hacerlo y pensó, sin saber todavía por qué, que aquel muchacho iba a obligarlo a escuchar preguntas que llevaba demasiados años respondiendo por adelantado.