La casa de las aguas negras CAPÍTULO 3 — LA COMISARÍA DE LA VERNEDA
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CAPÍTULO 3 — LA COMISARÍA DE LA VERNEDA

El fluorescente del despacho de Mercadal zumbaba como un insecto atrapado.

S ilvestre llevaba allí seis minutos de pie. El comisario Zenón Mercadal Bosch leía el parte sin levantar la cabeza. Tenía cincuenta y ocho años, cabello gris peinado hacia atrás y la costumbre de limpiar sus gafas cuando quería ganar tiempo.

—Quince años —dijo al fin.

—Quince o dieciséis.

—Sin identificar.

—De momento.

Mercadal dejó el papel.

—¿Y por qué estás aquí?

—Porque la dejaron en la marisma. No llegó flotando.

—Eso lo decidirá el forense.

—El forense de guardia ya dijo que la corriente no explica la posición.

Mercadal se quitó las gafas.

Silvestre conocía aquel gesto. Lo había visto después de redadas, manifestaciones y detenidos con demasiados moratones. Mercadal nunca decía «cállate». Decía cosas más útiles.

—No hagas olas.

Silvestre casi sonrió.

—Con este río sería difícil.

—No estoy de humor.

—Yo tampoco.

Mercadal apoyó los codos en la mesa.

—Escúchame. Estamos en febrero del setenta y ocho.

La mitad del país no sabe todavía qué uniforme va a llevar el año que viene y la otra mitad quiere quemar los que tenemos ahora.

Hay huelgas, manifestaciones, atracos, heroína entrando por el puerto y cada semana un gobernador que llama para preguntar por qué sale su nombre en un periódico.

Si esa chica es lo que parece, no vamos a convertirla en una cuestión de Estado.

—¿Qué parece?

—Una muchacha de la calle.

—Llevaba las uñas limpias.

Mercadal lo miró con cansancio.

—¿Y?

—Que alguien la tuvo en algún sitio. Alimentada. Vestida.

—Todavía no tienes informe.

—Lo tendré.

—Pues vuelve cuando lo tengas.

Silvestre cogió el parte.

—¿Algo más?

—Sí. Duerme.

—Lo intento.

—Y no bebas.

La frase lo detuvo en la puerta.

Mercadal sabía de su alcohol. Había sido uno de los pocos que lo cubrieron durante los peores años. También uno de los que le consiguieron una plaza más tranquila cuando salió de la clínica en 1974.

—No bebo.

—Mejor.

El pasillo olía a café recalentado y ropa mojada. Un detenido dormía sentado en un banco, esposado a una tubería. Dos agentes discutían sobre un partido del Barça. Una máquina de escribir golpeaba detrás de una puerta.

Silvestre bajó al archivo de incidencias.

Buscó desapariciones de menores de los últimos seis meses.

A la media hora encontró un parte de noviembre.

VEGA SERRANO, ROSALINDA. 15 AÑOS.

Denuncia presentada por la madre. Domicilio: bloque Besòs 5. Observación mecanografiada: Posible fuga voluntaria. Frecuenta ambientes inadecuados.

La investigación constaba de una visita al domicilio y dos preguntas a vecinos.

Nada más.

Silvestre se quedó mirando la fotografía grapada a la ficha.

La cicatriz en la ceja.

El lunar junto a la boca.

Rosalinda.

Ya tenía nombre.

—Amat.

Se volvió.

Remei Vilanova estaba al final del pasillo. Llevaba una gabardina oscura y una carpeta bajo el brazo. Tenía treinta y ocho años, el cabello recogido deprisa y ojeras de quien dormía menos que los muertos a los que examinaba.

—Necesito hablar contigo.

Salieron al patio interior. Llovía menos.

Remei encendió un cigarrillo.

—La chica no murió ayer.

—¿Cuándo?

—Entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas, probablemente. Pero estuvo retenida antes.

—¿Cómo lo sabes?

—Marcas en tobillos y muñecas, antiguas y recientes. Restos de adhesivo. Pérdida de masa muscular, pero no desnutrición severa. La alimentaban.

Silvestre pensó en la ropa limpia.

—¿Violación?

Remei expulsó humo.

—No voy a darte todavía una respuesta que no tengo.

—¿Causa de muerte?

—Traumatismo craneal. Golpe único en la base del cráneo. Podría haber sido una caída, si uno quiere ser muy generoso.

—¿Y tú quieres?

—No.

Lo miró con una dureza tranquila.

—Hay otra cosa. Alguien llamó esta mañana al instituto antes de que termináramos.

—¿Quién?

—No dejó nombre. Preguntó si habíamos encontrado «la pulsera».

Silvestre frunció el ceño.

—¿Qué pulsera?

—Exacto.

Remei aplastó el cigarrillo contra la pared húmeda.

—No había ninguna en el cuerpo.

Remei lo acompañó hasta el pequeño depósito donde guardaban temporalmente las pertenencias de los fallecidos. El funcionario de turno protestó cuando Silvestre pidió revisar la bolsa.

—Ya está inventariada.

—Revísela conmigo.

—¿Por qué?

—Porque alguien ha preguntado por una pulsera que no figura aquí.

El hombre dejó de protestar.

La bolsa contenía exactamente lo que Silvestre había visto: llave, estampa, monedas, pañuelo, botón. Remei señaló la llave.

—No parece de una vivienda.

—¿Por qué?

—Pequeña. Tal vez taquilla, escritorio, maleta.

Silvestre la sostuvo contra la luz sin sacarla del sobre.

—O una caja.

El funcionario hojeó el registro.

—Aquí falta una firma.

—¿Cuál?

—La del traslado desde el lugar del hallazgo. Hay iniciales, pero no nombre completo.

Silvestre leyó: A. N.

Podía ser cualquiera.

También podía ser alguien que quería que pareciera cualquiera.

De regreso en la comisaría pidió el expediente original de desaparición y comprobó quién había atendido a Feliciana en noviembre. Un agente destinado temporalmente al distrito, ya trasladado a otra ciudad. Había adjuntado una nota manuscrita:

La madre manifiesta que la menor ha amenazado anteriormente con marcharse. Ambiente familiar conflictivo.

No había declaración firmada de Feliciana que respaldara esa frase.

Silvestre tomó el teléfono y llamó al número del agente. Tardó una hora en localizarlo.

—No recuerdo el caso —dijo el hombre.

—Quince años. Rosalinda Vega.

—No.

—Escribió que había amenazado con marcharse.

—Si lo escribí, me lo dirían.

—¿Quién?

—La madre, un vecino... yo qué sé.

—La madre dice que no.

Silencio.

—Han pasado meses.

—Tres.

—Para mí pasan muchos casos.

—¿Le llamó alguien después de la denuncia?

El silencio se alargó.

—No me acuerdo.

—Eso no significa no.

—Tengo trabajo, Amat.

Colgó.

Silvestre anotó la hora de la llamada.

Mercadal apareció en la puerta.

—¿Ya has identificado a la chica?

—Rosalinda Vega Serrano.

El comisario no mostró sorpresa.

Silvestre lo vio.

—¿La conoces?

—No.

—Has tardado mucho en decirlo.

Mercadal lo miró con fastidio.

—He tardado lo que tarda un hombre en preguntarse si realmente quiere aguantar tus manías a estas horas.

—Quince años.

—Ya me lo has dicho.

—Desapareció en noviembre.

Mercadal se acercó al expediente.

—Posible fuga.

—Eso dice.

—Entonces empieza por ahí.

—Ya he empezado.

Mercadal clavó un dedo en la foto de Rosalinda.

—No conviertas una desgracia en una cruzada.

Silvestre cerró la carpeta.

—Todavía no sé qué es.

—Mejor.

Cuando Mercadal se marchó, Silvestre reparó en algo: no había preguntado de qué barrio era Rosalinda, ni quién la había identificado, ni dónde vivía la madre.

Nada.

Como si ya lo supiera.

La identificación oficial llegó al día siguiente gracias a una auxiliar que comparó la fotografía del cadáver con las fichas de menores desaparecidos. Silvestre quiso acompañar a quien notificara a Feliciana.

Mercadal se negó.

—No hace falta que vaya un inspector.

—Quiero ir.

—¿Por qué?

Silvestre no contestó.

Mercadal lo estudió.

—Te conozco. Cuando empiezas a querer cosas sin saber por qué, acabas bebiendo.

—Eso era antes.

—Todo era antes hasta que vuelve.

Silvestre sostuvo la mirada.

—Voy a ir.

Mercadal suspiró.

—Haz lo que te dé la gana.

En el pasillo, Silvestre pasó junto al tablón donde aún quedaban circulares de los años anteriores, algunos sellos corregidos a mano, instrucciones que ya nadie sabía si seguían vigentes. España cambiaba deprisa en los periódicos y despacio en los despachos.

Un funcionario sustituía un membrete y dejaba el armario igual.

Aquella imagen le pareció de pronto una explicación demasiado exacta de Mercadal.

A media tarde, Silvestre pidió a un auxiliar que localizara todas las denuncias de menores desaparecidas presentadas en el distrito durante el último año. Fueron diecisiete.

Once se habían cerrado por regreso voluntario.

Tres porque la familia retiró la denuncia.

Dos seguían abiertas.

Rosalinda era la única cuyo expediente constaba como «sin novedad» pese a llevar tres meses desaparecida.

—¿Quién decidió eso? —preguntó.

El auxiliar buscó la firma.

—No hay decisión. Solo una anotación.

—¿De quién?

—Iniciales.

Silvestre leyó: Z. M.

Podían significar varias cosas.

Podían significar Zenón Mercadal.

Guardó la hoja.

Cuando volvió al despacho del comisario, Mercadal estaba al teléfono. Hablaba con alguien a quien llamaba «don Néstor».

Silvestre se detuvo fuera.

No oyó el apellido.

Mercadal cerró la puerta antes de que pudiera escuchar más.

Durante semanas se reprocharía no haber entrado en ese momento.

La comisaría funcionaba por capas. En la planta baja estaban los que esperaban: denunciantes, detenidos, familiares, curiosos. En la primera, los que escribían lo que les había ocurrido a los de abajo. En la segunda, los que decidían qué parte de aquello merecía seguir existiendo al día siguiente.

Silvestre llevaba más de veinte años aprendiendo a subir y bajar aquellas escaleras.

A media mañana pidió el registro de desaparecidos de los últimos seis meses. El funcionario de guardia, Coll, abrió un archivador metálico y dejó escapar una risa sin alegría.

—¿De Barcelona o del planeta?

—Menores. Chicas. Quince a diecisiete.

—Eso reduce poco.

—Empieza por el distrito.

Coll sacó fichas mecanografiadas y hojas manuscritas. Algunas tenían fotografía. Otras solo un nombre y una descripción: «morena, delgada, se marcha a menudo». Silvestre las fue colocando sobre la mesa.

Había demasiadas.

—¿Qué pasa con las que vuelven?

—Se archivan.

—¿Y las que no?

Coll se encogió de hombros.

—También, con tiempo.

A las once encontró la ficha de Rosalinda Vega.

La fotografía era de colegio. Pelo recogido, jersey oscuro, una expresión demasiado seria para quince años.

La denuncia figuraba presentada por Feliciana Vega el 22 de noviembre de 1977.

En el margen alguien había escrito a lápiz: «fuga voluntaria probable».

Debajo, otra mano había añadido: «madre poco colaboradora».