CAPÍTULO 2 — ENTONCES EL SEGRE
El agua del Segre olía a piedra.
S ilvestre tenía diecisiete años y manos de hombre antes de haber aprendido a serlo.
Ayudaba a su padre en la curtiduría desde que cumplió catorce: cal, pieles, sangre seca bajo las uñas.
Marcos tenía nueve y todavía podía regresar de la escuela con los bolsillos llenos de botones, chapas y cristales redondeados por el río.
Aquella tarde hacía frío.
Visitación había dicho que no bajaran al cauce.
Celestino no había dicho nada, que era su manera de estar de acuerdo.
Marcos siguió a Silvestre porque siempre lo seguía.
—Vete a casa.
—No.
—Mamá te va a matar.
—A ti primero.
Silvestre sonrió. Años después recordaría aquella sonrisa con una precisión insoportable. No el rostro entero de su hermano, no el color exacto del jersey, sino la separación entre sus dos incisivos superiores.
Habían bajado buscando una navaja que Silvestre creía haber perdido junto al puente viejo. El río venía crecido. En la orilla quedaban ramas atrapadas contra las piedras y una espuma blanca que se deshacía con rapidez.
—Quédate ahí.
Marcos obedeció durante menos de un minuto.
Silvestre se agachó junto a un matorral. Vio algo metálico. Extendió la mano.
Oyó el chapoteo.
Cuando se giró, Marcos ya estaba dentro.
No gritó de inmediato. El frío le robó la voz. Dio dos pasos torpes sobre unas piedras cubiertas de verdín y cayó de rodillas. La corriente lo desplazó apenas un metro, lo suficiente para que dejara de tocar fondo.
Silvestre se lanzó.
El agua le cerró las piernas.
Agarró a Marcos por la muñeca.
—No me sueltes.
Marcos sí gritó entonces.
Silvestre tenía fuerza. Mucha más que él. Podía haberlo sacado.
Eso se repetiría durante treinta años.
Podía haberlo sacado.
Pero una rama gruesa bajó girando y golpeó a Silvestre en el hombro. Perdió pie. Sintió que la corriente lo arrastraba también.
Y dudó.
No más de un instante.
Apretar la mano de Marcos significaba hundirse con él. Soltarla significaba vivir.
El cuerpo eligió antes que la conciencia.
Los dedos se abrieron.
Marcos desapareció bajo el agua.
Silvestre gritó su nombre. Lo vio reaparecer unos metros más abajo, una mano, la frente, el jersey oscuro. Corrió por la orilla. Cayó. Se levantó. El río era más rápido.
Cuando llegó al remanso junto a los chopos ya no había nada.
Encontraron el cuerpo al día siguiente.
Visitación no lloró cuando se lo dijeron.
Celestino tampoco.
En la casa, el reloj de la cocina se paró a las seis y veinte. Nadie lo arregló.
Durante el velatorio, Silvestre mantuvo las manos debajo de los muslos para que nadie viera que le temblaban.
Alguien dijo:
—Ha sido un accidente.
Otro respondió:
—Dios sabrá.
Silvestre comprendió que los adultos decían cosas así cuando no querían mirar un hecho de frente.
Él sí sabía.
No había sido Dios.
Había sido una mano que se abrió.
La suya.
El entierro fue dos días después.
Celestino caminó detrás del ataúd con la espalda recta. Visitación llevaba a Alèxia de la mano. La niña tenía once años y no entendía por qué nadie pronunciaba el nombre de Silvestre cuando hablaban del accidente.
Él sí lo entendía.
En la salida del cementerio, un vecino le puso una mano en el hombro.
—Tuviste suerte, muchacho.
Silvestre se apartó.
La palabra lo persiguió durante años.
Suerte.
Comió con ellos en la mesa familiar y durmió en la cama de siempre.
Durante semanas despertó convencido de que oía a Marcos en el pasillo.
Una noche se levantó y abrió la puerta de su habitación.
La cama estaba vacía. Sobre una silla seguía el abrigo pequeño de lana, con un botón distinto de los demás porque Visitación nunca había encontrado uno igual.
Silvestre lo tocó.
Su madre apareció detrás.
—Déjalo.
—Solo...
—He dicho que lo dejes.
La voz no fue alta.
Silvestre retiró la mano.
A partir de entonces comenzó a pasar más horas en la curtiduría.
El trabajo agotaba el cuerpo y el agotamiento era una forma elemental de silencio.
Raspaba pieles, cargaba cubos, cambiaba agua de los depósitos.
El olor se le pegaba tanto que, incluso después de bañarse, seguía creyendo que llevaba muerte animal bajo las uñas.
Celestino nunca volvió a preguntarle qué había ocurrido en el río.
Aquello era peor que una acusación.
Una tarde de primavera, cuando el Segre había bajado, Silvestre regresó solo al lugar. Encontró la navaja que había ido a buscar el día del accidente. Estaba medio enterrada en la grava.
La abrió.
La hoja tenía óxido.
Pensó en tirarla al agua.
No lo hizo.
La guardó.
Durante años conservaría objetos que no quería porque deshacerse de ellos le parecía demasiado parecido a absolverse.
El verano siguiente, los amigos de Silvestre volvieron al río.
Él no.
Inventó trabajo en la curtiduría. Dolor en una rodilla. Cansancio. Cualquier cosa servía. Pasaba junto al Segre por rutas más largas para no oír el agua.
Un domingo, Alèxia lo siguió hasta el cementerio. Tenía once años y una terquedad que ya entonces se parecía a la de su madre.
—¿Por qué vienes solo?
—Vuelve a casa.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo.
Alèxia se plantó frente a él.
—Marcos también te seguía cuando se lo decías.
Silvestre sintió que le faltaba aire.
—No sabes nada.
—Sé que te fuiste con él y volviste sin él.
La niña no pretendía acusarlo. Solo ordenaba los hechos como podía.
Silvestre la agarró del brazo con demasiada fuerza.
—No vuelvas a decir eso.
Alèxia se soltó.
—Me haces daño.
Él la dejó ir de inmediato.
Aquel gesto, pequeño, se quedaría entre ambos durante décadas. Alèxia aprendería que su hermano llevaba dentro una habitación prohibida. Silvestre aprendería que podía proteger esa habitación haciendo daño a quien se acercara.
Esa también sería una costumbre que la policía sabría utilizar.
Durante el primer aniversario, Visitación llevó flores al río en lugar de al cementerio.
Silvestre la siguió a distancia. Su madre caminó hasta el punto donde encontraron el cuerpo y dejó un ramo de flores silvestres sobre una piedra. No rezó.
—Mamá.
Visitación se volvió.
—No deberías haber venido.
—Tampoco tú.
La mujer miró el agua.
—Yo puedo venir donde quiera.
Silvestre se acercó.
—¿Crees que está aquí?
—No.
—Entonces ¿por qué flores?
Visitación tardó.
—Porque aquí empezó lo que vino después.
La frase se quedó con él.
Durante años pensó que se refería al duelo.
Mucho más tarde entendería que hablaba también de la familia: del silencio, de la distancia, de una madre que ya no pudo mirar a su hijo mayor sin ver al menor desapareciendo bajo el agua.
Silvestre quiso decirle que lo sentía.
No lo hizo.
Visitación recogió una rama del suelo y la lanzó al cauce.
La corriente se la llevó.
—Todo acaba yéndose —dijo.
Silvestre miró cómo desaparecía bajo el puente.
No estaba de acuerdo.
En los días posteriores a la muerte de Marcos, la casa perdió los sonidos antes que los objetos. Primero dejó de oírse la radio. Después la máquina de coser de Visitación. Por último desaparecieron las discusiones de los padres, como si incluso el rencor exigiera una energía que ninguno conservaba.
Silvestre dormía con la puerta abierta. No porque tuviera miedo, sino porque esperaba escuchar los pasos de su hermano en el pasillo.
Durante semanas creyó reconocerlos. Tres pisadas rápidas, una pausa, el roce de los calcetines contra las baldosas.
Se incorporaba en la cama y encontraba únicamente el rectángulo negro del corredor.
Celestino regresó a la curtiduría cuatro días después del entierro.
No dijo por qué. Probablemente porque allí el olor a cal y piel podrida era tan intenso que no dejaba espacio para recordar el río.
Visitación, en cambio, dejó de salir salvo para misa.
Las vecinas subían cazuelas, pan, garbanzos.
Ella las recibía con un gesto cortés y las devolvía limpias, como si la gratitud pudiera medirse por el brillo del aluminio.
Una tarde, Silvestre encontró a su padre lavándose las manos en el patio. Las frotaba con un cepillo de raíces hasta hacerse sangre en los nudillos.
—Ya están limpias —dijo el muchacho.
Celestino siguió frotando.
—Nunca están limpias.
Silvestre no supo entonces si hablaba de la piel de los animales, del trabajo o de otra cosa.
El río siguió existiendo. Aquello fue lo peor.
Las semanas siguientes, el Segre pasó junto a Lleida con la misma indiferencia con la que había pasado antes. Hubo pescadores, carros que cruzaban el puente, ropa tendida en las orillas. Un domingo vio a dos niños lanzando piedras al agua y tuvo que apartarse para vomitar detrás de una tapia.
Alèxia, todavía pequeña, preguntaba por Marcos de maneras que los adultos no sabían responder.
—¿Dónde duerme ahora?
—Con Dios —decía Visitación.
—¿Y no tiene frío?
—No.
—¿Y puede respirar?
Entonces la madre se levantaba de la mesa.
Una noche, Silvestre oyó a sus padres discutir por primera vez desde el entierro. Hablaron en voz baja, pero el silencio de la casa amplificaba cada palabra.
—No puedes mirarlo así —dijo Celestino.
—¿Cómo quieres que lo mire?
—Es un crío.
—Marcos también.
Después hubo un golpe. No supo si una mano contra una mesa o una puerta cerrada demasiado fuerte.
Silvestre permaneció tumbado con los ojos abiertos.
Por la mañana, Visitación le sirvió leche sin mirarlo.
Él comprendió que existían condenas que no necesitaban juez.
Volvió al lugar del accidente en secreto a finales de marzo. El invierno empezaba a retirarse. Había hierba nueva entre las piedras y el nivel del río era más bajo. Se arrodilló donde recordaba haber visto por última vez la cabeza de Marcos.
Intentó reconstruir cada segundo.
La rama.
El hielo.
La mano.
El grito.
Su propia vacilación.
Durante años modificaría la escena para poder vivir con ella.
Algunas veces se diría que la corriente era demasiado fuerte.
Otras, que el hielo bajo sus pies habría cedido si avanzaba.
Inventaría incluso que un hombre lo sujetó por la espalda y le impidió lanzarse.
Ninguna de esas versiones era completamente falsa. Tampoco verdadera.
La verdad era más pequeña.
Hubo un instante en que pudo elegir.
Y tuvo miedo.
Se quedó allí hasta que oscureció. Cuando regresó a casa, Celestino lo esperaba en la cocina.
—¿Dónde estabas?
Silvestre no contestó.
Su padre observó el barro seco en los bajos del pantalón.
—No vuelvas.
—¿Por qué?
—Porque no vas a encontrar nada.
—A Marcos.
Celestino cerró los ojos.
—A Marcos menos que nada.
El muchacho sintió una rabia súbita.
—Tú no estabas.
Su padre abrió los ojos.
—No.
—Entonces no sabes.
—Sé que uno de mis hijos está muerto y el otro lleva un mes intentando ir detrás de él.
Silvestre apretó los puños.
—No quiero morirme.
—Pues empieza a comportarte como si fuera verdad.
Fue la conversación más larga que mantuvieron sobre Marcos.
Años después, cuando Celestino enfermó de los pulmones, Silvestre encontraría en una caja una noticia recortada del periódico local. Tres líneas sobre el ahogamiento de un niño en el Segre. El recorte estaba doblado tantas veces que había terminado por romperse justo en mitad del nombre de Marcos.
Su padre también había conservado una forma de culpa.
Solo que nunca se la enseñó a nadie.
El día del entierro, un cura dijo que Marcos estaba en un lugar mejor.
Silvestre lo odió por eso.
No porque no creyera en Dios. Porque si existía un lugar mejor, significaba que la casa, la mesa, Alèxia y él mismo pertenecían a uno peor.
Después del cementerio, los adultos hablaron en la cocina. Nadie dejó entrar a los niños.
Silvestre escuchó detrás de la puerta.
—Fue un accidente.
La voz de Celestino.
—No estaba usted allí.
La de un guardia.
—No hace falta estar para saberlo.
—El mayor dice que lo tenía agarrado.
Silvestre dejó de respirar.
—Es un crío —dijo Celestino.
—Claro.
La conversación siguió, pero ya no oyó.
Aquella fue la primera vez que entendió que una declaración podía decidir una versión de los hechos.
El guardia escribió accidente.
Nadie preguntó cuánto tiempo sostuvo la mano.
Nadie preguntó cuándo la aflojó.
Silvestre sintió alivio.
Muchos años después recordaría ese alivio cuando viera cómo una palabra en un informe podía salvar a un hombre de tener que explicarse.
Su carrera empezó quizá allí, aunque todavía no lo sabía.
Aquel verano, varios meses después del accidente, Silvestre volvió a nadar.
No en el Segre.
Unos amigos lo llevaron a una acequia ancha fuera de la ciudad. Durante media hora permaneció sentado en la orilla fingiendo que no tenía ganas de entrar.
—¿Te da miedo? —preguntó uno.
Silvestre negó.
—Está fría.
—Siempre está fría.
Los otros saltaron.
Él los observó chapotear.
El agua limpia le parecía más peligrosa que el río oscuro de sus recuerdos precisamente porque permitía ver el fondo.
Finalmente se quitó la camisa y entró hasta las rodillas.
El cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Respiración corta. Músculos rígidos. Las manos buscando algo que agarrar.
—Ven —gritó uno de los chicos.
Silvestre avanzó.
Cuando el agua le llegó al pecho, volvió a sentir la muñeca de Marcos dentro de la mano.
Se detuvo.
Podía salir.
Nadie lo obligaba a quedarse.
Dio otro paso.
Luego otro.
Nadó apenas diez metros.
Al regresar a la orilla, temblaba.
—Pareces un viejo —se burlaron.
Silvestre se rió con ellos.
No contó nada.
Durante años recordaría aquel baño como una victoria secreta. Más tarde dejaría de llamarlo así. Había sido simplemente la primera vez que comprobó que podía entrar en el agua sin que el pasado decidiera completamente lo que ocurría después.
Ese aprendizaje se perdió entre otros durante mucho tiempo.
En 1978, frente al Besòs, regresaría sin saberlo.
No podía cambiar la tarde en que soltó a Marcos.
Pero podía decidir qué hacía con la siguiente mano.
El problema era aprender que no todas las manos necesitaban que él las sujetara.
Algunas cosas se iban del lugar y se quedaban dentro de uno.