CAPÍTULO 1 — EL DESCUBRIMIENTO #2
Incluyó el zapato separado del cuerpo, las marcas del terreno, el cartel de Terralta y la declaración contradictoria de los pescadores. Dudó antes de incluir esta última. Sabía que un superior podía usarla para desacreditar ambos testimonios.
La incluyó de todos modos.
A las siete y media salió a fumar al patio. Un agente joven comentó que habían encontrado «una putilla en el río». Silvestre giró la cabeza.
—¿Quién te ha dicho eso?
El muchacho se encogió.
—Se comenta.
—No vuelvas a decirlo.
—¿Por qué?
Silvestre estuvo a punto de responder que porque no había prueba. Se dio cuenta de que esa no era la razón principal.
—Porque tiene nombre aunque todavía no lo sepamos.
El agente se marchó sin entender.
Silvestre tampoco estaba seguro de entenderse a sí mismo.
Había oído expresiones peores durante años sin reaccionar.
Tal vez la diferencia no estaba en la niña.
Antes de que llegara el furgón del depósito, Silvestre recorrió el borde de la marisma con Noguera detrás.
No buscaba huellas. En aquel barro, después de tres días de lluvia, cualquiera podía fabricar una historia con dos pisadas y una rama rota.
Buscaba otra cosa: aquello que no encajaba con la costumbre del lugar.
Había neumáticos medio enterrados, latas de aceite, una silla sin asiento y el esqueleto oxidado de una bicicleta infantil.
También había jeringuillas, pocas todavía, dispersas entre los juncos.
Más arriba, donde el terreno empezaba a secarse, encontró una cinta de tela azul enganchada a un alambre.
La tocó con la punta de un bolígrafo. Limpia.
Demasiado limpia para llevar mucho tiempo allí.
—¿De la chica? —preguntó Noguera.
—De alguien.
—Eso ayuda mucho.
Silvestre lo miró. Noguera tenía treinta y tantos, un bigote que parecía dibujado con carbón y la expresión resignada de quien llevaba media vida llegando siempre después de que ocurrieran las cosas.
No era mal policía. Tampoco era especialmente bueno.
En aquella comisaría, la diferencia entre ambas categorías solía consistir en cuánto estaba dispuesto uno a incomodarse.
Silvestre guardó la cinta en un sobre de papel.
—¿Quién dio el aviso exactamente?
Noguera señaló a los pescadores furtivos. Uno se llamaba Mateo Cazorla; el otro, Juanito Rivas. Los habían identificado por una libreta de multas antigua que Noguera conservaba en la guantera. Silvestre se acercó a ellos por separado.
Cazorla aseguró que habían llegado poco después de las seis, antes de que aclarara. Dijo que vio primero el zapato y luego el pelo. Rivas juró que fue al revés. Uno dijo que no tocaron nada. El otro admitió que había apartado una rama con el pie. Los dos olían a vino y a miedo.
—¿Venís mucho?
—A veces.
—¿Cuánto es a veces?
Cazorla se encogió de hombros.
—Cuando hay algo que sacar.
—¿Y hoy había?
El hombre miró el agua. La pregunta podía referirse a peces o a cadáveres.
—Hoy no.
Silvestre dejó que el silencio hiciera su trabajo. El Besòs sonaba detrás como una respiración enferma. A lo lejos, una sirena de fábrica marcó las siete. Los dos hombres se miraron un instante. Fue suficiente.
—Habéis visto coches aquí otras noches —dijo Silvestre.
No era una pregunta.
Rivas se frotó las manos.
—Coches hay siempre.
—¿Qué coches?
—Los que tienen ruedas.
Silvestre se acercó un paso. No elevó la voz.
—Una niña está muerta. Si queréis haceros los graciosos, buscad otro día.
El hombre bajó los ojos.
—Negros —murmuró—. Coches negros. Grandes. De gente con dinero.
—¿Cuándo?
—No sé. Hace semanas. Meses.
—¿Matrículas?
Rivas negó con la cabeza demasiado deprisa.
Cazorla habló entonces.
—Uno llevaba una pegatina en el cristal. Como un edificio.
—¿Qué edificio?
—No sé. Una torre. Dos torres, quizá.
Silvestre anotó aquello sin saber por qué. Dos torres. Podía ser el logotipo de una constructora, de un club de fútbol o la memoria defectuosa de un hombre que quería marcharse.
Cuando volvió junto al cadáver, Remei Vilanova ya estaba allí. Llevaba una gabardina beige sobre la bata, y el pelo oscuro recogido con una horquilla que parecía a punto de rendirse. Se agachó junto al cuerpo sin saludarlo.
—Quince, quizá dieciséis —dijo.
—¿Cuánto tiempo?
—Muerta, no demasiado. Desaparecida de su vida normal, bastante más.
Silvestre vio que tenía las manos inmóviles sobre las rodillas.
—¿Por qué?
—Las uñas. El pelo. La piel de las muñecas. Alguien la mantuvo en un sitio cerrado. Comió. Se lavó. O la lavaron.
—¿Violencia sexual?
Remei levantó la vista.
—No voy a inventarte una respuesta bajo la lluvia para que puedas escribirla en un papel. En la mesa te diré lo que vea.
Era una de las razones por las que confiaba en ella: prefería parecer desagradable antes que exacta a medias.
Silvestre señaló la herida de la nuca.
—¿Eso la mató?
—Puede. Puede que no. Hay agua en los pulmones, pero hasta que abra no sabré si respiraba cuando entró al río.
El verbo abrir quedó entre ambos con una obscenidad clínica.
Remei observó el zapato flotante.
—¿Sabes qué me molesta?
—Muchas cosas.
—Que esté aquí.
—¿El cuerpo?
—Sí. Si quieres ocultar a alguien, no lo dejas donde el río puede devolverlo. Esto no parece un escondite. Parece una entrega.
Silvestre volvió a mirar la muchacha. Una entrega. La palabra era peor que abandono. Suponía destinatario.
El fotógrafo policial pidió que se apartaran.
Disparó seis veces. Cada destello blanqueó el rostro de Rosalinda, aunque todavía ninguno de ellos conocía ese nombre.
Silvestre pensó que las fotografías serían archivadas, numeradas, quizá extraviadas.
La administración tenía una manera particular de convertir la carne en papel y el papel en nada.
A las ocho y cuarto llegó un coche oficial. Del asiento trasero bajó el subcomisario Ibáñez, enviado de Jefatura. Zapatos secos, paraguas negro, corbata perfectamente anudada. Miró el lugar con fastidio antes que con horror.
—¿Qué tenemos?
Silvestre resumió.
Ibáñez escuchó hasta oír la palabra «menor».
—¿Identificada?
—Todavía no.
—Entonces no tenemos menor. Tenemos una mujer joven sin identificar.
—Tiene quince o dieciséis.
—Cuando haya papeles tendrá edad.
Silvestre sintió una antigua presión detrás de los ojos. Había oído frases así durante años. No eran órdenes. Eran instrucciones sobre cómo debía existir la realidad para que cupiera en un expediente.
—Hay indicios de retención prolongada —dijo.
Ibáñez miró a Remei.
—¿Confirmado?
—Hay indicios —repitió ella.
—Entonces escriban indicios. Nada de secuestro hasta que sepamos quién es.
Se volvió hacia Noguera.
—Y despejen esto. No quiero periodistas en el barro.
Cuando el coche se alejó, Remei encendió un cigarrillo sin protegerlo de la llovizna. La brasa duró apenas unos segundos.
—Ya han empezado —dijo.
—¿Quiénes?
—Los que convierten una muerte en una palabra más pequeña.
Silvestre no respondió. Observó cómo los camilleros levantaban el cuerpo. Una mano de la muchacha cayó fuera de la sábana y quedó suspendida un instante. Él mismo la colocó dentro. La piel estaba fría y sorprendentemente ligera.
En la muñeca vio una marca más clara, rectangular, como si hubiese llevado durante mucho tiempo una pulsera o un reloj que ya no estaba.
—Remei.
Ella se acercó.
—¿Lo ves?
—Sí.
—Anótalo.
—Lo anotaré.
—No. Anótalo ahora.
Remei lo miró, comprendió y sacó una libreta del bolsillo.
Ese pequeño gesto —escribir una marca antes de que alguien pudiera decidir que no importaba— fue la primera desobediencia del caso.
Cuando terminaron con los pescadores, Silvestre caminó hasta la carretera para hablar con el primer agente que había llegado al aviso.
Se llamaba Morales y llevaba apenas seis meses destinado en el distrito.
—¿Quién tocó el cuerpo antes de que llegáramos?
—Nadie, que yo viera.
—¿Que tú vieras?
Morales señaló a los pescadores.
—Ellos estaban ya aquí.
—¿Y alguien más?
El agente dudó.
—Un coche.
Silvestre levantó la mirada.
—¿Qué coche?
—Se marchó cuando llegamos.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
—Pensé que sería un curioso.
—Los curiosos suelen quedarse.
Morales tragó saliva.
—Era oscuro. Grande. No vi matrícula.
—¿Conductor?
—Un hombre. Traje, creo.
—¿Solo?
—Sí.
Silvestre anotó.
—¿Hizo algo?
—Miró.
—¿Qué?
—El juncal. Como si supiera dónde estaba.
Silvestre sintió un cambio pequeño en el aire.
—¿Antes de que retiraran las ramas?
—Sí.
—Entonces podía verla.
Morales negó.
—Desde la carretera, no.
Se quedaron callados.
El hallazgo acababa de adquirir un testigo anterior a la policía.
—Quiero un parte por escrito —dijo Silvestre.
—¿He hecho algo mal?
—Todavía no. No lo empeores olvidándolo.
Morales asintió.
Silvestre volvió hacia el agua.
La niña seguía allí, pero el lugar ya no era el mismo. Cada dato nuevo desplazaba el centro de la escena unos centímetros.
Un coche.
Un hombre que sabía dónde mirar.
Tal vez no significara nada.
O quizá aquel hombre había llegado para comprobar si el río había terminado el trabajo.
Silvestre volvió a mirar el zapato flotante. Por primera vez desde que bajó del coche, la escena dejó de parecerle un hallazgo y empezó a parecerle una entrega.