La casa de las aguas negras CAPÍTULO 1 — EL DESCUBRIMIENTO
4%

CAPÍTULO 1 — EL DESCUBRIMIENTO

El olor del agua llegó antes que el cuerpo.

S ilvestre Amat lo reconoció desde el coche, incluso con las ventanillas cerradas: amoníaco, combustible, materia podrida y aquel dulzor químico que el Besòs soltaba algunos días como si debajo del barro hubiera una fábrica enterrada.

Había llovido desde la madrugada. La carretera de servicio era una lengua gris entre almacenes y descampados.

—Aquí —dijo el agente que conducía.

Silvestre abrió la puerta.

La humedad se le metió bajo la gabardina.

Tenía cuarenta y siete años y aquella mañana parecía mayor.

Había dormido tres horas. Desde que dejó la bebida dormía peor, como si el alcohol hubiese sido también una forma de sueño y el cuerpo se negara a perdonarle la sobriedad.

Encendió un Celtas sin filtro y lo mantuvo entre los labios mientras bajaba hacia la marisma.

Dos pescadores furtivos esperaban junto a un Seat 124. Uno llevaba botas de goma y una chaqueta de pana demasiado grande. El otro se había quitado la gorra y la retorcía con ambas manos.

—¿Quién la vio primero?

El de la gorra señaló a su compañero.

—Yo no la vi —dijo este—. Vi el zapato.

Silvestre miró hacia los juncos.

El zapato flotaba boca abajo en una charca, atrapado entre bolsas de plástico. Era pequeño, de piel marrón, con una hebilla lateral. Más allá, medio oculta por la vegetación, había una pierna.

Sintió la antigua presión detrás del esternón.

No era miedo.

El miedo llega antes.

Aquello era memoria.

—No pisen más —ordenó.

Se acercó por el mismo sendero de barro que habían usado los pescadores. A pocos metros, Noguera, un sargento de la Policía Armada, mantenía apartados a dos curiosos. El uniforme gris le oscurecía bajo la lluvia.

—Creemos que es joven —dijo.

Silvestre no contestó.

El cuerpo estaba de espaldas. Llevaba pantalones vaqueros, jersey claro y un solo zapato. El cabello negro se extendía en el agua como una mancha más densa que las demás. Había barro en los dedos, pero no debajo de las uñas. La ropa, pese al agua, parecía demasiado limpia.

Silvestre se agachó.

El Segre apareció sin pedir permiso.

Un golpe de sol sobre el río. Una mano pequeña. El grito de su madre mucho después.

Parpadeó.

Besòs.

1978.

Una muchacha muerta.

—¿La han movido?

—Nadie —dijo Noguera—. El practicante ha dicho que ni tocarla hasta que llegue el juez.

Silvestre acercó la mirada a la nuca. Bajo el pelo había una lesión pequeña, oscura, demasiado limpia para haberla causado una piedra del cauce. Vio también una línea rojiza en la muñeca izquierda.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—No sé.

—No te lo he preguntado a ti.

Noguera apretó los labios. Silvestre se incorporó. No pretendía humillarlo. Últimamente la voz le salía así, como si cada frase tuviera que abrirse paso entre restos de óxido.

Llegó el juez instructor casi cuarenta minutos después, acompañado por un secretario judicial y un médico forense joven al que Silvestre no conocía. El levantamiento se hizo deprisa, bajo paraguas negros. Fotografías. Medidas. Una camilla que se hundía en el barro.

Cuando giraron el cuerpo, la muchacha mostró una cara sorprendentemente tranquila.

Tenía una cicatriz en la ceja derecha.

Un lunar junto a la boca.

Y quince años, pensó Silvestre.

Quince como mucho.

En el bolsillo trasero de los vaqueros encontraron una llave pequeña y una estampa de la Virgen de Montserrat, doblada cuatro veces. Ningún documento.

—Otra perdida —murmuró el secretario.

Silvestre lo miró.

—¿Cómo sabe que está perdida?

El hombre alzó los hombros.

—Ya me entiende.

Sí.

Lo entendía.

En los barrios del borde las muchachas podían desaparecer antes de que nadie reconociera que habían faltado.

Bastaba con decir que se habían ido con un hombre, que eran difíciles, que frecuentaban malas compañías.

A los quince años una chica pobre podía ser considerada adulta para cargar con la culpa y niña para no tener derechos.

Silvestre volvió a mirar el zapato que seguía flotando en la charca.

—Recójanlo también.

—¿Para qué? —preguntó Noguera.

Silvestre tardó en responder.

—Porque es suyo.

Mientras subían el cadáver a la ambulancia, uno de los pescadores se acercó.

—Inspector.

—Amat. Inspector Amat.

—Ya. Bueno. Hay algo.

El hombre señaló el cauce.

—Anoche no estaba.

Silvestre se volvió.

—¿Qué cosa?

—Ella. Venimos casi cada noche. A coger anguilas. Anoche no estaba.

—¿Está seguro?

—Del zapato sí. Eso lo habría visto.

Silvestre siguió la dirección de su mirada.

La corriente era escasa, espesa, incapaz de arrastrar un cuerpo desde muy lejos sin dejarlo marcado.

—Entonces la trajeron.

El pescador bajó la voz.

—Aquí vienen coches de noche. Camiones. Gente de las obras.

—¿Qué obras?

El hombre señaló un cartel medio vencido al otro lado del descampado. Bajo la lluvia se distinguían unas letras azules:

TERRALTA, S. A. — FUTURO DESARROLLO URBANO

Silvestre leyó el nombre dos veces.

No sabía todavía quién era Néstor Berrocal.

No sabía quién era Rosalinda Vega.

No sabía que, antes de acabar el mes, alguien intentaría borrar el informe de aquella autopsia y que su propio jefe le pediría que olvidara el nombre de la niña.

Solo sabía que el cadáver no había llegado con el río.

Alguien lo había llevado hasta allí.

Y el agua negra, por una vez, no había conseguido esconderlo.

La ambulancia tardó en marcharse porque una de las ruedas se había hundido en el barro. Mientras los hombres empujaban, Silvestre recorrió otra vez el terreno. No buscaba una revelación. Buscaba contradicciones.

Encontró tres.

La primera estaba en los pies de la muchacha.

El zapato que conservaba puesto tenía barro en el tacón, pero la suela apenas estaba desgastada.

No había caminado por la marisma. La segunda era la postura de las manos: una bajo el pecho, otra abierta junto a la cara, como si el cuerpo hubiese sido depositado más que arrastrado.

La tercera estaba unos metros más arriba, junto a la pista: dos marcas paralelas en el fango, semejantes a las que dejaría una manta o una lona al rozar el suelo.

—Fotografíe esto —dijo al agente de judicial.

El hombre miró el barro.

—Mañana no estará.

—Por eso.

—Con la lluvia no va a salir nada.

—Haga la foto.

El flash estalló bajo el cielo gris.

Silvestre se acercó después a los pescadores.

Los separó para tomar declaración por separado.

El de la gorra se llamaba Eusebio Cañadas, cincuenta y tres años, soldador en paro intermitente.

El otro, Tomás Aguilar, trabajaba de noche en un almacén frigorífico y pescaba anguilas para venderlas a un bar de Santa Coloma.

—¿Vieron algún coche? —preguntó a Tomás.

—Muchos pasan.

—Anoche.

Tomás dudó.

—Uno claro.

—¿Marca?

—No sé. Grande.

—¿A qué hora?

—Sobre las once.

—¿Lo vio detenerse?

—No.

Silvestre anotó.

—¿Y Eusebio?

—Él se había ido a mear.

Cuando interrogó a Eusebio, este mencionó un coche oscuro, no claro, y situó la hora cerca de medianoche.

—Tomás dice que usted estaba orinando.

—Tomás dice muchas cosas.

—¿Estaba?

—Puede.

—¿Vio el coche?

Eusebio se frotó la nariz.

—Vi luces.

No era mucho. A veces era suficiente para que alguien rellenara después lo demás con imaginación. Silvestre apuntó las contradicciones y no eligió ninguna versión.

Noguera se le acercó con un pequeño envoltorio de papel.

—Esto estaba cerca del cuerpo.

Dentro había una horquilla de pelo y un trozo de hilo azul.

—¿De la chica?

—Ni idea.

—Embólselo por separado.

—Ya pareces forense.

Silvestre miró la marisma.

—Los muertos no protestan cuando los clasificamos mal.

Noguera se encogió de hombros.

—Los vivos tampoco mucho por aquí.

La frase quedó flotando entre ambos.

Silvestre conocía el barrio. Lo conocía desde antes de que muchos bloques tuvieran aceras, desde cuando las asociaciones de vecinos reclamaban agua corriente y recibían visitas policiales.

Sabía que una desaparición en Sarrià movilizaba llamadas, conocidos y porteros.

En el Besòs podía convertirse en una frase mecanografiada: fuga voluntaria.

Volvió al cartel de Terralta. Había pequeñas piedras colocadas alrededor de la base, como si alguien hubiera asegurado recientemente los soportes. En el margen inferior figuraba un teléfono y una dirección en la avenida Diagonal.

Copió ambos datos.

—¿Qué mira? —preguntó Noguera.

—Una promesa.

—¿De qué?

Silvestre señaló la ilustración de familias junto a un río azul.

—De que todo esto dejará de parecer lo que es.

Noguera escupió al barro.

—Ojalá.

Silvestre no dijo que las ciudades a veces se limpiaban como los informes: quitando lo que molestaba de la vista.

Cuando se marchó, ya casi anochecía. Desde el coche observó durante unos segundos el lugar vacío que había dejado la ambulancia.

El cuerpo ya no estaba.

Sin embargo, el paisaje parecía más ocupado que antes.

Como si la niña hubiese llenado con su ausencia todo lo que la rodeaba.

A las seis de la tarde, de vuelta en comisaría, Silvestre encontró una nota del depósito judicial: la muchacha sería trasladada al Instituto Anatómico Forense al día siguiente. El nombre seguía pendiente de confirmación.

Se sentó ante la máquina de escribir para redactar el parte del hallazgo.

Cadáver de mujer joven, edad aparente entre quince y dieciocho años...

Se detuvo.

Mujer joven.

El lenguaje administrativo la envejecía de golpe.

Borró con corrector y escribió:

Cadáver de menor de sexo femenino...

Volvió a detenerse. No sabía todavía con certeza que fuera menor. Sabía, sin embargo, que si la describía como mujer el resto del expediente empezaría a tratarla como tal.

Reescribió:

Cadáver de adolescente...

Aquello tampoco era una categoría jurídica. Era, al menos, una verdad visible.

Noguera pasó por detrás.

—Te vas a quedar sin cinta de tanto corregir.

—Ya pediré otra.

—Pon «mujer» y termina.

Silvestre levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque es lo que se pone.

Era una explicación suficiente para casi todo en aquella casa.

Silvestre siguió escribiendo.