La casa de las aguas negras
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PRÓLOGO — EL AGUA QUE NO OLVIDA
El metal conserva el frío incluso en agosto.
La guardaste doce años sin decidir nunca si era una reliquia o una prueba.
Caminas despacio por la desembocadura del Besòs.
Han levantado muros. El cauce está más domesticado.
Algunas fábricas han cerrado y otras han cambiado de dueño.
El río ya no exhala la misma mezcla de amoníaco, aceite y materia podrida que se pegaba a la garganta en invierno.
Hay gaviotas. Bicicletas. Un hombre pasea un perro junto a una barandilla nueva.
Podría parecer otro lugar.
No lo es.
Doce años bastan para cambiar una orilla. No una memoria.
Te detienes donde calculas que estuvo el juncal.
No queda nada que puedas señalar con seguridad.
El terreno ha sido removido tantas veces que el punto exacto donde apareció el cuerpo de Rosalinda Vega solo existe ya dentro de ti.
Durante años creíste que recordar consistía precisamente en eso: conservar coordenadas.
Un metro de barro. Una herida. Un zapato flotando boca abajo.
Ahora sabes que la memoria es menos obediente.
Rosalinda tenía quince años cuando la encontraste el 14 de febrero de 1978. Durante mucho tiempo dijiste que aquel día empezó el caso. Era una forma cómoda de contarlo. Los casos policiales empiezan cuando alguien los escribe. Las tragedias, casi nunca.
La habías encontrado antes sin conocerla.
En cada denuncia archivada porque una muchacha pobre seguramente se habría ido con un hombre.
En cada parte redactado para que una paliza pareciera una reducción necesaria.
En cada puerta que no abriste porque otro policía te dijo que no era asunto tuyo.
En cada ocasión en que confundiste seguir dentro con poder cambiar algo.
Rosalinda ya estaba allí.
Esperando.
La niña muerta.
Siempre la niña muerta.
Sacas del bolsillo la fotografía escolar que llevas en la cartera desde entonces.
El papel ha amarilleado por los bordes. Una esquina está doblada.
En la imagen, Rosalinda tiene el pelo recogido y la expresión tensa de quien no termina de confiar en la cámara.
Durante años fuiste incapaz de mirar esa cara sin superponerle la nuca hundida en el barro.
Te costó aprender a separarlas.
La muchacha de la fotografía no está muerta.
Debe veinte duros a una amiga. Dibuja vestidos en los márgenes de los cuadernos. Quiere ver Lisboa y París. Discute con su madre. Fuma cuando no debería. Miente. Se enfada. Sueña con una tienda que lleve su nombre. Todavía cree que un padre rico puede ser una puerta y no otra forma de encierro.
Guardas la fotografía.
Esa no has venido a tirarla.
La placa pesa más.
En el reverso, tu nombre casi se ha borrado.
SILVESTRE AMAT FERRAGUT.
Cuando te la entregaron tenías veintitrés años y estabas convencido de que el orden era lo contrario del miedo. Tardaste media vida en comprender que a veces el orden es solo miedo administrado con formularios, sellos y hombres convencidos de que obedecer evita el caos.
Marcos también está aquí.
No en el Besòs.
En el agua.
En todas.
Cierras los ojos y el Segre vuelve con una precisión que te irrita. Tienes diecisiete años. Tu hermano resbala. Extiende una mano. Tú la agarras. El agua tira. Él pesa menos de lo que debería pesar una vida entera. Y entonces dudas.
Medio segundo.
Quizá menos.
Lo suficiente para fabricar cuarenta años.
Has contado esa escena tantas veces dentro de tu cabeza que ya no sabes qué parte pertenece al recuerdo y cuál al castigo. Lo único cierto es que Marcos murió y tú no. Todo lo demás fue la historia que construiste para poder explicarte por qué.
Una bicicleta pasa detrás de ti. Un muchacho toca el timbre para avisar. Te apartas.
El presente tiene esa falta de respeto: sigue ocurriendo.
En 1982 viniste una mañana y no bajaste del coche. Había excavadoras removiendo la orilla. En 1986 llegaste por error, obligado por un desvío, y diste media vuelta antes de encontrar un sitio donde parar. Cada vez inventaste una razón distinta.
Tráfico.
Trabajo.
Prisa.
Ahora ya no necesitas excusas.
Has venido porque conservas la placa desde hace doce años y empiezas a entender que guardarla tampoco te hace más responsable.
Un hombre mayor se detiene junto a la barandilla. Lleva una bolsa de pan bajo el brazo.
—Ha cambiado mucho —dice.
Asientes.
—Sí.
—Antes esto apestaba.
—Sí.
El hombre mira el agua.
—Ahora hasta vuelven los pájaros.
Después se marcha.
Te quedas pensando en esa frase.
El río ha mejorado. Es verdad.
Aquí dejaron a Rosalinda. También es verdad.
Una cosa no absuelve a la otra.
Durante demasiados años necesitaste que el mundo funcionara como una sentencia: culpable o inocente, limpio o sucio, antes o después.
Quizá por eso la policía te pareció una salida cuando eras joven.
La placa prometía fronteras claras. Más tarde descubriste que casi todos los desastres importantes empiezan en una zona donde nadie quiere decidir qué palabra corresponde.
Retención.
Protección.
Vigilancia.
Accidente.
Archivo.
Palabras útiles.
Palabras que permiten dormir.
Tocas otra vez la placa.
Piensas en Remei, que firmó un informe sabiendo lo que podía costarle.
En Ventura, que llegó a la comisaría creyendo que las instituciones eran lo que decían ser.
En Alèxia, que tardó treinta años en dejar de usar el nombre de Marcos como un arma.
En Feliciana Vega, obligada a explicar una y otra vez que su hija podía haber mentido, robado, fumado o deseado marcharse sin que ninguna de esas cosas justificara que dejaran de buscarla.
Piensas incluso en Mercadal.
Eso te molesta.
Durante años quisiste reducirlo a traidor porque era más sencillo que recordar todo lo que aprendiste de él, todo lo que aceptaste y todas las veces que confundiste protección con deuda. Mercadal no te obligó a convertirte en el hombre que fuiste. Solo hizo más fácil seguir siéndolo.
Y piensas en Néstor Berrocal, muerto hacía tres inviernos en una clínica privada, con una esquela grande y una misa llena de hombres que pronunciaron palabras como empresario, familia y servicio.
A Rosalinda le dieron dos líneas.
A él, media página.
Durante mucho tiempo creíste que ese desequilibrio resumía el caso.
Ahora sabes que no.
El caso no cabía en un periódico.
Tampoco en un expediente.
Te alejas de la barandilla y caminas unos metros río arriba. Buscas, sin encontrarlo, el ángulo desde el que viste por primera vez el zapato. Quieres recordar el olor exacto de aquella mañana.
Amoníaco.
Plástico quemado.
Gasoil.
Agua podrida.
Lo recuerdas antes que la cara.
Siempre fue así.
Primero llegaba el olor.
Después el cuerpo.
Metes la mano en el bolsillo y cierras los dedos alrededor de la placa.
Todavía no.
Antes de soltarla necesitas recordar por qué la conservaste.
Y para eso tienes que volver a aquella mañana de febrero en que una muchacha apareció entre los juncos con un solo zapato y tú todavía creías que una investigación consistía en descubrir quién había hecho algo.
Aún no sabías que algunas muertes las comete una multitud sin ponerse de acuerdo.
ACTO I — LA NIÑA Y EL AGUA