Capítulo 41 #2
—¡Doña Irene! —gritó Alba con voz temblona. Por suerte, la gobernanta estaba sentada detrás de su mesa, revisando los gastos en productos de limpieza, de los cuales debía dar cumplida cuenta al contable. La mujer se bajó un poco los anteojos y la miró por encima de las lentes.
—¿Qué pasa, Alba? ¿Qué prisas son esas? —preguntó, extrañada, porque Alba era una trabajadora ejemplar, de impecables modales.
—Ha habido un accidente, señora…una dama se ha caído por las escaleras.
Doña Irene no preguntó más y comenzó a seguir a la camarera.
—Ya subo yo, Alba, tú vete a avisar al doctor.
Alba obedeció de inmediato, conteniendo a duras penas las ganas de echar a correr. No lo hizo, pero caminó todo lo deprisa que pudo hasta llegar al pabellón. Se plantó ante la puerta del doctor Calderón, llamó con los nudillos y abrió.
—Doctor, perdone la interrupción, pero ha habido un accidente en las escaleras principales y me han pedido que venga a buscarlo.
—Jovencita, soy médico de baños, ¿acaso no hay más médicos en todo el hotel?
En el despacho contiguo, Pablo De la Cueva levantó la cabeza, escuchó unos segundos y se puso en pie de un salto. Asomó por la puerta que comunicaba ambas habitaciones.
—Iré yo, doctor, soy médico— dijo, con indudable ironía.
El doctor Calderón, sin inmutarse, asintió con la cabeza, así que Pablo revisó su maletín a toda prisa.
Mientras lo hacía, Rocío la interrogó con la mirada, y Alba sólo le hizo un gesto con el que quiso decirle que más tarde se lo contaría.
Ambos, médico y camarera, salieron sin perder un segundo, la joven caminando delante, a modo de guía.
Pablo de la Cueva estaba recién diplomado, pero eso no implicaba que no supiese como manejar la urgencia.
Enseguida se hizo cargo de la situación, permitiendo que Isabel se retirase, siendo sustituida por una enfermera de las que solían acompañar a los pacientes impedidos o con necesidades especiales.
Mientras, Gaspar, alertado por la tardanza de su esposa, había ido a buscarla, y ahora la abrazaba con ternura, envolviéndola con su torso grande y protector mientras ella, poco a poco, se iba calmando.
—¿Pueden avisar a los familiares de esta mujer?
La gobernanta asintió en silencio.
—Alba —le dijo a la joven que, con el desconcierto reinante, seguía allí, demasiado conmovida para continuar con su trabajo—, vete a recepción y que busquen a doña Amalia Ferlosio —la mujer sacó del bolsillo el cuadrante con horarios que siempre llevaba—.
Si no me equivoco, debe estar terminando el tratamiento en las salas de baños.
Al cabo de unos minutos llegaba doña Amalia , quien había sido informada por el director para que antes de subir supiese con lo que se iba a encontrar. Pero a pesar de haber sido preparada,
doña Amalia se desmoronó al ver a su querida Fernanda tumbada en la camilla, los hombros de su vestido empapados de sangre, el rostro lívido, marmóreo como ese peldaño donde, con tan mala fortuna, había resbalado.
El joven doctor se dirigió a ella:
—Señora, esta dama ha sufrido una fuerte conmoción por el golpe, como puede ver, está sin conocimiento.
Además, presenta una herida en la zona occipital que habrá que coser, pues continúa sangrando.
Le daremos los primeros auxilios, pero he observado sus pupilas y me preocupa mucho su estado, por lo que mi consejo es que sea evacuada, cuanto antes, a un hospital.
Doña Amalia contuvo como pudo la emoción, no le gustaba exponerla en público, pero no pudo evitar que las lágrimas, silenciosas, corriesen por su rostro.
—Nos iremos cuanto antes, doctor: si Fernanda está mejor en un hospital, nos iremos enseguida.
Pablo de la Cueva asintió. Iría a prepararlo todo para coser de urgencia la herida y que la enferma pudiese ser evacuada, porque no le gustaba su estado general.
—Vamos, doña Amalia, la acompañaré —dijo Isabel Beaumont.
A la media hora, un carruaje especial para el transporte de heridos estaba ya a la puerta del Gran Hotel, esperando a la camilla.
Tres camareras de habitaciones habían recogido todo el equipaje de las señoras, que había sido cargado en un carro para que lo subiesen al mismo tren en el que viajarían Fernanda y doña Amalia, por suerte un vagón de primera donde podrían alojar la camilla sin dificultad.
Isabel también permaneció al lado de doña Amalia mientras esperaba la diligencia.
—La acompañaré hasta el pueblo, no creo conveniente que haga el trayecto sola.
—Es usted muy amable, Isabel, pero no es necesario. Le aseguro que hoy no me lamentaré por el estado de la carretera, pues tengo una preocupación mucho mayor. Pero sí le agradecería que hiciese algo por mí.
—Lo que quiera, doña Amalia.
—Por favor, contacte con el padre Mateo, él oficia misa todos los días en la capilla. Le pone al tanto de lo sucedido y le dice que, en cuanto pueda, le escribiré. Pero es muy importante que le diga que deben seguir adelante con la investigación, él sabrá a qué me refiero.
—Muy bien, pierda cuidado, señora, que yo se lo diré. Y le pediré, también, que rece por Fernanda y por su pronta recuperación.
—Gracias, Isabel, ha sido un verdadero placer conocerla.
—Lo mismo le digo, doña Amalia. Si no le supone mucha molestia, ¿podría escribirme y ponerme al tanto del estado de Fernanda?
—Así lo haré— dijo la marquesa viuda, tomando entre las suyas las manos de la señora Beaumont, las cuales estrechó mediante un cálido apretón antes de subirse a la diligencia, rumbo a un futuro incierto.
Fernanda era una persona muy especial, y la idea de perderla le resultaba inadmisible.
A solas, martirizada por el traqueteo inclemente del vehículo, lloró cuanto no había llorado en esa inolvidable y aciaga mañana, totalmente ajena a lo sucedido momentos antes del fatal accidente.