La casa de las aguas 1 Capítulo 41
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Capítulo 41

Fernanda Castro seguía con su particular búsqueda, cada vez más convencida de que la cara que vio aquella noche en el salón de fiestas era tan real como ella misma.

Por otro lado, ni a ella, ni tampoco a doña Amalia, se les escapaba que los resultados de la investigación coordinada entre el cura y el detective contratado no habían arrojado ninguna pista esperanzadora, más bien al contrario.

En su afán por encontrar a la joven, había claudicado a las pretensiones de doña Amalia, asistiendo como bañista al pabellón hidroterápico, donde había tenido la oportunidad de ver los rostros de quienes trabajaban allí.

Durante varios días acudió antes de tiempo, sentándose en la rotonda de espera para poder contemplar las idas y venidas de las bañeras, pero en ninguno de los rostros encontró lo que esperaba.

Ya había descartado a las empleadas del edificio de lavandería y planchado, también a las costureras y a las del pabellón de hidroterapia.

Como el hotel permitía a sus huéspedes visitar las cocinas, vanagloriándose de la modernidad de las instalaciones y de las impecables condiciones higiénicas en las que allí se trabajaba, había podido descartar también a todas las cocineras, pinches de cocina y camareras que entraban y salían.

Había todo un ejército de limpiadoras que, sin descanso, se encargaban de mantener impecables las zonas comunes del hotel, limpiando casi de continuo la barandilla de la escalera principal y la moqueta que la recubría; los inmensos pasillos, cuyos suelos debían relucir en todo momento; las salas de lectura de señoras y de caballeros; el salón de billar; el salón de honor; el patio interior; así como los retretes de las zonas comunes, que debían mantener en perfecto uso a lo largo de toda la jornada.

A casi todas ellas las tenía contabilizadas la doncella de doña Amalia.

Sin embargo, y pese a esta labor intensiva de Fernanda escrutando al personal, había una parte que se le resistía, porque la mayoría de las veces estaban encerradas en las habitaciones asignadas a su cuidado, y estas esquivas trabajadoras eran las camareras de piso.

Era cuestión de azar cruzarse con aquellas que no atendían su gabinete o los adyacentes.

Aquella mañana, Fernanda Castro no acompañó a doña Amalia al pabellón, no porque no le gustase recibir en sus manos el masaje de esas aguas medicinales y, según algunos, casi milagrosas, sino porque allí su labor investigadora había concluido, y no tenía tiempo que perder, puesto que la temporada termal tenía ya los días contados.

Había acordado con la señora que iría a buscarla al pabellón a la hora aproximada en la que finalizaba su baño, y después acudirían a tomar las aguas antes de comer.

Fernanda disponía de más de una hora para dedicarla a pasear por los pasillos de la planta siguiente a la principal, que era donde ellas se alojaban, por si coincidía con alguna de las camareras.

En su memoria iba contabilizando el número de empleadas diferentes con las que se cruzaba, con la esperanza de llegar a ver a las veinticinco que tenían contratadas según el director, un hombre cordial y muy profesional que estaba al tanto de todos los trabajadores empleados para la temporada.

Subió las escaleras despacio, agarrada a la barandilla, pues los años no pasaban en balde y los kilos acumulados eran un lastre que cada día pesaba más.

Iba a tomar el pasillo de la derecha cuando vio salir de su habitación a la señora Beaumont, la joven encantadora con quien doña Amalia y ella habían compartido algún rato de agradable conversación mientras paseaban por los jardines.

La condesa viuda era reacia a entablar amistad con cualquiera, no porque se creyese superior a nadie, sino porque las conversaciones de las señoras, en general, le aburrían bastante.

Esta circunstancia era la que propició el acercamiento a doña Isabel Beaumont, quien confesó sentirse desubicada entre esas damas asiduas al restaurant , cuyas conversaciones se basaban en la muy cuestionable manía de hurgar en las vidas ajenas.

Esta discrepancia con la ética de las reuniones la compartía también doña Úrsula Montalbán, otra de las huéspedes con quien doña Amalia tenía un trato afectuoso y con quien pasaban un rato de agradable charla cuando coincidían en el comedor, donde, vista la afinidad de las damas, el maître solía reservar mesa para las tres.

—Doña Fernanda, ¿cómo usted por aquí? —La saludó Isabel Beaumont, con una sonrisa.

—Pues mire, tengo a doña Amalia tomando su baño, por lo que he decidido darme una vueltita por esta parte del hotel, simple curiosidad, porque es todo tan bonito que merece la pena explorarlo, ¿no le parece?

—Desde luego que sí, Fernanda. Como verá, es prácticamente igual a la planta principal, pero aquí hay menos gabinetes de dos piezas y más habitaciones.

—Por lo que tiene que haber más camareras, deduzco.

—No necesariamente, al ser las habitaciones más pequeñas, a las camareras de piso se les asignan más. Por ejemplo, la que atiende nuestro gabinete, que se llama Alba y es encantadora, tiene asignadas, además, otras cuatro habitaciones.

—Tiene que ser un trabajo duro— comentó Fernanda con sinceridad, pues aunque con doña Amalia nunca se había sentido una criada, sus orígenes humildes le ayudaban a empatizar con esas trabajadoras abnegadas.

—Muy duro, no lo dude, trabajan más de lo que nos podemos imaginar para que nuestras habitaciones estén siempre en perfecto orden, todo limpio y atendido, desde la palangana del lavabo y la jofaina hasta la impecable ropa de cama, donde da gusto meterse cada noche.

—Bueno, doña Isabel, no la entretengo más —dijo Fernanda, mientras pensaba que no iba a tener la suerte de ver pasar a ninguna de las camareras de la planta.

Si por ella fuese, se quedaría rondando por allí, pero no quería que la señora Beaumont pensase de ella que era una fisgona o, peor aún, una chiflada.

En ese momento, la puerta del gabinete de los Arístegui se abrió. De ella salió Alba, que tomó el sentido opuesto al de las escaleras, que era a donde se dirigían Isabel y Fernanda. Al sentir la puerta cerrarse, la señora de Arístegui se volvió.

—Mire, esa jovencita es Alba, la camarera que le decía. Es una suerte que nos la hayan adjudicado, porque, la verdad, es excepcional.

En ese momento, Alba estaba de perfil, llamando a la puerta de la habitación contigua a la de Isabel. Al verla, aun de lejos, a Fernanda le dio un vuelco el corazón y, sin pretenderlo, se agarró del brazo de Isabel, pues la impresión fue tan fuerte que le hizo marearse un poco.

—Fernanda, ¿se encuentra bien? — dijo Isabel, que había notado la ligera indisposición de la mujer, pero la doncella de doña Amalia no la respondió, tan sólo dijo, balbuceando un poco:

—Me gustaría conocerla.

Isabel asintió, aunque la petición le pareció un poco extraña.

—Alba, ¿puedes venir un momento, por favor? —la llamó cuando ya la joven entraba en la habitación que se disponía a limpiar.

Alba se acercó, sonriendo.

—Le acabo de hablar de ti a la señora Fernanda Castro —dijo Isabel— y tiene curiosidad por conocerte.

Fernanda Castro intentaba evitar que la emoción aflorase en un momento tan inoportuno, pero era imposible, no podía controlar sus sentimientos.

La jovencita que tenía delante era el vivo retrato de María Cristina, sin duda: el mismo cabello ondulado y abundante, los mismos ojos grandes, color miel, la misma nariz respingona, esas pestañas largas y abundantes…

Y, por si esto fuera poco, una manchita, en forma de media luna, en la parte alta del cuello, debajo de la mandíbula.

No, no se estaba equivocando, era imposible equivocarse.

No era su percepción jugándole una mala pasada, sino la caprichosa genética creando un duplicado de la madre en la hija.

Intentó hablar, porque las preguntas se agolpaban en su mente, desordenando sus pensamientos y sólo fue capaz de decir:

—¿Alba? ¿Alba y que más?

Isabel estaba un poco extrañada ante la reacción de Fernanda. Sin embargo, la joven respondió con naturalidad:

—Alba Sotillos, para servirla, señora.

La asistente de doña Amalia sólo pudo sonreír, con la sonrisa más satisfecha que había iluminado su rostro en décadas. Tenía que ir a contárselo a doña Amalia, sin perder un minuto.

—Encantada de conocerte, Alba. Y ahora, si me disculpan…

Fernanda Castro se dio la vuelta y enfiló hacia las escaleras, moviéndose todo lo rápido que le era posible, ansiosa por irrumpir en el pabellón de baños y comunicarle a doña Amalia esa noticia que cambiaría su vida.

Iba tan concentrada en sus pensamientos, tan exaltada por la emoción, que no prestó toda la atención que debiera al descenso de las escaleras.

Uno de sus pies pisó en falso el peldaño, resbalando con el mármol redondeado del borde, lo cual le hizo perder el equilibrio.

Se tambaleó unos instantes, intentando aferrase a la baranda de madera, pero no pudo evitar que su cuerpo cayese en un descenso que le resultó interminable, aunque apenas duró segundos.

Ni siquiera tuvo tiempo de emitir sonido alguno mientras caía, un vuelo corto a apenas unos centímetros del suelo, que terminó con el aterrizaje de su cuerpo, al que le siguió, sin tiempo para evitar el impacto, la cabeza.

Isabel, que iba a pocos metros de ella, contempló horrorizada la caída. Ella sí emitió un grito agudo, debido a lo cual Alba acudió corriendo, aunque lo tuviese terminantemente prohibido.

Isabel ya se había acercado al cuerpo inerte de Fernanda. De la cabeza, apoyada en el peldaño, manaba un hilillo de sangre, en dramático contraste visual con la blancura del mármol. Alba se llevó las manos a la boca, quedándose paralizada.

—¡Alba! ¡Que venga alguien a ayudarme, por favor!

La voz de Isabel la sacó del shock, y la joven corrió escaleras abajo, hasta un extremo de la planta principal, donde la encargada tenía su despacho.