Capítulo 40
La tarde siguiente a la divulgación del rumor acerca de Claudia Salvatierra, las mismas señoras volvieron a reunirse en la mesa en la que lo habían hecho el día anterior, como si necesitasen verse, conscientes de que la situación se les había ido de las manos.
Todas, sin excepción, estaban cariacontecidas, pero doña Francisquita Latour, que se sabía la responsable primera del desastre, estaba deshecha.
Al contrario de lo que solía suceder, un silencio, casi luctuoso, envolvía la presencia de las damas. Fue doña Caridad la primera en abrir el debate.
—Se ha armado un lío tremendo, pero seguro que de aquí no ha salido. Alguien nos oiría, digo yo.
Ninguna estaba dispuesta a admitir que, infringiendo el acuerdo de guardar silencio, lo habían contado, aunque rogando una confidencialidad que, conforme a los resultados, no había sido respetada.
Sin embargo, si las cosas se ponían feas, todas estarían de acuerdo en acusar a la responsable, doña Francisquita.
Para curarse en salud, doña Ágata así se lo hizo saber.
—Francisquita, yo creo que, en última instancia, serías tú quien debería entonar el mea culpa .
—¿Yo? —preguntó la aludida, y la voz le salió más aflautada y temblona que nunca, era consciente del lío que había preparado, y estaba nerviosa por ello.
—Sí, tú fuiste quien nos lo contó, ¿acaso no lo recuerdas? Pero no has de preocuparte, porque nos dijiste que la información es totalmente veraz. En ese caso, el marqués no podría acusarte de injurias y calumnias.
Al oír hablar de un hipotético encausamiento, doña Francisquita tomó su copita de amontillado y la vació de un trago, segura de que la envalentonaría lo necesario para hacer frente a este problemón.
—Si, señoras, así lo dije, y no miento. Puedo demostrar que es todo cierto.
El resto se miraron entre ellas, como si dudasen de la palabra de la señora Latour, aunque el día anterior creyesen, a pies juntillas, en la sarta de disparates que contó.
—Necesitará algo más que una fuente fiable para salir de este embrollo —sentenció doña Anita que, en el fondo, estaba disfrutando de lo lindo, creyéndose fuera de toda sospecha.
—Señora de Ansótegui, tengo algo más que la palabra de alguien: tengo un documento escrito — reventó al fin la señora Latour, al sentirse acorralada.
Pero ahora debía ingeniárselas para explicar cómo había llegado a sus manos una carta ajena y por qué la había leído, aunque estaba segura de que cualquiera de las allí presentes hubiese hecho lo mismo que ella.
—¿Un documento escrito? —se extrañó doña Ágata— ¿De qué tipo?
—Una carta —respondió muy digna la señora Latour, porque se había dado cuenta de que, al igual que la tarde anterior, llevaba la voz cantante.
Todas permanecieron en silencio porque, de ser cierto, doña Francisquita era la autora de la noticia más escandalosa de toda la temporada, pero lo que la haría única sería su veracidad: por vez primera, un cotilleo estaría respaldado con pruebas.
—No sé si creerte, Francisquita —dijo Ágata del Pulgar, un poco molesta porque la dama no le hubiese confiado su secreto en privado.
—¿Queréis verla? —dijo de pronto, posando sus ojos de una en una, para darle mayor teatralidad.
—¡Por supuesto! — dijeron todas, casi al mismo tiempo.
Doña Francisquita Latour sacó de su bolsillo un papel doblado, un poco arrugado, que desplegó con lentitud para hacérselo desear a los cuatro pares de ojos que, a punto de salirse de sus órbitas, lo miraban sin pestañear.
—Aquí lo tenéis— dijo, posándolo sobre la mesa y adelantándolo un poco hacia el centro, para que todas pudiesen verlo.
Doña Caridad anduvo más espabilada que el resto y, con un movimiento rápido, tomó el papel, se puso los anteojos y comenzó a leer.
Cuando terminó, volvió a dejarlo sin decir ni una sola palabra, pero esta vez doña Ágata se adelantó a las intenciones de la señora de Ansótegui, que fue la tercera en leerlo.
La última en hacerlo sería doña Virtudes.
La madre de Berta cogió el papel y, al igual que hicieron el resto, se puso a leerlo.
Apenas llevaba dos líneas cuando comenzó a invadirla un desasosiego atroz.
A duras penas, tragando saliva, continuó con la lectura, sin advertir que el papel se movía entre sus manos temblorosas.
Llegó hasta el final de la misiva haciendo un esfuerzo y, entonces sí, advirtió que su actitud podría delatarla.
Haciendo de tripas corazón, pero sin quitarse de la cabeza lo que acababa de ver, dejó sobre el centro de la mesa la carta.
—Pero, doña Francisquita, ¿usted sabe quién es M.?
—Lo mismo que usted, doña Virtudes, pero no hace falta pensar demasiado para deducir que es alguien muy cercano a la señorita Claudia Salvatierra, pues, de lo contrario, no conocería con tanto detalle las intimidades de la joven.
Esta observación provocó en doña Virtudes un vuelco al corazón, seguido de una taquicardia que las demás no advirtieron.
—Además— continuó la señora Latour—, queda clara la buena voluntad que honra al remitente, pues apela a la conciencia de la chica para que confiese su delito a su pretendiente.
Al estar de acuerdo, permanecieron en silencio.
—Y aún hay algo más —continuó la dama—: esta persona está al tanto del romance de la señorita Salvatierra, por lo que la comunicación postal ha debido ser frecuente.
El silencio continuó presidiendo la mesa, hasta que doña Anita soltó la pregunta que Francisquita Latour tanto se temía:
—Pero Francisquita, esa carta es algo muy íntimo, ¿cómo osaste leerla?
La aludida ya estaba preparada para emitir una respuesta que no pudiesen rebatir:
—Como comprenderéis, comencé a leerla sin ánimo de nada, un papel que encontré en el suelo y abrí para ver que contenía, todos lo hubiésemos hecho.
Y cuando comprendí el cariz de su contenido, ya había leído demasiado, en el afán por deducir de qué se trataba.
Creo que a cualquiera le hubiese pasado lo mismo.
—¿Y no se te ocurrió devolverla a la propietaria? —preguntó Ágata del Pulgar, pero todas la miraron con cara de escepticismo, como si no pudiesen creer que hubiese hecho una pregunta tan simplona.
—Querida Ágata —le respondió Francisquita, cargada con una ironía impropia en ella— ¿Qué pretendes que hubiese hecho? ¿Decirle: «señorita Claudia, me he encontrado esta carta, quédese tranquila que ignoro su contenido» ?
Ninguna replicó, era evidente que, se mirase por donde se mirase, la situación era muy comprometida.
—Y yo me pregunto —intervino doña Anita— , si ustedes hubiesen recibido una carta con un contenido tan peligroso, ¿se pasearían por todo el hotel con ella encima?
Ahora, todas de acuerdo, negaron con la cabeza, excepto doña Virtudes quien, sin que el resto se diesen cuenta de ello, había caído en un estado apático, desolador, y ya no tenía nada que decir.
—Quizás la llevaba consigo para evitar que alguien del servicio la encontrase, recuerden que los Salvatierra viajan con su propio séquito.
—Las habitaciones de las jovencitas las arreglan las camareras del hotel, yo las he visto entrando y saliendo —respondió doña Ágata.
—Pues puede que sea ese el motivo, porque, al fin y al cabo, con el servicio de la casa se tiene un poco más de confianza, ¿o no?
Ninguna respondió, como era de esperar.
—Pues yo, antes de correr el riesgo de que la carta se me perdiese, la escondería, por no decir que la quemaría nada más leerla.
Ahora todas la miraron, porque doña Francisquita había dado en el clavo.
—¡Cierto! ¡De una carta como esa hay que deshacerse de inmediato! ¿Por qué la joven no lo hizo?
—No le dio tiempo, y la llevaba consigo hasta el momento de poder quemarla.
Pero doña Anita se dio cuenta de un detalle importante:
—Señoras, ¿no se han fijado ustedes en que la carta, en sí, es algo rara?
—¿A qué se refiere? —ahora doña Virtudes se interesó más de la cuenta.
—Toda carta ha de llevar una fecha, y normalmente, la ubicación del remitente. En esta carta no hay nada de eso.
De nuevo, el silencio. Ya estaba todo hablado, y ahora sólo quedaba guardar silencio y esperar.
La única posibilidad de salir con bien de todo ese embrollo era evitar el cargo por injurias y calumnias enseñando una carta que, como bien acababa de dar a entender doña Anita, podría haber sido escrita por cualquiera, incluso por la misma señora Latour, para poder respaldarse en ella.
Doña Virtudes fue la primera en levantarse.
—Deben disculparme, he quedado con don Agustín para ir a tomar las aguas.
Las demás asintieron con total indiferencia.
La señora de Casalduero abandonó la sala de té y, en cuanto se adentró en los solitarios pasillos, tuvo que apoyarse en la pared para no caer desplomada.
Ella sí sabía quién había escrito esa carta, porque era muy improbable que hubiese otra persona en el hotel con una grafía tan específica, en la que el cierre de la letra e quedaba incompleto.
El motivo de semejante disparate sólo Berta lo conocía.
Nadie los vio partir, porque lo hicieron a primera hora de la mañana. Subieron a la diligencia del Gran Hotel, donde previamente había sido cargado el equipaje de la familia, y partieron cuando el sol comenzaba a asomar detrás de la montaña y el lago aún permanecía cubierto por un velo de niebla.
Las gemelas Salvatierra buscaron a Berta, estaban deseando tener unas palabras con ella, a solas.
Cuando cayó la noche y aún no la habían encontrado, dedujeron que quizás estuviese enferma, o que la muy cobarde —conjeturó Melisa— no quería dar la cara.
Su desaparición era la prueba más evidente, dedujeron, de que se sabía culpable.
Las damas implicadas en el rumor acerca de Claudia Salvatierra, escarmentadas de cotilleos, no acudieron aquella tarde al salón de té, pues les habían llegado noticias de que el marqués de Piedrahita ofrecía una recompensa para quien le llevase la lengua causante del desastre en un tarrito con formol.
Por supuesto, no era más que otro bulo. Pero, al no reunirse, no tuvieron posibilidad de echar en falta a doña Virtudes.
Las habladurías comenzaron cuando fueron pasando los días y comprendieron que los Casalduero habían abandonado el hotel como furtivos.
A los dos días de estallar el escándalo, Carlos Ribadeo pidió permiso al marqués para mantener una conversación privada con Claudia.
—No tengo ningún inconveniente, joven, pero no estoy seguro de que ella quiera recibirlo, ha entrado en un estado apático, en el que no desea hablar con nadie.
—Conmigo lo hará, señor. Cometí una torpeza, pero creo que nuestra amistad está por encima de los errores que podamos cometer.
Claudia, tras dudar unos instantes, asintió con la cabeza, Carlos era demasiado importante para ella y merecía, al menos, que lo escuchase.
Su hija mayor era una joven decente, y la única de las tres con sentido común, por lo que el señor Salvatierra no puso ninguna objeción a que los jóvenes se reuniesen en su propio gabinete, del que se ausentó un rato para que hablasen con total privacidad.
—Antes de nada, Claudia, te llamé insensible, y debo pedirte disculpas por ello, no creo que lo seas, todo lo contrario —comenzó el joven.
La primogénita de los Salvatierra estaba demacrada y pálida, y en sus ojos, hinchados, se notaba que no había parado de llorar.
—No te disculpes, carece de importancia que lo hagas o no, Carlos— dijo la joven, con una frialdad preocupante.
Carlos Ribadeo la miró, consternado. Hubiese deseado abrazarla con fuerza, le daba tanta lástima verla así…
—He venido porque necesito que sepas algo: no me importa lo que digan, porque no creo que sea cierta esa basura que han divulgado acerca de ti.
—¿Y si lo fuese, Carlos? —dijo ella, mirándole con fijeza, casi retándole.
Él sonrió, pero era la suya una sonrisa triste, un poco sarcástica.
—Ofendes mi inteligencia, querida amiga, tratando de confundirme.
Te conozco muy bien, y sé que eres una mujer inteligente, apasionada, cariñosa.
Desde luego, podrías tener a cualquier hombre rendido a tus pies, el que te propusieras.
Y no creo que eso que dicen sea cierto, a no ser que te enamorases, en cuyo caso, te comprendería, porque no hay nada que esclavice tanto nuestra voluntad como el amor.
Ella guardó silencio unos minutos, mientras él la miraba, casi hipnotizado por su presencia.
—Carlos, ¿dices en serio que no te importaría que yo me hubiese enamorado de un hombre cuarenta años mayor? ¿En serio no te importaría que me hubiese entregado a él?
Carlos Ribadeo movió la cabeza en señal de negación, varias veces. Después, habló:
—¿Y sabes por qué no me importaría? Porque te amo, porque estos días que hemos pasado juntos han sido inolvidables, tanto, que mi vida sin ti ya no sería posible. No, Claudia, el que tú hayas vivido otra vida, no me importaría, porque lo único que deseo es que la que tienes ahora la vivas conmigo.
Claudia rompió a llorar. Esta vez eran el alivio y la emoción los que provocaron sus lágrimas. Carlos la amaba, acababa de decirlo, y sintió que comenzaba a despertar de la pesadilla.
—Carlos … Tengo que decirte algo.
—Te escucho, Claudia —dijo él, muy serio.
—No es cierto lo que se ha divulgado acerca de mi persona, pero me ha hecho más daño del que puedes imaginar, porque pasé por una horrible experiencia, que me hizo desconfiar del amor.
A mis veinticinco años no se me conocen pretendientes, y esa es la razón.
Y todo ello es debido a que un tío de mi madre pretendió forzarme, para casarse conmigo.
No llegó a conseguirlo físicamente, pero enfermé de los nervios.
Carlos Ribadeo la miró, y en su cara sólo había conmiseración.
—Ahora ya no importa, amor mío, yo estaré siempre contigo, y te ayudaré a olvidar esos momentos terribles.
—Quiero decirte algo más —comenzó con timidez— yo también te amo, siento lo mismo que tú, no podría vivir sin tenerte a mi lado, eres lo mejor que me ha pasado.
Ahora él no dejaba de mirarla, sonriente y emocionado, como si no pudiese creer en su suerte. Balbuceando, logró decir:
—Claudia, tengo que hacerte otra pregunta …
Ella lo miró sin saber qué diría a continuación.
—Sé que nos conocemos desde hace poco, pero es como si llevase toda una vida contigo.
Por eso, me gustaría pedir tu mano. Piénsalo, no es necesario que me respondas ahora, como tampoco es necesario que nos casemos ya, lo haríamos cuando tú decidas, cuando hayas tenido tiempo para pensarlo, todo el que tú quieras.
Claudia sonrió, le tomó la mano con dulzura y le dijo:
—Sí quiero, Carlos. Nunca pensé que diría esto, yo, tan reacia al matrimonio, pero casarme contigo me hará la mujer más feliz.
—¿Puedo besarte? —preguntó él, con timidez.
Se dieron un beso en los labios, corto, lleno de sentimiento, con el que sellaron su compromiso.
Cuando el marqués de Piedrahita entró en el gabinete, la sonrisa en el rostro de Claudia acabó con la pesadumbre que no lo dejaba vivir. Supo que su hija era feliz, y nada más importaba ya.