Capítulo 39
La conveniencia de guardar silencio no es, en sí misma, una promesa.
A eso se acogió doña Caridad Martínez de la Vera cuando regresó del salón de té y vio a su esposo en el gabinete, pues le entraron unas ganas incontrolables de ver la cara que se le pondría cuando le contase aquello.
Don Francisco del Álamo le guardaba cierto rencor al marqués de Piedrahita desde que, pudiéndolo elegir a él para su operación de hernia, decidió darle el voto de confianza a un colega, privándolo con ello de la fama y reconocimiento que hubiese alcanzado en los círculos aristocráticos.
Así que doña Caridad tan sólo se debatió un par de minutos entre abrir la boca o cerrarla, y se decidió por lo primero, no sin antes advertirle a su esposo de la gravedad del asunto. Cuando don Francisco estuvo al tanto, sonrió, ladino:
—Se le está bien empleado, ese marqués se piensa que, por serlo, puede tenerlo todo a su capricho. Le servirá para aprender una buena lección de humildad.
Y como don Francisco del Álamo se jactaba de no regocijarse con el mal del prójimo, menos si ese prójimo era el marqués, le faltó tiempo para compartir su regocijo con otros caballeros de su total confianza mientras se tomaban un brandy.
Esos caballeros, íntimos del señor Del Álamo, tenían casi todos ellos esposas difíciles de contentar, por lo que un chisme de tal categoría era un regalo inesperado con el que arrancarlas una sonrisa.
Así, en una progresión geométrica imparable, al cabo de un par de horas el rumor era un cuchicheo constante en todas las mesas de la terraza.
Doña Clarisa apareció, como todas las tardes, acompañada por su hija Claudia y la inseparable doncella de la señora.
Cuando un silencio espeso y contenido las recibió, la marquesa consorte supo que algo iba mal, muy mal.
Y lo confirmó el hecho de que, una vez aposentadas en una de las mesas, las conversaciones interrumpidas continuaron estándolo, mientras eran bombardeadas por continuas miradas, esquivas y huidizas.
Así fue avanzando la tarde, Claudia esperando a su enamorado, que no terminaba de aparecer, hasta que Carlos Ribadeo atravesó de cuatro zancadas la terraza, hizo un saludo con la cabeza y le pidió a la joven que lo acompañase, era urgente que mantuviesen una conversación —privada, especificó, mirando primero a la doncella y luego a doña Clarisa.
A la señora de Salvatierra le sorprendió el gesto adusto con el que había aparecido el joven Ribadeo, simpático y jovial por naturaleza. Con independencia del humor del pretendiente de su hija, la marquesa consorte se negó, Claudia no podía ausentarse a solas con él.
—Señora, por favor, es urgente que hable con su hija, a solas. ¿Cree usted que, después de lo que se rumorea, a alguien va a importarle que nos alejemos solos unos metros?
Claudia se levantó del sillón y, sin esperar el consentimiento de su madre, se alejó escoltada por Carlos, pero no hablaron hasta estar lejos de cualquiera que pudiese oírlos.
—Claudia, ¿qué es eso tan terrible que ha llegado a mis oídos?
La joven Salvatierra respondió con sinceridad.
—No sé a lo que te refieres, pero grave ha de ser, porque parece que has visto un fantasma —dijo ella sonriente, ajena a lo que se le venía encima.
—Por favor, ¿cómo puedes ser tan insensible? ¡Lo estoy pasando fatal, Claudia! ¡Confiaba en ti!
Ahora la joven se asustó, nunca había visto así a su amigo.
—Carlos, por favor, dime qué sucede, te juro que no entiendo nada.
Él la miró a los ojos, deseaba comprobar si ella era capaz de mantener su mirada. Como así fue, el que terminó agachando la cabeza fue él, antes de decirle:
—Se comenta algo horrible, acerca de ti y de un tío tuyo…
Al oír estas palabras, Claudia se quedó petrificada.
Tras unos segundos, echó a correr, cegada por las lágrimas.
Sin pasar por la terraza, dio la vuelta al edificio y entró, corriendo, por la puerta de servicio más cercana, ajena a las miradas curiosas de los empleados, que ya comenzaban con los preparativos para la cena.
Subió de dos en dos las escaleras, mientras el corazón le latía desbocado.
Derecha a su habitación, rezó por no cruzarse con las gemelas, en esos momentos no soportaría su presencia.
Nada más entrar, se tiró sobre la cama y lloró desconsoladamente.
Sólo habían pasado unos minutos cuando oyó unos golpes de nudillos en la puerta y, a continuación, la voz de su padre pronunciando su nombre. Como Claudia no contestó, el marqués de Piedrahita se tomó la libertad de entrar.
Se conmovió al ver la cara de su hija, que en ese momento se había sentado en la cama.
—Hija mía, pero, ¿qué te sucede?
Claudia sólo le dijo:
—Carlos lo sabe todo.
El señor Salvatierra la miró, condescendiente.
—Es mucho peor que eso, Claudia. No sé cómo ha podido pasar, pero alguien ha divulgado un rumor espantoso sobre ti. Sé que tengo muchos enemigos, es cierto, pero lo que han hecho, con la única finalidad de hacer daño, no lo voy a perdonar nunca.
El hombre se sentó al lado de su hija, le pasó un brazo por encima del hombro y la besó en la frente con cariño. A continuación, juntó sus manos, con los codos apoyados sobre las rodillas, y contuvo a duras penas el sollozo, mordiéndose los nudillos.
—Te juro, hija mía, que como descubra el origen de esa barbaridad, el responsable lo va a pagar muy caro.
Claudia sólo supo decir:
—Yo le quería, papá, le quería…
Su padre la miró, confundido.
—A Carlos, le quiero mucho. Pensé que era mi amigo.
El marqués la miró con infinita dulzura:
—No te preocupes por eso, mi vida: si el sentimiento de él es tan puro como el tuyo, no le importarán las maledicencias. Pero, si te da la espalda sin confiar en ti, podrás dar las gracias por haberte desecho de un hombre que no te merecía.
Las palabras de su padre fueron capaces de reconfortar a Claudia, porque hablaban de que aún quedaban esperanzas.
—No me ha dado tiempo a explicarle nada. Pero, papá, ¿qué es eso tan horrible que, según dices, se cuenta de mí?
El padre perdió la vista en el ventanal.
—No merece la pena ni que lo sepas, querida niña.
Gente perversa hay en todas partes y, por desgracia, a veces, somos el blanco de desalmados.
Pero recuerda esto—dijo, mirándola a los ojos—: tú sabes muy bien quien eres, y lo que puedan decir sobre ti no debe importarte.
Sólo la opinión que tengas de ti misma será válida para continuar con la cabeza bien alta, ¿lo has entendido?
La joven asintió. Como siempre, la presencia de su padre era un bálsamo que lograba calmar el dolor de sus heridas.
—Y ahora, voy a ver si localizo a tus hermanas, porque estoy segura de que una de esas dos atolondradas se ha ido de la lengua. Y esta vez van a aprender, de una vez por todas, que la familia es lo primero.
El hombre se puso en pie, y ya se iba cuando Claudia, limpiándose una lágrima con el dedo índice le dijo:
—Gracias, papá, sin ti estaría tan sola…
Mientras tanto, Berta Casalduero aún no había asimilado el éxito de su misión.
Había sido testigo, desde la terraza, de la llegada de Carlos Ribadeo, de su cara de pocos amigos, de la carrera de Claudia, sola, hacia no se sabe dónde, y del revuelo generalizado que la noticia había provocado, porque no había una sola mesa en la que, con disimulo mal llevado, no se hablase de Claudia Salvatierra.
A su lado, las gemelas iban poco a poco despertando del estupor, y sacando conclusiones que no les gustaban nada.
De pronto apareció el ayudante del marqués, se acercó a la mesa donde las Salvatierra, con cara de póquer, miraban cuanto acontecía a su alrededor, y con mucha discreción, les dio el mensaje de que su padre deseaba verlas de inmediato.
Felisa y Melisa se levantaron con gesto serio y se fueron si despedirse, dejando a Berta plantada.
Sin embargo, esta vez no le importó demasiado, porque prefería disfrutar de su momento de gloria a solas.
Cuando las gemelas entraron en el gabinete de sus padres, el marqués de Piedrahita estaba sentado de espaldas a la puerta, y su presencia sólo se adivinaba por la columna de humo que emergía del cigarrillo que fumaba en ese momento. Al sentir a las gemelas, se levantó y fue hacia ellas.
—Tomad asiento, por favor.
Las gemelas obedecieron, estaban muy serias, porque el asunto lo era.
—Sólo vosotras podéis ser las responsables de la barbaridad que circula por el hotel, y quiero que me digáis qué se os ha pasado por la cabeza para hacer lo que habéis hecho.
Las hermanas estaban confundidas, no sabían quien había podido divulgar algo así.
—Papá, no nos creas tan diabólicas —dijo Felisa, con una ligera sonrisa que se borró de sus labios al oír la respuesta de su padre:
—Diabólicas, no sé, pero descerebradas e infantiles lo sois, nadie lo pondría en duda, por lo que sospecho que ha sido vuestra insensatez la causante de todo.
Las gemelas, por primera vez en sus veinte años de existencia, se vieron injustamente tratadas. No eran las causantes del terrible rumor…estaban acorraladas, y Melisa intentó sacudirse la culpa:
—¡Tú se lo contaste a Berta!
Su hermana la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Yo? ¡De mi boca no ha salido una palabra!
—No mientas, Felisa: estuvimos hablando de ello el día que te entró ese sueño tan horroroso, cuando te quedaste dormida en el tronco de un árbol. Berta, pude comprobarlo, lo sabía todo.
—¡Es imposible! Juro que yo no le he dicho una palabra…Melisa, ¿puedes decir lo mismo?
Melisa calló. Recordaba algunos fragmentos de la conversación mantenida, lo justo, porque Berta le había dicho que el hijo de la marquesa de Bárboles, joven de su interés, estaba tras unos árboles con una dama, y eso, debía reconocerlo, captó toda su atención.
De pronto Melisa comenzó a ver un poco de luz en todo ese embrollo, e intentó recordar.
La joven Casalduero había comenzado hablando de si Claudia había tenido algún pretendiente, a su edad debería haber tenido alguno…
ella le dijo que no, pero Berta insistió, hasta que salió a relucir lo del intento de abuso sufrido por su hermana mayor.
Pero ella, en ningún momento, le dijo que aquel ultraje se hubiese consumado.
Mientras Melisa intentaba aclararse las ideas, su padre la miraba, conteniendo las ganas de darle la bofetada que, sin duda, merecía.
Desde que eran muy pequeñas, la atención de doña Clarisa se había centrado en esas dos niñas duplicadas, débiles y enfermizas, a las que, por serlo, la madre había protegido en exceso, lo cual habían aprovechado para martirizar a su hermana sin consecuencias.
Las gemelas eran así, despiadadas, frías e incapaces de sentir empatía por nadie, quizás porque habían aprendido que siempre tendrían el ala de mamá para refugiarse bajo ella.
—Melisa, tu hermana te ha hecho una pregunta, ¿puedes responderla?
La aludida agachó la cabeza, y negó, moviéndola de un lado a otro. Estaba perdida y, curiosamente, había causado un tremendo perjuicio a su hermana, esta vez sin pretenderlo.
—Bien, os guste o no, aprenderéis que, lo primero, es la familia.
Y como primera medida, a partir de ahora seréis las criadas de Claudia.
Seréis vosotras quienes, sustituyendo a la doncella que os atiende a las tres, os ocuparéis de que no le falte nada, ¿entendido?
Y si para ello tenéis que renunciar a vuestro tiempo libre, renunciareis.
Felisa protestó:
—Padre, yo no he hecho nada, ha sido Melisa, que es una bocazas.
El padre la miró, entristecido.
—Por favor, delante de mí no menosprecies a tu hermana.
Me parte el alma veros, parecíais tan unidas la una a la otra y, a la menor contrariedad, habéis sido capaces de incriminaros mutuamente con tal de sacudiros la culpa…
marchad, que por hoy ya no deseo veros más, estoy decepcionado, y diría cosas que no quiero decir. ¡Largaros!
Las gemelas se dieron la vuelta y salieron del gabinete enfadadas, confusas, y dispuestas a sacarse los ojos, porque, era cierto, la una culpaba a la otra, y viceversa.
En cuanto estuvieron en la intimidad de su habitación, dieron rienda suelta a reproches e insultos, y ya a punto de llegar a las manos, Melisa se detuvo.
—¿Qué hacemos peleando entre nosotras? ¿No ves que la verdadera culpable es Berta?
Felisa la miró y asintió.
—Esto es una venganza, seguro, por la broma esa, cuando fingimos que la novela se me cayó del brazo para que su madre la descubriese.
—Seguro que sí. Además, es su forma preferida de actuar: soltar una mentira y esparcir el bulo por todas partes.
—Pero, ¿Cómo se habrá enterado de lo de Claudia?
Debemos pensar. Cada vez tengo más claro que se quedó a solas contigo para sonsacarte de algo que había oído.
Pero, ¿el qué, y cuándo? Debemos pensar, hermana.
Tienes que diseccionar la conversación que mantuviste con ella, seguro que te enredó para que soltases lo que quería saber.
Melisa calló, cada vez estaba más convencida de que así había sido: Berta la había manipulado con mucha habilidad, haciéndola creer que ya lo sabía todo por Felisa. Y así, la propia Melisa fue rellenando, sin saberlo, las lagunas que aún tenía. El resto, se lo inventó.