Capítulo 38
La tarde anterior Rocío había recibido la orden de regresar a su despacho, en el pabellón de hidroterapia.
Estaba confundida, pues esos tres días alejada de su trabajo como secretaria del doctor Calderón los había pasado en el gabinete de doña Úrsula Montalbán, pero sin teclear ni una sola línea de las memorias de la dama.
Cada vez que iban a comenzar con el trabajo, a doña Úrsula le surgía algo importante que les obligaba a demorarlo y, mientras tanto, la señora le daba a Rocío el resto de la mañana libre, para que pasease por los jardines o fuese a tomar las aguas, como una huésped más.
La joven secretaria, contagiada por la tranquilidad que envolvía a doña Úrsula, decidió aprovechar esos momentos de sosiego, un tiempo libre del que pocas veces disfrutaba, para caminar en soledad y reflexionar acerca de cuanto le había sucedido en los últimos días, acontecimientos terribles que parecían haber puesto patas arriba todas sus esperanzas, convicciones y proyectos de futuro.
Tuvo tiempo de hablar con Alba, quien le transmitió el mensaje de Isabel Beaumont.
No lloró al recibir la desagradable noticia de que ese músico, por el que había perdido la cabeza por completo, también había intentado refugiarse entre las sombras con la esposa de don Gaspar de Arístegui, una mujer casada a la que no habría dudado en seducir.
Aún podía sentir el tacto de Tom Porter sobre su piel, aún recordaba, con un escalofrío, esas caricias que nunca antes había experimentado, y que le provocaron un placer cercano al éxtasis.
Aun podía recordar, con absoluta claridad, ese cabello negro y espeso, que enmarcaba un rostro perfecto con la sonrisa más embriagadora que había visto jamás.
Y entonces era su cuerpo el que añoraba con desesperación la belleza de ese hombre, aunque su alma, dolida por el abandono, comenzase a aborrecerlo.
Según pasaban los días, un nuevo temor comenzaba a asfixiar a Rocío, porque su mes aún no había llegado, con lo que eso podría significar.
Le costó mucho decírselo a sus amigas, pero necesitaba desahogarse, aún no estaba recuperada de la decepción sufrida con su primer amante, y no podía cargar sola con semejante preocupación.
—No te preocupes en exceso, Rocío, he oído decir que no es frecuente que una mujer se quede encinta en su primera vez —le dijo Nieves.
—Debes estar tranquila, porque tu cuerpo reacciona a la angustia, todo se altera, y esa podría ser la causa de tu retraso — añadió Alba.
—Espero que tengáis razón, queridas, porque de lo contrario, no sé qué voy a hacer.
—No te anticipes a los acontecimientos, quizás la angustia que sientes, como dice Alba, está afectando a tu cuerpo.
— Nieves tiene razón, ¿solucionas algo preocupándote?
—No, no soluciono nada, lo sé —dijo Rocío, cabizbaja—, pero no puedo sacármelo de la cabeza. Soy una completa estúpida, chicas.
—No, no eres estúpida, eres humana y cometes errores, como los comete Nieves o los cometo yo. No te tortures Rocío, por favor.
—Por cierto, chicas, no creo que pueda pegar ojo esta noche: mañana regreso a mi puesto de secretaria del doctor.
Alma y Nieves cruzaron una mirada rápida y angustiada, aquella era la peor de las noticias.
Rocío ya les había contado lo sucedido la última tarde en el pabellón, cuando tuvo que salir huyendo para evitar que el doctor Calderón abusase de ella con la mayor impunidad, porque en la actitud del Médico Director no había ni un ápice de duda o vacilación.
Estaba claro que la escena se repetiría, y Rocío no podría huir indefinidamente sin que el doctor decidiese vengarse de ella.
—Ten siempre la puerta abierta, Rocío —aconsejó Nieves.
—Como que fuese tan fácil —respondió ella, sin ocultar su abatimiento.
—Yo no sé vosotras, chicas, pero no puedo consentir que esto siga así, y estoy dispuesta a perder mi empleo antes que dejar que ese depravado abuse de una amiga.
Nieves asintió, pensativa.
—No olvidemos que doña Úrsula está al tanto, es una buena mujer y le espantaría que eso sucediese, por lo que creo que en ella tenemos un apoyo importante.
—Pero esa señora, a pesar de su buena voluntad, no puede oponerse continuamente al Médico Director, porque él acabará imponiendo su autoridad —dijo Rocío, desconocedora como las demás, del poder que la dama tenía.
—Yo confío en ella —dijo Nieves, aunque la duda comenzase a resquebrajar su convicción.
—Ella no es infalible, queridas, y sé que estoy metida en un buen lío —Rocío comenzó a llorar desconsoladamente—.
¿Sabéis qué? ¡Voy a ser el hazmerreír del hotel, la diana de todas las burlas!
Los hombres, incluso el más arrastrado, se creerán con derecho a hacerme todo tipo de proposiciones y me ofrecerán dinero, porque me tratarán como a una prostituta cuando el doctor vaya contando lo que vio.
Porque lo va a contar, chicas: no soy una perdida, y no pienso entregarme a él.
Las tres asintieron, decaídas. El problema era muy grave, y carecía de solución.
Ahora Rocío caminaba hacia su puesto de trabajo en el pabellón.
Apenas había dormido, dándole vueltas a todos esos problemas, gravísimos, que la atormentaban.
Recorrió el pasillo con el mismo ánimo que si se dirigiese al patíbulo, pues lo que la esperaba era similar a una ejecución, sin el alivio de pensar que, con la muerte, todo el sufrimiento acabaría.
Entró en el despacho donde trabajaba y se quedó perpleja al descubrir que habían colocado un pequeño escritorio perpendicularmente a la mesa donde estaba su máquina de escribir.
Aterrada, pensó que el doctor Calderón, en su obsesión por tenerla cerca y controlada, había decidido instalar su despacho allí.
Se apoyó en el marco de la puerta, estaba temblando.
Entonces oyó unos pasos acercándose e, imaginando que era su odiado jefe, cerró los ojos, suplicando un milagro.
—Perdone, señorita, debo pasar…creo que compartimos despacho.
Cuando los abrió, un joven alto y espigado, con el cabello repeinado y una sonrisa tímida, la miraba con cara de sorpresa. Con evidente torpeza le tendió la mano que ella, desconcertada, tomó sin entusiasmo.
—No sé si habrá visto que hay otra mesa aquí, es pequeña, pero me apaño con poco espacio.
—Pero, ¿quién es usted? —preguntó Rocío, que no salía de su estupor.
—¡Oh, perdone mi torpeza, señorita! Soy el médico adjunto al Médico Director, el hotel me ha contratado hasta fin de temporada. Y, como esto es un poco improvisado, han decidido instalarme aquí —dijo el joven.
—Bien, señor médico adjunto al Médico Director, pero, ¿no sería más adecuado que se instalase en el despacho del doctor? Eso facilitaría la comunicación entre ambos. Le ruego que perdone mi atrevimiento al hacerle esta sugerencia.
Pablo de la Cueva Montalbán no podía dejar de mirar a los ojos de la secretaria.
Su tía debería haberle advertido que era guapísima, porque estaba hechizado.
A causa de ello, y de su inexperiencia en el trato con las damas, seguro que cometería más de una torpeza que le pondría en ridículo delante de esa joven tan hermosa.
Su escasa confianza en sus habilidades sociales se iba desmoronando como un castillo de arena.
Respondió a Rocío, intentando concentrarse en la respuesta sin que el rostro angelical que tenía delante se lo impidiese.
—Sólo hago lo que me han ordenado, señorita.
En ese momento el doctor Calderón abrió súbitamente la puerta que comunicaba su despacho con el de la secretaria. Al ver a Rocío, su rostro se contrajo en una indescifrable mueca, que no le pasó desapercibida al recién llegado.
—Ya ha regresado, señorita —dijo, sin poder evitar que sus modales dejasen trascender que estaba de un pésimo humor —.
Déjese de cháchara, como comprenderá, la inesperada decisión de privarme de mi secretaria durante estos días ha tenido fatales consecuencias sobre la marcha del pabellón, hay demasiado trabajo atrasado.
Envalentonada por la presencia del joven doctor, Rocío ni le miró a la cara. Tampoco le dirigió la palabra, pues sólo asintió con gesto hosco.
—Usted debe ser el médico adjunto— dijo el Médico Director, dirigiéndose a Pablo de la Cueva, pero sin tenderle la mano, no estaba para cortesías—.
Me han comunicado su llegada anoche mismo, lo cual me parece demasiado precipitado, además de innecesario, yo tengo la suficiente experiencia para llevar la temporada sin su insignificante ayuda, se ve de lejos que usted es recién egresado, por lo que no sabrá ni dónde tiene la mano derecha.
Don Prudencio Calderón desconocía que Pablo de la Cueva Montalbán era sobrino de doña Úrsula.
Su tía, sin explicarle por qué, le había advertido de la necesidad de mantenerlo en secreto, y así lo haría.
Pero el joven médico no necesitaba respaldarse en esta circunstancia para defenderse de las desafortunadas palabras del Médico Director, quien, en una primera impresión, le había parecido un hombre ciertamente desagradable.
—Perdone, doctor, no es mi intención ser descortés ni menoscabar su autoridad, pero creo que todos, al comienzo de nuestra vida profesional, somos necesariamente recién egresados.
Tengo la voluntad de suplir mi inexperiencia con trabajo duro, y mis ganas de aprender lograrán que, al final de la temporada, haya podido serle más útil de lo que supone.
Rocío, que asistía en silencio a este cruce de palabras, se quedó boquiabierta al ver la serenidad y confianza con la que el joven doctor se dirigía a don Prudencio, una confianza de la que había dudado nada más conocerlo.
El doctor Calderón debió impresionarse también, porque sólo asintió con gesto hosco.
—Veo que le han adjudicado un puesto al lado de mi secretaria, hablaré con dirección para que despejen el cuarto que hay al final del pasillo y pueda utilizarlo como despacho propio —dijo el Médico Director, y aunque Pablo de la Cueva lo interpretó como un gesto de cordialidad, Rocío se alarmó de inmediato, pues sabía que el doctor Calderón sólo pretendía alejarlo lo máximo posible de allí.
—No debe usted molestarse —respondió el recién llegado —, aunque le agradezco el gesto. Creo que aquí podré trabajar sin problemas.
—¡Parecerá que es usted otro empleadillo de poca monta! —bramó Prudencio Calderón, deseando imponer su voluntad—. Y, si usted no se va a hacer respetar, yo velaré porque un colega de mi sagrada profesión sea tratado como se merece, y no como un vulgar mecanógrafo.
Si la primera impresión que el doctor Calderón le había dado a Pablo de la Cueva había sido muy negativa, según avanzaban los minutos esta se fue afianzando e incrementándose en negatividad.
Se preguntó qué se le habría pasado por la cabeza a su tía para encomendarle a semejante individuo, tan irrespetuoso y prepotente.
Por un momento, toda la ilusión que tenía las horas precedentes se desvaneció, pero pensar en el ejercicio de la medicina, su vocación, le ayudó a sobreponerse.
El doctor Calderón no iba a amargarle, por mucho que se lo propusiera, sus primeras vivencias como médico.
—Señor, ya sabe que dependemos de las decisiones de los directivos. He venido aquí a realizar un trabajo e, independientemente de donde me instalen, cumpliré con el mismo.
Pablo de la Cueva acababa de llegar, pero ya era víctima de la antipatía y el desprecio del Médico Director, quien pensaba que ese joven debería espabilarse mucho para salir adelante en la profesión.
Le escandalizó su conformismo, que ponía de manifiesto una falta total de ambición, en contraste con su propio ejemplo pues, de recién egresado, ya sabía que su titulación era un salvoconducto con el que ostentaba cierto poder, del que nunca prescindiría.
La suya era una profesión venerada, y actitudes como la de este medicucho adjunto sólo lograban rebajar el estatus de la misma. No lo consentiría.
—Basta de charla, y a trabajar todos. Eso sí, doctor De la Cueva: le prometo que va a sudar su sueldo.
Alba y Nieves esperaban angustiadas la salida de Rocío, y no dieron crédito cuando la vieron salir avanzando sonriente hacia ellas, con cara de indudable alivio. Apenas se acercó, las tomó a ambas por el brazo y, camino del comedor de empleados, les puso al tanto de la magnífica noticia:
—¡No os lo vais a creer!
—¿Qué pasa, Rocío? ¿El doctor Calderón está enfermo de peste? ¿De lepra, quizás? —bromeó Alba, al ver que el ambiente era propicio, por lo que fuese, a la alegría.
—¡Ya no estoy sola en el despacho!
—¿Hay otra secretaria? —se extrañó Nieves, y, sin saber por qué, se acordó de doña Úrsula y sus enigmáticas palabras.
—Ha venido un joven doctor adjunto, y como el mío es el único despacho, aparte del de don Prudencio, le han alojado conmigo.
—¿Y eso?
—Seguramente para evitar las protestas del Médico Director, todo el mundo sabe cómo es y está claro que no le hubiese hecho ni pizca de gracia que el recién llegado invadiese sus dominios.
Alba y Nieves asintieron, convencidas por la explicación.
—¿Y qué tal es? —preguntó Alba— ¿Es guapo? ¿Simpático?
Rocío respondió sin entusiasmo a la primera pregunta, porque aún estaba prendada de Tom Porter, por lo que no era capaz de verle el atractivo a ningún otro ejemplar masculino. Además, pensaba ella, nunca podría volver a amar, su decepción había sido aleccionadora.
—Es simpático, aunque se le ve muy tímido, pero es amable, no creo que me dé problemas.
Sus amigas estaban tan felices como ella.
—Siempre digo lo mismo: «Dios aprieta, pero no ahoga» —, sentenció Alba.
—Y el doctor, ¿cómo ha reaccionado al ver que tiene un médico adjunto?
La secretaria sonrió con evidente satisfacción.
—Estaba de un humor de perros, porque ahora ya no puede acorralarme en mi despacho.
Nieves la miraba, pensativa.
—Ándate con ojo, Alba, porque ese hombre es malvado, ya lo has visto. Y estoy convencida de que no parará hasta salirse con la suya. Al menos ahora no vas a estar sola en horario de trabajo, pero no bajes la guardia, seguirá acechándote.
—Haz caso de lo que te dice Nieves, porque tiene razón. Tiene algo muy valioso en sus manos, tu reputación, y lo aprovechará para extorsionarte. La situación ha mejorado, pero el peligro aún no ha pasado.
Rocío asintió, convencida de que tenían razón. Sin embargo, la llegada de ese doctor De la Cueva había sido providencial, porque al menos ahora había recuperado el entusiasmo por su trabajo.