Capítulo 37
Desde el pasional encuentro en el ibón, Gaspar e Isabel habían renacido.
Recobraron la confianza para acercarse el uno al otro sin reticencias ni sospechas, para mirarse a los ojos fijamente y notar la transparencia de la mirada del otro.
Habían logrado comunicarse mediante el lenguaje del amor, ese que, aunque a veces parece no entender las palabras, estas no le hacen falta para expresarse, porque utiliza los sentimientos, un roce de manos, un suspiro en el que caben todas las emociones que genera el encuentro de los cuerpos mientras las almas se fusionan en perfecta unión.
Las damas de las tertulias del salón de té contemplaban boquiabiertas a la feliz pareja que, de no vérseles juntos, habían pasado a no separarse ni un solo momento. Don Gaspar de Arístegui era, seguramente, el hombre más envidiado del hotel.
Doña Caridad, que le tenía ojeriza a Isabel Beaumont desde la cena que habían compartido hacía unas pocas semanas, no tardó en sacar el tema en la reunión de las five O´clock .
—Señoras, lo de la señora de Arístegui es puro misterio. Habrá embrujado al esposo, porque, si no, ya me dirán ustedes este cambio a qué se debe…
Doña Ágata no pudo evitar el comentario, a pesar de que su esposo era uno de los más fervientes mirones de Isabel Beaumont:
—A su esposo y al tuyo, querida, porque vaya cómo la mira— doña Caridad, de naturaleza apocada, no respondió, pero se guardó la afrenta para vengarla en un momento más apropiado.
—Embrujarlo no sé, pero se me ocurren formas más terrenales de hacer que un esposo la siga como un perrillo en celo —ironizó doña Anita, con un comentario perfecto para que las risas contenidas de las señoras hiciesen creer, a quien contemplase de lejos la escena, que sólo eran apacibles damas entretenidas en inocentes pasatiempos.
— Se comenta —dijo doña Ágata— que en Madrid frecuentan compañías poco recomendables.
—Alguien dijo que hace unos días vinieron a visitarles dos parejas, una de ellas, en pecado mortal —dijo doña Virtudes Casalduero.
—Pues, ¿cómo es eso? —se interesó Francisquita Latour.
—El caballero no vino acompañado por la esposa, sino por la amante.
Todas guardaron silencio mientras reflexionaban al respecto.
En ese instante, por los cristales que separaban el salón de té del patio interior, pasaron Isabel y Gaspar cogidos del brazo.
Iban charlando, relajados y felices y, en un momento dado, ella se paró, miró a su esposo y le dio un beso rápido en los labios.
Las damas no dieron crédito cuando el señor Arístegui, ajeno a las ventanas que encuadraban la escena, tomó a su esposa por la cintura y, atrayéndola con fuerza, comenzó a mordisquear sus labios hasta que, en un momento dado, se fundió por completo dentro de su boca.
Se apartaron sonrientes, ella miró a todos lados, dijo algo y ambos rieron.
—Ahora sí, doña Ágata, creo eso de las compañías indeseables, porque lo que acaban de contemplar mis ojos no es propio de personas decentes —dijo doña Virtudes, sin llegar siquiera a imaginar el tórrido encuentro de los amantes, desnudos en plena naturaleza, a orillas del lago.
Mientras esta conversación tenía lugar, Isabel Baumont entró de pronto en el salón de té, sola. Saludó con una sonrisa a las damas allí presentes, que le devolvieron el saludo.
—¿Desea acompañarnos, señora de Arístegui? — dijo doña Anita, tan cínica ella que era capaz de desplegar una sonrisa creíble delante de una mujer a la que criticaba con dureza momentos antes.
—Le agradezco el ofrecimiento, señora, pero sólo estaré unos minutos.
—¿Y su esposo, si no es indiscreción? —preguntó Francisquita Latour con otra sonrisa, aun sabiendo que, en efecto, su curiosidad era una indiscreción, se mirase por donde se mirase. Pero a Isabel no pareció importarle, porque respondió con naturalidad:
—Ha ido a hacer una gestión, y enseguida nos reuniremos. Hemos pensado dar un paseo en barca, a esta hora es delicioso navegar por el lago.
Las damas asintieron y siguieron a lo suyo, que era hablar de los demás, pero cambiando de objetivo, porque ahora corrían el riesgo de que la señora Beaumont las oyese.
Al cabo de un rato, Isabel se levantó después de haber tomado, ella sí, un té. Enfiló el corredor abierto que llevaba al patio interior, y ya salía cuando Gaspar, a su espalda, la llamó.
—¡Estoy aquí, querida! — le dijo, agitando la mano, e Isabel pensó en lo maravillosa que era la vida libre de sospechas.
Quizás nunca lograse desvelar el misterio de la dama a la que vio con su esposo detrás del edificio de las fuentes, pero ahora tenía la certeza de que Gaspar la amaba por encima de todo.
—Venga, vayamos a las barcas. Pero nada de remar, quiero estar descansado para esta noche.
Ella le miró con ojos brillantes.
—¿Piensas quedarte contemplando las estrellas?
Gaspar la tomó entre sus brazos.
—Sí, una estrella muy especial, la única cuya luz me enloquece. Te amo, Isabel.
Abrazados llegaron al embarcadero, donde se subieron a una barquita.
Sin prisas, dejándose acariciar por la brisa del lago, se fueron adentrando.
En un momento dado, Gaspar dejó los remos, y se dedicó a la contemplación de toda la belleza agreste que los envolvía dentro del círculo mágico formado por montañas.
—¿Crees que ha sido un acierto venir?
Ella asintió con la cabeza, pensativa.
—No sé si sabrás qué día es mañana…—preguntó Gaspar, mirándola con esos ojos color miel que sonreían, y rebosaban tanta ternura como los de un niño.
—Cómo olvidarlo, amor…mañana es el aniversario del día que cambió mi vida, porque nunca imaginé que unirla a alguien me haría tan dichosa. Y ese alguien, Gaspar, eres tú.
—Entonces, ¿volverías a casarte conmigo?
Ella sonrió y, al contemplarla, Gaspar tuvo que hacer un esfuerzo para controlar su emoción.
—Una y mil veces, amor.
Entonces él se echó hacia atrás un poco, liberando el bolsillo de su chaqueta, de donde extrajo un pequeño estuche forrado en terciopelo granate. Mirándola de nuevo con esos ojos que eran todo dulzura, le tendió el estuchito.
—Esto es sólo un pequeño talismán que me gustaría que llevases siempre contigo, sé que me llevas en el alma, pero cuando lo mires, sabrás que pienso en ti.
Con dedos temblorosos, Isabel abrió el estuche.
Tenía delante una alianza de oro con un zafiro azul, encastrado entre una corona de brillantes.
Las piedras brillaban, desprendiendo destellos de arcoíris cuando la luz del sol incidía sobre ellos.
Lo sacó con cuidado de la ranura que lo sujetaba al estuche y se lo puso.
—Gracias, gracias por ser como eres. Y gracias al cielo por haberte puesto en mi camino.
Acercaron sus cuerpos para besarse largamente, con calma, poniendo todos los sentidos hasta que sus bocas se fundieron en una sola. Al separarse, estaban sonriendo.
—No sabes lo que me ha costado…—al ver que Isabel lo miraba estupefacta, Gaspar sonrió antes de terminar— …
conseguirlo. He tenido que hacer malabares para que no te enterases, era una sorpresa.
Por suerte, he contado con la inestimable colaboración del señor Rubio, el joyero cuya esposa ha hecho de muestrario viviente.
Llevaba un anillo parecido a este y, aunque nunca luciría como en tus delicados dedos, pude hacerme una idea.
De pronto, a Isabel le pareció que el cielo se abría ante sus ojos. Recordó la escena en la que su esposo parecía tomar la mano de una mujer.
—Y no me digas que tuviste que esconderte detrás del edificio de las fuentes, mientras la buena señora te decía que a tu esposa ése, en concreto, le iba a encantar— dijo ella, sonriente.
Gaspar, estupefacto, la miró con una candidez conmovedora:
—Cierto, pero, ¿cómo lo sabes?
Ella rio, antes de decirle:
—En cuanto a gustos de joyas, todas las mujeres nos parecemos mucho: ninguna rechazaría la belleza de una pieza como esta.
Él sonrió, satisfecho por haber acertado con la elección, e Isabel volvió a mirar a ese cielo que se había abierto para ella, donde pudo contemplar una luz bellísima, a la que dio las gracias por aclararle lo que ahora ya no necesitaba aclarar, porque cuando la confianza renace, las explicaciones sobran.