La casa de las aguas 1 Capítulo 36
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Capítulo 36

Don Emérito Gil se había levantado temprano.

Era partidario de aprovechar el día, y tenía por delante una indudable carga de trabajo, revisando los documentos que mosén Mateo le había facilitado.

En cuanto el párroco oficiase su misa diaria, partirían de nuevo hacia otro rincón del majestuoso valle, en busca de aldeas perdidas entre las faldas de las montañas, en busca de pistas de una niña nacida hacía veintidós años, bajo la premisa de que continuase viva.

La posibilidad de que la pequeña hubiese fallecido ampliaba la búsqueda documental a los archivos parroquiales donde constaban las defunciones.

Mosén Mateo, siempre dispuesto, había preparado un almuerzo rápido. En cuanto pudieron, montaron en el carruaje del párroco y emprendieron viaje ,cargados de esperanza.

Ambos, entregados a la búsqueda con ganas y entusiasmo, se hubiesen desinflado al saber que estaban dando palos de ciego, porque la verdad de lo sucedido hacía veintidós años había quedado oculto para siempre tras un pacto de silencio entre dos mujeres.

Todo ocurrió en mayo de mil ochocientos ochenta y tres, en una aldea cercana a Sarbiñales, cuando la partera dispuso que María Cristina diese a luz en casa de Roberta Luzán.

La mujer no tuvo inconveniente, estaba encinta y el nacimiento de su primer hijo acontecería de un momento a otro, por lo que amamantar al bebé de la joven aristócrata le reportaría unos ingresos extra, muy necesarios en su situación.

Martín, el hombre con el que llevaba casada la friolera de una década, al que por fin daría descendencia, se había aficionado a la bebida desde que lo obligaron a participar en la última guerra, y aunque esta había finalizado hacía más de seis años, la mala costumbre de emborracharse se había transformado en un hábito arraigado.

Aunque Martín aun desconocía que la leche de su esposa alimentaría al bastardo de un hombre rico, en cuanto viese monedas para gastar en la taberna sus reticencias se disolverían con el tintineo del metal.

Roberta llevaba diez horas de parto sin que la dilatación avanzase de manera conveniente. «Estás mayor para ser madre, Roberta», le había dicho la partera cuando llegó para asistirla, y ahora sus palabras eran una fatal premonición.

María Cristina notó las primeras contracciones al caer la tarde, y ahora su parto se desarrollaba con rapidez, en dramático contraste con el estancamiento del de Roberta quien, envuelta en sudor, aguantaba los dolores sin emitir un solo quejido.

Justo lo contrario le sucedía a la joven dama, a quien la partera recomendó un poco de aguante si deseaba discreción, porque como siguiese pegando semejantes alaridos, la aldea en pleno acudiría a ver qué pasaba allí dentro.

La partera volvió sobre el vientre de Roberta, duro como una piedra.

Empujó con suavidad hacia abajo, intentando ayudar a que el bebé encajase en el canal del parto, y algo comenzó a cambiar.

Por fin, después de más de catorce horas, en las que la comadrona temió perderlos a ambos, el feto coronó, y ella pudo extraer la cabecita, después de lo cual el cuerpo salió sin dificultad.

Antes de comprobar el estado de la madre, la partera se dedicó a ese bebé inerte que, ella lo sabía bien, había tardado demasiado en nacer, y eso nunca era bueno.

Intentó lo imposible por reanimar a ese hijo que había llegado a la vida de Roberta después de años de espera, pero todo fue inútil.

Cuando al fin desistió, entregándose a la fatalidad de que no había nada que hacer, se centró en la mujer, cuya hemorragia hacía que peligrase también su vida.

Diestra como pocas, la comadrona detenía el incesante flujo de sangre mientras María Cristina, joven y sana, lograba, de un último empujón, que su pequeña se desprendiese de ese cuerpo en el que había vivido nueve meses escasos.

La dama no quiso mirar al bebé, pero Roberta lo tomó entre sus brazos mientras, con lágrimas ardientes, contemplaba de reojo el bultito envuelto en trapos.

—Si todo va bien, señorita, mañana mismo podrá regresar a Valdelagua— le dijo la partera a María Cristina sin mirarla a la cara, pues estaba demasiado dolida por el triste desenlace del parto de Roberta, mientras aquella joven parecía disfrutar el inconmensurable alivio de haberse deshecho del problema que suponía la recién nacida.

A continuación se dirigió a Roberta, que continuaba con la niña en su regazo.

—El peligro ha pasado, ya no morirás de parto. Pero tu hijo…era un niño, Roberta.

Roberta, bajando mucho la voz para que esa joven desconocida, que ocupaba la cama de al lado, no la oyese, dijo:

—Criaré a esta niña como si fuese el hijo que he perdido, al fin y al cabo, esa madre no la quiere. De paso, evitaré las miradas de desprecio del borracho de mi marido, que me cree yerma.

—No te apures, Roberta, yo guardaré tu secreto, esta niña será tu hija, y ese desgraciado se quedará tranquilo. Y ahora, comienza a amamantarla, la criatura está muy sana y vigorosa, ya verás como no tienes problemas para sacarla adelante.

Al día siguiente, María Cristina regresó a Valdelagua, al lado de su tía, quien esbozó una enorme sonrisa al ver que ese abdomen en exceso abultado, que sólo ella era capaz de apreciar, había desaparecido casi por completo.

Tal y como la mujer había acordado con la partera, un cochero se presentó en su casa con una bolsa, en cuyo interior había dinero suficiente para mantener a la niña durante, al menos, tres años.

—Escóndelo, Roberta— le dijo la comadrona cuando se lo entregó—, que Martín no sepa que lo tienes, o se lo beberá en cuatro días.

Roberta Luzán, que en ese momento daba de mamar a la niña, sonrió con tristeza mientras la miraba. A continuación, elevó la vista, interrogante, y la partera supo que responderla:

—El hijo de esa joven ha recibido cristiana sepultura. Ahora, la vida debe continuar .

No se equivocaba la comadrona, porque la hija de María Cristina se crio fuerte y saludable, a pesar de ese borracho que, finalmente, descubrió la bolsa con el dinero y, después de moler a su esposa a palos, creyendo que procedía del contrabando o quizás de algo peor, tardó poco más de un año en fundirse esos reales que hubiesen asegurado, por un tiempo, el futuro de la niña.

Como era de esperar, Martín apareció un día muerto en un camino, sin que nadie supiese si el golpe que tenía en la cabeza se lo había hecho al caer o en una de las muchas reyertas en las que se veía envuelto a diario, pero a Roberta no le importó, hacía mucho tiempo que ese hombre, que nada le aportaba salvo malos ratos, había dejado de significar algo.

Se quedó sola con la niña, a cuyas delicadas facciones asomaba la herencia de varias generaciones de gentes que no habían necesitado curtir la piel para sobrevivir.

Se quisieron como madre e hija, hasta el verano en el que la joven cumplió diecinueve años y, entre lágrimas, enterró a Roberta con su secreto, en un hueco del cementerio elegido por ella, lejos de donde los huesos de Martín reposaban para siempre pero, casualmente, al lado de un neonato que llevaba años allí enterrado, y olvidado por todos menos por su madre.