Capítulo 35 #3
Las señoras se echaron atrás al unísono para demostrar, mediante gestos variados, el impacto de la revelación: Anita de Ansótegui se abanicó vigorosamente el rostro, doña Ágata del Pulgar se echó un trago largo de anisete, doña Virtudes juntó sus manos en el pecho, como si le faltase el aire, y doña Caridad llamó de inmediato al camarero porque se había bebido la limonada, pero ahora pediría una copita de charteuse.
Los segundos que las damas tardaron el reaccionar fueron vividos con intensidad por la señora Latour, que repasó una tras otra las caras de sorpresa de sus contertulias mientras ella, sonriente, echaba un traguito a su amontillado, para celebrarlo.
—¿Qué les parece, señoras mías? —dijo doña Francisquita, inclinándose de nuevo hacia el centro de la mesa, movimiento que todas ellas imitaron sin ser conscientes de ello.
—Un verdadero escándalo.
—¡Y parecía una mosquita muerta!
—A saber qué no habrá pasado ya entre el joven Ribadeo y ella.
—¡El mundo está patas arriba, se está perdiendo la decencia!
—Pues aún hay más, señoras: lo que me queda por contar es tan impactante que no sé si debería hacerlo —dijo doña Francisquita.
De inmediato recibió un aluvión de peticiones que, desde el otro lado del salón, sonaron como un avispero en plena actividad.
Cuando la señora Latour accedió a contarlo —como no podía ser de otra manera— todas las cabezas volvieron a cerrase en torno al centro de la mesa.
—Terrible, ya les aviso que esto no es apto para damas sensibles, por lo que advierto ahora que, si alguna desea taparse los oídos, lo haga ya.
Doña Virtudes hizo un ligero amago, pero miró a un lado y otro, y al ver a sus contertulias expectantes, la curiosidad pudo más que la decencia.
—Parece ser que hubo consecuencias de estos amoríos pervertidos y antinaturales, ya me entienden ustedes, que somos todas mayorcitas, pero que, por la razón que fuese —y no quiero hacer suposiciones— el error no llegó a término.
Ahora el silencio fue sepulcral, tanto que las conversaciones que tenían lugar en la otra mesa quedaron expuestas con evidente indiscreción. Las damas no estaban allí para quedarse sin habla, por lo que en unos segundos se habían recuperado del impacto y comenzaron a opinar.
—¡Válgame Dios que disparate! Pero, ¿de dónde ha sacado usted tan íntima información? —dijo doña Anita, superada por la gravedad del cotilleo.
—Doña Anita, cuanto he dicho puedo demostrarlo, le puedo dar mi palabra.
—Si esto llegase a oídos de la señora marquesa consorte, no me gustaría estar en su pellejo, doña Francisquita —dijo entonces Ágata del Pulgar.
—¡Y no le cuento si llegase a oídos del marqués! —añadió doña Caridad.
En ese momento doña Francisquita fue realmente consciente de la gravedad de lo que acababa de decir, pues apuntaba directamente al honor de los marqueses de Piedrahita. Un poco asustada, intentó sosegar los ánimos de las damas allí presentes.
—Creo recordar, señoras, que lo primero que he solicitado de ustedes es discreción.
El tema es serio, desde luego, y afecta muy gravemente a la primogénita de los marqueses.
Ahora bien: si alguna de ustedes considera que estoy hablando sin criterio, descártenlo, porque les puedo jurar que todo cuanto les he contado proviene de una fuente fiable.
Se hizo un momento de silencio, a ninguna de las allí presentes les apetecía enemistarse con los Salvatierra, por lo que ahora debían debatirse entre el deseo incontrolable de esparcir el chisme y la prudencia de no hacerlo, porque las consecuencias, en este caso, podrían ser fatales.
—Pero mujer, ¿quién ha podido desvelarle a usted algo así? —dijo doña Caridad, ligeramente tocada por el escepticismo.
— De momento debo mantenerlo en secreto.
—Vaya, que no desea matar al mensajero —dijo Ágata del Pulgar, a lo que doña Francisquita, tan corta de entendederas, reaccionó alarmada.
—¡Doña Ágata, por favor, modere sus suposiciones, no soy una asesina!
—Es una expresión, mujer, nadie está diciendo que vaya usted a asesinar a quien le ha contado todo esto.
Poco a poco iban asimilando la gravedad de la información recibida, la cual era tan escandalosamente formidable como peligrosa. Comenzó a imponerse la voluntad de pactar el silencio.
—Yo, por mi parte —dijo doña Ágata— no pienso decir ni mu.
—Eso mismo me sucede a mí, antes me corto la lengua— afirmó doña Caridad.
—Si se divulgase algo así acerca de mi Bertita —cosa imposible, porque la niña mantiene su virtud intacta—, no quiero ni pensar en lo que haría. Por mi parte, prefiero mantener la boca cerrada, teniendo en cuenta, además, la amistad que une a mi hija con las gemelas de los Salvatierra.
Doña Anita asintió, dando a entender que se unía al tácito pacto de silencio.
—Pero nada impide, señoras, que entre nosotras expresemos libremente nuestras opiniones, las tertulias de este salón de té están para algo, ¿no es así?
Aquella iniciativa de doña Francisquita devolvió la alegría a la mesa y, en unos minutos, todas ellas hacían leña del árbol caído.