La casa de las aguas 1 Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

«Todo llega», se dijo la señora Latour, con la carta entre las manos y los ojos iluminados por el entusiasmo.

Y aunque Claudia Salvatierra no le había hecho nada, lo de que paguen justos por pecadores es algo tan antiguo como la biblia y tan consolidado como las sagradas enseñanzas.

A la señora marquesa consorte se le bajarían los humos de una vez por todas, ella se encargaría de que así fuese.

Y lo mejor de todo: nadie podría acusarla de mentir, porque, en un momento dado, podría respaldarlo todo con una carta.

A las cinco en punto, doña Francisquita entraba en el salón de té. Aquella tarde estaba transfigurada. Enseguida tomó asiento en esa mesa donde siempre era bienvenida. Hoy estaban algunas de las damas que días atrás se habían ausentado de la reunión, como doña Virtudes Casalduero.

La señora Latour apenas había tenido tiempo de considerar la conveniencia o no de divulgar el contenido de la carta.

Estaba tan emocionada que desestimó toda sensatez, dejándose llevar por la necesidad de atención, convencida como estaba de que, con lo que se disponía a revelar, sería la protagonista indiscutible no ya de la tarde, sino de toda la temporada.

—¡Doña Virtudes! —saludó la recién llegada, exagerando teatralmente su remilgado tono de voz— Ya la echábamos de menos. Casualmente he visto antes a Bertita, ya le di recuerdos para usted, amiga mía.

— Ya sabe, señora, que las salas de baños están demasiado solicitadas por la mañana, así que prefiero acudir a primera hora de la tarde, salvo excepciones —alegó doña Virtudes.

—Ya, ya me hago idea— respondió doña Francisquita con indiscutible ironía, que la señora de Casalduero, por supuesto, no pudo captar.

—¿Cómo les ha ido el día, queridas amigas? —preguntó doña Anita de Ansótegui y Valdés— El mío algo aburridillo, parece que la temporada está un poco sosa.

—Eso mismo pienso yo, poca cosa sucede. Lo más impactante fue lo de la bañera, esa Nieves, pero, por las razones que sea, la dirección ha decidido readmitirla. Por cierto, ¿no fue su hija Berta una de las damnificadas? —preguntó doña Ágata.

Doña Virtudes no quería ni oír hablar del tema, así que desvió a toda prisa la conversación por donde pudo.

—Mi hija es demasiado ingenua, y ya sabemos que las inocentes jovencitas pueden, a veces, malinterpretar algunos gestos. No llegó la sangre al río, que es lo que debe importar.

«¿Ingenua? ¡Pues a mí me pareció que sabía más que lo ratones de armario! », hubiese dicho doña Francisquita, pero ya se sabe que la diplomacia obliga a que lo que se piensa y lo que se dice vayan por direcciones bien distintas.

—Bueno, a decir verdad, la temporada no está resultando tan sosa como pretendemos. Recuerden que hemos vivido el escándalo del salón de fiestas, cuando las tres empleadas, vestidas como damas, se colaron en el recital…¿dónde se ha visto eso? —intervino doña Anita.

—Gracias a la acertada intervención de doña Caridad y de usted misma, querida Ágata, que dieron la voz de alarma, fueron expulsadas sin demora. ¡Qué vergüenza, en un establecimiento como este!

—Deberían haberlas puesto de patitas en la calle, pero no. Parece que algunas empleadas de este hotel están protegidas por una mano invisible.

—¿Y no será, señoras, la misma mano que se les cuela bajo las enaguas?

— soltó doña Caridad, provocando que todas las damas de la mesa se carcajeasen alegremente, pues eran comentarios de ese tipo, ocurrentes y picarones, los que daban vida a las esperadas tertulias de las five o´clock .

Animada por el momento de gloria de doña Caridad, y deseosa del protagonismo que tanto necesitaba, doña Francisquita tragó saliva, bebió un sorbito de amontillado y se dispuso a lanzar la más inolvidable de las noticias prohibidas de la temporada de mil novecientos cinco en Valdelagua.

—Señoras, prepárense, que lo que viene ahora es tremendo —comenzó la señora Latour—. Creo que, después de lo que tengo que contarlas, reconsiderarán su opinión respecto a que la estancia en el balneario carece de emociones fuertes.

Ante la posibilidad de recibir un notición en boca de doña Francisquita, los cuerpos iniciaron un movimiento automático, reposicionándose en los asientos, las espaldas ligeramente inclinadas hacia el centro de la mesa, para no perder ni una sola palabra de la impactante revelación.

—Me he enterado de algo muy, muy impactante, pero les rogaría la máxima discreción.

Estas palabras, por supuesto eran un mero trámite, porque ninguna de las damas que se disponían a escuchar guardarían el secreto una vez finalizada la reunión: lo más placentero de enterarse de una noticia extraordinaria era, precisamente, observar la reacción de aquellos a quienes se lo contasen a continuación.

Sin embargo asintieron, en silencio, como si tomasen en serio el compromiso de guardar silencio.

En cuando doña Francisquita comprobó que todas las caras se centraban en ella, comenzó.

—He podido saber que una joven dama, huésped del hotel, muy de moda por su romance con un apuesto joven, ha tenido una vida bastante más ajetreada de lo que a simple vista pueda parecer.

De inmediato, todas las damas pensaron en Claudia Salvatierra, como era de esperar. La señora Latour continuó.

—Esta joven dama, a quien su enamorado creerá pura e inocente, por desgracia no lo es.

En este momento, las preguntas cayeron sobre doña Francisquita como una avalancha y la dama tuvo que hacer un gesto con las manos pidiendo calma, mientras comenzaba a experimentar la grandiosa sensación de sentirse importante. Nada tan placentero como tener a todas esas señoras comiendo de su mano.

—Tranquilidad, señoras, de una en una, por favor.

—Se refiere usted a la señorita Claudia Salvatierra —afirmó, más que preguntar ,doña Anita de Ansótegui.

—Se dice el pecado, pero no el pecador —respondió doña Francisquita con su voz, aflautada en exceso—. Ahora, doña Anita, deduzca por sí misma, pero no habré sido yo quien le diga que no va desencaminada.

— Señora Latour —intervino doña Ágata del Pulgar—, la información que nos ha dado es demasiado imprecisa, y no somos nosotras, las damas de esta mesa, dadas a creer en habladurías cogidas con alfileres…Hable, mujer, que ya imaginamos que sabe usted más de lo que ha contado.

La aludida no se hizo de rogar, deseosa de soltar de una vez por todas el grandioso chisme:

—Sé de buena tinta, nunca mejor dicho, que la joven dama a la que me refiero fue seducida por un tío suyo, al menos cuarenta años mayor. No se sabe con certeza si la chica fue forzada o se avino al trato carnal con el caballero.