La casa de las aguas 1 Capítulo 35
84%

Capítulo 35

Ya había funcionado una vez, así que esta vez funcionaría también.

El rumor acerca de Nieves Sagunto se había extendido hasta provocar su expulsión.

El hecho de que fuese readmitida era algo que escapaba a la comprensión de Nieves, quizás esa empleada gozaba de algún privilegio por parte de sus superiores, pero algo estaba claro: quedaría marcada para siempre por la sospecha.

Lo que se proponía hacer ahora iba a funcionar, estaba segura, y los resultados serían demoledores, porque la reputación de una joven casadera no es como un empleo, en el que existe la posibilidad de readmisión.

La pérdida de la reputación acarrea males inevitables, y la mancha permanece para siempre, porque es algo que la sociedad no perdona nunca.

Durante varias noches, Berta se había desvelado pensando cual sería la mejor manera de divulgar el rumor.

Acudir al salón de té no era buena idea, pues aun siendo la forma de garantizar que la noticia se extendería por todo el hotel en cuestión de horas, se arriesgaba a ponerse en evidencia.

Esta vez ella sería la mano invisible, moviendo los hilos desde la sombra.

Pero, ¿cómo divulgar una noticia sin contarla?

A Berta se le ocurrió una idea brillante. Aprovecharía la insaciable curiosidad de alguna de las damas para que hiciesen el trabajo por ella. Pero debía elegir muy bien las circunstancias, porque sólo tenía una oportunidad.

Estuvo dudando mucho antes de decidirse entre las tres candidatas más adecuadas, pero sólo una de ellas sería la elegida.

Más difícil aún fue la elección de la puesta en escena, porque ahí no podía permitirse el lujo de fallar sin verse implicada por completo.

Le dio muchas vueltas, pensó en todos los detalles para no dejar ningún cabo suelto que pudiese incriminarla y, cuando al fin lo tuvo todo claro, pasó a la acción.

El la soledad de su dormitorio, escribió una carta, cuyo contenido modificó varias veces hasta decidir que las palabras en ella contenidas explicaban lo suficiente para que a nadie le quedasen dudas.

Distorsionó su letra, aunque allí nadie conocía su caligrafía, por lo que sólo era una precaución adicional en un plan muy bien pensado.

Salió con la carta doblada, era preferible que diese la impresión de que había sido releída, por lo que no le importó que estuviese plegada dentro de su bolso, ni que se formasen arrugas en el papel.

Enseguida divisó a la elegida, y procedió según lo planeado.

Doña Francisquita Latour frecuentaba las zonas comunes del hotel con la esperanza de encontrarse con alguien dispuesto a compartir las largas tardes que, en soledad, se le hacían demasiado largas.

Berta Casalduero la había seguido, por lo que sabía que repetía un trayecto fijo: salía de su gabinete, bajaba al recibidor, atravesaba el patio y, recorriendo el pasillo lateral de la derecha, desembocaba en la terraza al aire libre, donde se daba un garbeo por si hubiese alguna dama parlanchina con la que aliviar su aburrimiento.

Si allí no encontraba a nadie de su agrado —no todas las señoras eran conversadoras en la misma medida— entraba de nuevo y regresaba al patio por el pasillo de la izquierda, paralelo al que utilizó en la ida.

Solía repetir el recorrido mientras hacía tiempo para la reunión en el salón de té a las five o´clock .

Oculta tras una esquina, Berta Casalduero asomó con cuidado para observar la llegada de la mujer. Había cogido, tal y como Berta vaticinó, el pasillo de la derecha que, por suerte, estaba desierto.

Doña Francisquita Latour se detuvo ante un papel doblado que vio en el suelo, resaltando con tanta fuerza sobre el pavimento de mármol verde que parecía llamarla.

La señora se agachó con soltura, pues a pesar de su considerable sobrepeso, sus articulaciones estaban en perfecto estado.

Lo desdobló mientras Berta contemplaba, nerviosa, su reacción, que fue la que cabía esperar cuando vio, de inmediato, que se trataba de una carta.

La señora Latour miró alrededor, también hacia atrás, no había nadie por allí y se guardó la carta en el bolsillo.

Por lo poco que le había dado tiempo a ojear, estaba dirigida a una tal Claudia, ¿no se trataría de Claudia Salvatierra, la jovencita de moda por su romance con el joven Ribadeo?

De ser así, podría contener material interesante, por lo que decidió regresar a la habitación y leerla tranquilamente, sería terrible que la pillasen fisgando una carta ajena en la terraza del hotel.

Berta salió de la esquina y se hizo la encontradiza.

—Señora Latour, buenas tardes —sonrió.

—Berta…— dijo algo turbada, por lo que la joven Casalduero dedujo que temía que la hubiese visto recogiendo la carta y guardándosela.

—Bueno, señora, voy a darme un paseíto por el jardín inglés antes de que se llene de paseantes, necesito tranquilidad.

—Hace un par de días que no veo a su señora mamá en el salón de té, espero que se encuentre bien.

—Está perfectamente, doña Francisquita, pero a veces papá insiste en que eche la siesta con él, y ya sabe, quien manda, manda.

La señora Latour se quedó un poco perpleja, pues no le pareció del todo apropiado que una jovencita de buena familia relatase costumbres tan íntimas como lo de la siesta de los esposos.

—Le das recuerdos, a ver si coincidimos luego en el salón —dijo la señora, deseando de todo corazón coincidir con quien fuese, donde fuese.

Francisquita Latour entró en su gabinete. Su esposo acababa de salir hacia los baños, lo supo porque tenía la extraña costumbre de perfumarse antes de acudir, una manía estúpida, pensaba ella, con la que despilfarraba la carísima fragancia.

Se sentó en el sillón, al lado de la ventana, pero antes había sacado del bolsillo de su falda el papel plegado. Lo desdobló.

« Queridísima Claudia,

Sé que tu estancia en Valdelagua está resultando estupenda, esas cartas, en las que me pones al tanto de tus progresos con tu joven enamorado, así lo atestiguan.

Cuando las leo, pienso en lo que diría tu mamá si supiese de los subterfugios que utilizas para verte con él a solas, pero haces bien: el amor es para gozarlo.

Sin embargo, el motivo de esta carta es otro bien diferente, y algo fastidioso, seguro que te disgustarás, pero creo que deberías seguir mi consejo.

Por lo que parece, estas bien interesada en el joven Ribadeo, pero piensa, querida, que tu deber es darle a conocer la verdad de tu situación, porque eso es lo que exige la rectitud de conciencia…»

En este punto, a doña Francisquita se le aceleró el pulso, porque la carta prometía más de lo que hubiese imaginado.

«…El joven está en su derecho de saber que no eres pura e inocente, como él supone.

Comprendo que decir la verdad es duro para ti, pero seguro que, en el futuro, agradecerás habérselo dicho, pues, aunque corres el riesgo de perderlo para siempre, es tu deber.

No sé si deberías contarle las circunstancias en las que fuiste deshonrada, porque puede resultar un poco macabro, para un apuesto joven, que su enamorada haya sido el objeto de la pasión de un hombre que le sacaba cuarenta años.

Puede que piense —sabes que somos malpensados por naturaleza— que quizás tú tuviste algo que ver en esa atracción morbosa y enfermiza, porque es difícil explicar cómo pudo tu tío lograr su propósito sin que mediase una firme oposición por tu parte.

Lo hecho, hecho está, querida, y las consecuencias de aquello, las dos lo sabemos, han podido quedar para siempre en tu cuerpo, impidiéndote, como dijo aquel doctor que te examinó tras quedar encinta, ser madre en un futuro. ¿No crees que es un tema demasiado serio para ocultarlo?

Espero que esta carta no te amargue tus días de descanso en Valdelagua, sólo pretendo hacerte reflexionar.

Con cariño,

M.»

Cuando terminó de leer, el corazón de doña Francisquita brincaba, más que latir, dentro de su oronda caja torácica.

Acababa de leer la carta de las cartas , un testimonio tremendo, digno del mejor melodrama que un dramaturgo pueda imaginar.

Se abanicó con el papel, sonrió, complacida, y volvió a centrarse en las letras que, por cierto, eran algo rebuscadas, y había tardado un rato en acostumbrarse al extraño cierre de la e que, al principio, confundía fácilmente con una s.

Después de releer, ya no le cupo ninguna duda: la carta estaba dirigida a Claudia Salvatierra.

Seguramente la llevaba consigo para que nadie de su familia la encontrase.

Y, como material de primera, extrajo la conclusión de que esa jovencita —quien lo diría— había sido forzada —o no— por un caballero, perteneciente a su propia familia, de una edad impropia para la tierna criatura.

Y, como información extra, una auténtica joya, creyó entender que tales desvaríos amorosos habían tenido fatales consecuencias que bien la joven, bien la naturaleza misma, se habían ocupado de eliminar, resultando en graves perjuicios para una futura maternidad.

Clarisa, marquesa consorte de Piedrahita y madre de las tres hermanas Salvatierra, era una mujer en exceso estirada.

Se pavoneaba más de lo debido de la posición de su esposo, y solía descartar la compañía de quienes no le bailaban el agua.

Por supuesto, en el salón de té era inimaginable su presencia, y sólo salía a determinados eventos, de los más exclusivos, seguida de cerca por su doncella personal.

De entre todas aquellas damas a las que consideraba inferiores e indignas de su compañía, estaba doña Francisquita Latour, a quien la señora de Salvatierra saludaba con una indiferencia dolorosa.