Capítulo 34 #3
Convencido como estaba de que Rocío sabía que no le quedaba más elección que someterse a sus caprichos, ya se había hecho a la deliciosa idea de que la joven claudicaría esa misma tarde, por lo que el repentino cambio de planes le sentó como un mazazo.
—¡No, no! Esta tarde es imposible.
—Señor Médico Director, me han indicado claramente que necesitan a la señorita esta tarde, la dirección así lo ha decidido, y no creo que desee usted contrariarlos —insistió don Ignacio, que debía cumplir órdenes estrictas de doña Úrsula.
Prudencio Calderón puso cara de pocos amigos, se agrió su gesto y contuvo la rabia que le produjo esa absurda y repentina decisión, pero no le quedaba más remedio que acatarla.
—Está bien, deje que termine lo que estaba haciendo, es urgente, enseguida irá.
Don Ignacio desconocía el motivo real de tanta urgencia por parte de doña Úrsula, así que consideró que podría darle al doctor media hora para que la secretaria dejase su trabajo concluido.
—De acuerdo, Don Prudencio, le diré a la joven que, en media hora como máximo, se presente en dirección.
A Rocío sólo le faltó saltar de alegría cuando el director del hotel la llamó a su despacho para comunicarle que, durante dos o tres días, trabajaría para una dama, doña Úrsula Montalbán, la cual estaba escribiendo sus memorias y necesitaba una mecanógrafa para que las pasase a limpio.
—Debe comenzar hoy, señorita, por lo que terminará usted el trabajo urgente, pero debe presentarse esta tarde sin falta en el despacho de dirección.
— Como usted disponga, señor — respondió Rocío—. En cuanto mi jefe lo estime, iré para allá.
Prudencio Calderón oyó las pisadas del director alejándose por el pasillo y. sin perder un segundo, se puso en pie y entró en el despacho de la secretaria. No tenía demasiado tiempo, pero el deseo rugía dentro de él, poderoso e indomable, y no iba a renunciar a lo que tenía previsto.
—Señorita, debe irse usted un par de días, ya se lo han comunicado — dijo, mientras se acercaba a ella con la mirada ofuscada por el deseo—. Pero antes, si no quiere que todo el hotel sea testigo de sus andanzas nocturnas, deberá pagar el precio de mi silencio.
La mirada que vio en el doctor Calderón la asustó.
Comprendió que iba derecho a ella, que la acorralaría contra su escritorio, que no podría gritar sin que todo el pabellón se alertase, que la tomaría, ahora ya sabía cómo era eso, y sólo de pensarlo, se puso a temblar.
Pero algo dentro de ella reaccionó, a pesar del miedo.
Se puso en pie de un salto y esquivó al hombre por el lado contrario del pequeño despacho.
Como Prudencio Calderón no esperaba que intentase escabullirse, le pilló por sorpresa.
—Doctor— dijo desde la puerta ahora abierta, a la que había llegado casi de un salto —el director ha venido a buscarme, me ha dicho que me presente de inmediato.
Rocío cerró la puerta tras ella, dejando a su jefe dentro, con las ganas frustradas y la sorpresa en el rostro.
Aun temblando, abandonó el pabellón aliviada, sin creer en su suerte.
Perder de vista a Prudencio Calderón, aunque sólo fuese por un par de días, era un panorama fantástico, se dijo, mientras pensaba también en lo reconfortante que resulta agarrase al primer asidero que le sale al paso a uno cuando se ve ahogar.
Decidió no atormentarse e ir sorteando poco a poco las adversidades.
Cuando tuviese que regresar, ya pensaría en cómo afrontarlo, pero ahora, de momento, se había salvado por los pelos.
Prudencio Calderón, hombre endiosado, acostumbrado a hacer y deshacer como le venía en gana, no estaba preparado para semejante contrariedad.
Llevado por la rabia, lanzó un afilaminas, que cayó al suelo después de rebotar contra la pared, dejando un boquete en el yeso.
Obcecado, había perdido el raciocinio, y a punto estuvo de ir detrás de la secretaria y hacerla regresar a la fuerza.
Se mesó el cabello. Estaba hecho una furia, rojo de ira.
Consideraba ya la posibilidad de vengarse de Rocío, divulgando por el hotel la inapropiada actitud de la empleada, cuando llamaron a la puerta.
—¡Adelante! —dijo, apoyado sobre esa mesa donde su secretaria mecanografiaba.
Piedad, su esposa, no ocultó la sorpresa que le produjo verle allí. Tampoco le pasó desapercibida la evidente alteración de su esposo.
—Venía a preguntarte si finalmente alargarás la jornada, pues de lo contrario, me gustaría cenar con los señores de Murguía, nos han invitado a su mesa.
Prudencio Calderón estaba tan contrariado que ni siquiera la miró.
—No, hoy el trabajo puede esperar.
Piedad asintió en silencio y salió sin apenas hacer ruido, casi como una sombra, y el doctor Calderón agradeció la impertinente interrupción de su esposa, pues si no llega a ser por ella, hubiese salido, hecho un basilisco, a contar a quien quisiera oírlo las licenciosas andanzas de su viciosa empleada.
Y, de haberlo hecho, hubiese perdido la posibilidad de manejar a Rocío mediante el chantaje.
«Puedo esperar un par de días», se dijo, ya más calmado, desconocedor de que sus planes se iban a torcer más de lo que le hubiese gustado.