Capítulo 34 #2
—Discúlpeme, doña Úrsula, no me gustaría involucrarla, ya ha hecho bastante intentando encontrar el origen del bulo que casi acabó con mi trabajo y mi reputación. Pero esta vez no creo que nadie pueda ayudarnos, el enemigo es demasiado poderoso.
Por sus palabras, la mujer comprendió que Nieves, como casi todos los empleados y muchos de los clientes, desconocía que Úrsula Montalbán era propietaria de buena parte del balneario, y que todo cuanto sucedía allí podía ser sometido a su voluntad.
Mejor así, la joven hablaría con mayor libertad que si supiese quien era ella en realidad.
—No hay enemigos poderosos, Nieves. Piensa, si no, en David, tan pequeñito, que con una honda fue capaz de abatir a un gigante. ¿No crees en la fuerza de quienes tienen la voluntad de cambiar lo que está mal?
La bañera asintió con la cabeza, un asentimiento rápido, como si no estuviese demasiado convencida.
—Pues yo soy de esas, así que, si te parece, cuéntame lo que tanto te inquieta, seguro que podremos encontrarle una solución— dijo la dama, envuelta en la toalla y a punto de entrar en el agua.
—Su baño se va a enfriar, señora —alegó la bañera, preocupada.
—Más importante que mi baño me parece tu desazón, no me gusta ver sufrir a nadie si puedo evitarlo. Dime, Nieves, ¿cuál es el problema?
—Se trata de mi amiga Rocío, señora, la secretaria del doctor.
Doña Úrsula recordaba a la joven de haberla visto un par de veces en su despacho.
—Sé a quién te refieres. ¿Qué le sucede? ¿Algún problema con el doctor Calderón?
Nieves asintió con timidez. No sabía a ciencia cierta cuál era la relación de la dama con el Médico Director, aunque imaginó que alguien como doña Úrsula, tan amable y respetuosa, nunca congeniaría con ese depravado.
«Otra vez el doctor», estaba pensando la señora Montalbán, segura como estaba de que, tarde o temprano, ese hombre traería problemas.
—Cuéntame, Nieves, estoy dispuesta a escucharte.
La joven ya no pudo más y, con lágrimas en los ojos, comenzó a hablar:
—Desde que entró a trabajar, el doctor ha manifestado una atracción enfermiza por su secretaria, Rocío.
Ella cometió un error grave, el de enamorarse de quien no debía, una persona que la ha dejado plantada, sin más explicaciones.
Don Prudencio se enteró de todo y, desde entonces, está presionándola para que, a cambio de su silencio, Rocío haga cosas que…
en fin señora, es terrible, no quiero ni mencionarlo, pero imagínese lo peor.
—Y tu amiga, ¿qué actitud ha tomado?
—Pues ninguna señora, porque está desesperada, sólo llorar y lamentarse, aunque ella no es así.
A Rocío le encantaba su trabajo, ¿sabe? Estaba muy orgullosa de haber aprendido a mecanografiar, y ser secretaria le hacía sentirse muy feliz.
Pero con este jefe que tiene ahora…¡Es una lucha diaria convencerla para que vaya a trabajar!
Porque Rocío está sola, como muchas de nosotras, y depende de su trabajo para salir adelante.
Y es terrible pensar que no tiene más que dos opciones: o acatar los requerimientos de un hombre sin humanidad, o acabar en la miseria.
—Pero, ¿no ha pensado en trabajar de secretaria en otro sitio?
—Claro que lo ha pensado, por supuesto, nada le gustaría tanto como salir de aquí cuanto antes. El problema es que tiene firmado un contrato. Además, para encontrar rápidamente otro empleo, necesitará buenas referencias, y el doctor Calderón, está muy claro, no se las dará.
—El doctor, ¿se ha propasado con Rocío? —preguntó doña Úrsula, temiendo la respuesta.
—Aún no, pero es cuestión de tiempo. Le ha dicho cosas terribles, créame, que no me atrevo a reproducir delante de usted, insinuaciones clarísimas acerca de lo que debe hacer Rocío para que él no cuente lo de su desliz.
Cuando nos hemos visto en el comedor, estaba destrozada, porque el doctor Calderón le ha dicho que esta tarde deberá quedarse cuando cierren el pabellón, con la excusa de que hay trabajo atrasado.
Está aterrorizada, porque cree al doctor capaz de todo, y no tiene forma de defenderse.
Nosotras tampoco sabemos cómo ayudarla.— dijo Nieves, llorando por su amiga.
Doña Úrsula asintió.
—Y tú, ¿crees que ella corre verdadero peligro?
Nieves miró a la señora Montalbán y en sus ojos podía verse claramente reflejado el temor.
—No me cabe duda, señora.
—Creo que podemos hacer algo, querida. De momento, vamos a sacar a Rocío de allí por dos o tres días —dijo entonces la dama, con una seguridad incuestionable.
Nieves la miró, ilusionada, pero aun así, incrédula.
—Pero, ¿con qué excusa, señora? —preguntó, algo dubitativa tras el entusiasmo inicial.
—Alguna se me ocurrirá, tú confía en mí, tengo mis recursos, por eso no te preocupes.
—Gracias, gracias, doña Úrsula —dijo Nieves, sorbiéndose los mocos con disimulo—, no sé cómo decirle lo agradecida que estoy, Rocío estará a salvo ese tiempo, pero, ¿y luego? — preguntó Nieves, comprendiendo que era una solución temporal que sólo retrasaría lo inevitable.
La dama sonrió, enigmática.
—Luego, ya veremos.
Después de hablar con Nieves, doña Úrsula Montalbán había despachado con el director y, a continuación, se fue derecha al telégrafo.
« Sé que estás deseando estrenarte, así que vamos a adelantarnos un poco. ¿Para qué esperar a la próxima temporada, si puedes venir ya? Es urgente, querido, así que espero tu respuesta. Un abrazo. Tía Úrsula .» fue su misterioso mensaje.
Ahora sólo quedaba comunicarles a los hermanos Riquelme, propietarios del resto del hotel, su resolución, pero estaba segura de que no pondrían objeciones, siendo ella la accionista mayoritaria, e informándoles de que correría con todos los gastos que ocasionase la decisión por ella tomada.
Esa misma tarde, don Prudencio Calderón recibió la visita del director del hotel en su despacho.
—¿Tiene un momento, doctor?
Don Prudencio asintió contrariado, era el jefe absoluto de esa zona del hotel, y necesitaba que a don Ignacio le quedase claro que no le gustaban las intromisiones en sus dominios.
—Vengo a decirle que, por razones logísticas, le agradeceríamos mucho que nos ceda un par de días a su secretaria, si no tiene inconveniente —añadió el director por pura cortesía, porque le gustase o no, el doctor, aun siendo la máxima autoridad en el pabellón de tratamientos hidroterápicos, tenía por encima a la cúpula directiva.
—¿Es imprescindible? —gruñó don Prudencio.
—No se lo pediría si no fuese así —mintió don Ignacio, porque su prioridad no era ser sincero, sino cumplir las órdenes de la propietaria, que era quien pagaba su sueldo y le daba trabajo en ese prestigioso Gran Hotel.
—Si es sólo por un par de días… estamos en plena temporada, debe comprender que esto supone un desbarajuste importante.
El director sonrió, complaciente.
—No se preocupe, doctor Calderón: en un par de días, su joven secretaria estará de nuevo a sus órdenes. Así que, si no le importa, la llevaré conmigo.