Capítulo 34
Alba se sorprendió cuando, al planificar con la encargada el trabajo de la mañana, esta le comunicó que los señores de Arístegui habían dejado dicho en recepción que no los molestasen antes de la diez de la mañana.
Asintió sin hacer comentarios, que era lo que se esperaba que hiciese, y comenzó por el resto de habitaciones que tenía a su cargo.
Cerca de las diez, Alba vio a don Gaspar saliendo de la habitación, por lo que se dirigió hasta la puerta y llamó. La voz de Isabel, desde el interior, le dio permiso para entrar.
Lo primero que la sorprendió fue el tono, inusualmente jovial, de la señora de Arístegui, y lo siguiente, su rostro, encendido y bellísimo, donde los ojos le brillaban como nunca.
—Buenos días, Alba, ¿todo bien?
Curiosamente, Alba aún no había tenido ocasión de darle las gracias en persona a doña Isabel por haber salido en su defensa delante del director del hotel. Lo hizo, avergonzada.
—Ante todo desearía darle las gracias, doña Isabel. Lo que hizo por nosotras tres es algo que, en fin, no sé ni cómo decirle lo que siento.
Isabel Beaumont, conmovida, no la dejó proseguir:
—Sólo intenté que se hiciese justicia con vosotras, Alba, porque se excedieron al sacaros de la sala como a unas delincuentes.
Aquello me indignó. Sé quiénes fueron las damas que dieron el chivatazo de vuestra presencia allí, y me pareció injusto y poco elegante, la verdad.
Bueno, he de darme prisa, Gaspar me espera para desayunar juntos.
Alba la observó. Estaba feliz como una niña con sus zapatos nuevos, y se alegró muchísimo por ella, era evidente que algo había cambiado y, sin duda, tenía que ver con la relación entre ellos.
Sin poderlo evitar, relajó el gesto, y un rictus tristón se dibujó en su cara.
A Isabel Beaumont, tan atenta siempre, no le pasó desapercibido.
—Dime, Alba, ¿te sucede algo? Y no me digas que no, por favor, espero que tengas la suficiente confianza conmigo.
Alba dudó, estaba tan preocupada que sus ojos brillaron mientras contenía las ganas de llorar.
—Doña Isabel, es usted tan buena…—y al decirlo, las lágrimas, sin pretenderlo, brotaron. La señora Beaumont se acercó a ella y con su mano, elevó la barbilla de Alba hasta que sus miradas se enfrentaron.
—¿Qué sucede? —le preguntó de nuevo, sin dejar de mirarla. La camarera se vio en la obligación de responderla, se lo debía.
—No es por mí, señora, es por mi amiga Rocío por quien estoy tan preocupada.
—Pues, ¿qué le ha pasado? Si puedo ayudarla, no dudes en decírmelo, no importa lo que sea, Alba.
—No puede usted hacer nada —dijo la camarera, volviendo a mirar al suelo—. Ha cometido una equivocación terrible, y ahora está muy triste, ha enfermado, yo me atrevería a decir que de tristeza.
—¿Me lo puedes contar, por favor? A lo mejor, quien sabe, puedo hacer algo por ella.
—Es mal de amores, doña Isabel. Le dio la locura de enamorarse de ese músico, Tom Porter, pero él se fue de buenas a primeras, dejándole una nota.
Isabel elevó los ojos al cielo:
—¡Dios mío! —dijo, poniendo los brazos en jarras —¡Tom Porter! Da la casualidad, Alba, que puedo ayudar a tu amiga, porque le vas a decir, de mi parte, que ese galán de medio pelo no merece la pena, y que ya puede ir espabilando y olvidándolo cuanto antes.
—¿Lo conoce usted, doña Isabel? —preguntó Alba, con timidez.
—¡Vaya si lo conozco! El muy truhan intentó seducirme, en el comedor repleto de huéspedes y con mi esposo sentado en una de las mesas. Es un seductor sin escrúpulos, que utiliza a las mujeres y, si te he visto, no me acuerdo.
—A Nieves y a mí siempre nos pareció que la reacción de Rocío era exagerada, se veía venir que ese hombre no estaba interesado en ella.
—Ni en ella, ni en ninguna, querida Alba. Quizás no tengas aún la edad para comprender que algunos hombres sólo buscan en las mujeres el placer de un instante, sin amor ni compromiso de por medio.
—Si, por desgracia, lo he aprendido en cabeza ajena, en la de la desventurada Rocío —dijo Alba, alicaída.
De inmediato se arrepintió, no debería ser tan explícita porque quizás estaba desvelando demasiado, comprometiendo el secreto de su amiga.
Pero Isabel, que era tan discreta, no fue más allá con las preguntas, y tan sólo le dijo:
—No se me ocurre mejor remedio para sacárselo de la cabeza que aborrecerlo. Y, sabiendo cómo se las gasta ese hombre con las féminas, sin importarle su edad ni condición, es fácil pasar del amor al odio, ¿no te parece?
Alba sonrió por vez primera.
—Visto así, ha tenido una excelente idea, señora: intentaremos que Rocío lo deteste, que es lo único que merece. Ella es inteligente, se dará cuenta de que es ridículo derramar una sola lágrima por él.
Isabel la miró, con sus bellísimos ojos iluminados por una luz nueva.
—Querida Alba, así es. Sin embargo, he de ser sincera contigo: esto es un discurso vehemente y cargado de lógica, pero el amor, por desgracia, no se rige por razones, sino por emociones.
Y, a veces, por mucho que uno intente alejar del alma a la persona objeto del deseo, el universo parece confabularse para, de pronto, acercarla aún más.
No es el caso de tu amiga, desde luego, el pájaro cantor voló lejos, pero es probable que el recuerdo de ese hombre vibre dentro de ella por un largo tiempo.
Ojalá me equivoque. Aun así, deberíais intentar que lo repudie, que lo aborrezca, que abomine de él, porque su comportamiento fue deleznable.
—Lo intentaremos por ese camino que usted nos ha iluminado, doña Isabel. Puede que tengamos suerte y Rocío despierte.
«Sin que su error haya dejado consecuencias irremediables», pensó Alba, que aun desconocía que el doctor estaba a punto de decirle a Rocío, con total claridad, cuáles eran sus planes respecto a ella.
—Bueno, he de dejarte, no quiero hacer esperar a mi esposo. ¿Leíste Juana de Arco ?
Alba sonrió, entusiasmada.
—Una historia asombrosa, doña Isabel, que he podido conocer gracias a su generosidad.
—Ya hablaremos de esa heroína, porque merece estar en el recuerdo de todas las generaciones. Me voy, espero que tengas un buen día —dijo doña Isabel, mientras tomaba su bolsito. Salió de la habitación dejando a su paso un rastro de flores frescas y una hermosa vibración en el aire.
Esa tarde, Nieves recibía en una de las salas a su clienta favorita, doña Úrsula Montalbán. Comenzó a atender a la señora, desabrochando la espalda de su blusa, pero esta se volvió para mirarla.
—Nieves, respecto al asunto de quién pudo difamarte, he intentado averiguar, pero no podría darte un nombre sin caer en la posibilidad de incriminar a alguien indebidamente —divagó la mujer, para no verse obligada a mentir.
—No se apure, señora Montalbán, me siento en deuda con usted por el interés mostrado. El mal ya está hecho y no tiene remedio, tendré que convivir con esto.
—Me parece muy sensato por tu parte. Eres una buena empleada, me consta.
Aun así, me gustaría aconsejarte, como podría hacerlo alguien de tu total confianza, y no una clienta más del hotel: deberías cuidarte mucho de algunas de las personas a quienes atiendes.
Sé que sabes adaptarte, pero se me hace difícil comprender cómo puedes tener tanta paciencia con alguien como la señorita Casalduero, por ejemplo. Es bastante maleducada.
Nieves calló, no debía hablar nunca mal de una bañista con otra. Doña Úrsula, que tenía mucho mundo, se dio perfecta cuenta del motivo de su silencio, y le pareció admirable.
—Creo que callas porque así es como debes proceder, demostrando, una vez más, tu profesionalidad. Y puesto que no puedes decirlo, lo diré yo: esa señorita es insoportable.
Nieves no pudo reprimir una sonrisa, pero se arrepintió de inmediato. Doña Úrsula, que había cogido carrerilla, estaba imparable.
—No puedes confesármelo, pero creo que, si te comunicasen que esa mocita ha cambiado de bañera, lo celebrarías por todo lo alto.
La joven la miró, ahora sí podía opinar sin emitir un juicio directo sobre la joven dama:
—Pues mire, doña Úrsula, de la noche a la mañana han hecho cambios, y la encargada me comunicó ayer mismo que, casualmente, a la señorita Casalduero la atenderá otra bañera — explicó, sin pronunciarse respecto a la opinión que le merecía esta circunstancia.
—¿Pues sabes lo que te digo? Pobrecita de la bañera a quien le haya tocado atenderla…
Nieves sonrió con indudable alivio, y respondió sin ponerse en evidencia, pero dejando muy clara su postura.
—Por suerte para esa empleada, señora, nos han enseñado a sacar adelante nuestro cometido, sobreponiéndonos, incluso, a las peores dificultades con las que nos podemos encontrar, lo cual no significa que, en algunas ocasiones, pueda resultar dificultoso y muy ingrato.
La señora Montalbán se dio por satisfecha. Sin embargo, ya a punto de entrar en el agua, observó que Nieves carecía del entusiasmo con el que solía actuar.
—Nieves, te noto triste, ¿ sucede algo más?
La bañera la miró y, en sus ojos, sinceros, doña Úrsula detectó cansancio y quizás, el abatimiento que producen los acontecimientos vitales contra los que uno se ve incapaz de luchar.
—Me conmueve su preocupación, señora, y le estoy muy agradecida por ello. En efecto, estoy triste, pero no se inquiete: son las cosas habituales de la vida.
—¿Has vuelto a tener problemas con alguna de las damas, querida? —preguntó la señora Montalbán, alarmada, temiendo que todos sus esfuerzos hubiesen sido en vano.
—No, afortunadamente eso parece haber caído en el olvido, mi readmisión ha supuesto un desmentido del rumor y un voto de confianza sobre mi persona, no cabe duda. El asunto que me aflige ahora está relacionado con una amiga.
—Y tu amiga, ¿trabaja también aquí?
—Sí, señora.
Al ver que Nieves no parecía muy dispuesta a hablar, doña Úrsula dudó, no tenía derecho a obligarla. Asintió, sin más, dispuesta a cambiar de tema. Pero la joven estaba deseando desahogarse, y sabía que con doña Úrsula podría hacerlo, así que no se lo pensó más: