Capítulo 33
Doña Úrsula consideró que el horno de las habladurías ya habría tenido tiempo de cocer sus bollos, así que se arregló con vistas a pasarse por el salón de té. Era aburridísimo, un latazo, pensó, aunque estaba deseando saber si su anterior incursión en el país de las cotorras había dado frutos.
No había hecho más que asomar por la puerta cuando, desde una de las mesas, doña Mercedes alzaba su mano, saludándola sonriente. Se levantó de inmediato para acudir a su encuentro.
—¡Cuánto me alegro de verla! Estaba pensando en usted, queridísima amiga.
Dona Úrsula pensó que referirse a ella en esos términos era, sin duda, exagerado, por lo que encontró la forma de reprochar, indirectamente, tanta adulación innecesaria.
—¿Para bien o para mal? —al ver la cara de desconcierto de la dama, la señora Montalbán se arrepintió y dibujó una de sus más enternecedoras sonrisas, palmeando al tiempo su mano con delicadeza —Para bien, doña Mercedes, para bien, alguien como usted sólo puede pensar para bien.
Doña Mercedes se esponjó, satisfecha de que una señora tan elegante, considerada y escandalosamente rica como doña Úrsula le tuviese tal consideración, así que le rio la broma.
—Es usted incorregible, querida amiga —dijo, con una voz aflautada que era producto, sin duda, de su excesiva teatralidad.
—Y digo yo, señora, que si le andaba yo rondando por esa cabecita, por algo será.
—¡Diga usted que sí, doña Úrsula! Es usted de esas personas que permanecen en el recuerdo —la señora Montalbán elevó los ojos al cielo, exasperada por esa adulación innecesaria, pero disfrazó el gesto mediante otra amable sonrisa, fingiendo que el cumplido despertaba en ella cierto azoramiento.
— Pues como no me ha olvidado, imagino que recordará nuestro reto.
La rapidez mental no era uno de los puntos fuertes de doña Mercedes, por lo que su interlocutora se vio obligada a encauzarla debidamente.
—Ya sabe, intentar tirar del hilo y averiguar quién fue la primera damnificada por el asunto de Nieves, la bañera de las pecas.
—Claro, claro…yo he cumplido con mi parte, señora. Sentémonos, que le pondré al tanto y verá usted como esta servidora sabe lo que se hace. ¿O prefiere, quizás, que nos acomodemos con ese grupito? —dijo, refiriéndose a las damas con las que compartía mesa cuando entró doña Úrsula.
Nada tan alejado del pensamiento de la señora Montalbán como compartir mesa con esas damas, menos aun debiendo tratar algo tan delicado como lo que se traía entre manos.
—No creo que sea necesario molestarlas, parece que tienen una conversación muy animada y creo que este asunto, que ya no está en los mentideros, no les interese.
—No señora, de mentir, nada de nada, aquí todo lo que se habla es rigurosamente cierto —dijo doña Mercedes, tan ingenua siempre, provocando una irónica elevación de cejas en doña Úrsula y ningún comentario al respecto.
—Pues dígame, y le diré yo también cuanto he podido averiguar, que es bien poco, pero contundente —mintió la señora Montalbán sin inmutarse.
—No sé lo que le habrán contado a usted, pero yo he conseguido dar con la primera conversación en la que alguien habló de lo sucedido.
—¿Y cómo está tan segura de que es el origen, o sea, la primera?
—Porque ya sé quién contó que esa tal Nieves le había tocado indebidamente. Y, por lo que sé, no ha habido más casos o, al menos, nadie ha tenido el valor de contarlo.
—Bueno, pues ardo en deseos de escucharla, doña Mercedes. Y si su versión me convence, se habrá hecho merecedora usted de mi más profunda admiración, por que, con tanto rumor que va y que viene, distinguir la paja del grano es complicado.
La mujer sonrió, satisfecha de que la dama, de indudable prestigio y fortuna, le dedicase palabras tan elogiosas. Se dispuso a satisfacer su curiosidad, esperando no defraudarla.
—Al día siguiente de encontrarnos usted y yo aquí mismo, me vi con doña Francisquita Latour.
Sé que la dama en cuestión viene a Valdelagua arrastrada por el reumatismo de su esposo, porque ella está sana y fuerte como un roble.
Pero se aburre más de la cuenta, porque él, que es exagerado por naturaleza y se empeña en tomar los baños a todas horas, dedica su estancia en el balneario a todo, menos a acompañarla.
Aquí, doña Úrsula se distrajo unos segundos pensando en el esposo de doña Francisquita y en los rumores soterrados que hablaban de su afición a los jovencitos, con los que, según las malas lenguas, se veía en las salas de baños.
Mientras estaba en ello, la buena mujer había continuado hablando, ajena a su distracción.
—Pues eso, doña Úrsula, que doña Francisquita tiene ese problema tremendo, que no sabe cómo resolver, pero le rogaría que quedase entre nosotras.
—Por supuesto, así será —dijo la señora Montalbán, mientras se preguntaba qué más problemones tendría doña Francisquita, aparte de su esposo.
—Pues lo que le estaba diciendo: que la dama tenía ganas de hablar, de lo que fuese, aunque ello implicase algo tan feo como contar lo hablado en otra mesa, con señoras que, en ese momento, no se encontraban allí.
Doña Úrsula se quedó maravillada al entender que esas damas, aun ávidas de conversación, respetaban ciertas normas que dignificaban su adicción al cotilleo indiscriminado, y así se lo hizo saber a su contertulia.
—Dice mucho a favor de esas señoras que respeten a las ausentes, es encomiable.
Doña Mercedes asintió, satisfecha.
—Hemos de disculpar la actitud de doña Francisquita, ya le digo a usted que se encuentra tan sola que necesita hablar, de lo que sea y con quien sea. Y fue precisamente ella quien sacó el tema. Me lo contó todo, de arriba abajo.
—Pues póngame al tanto, haga el favor.
—La cosa es como sigue: una de estas tardes, doña Virtudes, esposa de don Agustín Casalduero, apareció a la hora del té en compañía de su hija Berta, hecho este poco habitual, porque nosotras, señoras casadas, hablamos en ocasiones temas que no son adecuados para jovencitas, ya me entiende.
Y esa fue, precisamente, la primera advertencia que hizo la madre a las allí presentes.
Doña Francisquita, que está a todo, dedujo entonces que fue la joven quien quiso acompañar a la madre, pese a la posible oposición de esta, seguramente para contarlo y quitarse ese peso de encima.
Como doña Úrsula asintió con la cabeza, la dama prosiguió.
—Al parecer, y según la señora Latour, la joven sorprendió a la mesa con una revelación. Hablaban las damas allí presentes de doña Isabel Beaumont, a quien imagino conocerá, cuando Berta Casalduero dijo que no era una buena idea que la señora en cuestión fuese sola a los baños.
Doña Úrsula estaba asombradísima porque, en efecto, aquello apuntaba al origen de todo. Continuó escuchando.
—Y entonces, la joven Casalduero, en contra de la opinión materna, que deseaba que la niña mantuviese la boca cerrada, contó la desagradable experiencia de ser tocada por esa tal Nieves en lugares innombrables, mientras la secaba.
Según doña Francisquita, las damas allí presentes no se creyeron del todo la historieta, pues alguien, no sé quién, dijo que Berta ya era mayorcita para secarse sola.
De inmediato, le vino a doña Úrsula un recuerdo, el de Berta Casalduero dirigiéndose a Nieves con una autoridad apabullante.
La exigencia de la joven, la superioridad con la que trataba a la bañera y el desprecio con el que se dirigía a ella, contrastaban con la sumisión de la empleada, muy consciente de que, con esa huésped en concreto, debía mostrarse recatada y dócil.
Desde luego, la escena que presenció en el pabellón no cuadraba con lo relatado por Berta Casalduero.
Cada vez tenía más claro que era un bulo lanzado por la joven con la finalidad de perjudicar terriblemente a Nieves Sagunto, aunque desconocía por qué.
—Y usted, doña Úrsula, ¿qué averiguó?
Estaba pensativa y la pregunta le pilló por sorpresa.
—¿Yo, doña Mercedes? ¡Lo mío es pura baratija en comparación con lo que usted ha relatado!
La declaro campeona indiscutible de este reto —dijo, inclinándose un poco para darle unas amistosas palmaditas en la mano a su contertulia quien, una vez más, se enorgulleció de que alguien como esa dama, tan respetada y rabiosamente rica, le tuviese en tal estima.
Al cabo de un rato doña Úrsula abandonaba el salón de té con su caminar lento y elegante, apoyándose en su bastón, más que por necesidad, porque le ayudaba a caminar más despacio.
Y era caminando cuando la señora Montalbán se sumía en sus reflexiones más profundas, de las que solía extraer valiosas conclusiones.
Cuando ya había recorrido en soledad el camino que llevaba hasta las fuentes y emprendía el regreso, tomó la primera resolución: no le diría a Nieves que, con mucha probabilidad, Berta Casalduero era la causante del rumor malintencionado contra ella.
El mal ya estaba hecho, y decírselo contribuiría a que a la bañera se le hiciese más difícil de lo que ya le resultaba aguantar a la señorita Casalduero.
Sin embargo, se encargaría de advertirla de lo malintencionada que era la jovencita.
La segunda resolución era necesaria: hablaría en persona con la encargada de las salas de baños para que a Berta Casalduero se le adjudicase otra bañera, con cualquier excusa.
Estaba segura de que Nieves agradecería librarse de esa damita tan perversa.