La casa de las aguas 1 Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Pues tú te lo pierdes, Melisa, porque acabo de ver al hijo de la marquesa de Bárboles con una joven, detrás de ese abeto inmenso.

De inmediato, Melisa se activó.

—¿Dónde dices, Berta?

—Tendremos que acercarnos un poco más.

—¿Puedes ir tú sola, Felisa? —le dijo a su hermana, sin apenas volverse hacia ella, pues toda su atención estaba concentrada en el joven caballero y su supuesta acompañante.

Felisa sólo deseaba tumbarse en su cama y dormir, así que asintió sin ganas y se encaminó hacia el hotel, dejando a Berta y a su hermana allí.

—No veo nada, Berta…¿Estás segura?

—Sabes que los hombres guapos no se me despistan…¡Mira! ¿En serio que no los ves? —mintió.

—No, no los veo, pero dime, ¿cómo es la joven? ¿Es guapa?

—Desde aquí no puedo distinguirla, pero podemos acercarnos un poco más.

—Si nos topamos con ellos me moriré de vergüenza.

—No sé por qué, todo el mundo tiene derecho a pasear por este jardín, ¿no te parece? A propósito —Berta decidió no esperar ni un segundo más para comenzar a sonsacarla— , ¿te has enamorado alguna vez más? Quiero decir, con la fuerza con la que pareces haberte enamorado de este caballero.

—No sé qué decirte, sí y no.

Berta, que no estaba para adivinanzas, fue directa al tema de su interés.

—Vuestra hermana Claudia ha tenido sus cosillas, pero, ¿y vosotras?

Melisa se volvió de inmediato hacia ella.

—¿Cómo sabes lo de Claudia?

Berta fingió haber cometido una indiscreción. Bajó la mirada.

—Felisa me lo dijo, se le escapó.

—¿Cuándo? Eso no es posible, estamos siempre juntas —dijo Melisa, reticente a creerlo.

—Melisa, querida, no entráis juntas a tomar los baños, ya lo que os faltaba.

La gemela Salvatierra, desconcertada, no se paró a pensar que era muy improbable que mientras ella tomaba el baño, Felisa, en la rotonda de espera, rodeada de gente, le hubiese hecho semejante confesión a Berta Casalduero.

—Es un tema de familia, como se entere mamá de que lo ha ido hablando por ahí, no quiero ni pensarlo.

—No te preocupes por mí, sabes que somos buenas amigas y yo soy muy discreta, valgo más por lo que callo que por lo que hablo, créeme —respondió Berta, sin saber cómo continuar sin que se notase que, en realidad, no sabía nada.

Una vez más, improvisó—. Es muy peliagudo, desde luego, pero soy de confianza.

Al ver que Melisa la miró como si hubiese dicho una tontería, temió haber metido la pata.

—¿Llamas peliagudo al hecho de que nuestro tío la acosase? ¡Eso es más que peliagudo, querida, es horrible!

—Bueno, un tío es un tío, quiero decir que tan grave no pudo ser.

Melisa la miró esta vez como si fuese la persona más ignorante y descerebrada que hubiese conocido nunca.

—Berta, querida, las cosas hay que llamarlas por su nombre: Claudia ha sido incapaz de enamorarse porque desde aquello enfermó de los nervios, ¿comprendes?

La joven Casalduero comenzaba a hacerse una idea. Decidió arriesgarse.

—Pues claro que lo comprendo, Melisa, ¡no soy una insensible! Lo que he querido decirte es que, al fin y al cabo, no le pasó nada.

—Bueno, eso es cierto, pero desconozco si mamá nos oculta la verdad o, en realidad, ese viejo tío de mi madre, al no poder casarse con ella, que es lo que pretendía al forzarla, lo logró o no…

Berta se quedó blanca. Ahora ya lo sabía todo.

Los gritos de una dama les hicieron volverse.

—Vamos. Algo ha pasado —dijo Melisa, dándose la vuelta, mientras Berta obedecía como un autómata, sin poder creer aun en su golpe de suerte.

Cuando se acercaron al grupito de gente que se arremolinaba en torno a un árbol, Melisa contempló, horrorizada, que en el centro del mismo estaba Felisa, durmiendo plácidamente, con la boca abierta, la baba cayendo por la comisura de su boca y la terrible circunstancia de que, al desplomarse sin capacidad de reacción, sus piernas, delgaditas y blanquecinas, habían quedado al aire.

Melisa se hizo un hueco entre los curiosos, quienes, al verla idéntica a la jovencita durmiente, dedujeron sin pensar demasiado que eran hermanas.

—¡Pobrecita! ¡Tápele esas piernas, joven! —dijo una dama, incómoda ante la curiosidad que su esposo mostraba por esas extremidades al descubierto. Melisa, Indignada, respondió:

—Señora, sólo se le ven las pantorrillas. Parece mentira que tenga usted la edad que aparenta tener.

La señora murmuró algo acerca de la falta de modales de los jóvenes mientras se alejaba del brazo del marido, quien perdió el interés en la escena en cuanto Melisa le recolocó la falda a su hermana.

—Parece la bella durmiente — dijo Berta, algo preocupada por si se había pasado con la dosis—. ¿Qué hacemos?

—Despertarla, Berta, qué vamos a hacer.

Lo intentaron por todos los medios, pero al final tuvieron que llamar al doctor Calderón, quien le diagnosticó a la joven un repentino ataque de catalepsia provocado, sin duda, por su juvenil histeria femenina y que remitiría en unas horas, por lo que era aconsejable dejarla dormir.

Dos hombres llegaron con una camilla y se la llevaron a su habitación ante la mirada preocupada de doña Clarisa, que había sido avisada de lo sucedido por una de esas damas siempre presentes en los sucesos más truculentos.

—¿Por qué has dejado sola a tu hermana? —preguntó doña Clarisa, cogiendo a Melisa por la muñeca con tal fuerza que la joven se quejó.

Berta, presente, se supo resarcida del mal rato pasado cuando su madre la abofeteó delante de las gemelas.

«Quien la hace, la paga», se dijo, satisfecha por el efecto colateral e imprevisto de su plan para separar a Claudia Salvatierra de Carlos Ribadeo.

Melisa y su madre se fueron, doña Clarisa malhumorada a más no poder, la gemela adoptando una actitud sumisa y humillada, totalmente nueva en una joven tan soberbia como ella.

Berta se retiró también, debía poner el frasco de jarabe de Henry Mure en su sitio antes de que su madre se percatase de que le faltaba, porque solía ser bastante corta de entendederas, pero seguro que, con tal de fastidiarla, esta vez ataría cabos.