La casa de las aguas 1 Capítulo 32
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Capítulo 32

Claudia Salvatierra y Carlos Ribadeo formaban una pareja tan hermosa que las ancianas damas los contemplaban con indulgencia y cierta envidia, recordando, quizá, esos años de su juventud en los que estuvieron enamoradas.

Era extraño no verlos juntos, porque se habían vuelto inseparables, eso sí, seguidos de cerca por la doncella de doña Clarisa quien, siguiendo órdenes de la señora, priorizaba la vigilancia de los jóvenes, por lo que pudiera pasar.

El romántico entorno, las agradables temperaturas y el relax vacacional propiciaban los encuentros amorosos, pensaba la esposa de don Ernesto Salvatierra y, aleccionada por sus imprescindibles novelitas eróticas, sabía que en Valdelagua eran incontables los rinconcitos donde poder esconderse para dar rienda suelta a la pasión.

Nadie podría dudar que Claudia y Carlos se habían enamorado, pues sólo había que observarlos un rato para deducir que la forma de mirarse era una prueba irrefutable del amor que los consumía.

Los más avezados en asuntos amatorios podrían notar también la indudable tensión sexual entre ellos, que se materializaba en la sensación que flotaba alrededor de la pareja.

Sin embargo, nadie podría imaginar que, en Valdelagua, había quien vivía este romance como una tragedia personal: la joven Berta Casalduero.

Había cometido un error tremendo al creer que Carlos Ribadeo pretendía a esa bañera, Nieves Sagunto y, mientras ella se ocupaba de destruir a la rival equivocada, la mosquita muerta de Claudia lo había conquistado delante de sus narices.

Y la primogénita de los Salvatierra, bellísima, era una amenaza real, candidata a futura esposa, no como esa insignificante empleada, a la que sin duda el joven Ribadeo, pensaba Berta desde la perspectiva de sus recién adquiridos conocimientos, hubiese dejado tirada en cuanto se hubiese cansado de ella.

Ahora tenía que tragar bilis al escuchar los comentarios de las casamenteras, hablando de la hermosa pareja que formaban esos dos jóvenes, tan apropiados el uno para el otro, a los que se veía tan felices.

Si había algo que caracterizaba a Berta Casalduero era su capacidad para intrigar, y ahora andaba tras la pista de algo que consideraba de capital importancia para destruir a Claudia, algo que las gemelas dejaron entrever y que estaba relacionado con algún pretendiente de la joven.

Por la reacción de ambas dedujo que se trataba de un secreto bien guardado por la familia y, con mucha probabilidad, ni Felisa ni Melisa soltarían prenda.

Pero tras darle muchas vueltas, por fin había encontrado la forma de que las gemelas hablasen, estaba segura de que lo harían, pero necesitaba hacerlo con cada una de ellas a solas, lo cual era una empresa complicada, pues no se separaban nunca.

Dispuesta a poner en marcha su plan, debía ser discreta y muy hábil.

Lo más sencillo sería hacerse con el jarabe de Henry Mure que doña Virtudes tomaba para los nervios, y que le ayudaba a conciliar un sueño pesado que la mantenía fuera de combate durante unas horas.

Como sólo lo tomaba por las noches, a media tarde no lo echaría en falta.

Había tardado en decidirse, no sabía quién le proporcionaría más información de las dos.

Después de mucho sopesarlo, llegó a la conclusión de que Felisa era la más habladora, aunque Melisa era un poquito más inocente, si es que ese calificativo podía aplicarse a las perversas gemelas Salvatierra.

Decidió finalmente que manejaría mejor a Melisa.

Aquella hora de la tarde era especialmente propicia al relax, a dejarse llevar por la holgazanería y dedicarse a la contemplación tomando una limonada fresca, como solían hacer muchas tardes las tres jóvenes.

Berta guardaba con cuidado el frasco usurpado en su bolsito de tela, temerosa por que un simple golpe lo rompiese.

Apenas prestaba atención a la conversación de las hermanas, estaba nerviosa y no veía cómo distraerlas para que unas gotitas de sales de bromuro cayesen con disimulo en la limonada de la elegida.

Debía ser muy cuidadosa con la dosis si no quería pasarse, pues había oído hablar de la peligrosidad del jarabe de Henry Mure cuando se excedían las recomendaciones.

Felisa y Melisa parecían pegadas a las sillas de la terraza, y Berta ya lo daba todo por perdido, cuando se produjo el milagro que estaba esperando, porque una de las gemelas indicó que necesitaba ir al baño.

Y como todo lo hacían juntas, se levantaron al tiempo, sin ninguna consideración hacia Berta, a quien dejaron sola por su estúpida manía de actuar como un duplicado. Pero en esta ocasión no la importó.

Solían ponerse en una de las mesas más alejadas de la terraza exterior, donde podían hablar de lo que quisieran sin que oídos indiscretos las escuchasen.

En ese momento apenas había clientes allí sentados, pues la mayoría aprovechaban esa hora, tan aburrida y somnolienta, para echar una cabezadita en sus habitaciones.

Un anciano dormitando y un matrimonio con su niñera y tres criaturas danzando a su alrededor eran los más próximos a su mesa, pero el calor y la digestión los mantenían con la guardia baja, por lo que Berta no perdió un segundo: miró a su alrededor, escrutándolo todo con mucha atención mientras sacaba el jarabe del bolsito que colgaba de su cinturilla.

Al poder hacerlo debajo de la mesa, el movimiento pasó desapercibido.

Tardó unos segundos en decidirse, porque el verdadero riesgo lo corría cuando el frasco quedase a la vista, lo sacó y volvió a mirar a todos lados, muy nerviosa, mientras lo desenroscaba y, de un movimiento rápido, echaba una dosis moderada, a pesar de que le temblaban tanto las manos que temió que se derramase más jarabe de lo recomendable.

La limonada de Felisa apenas cambió de color, y rezó para que el sabor no se alterase demasiado, pues las gemelas eran muy exquisitas y enseguida rechazaban todo aquello que no fuese de su agrado.

Berta cerró deprisa el frasquito tras cerciorarse, una vez más, de que quienes podían haberse percatado de la maniobra continuaban a lo suyo: el anciano, adormilado, y los padres de familia dando cabezadas mientras la niñera se las veía y se las deseaba con esos tres diablillos, por lo que sólo tenía ojos para controlar a los pequeños.

Felisa y Melisa llegaron del baño, un duplicado exacto de la misma joven sonriendo, como si en vez de dos seres distintos fuesen una imagen especular.

Se sentaron al unísono y, al mismo tiempo, alargaron la mano para beber de sus respectivos vasos.

A Berta casi se le paró el corazón cuando Felisa hizo un gesto extraño, y se apresuró a distraerla con el primer comentario que le vino a la mente.

—Y vuestra madre, ¿qué tal está?

Las gemelas se miraron sin comprender, pero la pregunta era tan extraña que había logrado lo que Berta pretendía: acaparar toda la atención y desviarla de la limonada.

—¿A qué te refieres, Berta? —preguntó Melisa.

—Quiero decir que si sigue leyendo novelitas, porque aquí no tendrá dónde comprarlas, dudo mucho que en el club de lectura de señoras tengan ese tipo de literatura— añadió Berta, pretendiendo hacer una gracia que las gemelas no interpretaron como tal, porque la miraron con fijeza antes de que Felisa dijese:

—No deberías hacer bromas con eso, Berta. Gracias a las novelas de mi madre tú has despertado. No quiero ni imaginar lo que hubiese sido de ti, la noche de bodas, si llegas a la misma con semejante ignorancia a cuestas.

Berta asintió, no era momento de polémicas. Tomó su vaso y dio un trago, esperando que las gemelas la imitasen inconscientemente, como así fue. La joven Casalduero contempló con una sonrisa los vasos vacíos, mientras pensaba que ya solo era cuestión de esperar un poco.

—¿Vamos a las barquitas? Un paseo hasta el embarcadero no nos vendría mal —dijo de pronto Melisa.

Berta disimuló la contrariedad con la que acogió el plan, pues si a Felisa le entraba el sueño en la barca, su hermana pensaría que estaba enferma y regresarían al hotel sin haber mantenido la conversación deseada.

—Buena idea, Melisa, ¿nos vamos?

Ya se ponían de pie sin contar con Berta, asumiendo que esta haría, como siempre, lo que ellas dispusiesen. Improvisó.

—Hoy no puedo.

—¿Por qué? — preguntó Felisa, con cierta acritud.

Berta, incapaz de improvisar nada más, permaneció callada, y fue Melisa quien habló por ella.

—Berta, Berta querida, yo sé lo que te pasa, seguro que te ha venido y temes caer al agua y morir…

Las dos perversas gemelas rieron un rato, hasta que el comentario no dio más de sí.

—¿Continúas creyendo que morirás si te roza el agua? ¡Debes espabilar, querida! —dijo entonces Felisa. Pero mientras se reían de ella, a Berta ya le había dado tiempo a improvisar algo.

—Hoy no quiero ir a las barcas porque he soñado algo terrible. Eras tú la que moría, Felisa, ahogada en el lago. Aun puedo ver tu carita blanquecina, sonriente como esa desconocida del Sena que inspira a tantos artistas…

—¡Berta, calla, por Dios! —dijo Felisa, tapándose los oídos.

Las gemelas Salvatierra eran tan supersticiosas y maniáticas que la sola mención de un sueño premonitorio bastó para hacerles desistir de la idea de navegar por el ibón—.

Está bien, podemos ir a jardín inglés a ver si pillamos a alguien in fraganti.

Gracias al temor que Berta fue capaz de inocular en las desaprensivas gemelas, comenzaron a adentrarse en el parque, mientras la joven Casalduero esperaba con impaciencia que la dosis de sales de bromuro hiciese el efecto deseado.

Al cabo de un rato, Felisa quedó rezagada, mientras los párpados comenzaban a cerrársele en contra de su voluntad.

—No sé lo que me sucede, pero tengo un sueño terrible. Iré a acostarme un ratito.

—Te acompaño, Felisa —dijo su inseparable hermana gemela. Pero Berta, que ya se lo esperaba, sabía cómo disuadirla de hacerlo.