La casa de las aguas 1 Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Permanecieron así un  buen rato. Los pensamientos son palabras que no se dicen y acciones que no se realizan.

Y lo que a  Gaspar se le pasaba por la mente era la posibilidad de girar su cuerpo y quedar rozando el de su esposa.

Podría oler su piel, rozar su mejilla con los labios y, con su manos, acariciar esa piel amada.

Diez minutos estuvo tentado a dar la orden a su musculatura para que ejecutase ese giro que le transportaría al paraíso, que no era otra cosa que la presencia de su amada Isabel.

Mientras tanto, ella pensaba en ese torso cuyo movimiento respiratorio contemplaba con el rabillo del ojo, ese cuerpo masculino que tantas veces se había contorsionado de placer sobre el suyo.

Giró un poco la cabeza, con cuidado, para que él no se percatase de que lo estaba observando con tanto deleite.

Contempló su mandíbula firme, la incipiente barba que , llegada la noche, habría crecido tanto como para cosquillear su cara cuando él la besaba.

Sus manos, replegadas tras la nuca, ocultaban el anillo de boda, el mismo que ella llevaba en el dedo anular y que  acarició en ese  momento, casi con nostalgia.

El sol acariciaba sus rostros, y con la calma reinante en ese rincón único y perdido, llegó una deliciosa somnolencia que envolvió a Isabel quien, durante unos minutos, cayó en un sueño perfumado por el aroma de los pinos y la hierba húmeda, por el olor mineral del lago.

Soñó que Gaspar se inclinaba sobre ella y comenzaba a besarla como solía hacerlo, como antes de que él olvidase que, para Isabel, era más importante que el aire que respiraba.

Se despertó, sobresaltada, sonriente, sintiendo aún el calor de los labios de Gaspar sobre los suyos, el cosquilleo de su barba suave, el tacto de sus dedos en el cuello.

—Te has quedado dormida… Está claro que no soy la persona más divertida que has conocido —dijo él, con un ligero tono de reproche.

Ella lo miró con  ojos brillantes, ojos que sonreían sin necesidad de una boca que lo hiciera por ellos. Ojos bellísimos cuyo color se confundía con las aguas del lago  que en ellos se reflejaban.

—No, no digas eso, Gaspar, por favor. Estoy encantada de haber venido contigo. Y no dormía, sólo me sumergí en una ensoñación propiciada por la bendita calma de este lugar que, tal y como te dijeron,  es mágico.

—¿Y con qué soñabas? Parecías feliz…—se atrevió él a preguntar. Por toda respuesta, ella bajó la vista y se encogió de hombros.

—¿Almorzamos? —dijo Gaspar, poniéndose en pie de un salto.

Y a continuación, abrió la maletita de mimbre, que contenía  los platos sobre los que habían dispuesto  los cubiertos empaquetados en  papel de seda, así como   diversos recipientes cerámicos, perfectamente ajustados al tamaño de la misma, para que no entrechocasen  los unos con los otros y, en el hueco restante, dos copas, envueltas en las impecables servilletas de lino del hotel.

El almuerzo consistía en pollo frío trinchado, panecillos tiernos, quesos y frutas variados, y para beber, una botella protegida por un cilindro de  paja trenzada.

Gaspar sacó la botella de la funda que la protegía. El champán  aún estaba frío, pues gotitas de condensación perlaban la superficie suave del vidrio. Lo abrió mientras Isabel sacaba las copas de las servilletas.

El sonido del corcho al saltar apenas resultó audible, al disiparse entre la magnificencia del paisaje. Un chorro de espumoso brillante, amarillo muy pálido, se deslizó dentro del cristal, y un tintineo metálico acarició el aire cuando brindaron.

—Por nosotros, querida.

Bebieron en silencio el primer trago. A continuación, deleitándose con las hermosas vistas, comieron despacio, saboreando la jugosidad de los trozos de fruta, dejándose llevar, entre sorbo y sorbo, por la suavidad de la masa de pan recién horneado, acompañado por los aromáticos quesos.

—Es maravilloso, ¿no crees? —dijo de pronto Isabel—. Te doy las gracias por haberme hecho partícipe de este momento, que siempre recordaré.

Él la miró, quizás sorprendido, no esperaba que le diese  las gracias, sino que desease que ese momento se prolongase para siempre.

—No, tú eres la maravillosa —dijo entonces Gaspar, sonriendo.

Se le habían desatado los sentimientos tanto tiempo contenidos y ya nada podría pararlos, menos aún en ese lugar de ensueño que invitaba al romanticismo, a desnudarse en cuerpo y alma.

Ella sonrió, débilmente, una sonrisa temblorosa, que le enterneció.

—¿Lo dices con el corazón?

Entonces él no pudo más. No encontraba palabras que expresasen la rotundidad con que ese amor, atrapado dentro de él,  deseaba liberarse, y sólo encontró una forma.

Sujetó la cabeza de Isabel entre sus manos fuertes, como si temiese que ella echase a correr y desapareciese de su vida para siempre, y tomó sus labios, al principio dubitativo, temiendo el rechazo, después con el ímpetu del hambre voraz que desea ser saciada.

Devoró su boca, hambriento de deseo por ella.

Isabel le respondió con la misma voracidad, su cuerpo tensado al máximo, en alerta, dispuesto para recibir ese otro cuerpo amado y   retenerlo dentro de ella por una eternidad.

Se desnudaron con prisas, el sol como único testigo del encuentro de sus pieles ardientes.

Tumbados sobre la hierba de la montaña, se entregaron al amor, un encuentro rápido marcado por la urgencia de tenerse el uno al otro en total  intimidad de cuerpo y alma.

Ambos explotaron de placer, él con un estertor violento  que resonó como un bramido entre los muros de roca, ella con un gemido suave, en esa línea tan difusa entre el placer extremo y el dolor.

Permanecieron abrazados un tiempo indefinido, en el que el sol de la montaña enrojeció sus cuerpos desnudos.

—Lo quiero todo —dijo él, de pronto.

Ella lo miró sin comprender.

—Antes me preguntaste qué quiero de ti, Isabel, y esta es la respuesta: lo quiero todo. Quiero tu risa, tus ojos mirándome cada mañana al despertar, tu cuerpo vibrando de placer entre mis brazos, tu vida entera, eso es lo que quiero.

Nunca pudo Isabel imaginar una declaración de amor tan bella como la que acababa de escuchar.

Lloró en silencio, emocionada, un tanto perpleja, sin aclarar aún el porqué de ese distanciamiento que los había mantenido alejados.

Aun así, una duda, mínima, apenas un granito de arena en una playa, le impedía declarar su felicidad como completa.