La casa de las aguas 1 Capítulo 31
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Capítulo 31

Los invitados de los Arístegui se marcharon al día siguiente, les esperaba un largo viaje de regreso y lo hicieron temprano. Los anfitriones desayunaron con ellos antes de que subieran a  la diligencia que los llevaría hasta la estación, y una vez se hubieron despedido, Gaspar le dijo a  Isabel:

—Me voy a tomar las aguas, como hago  cada mañana. Nos vemos luego —dijo antes de depositar un sentido beso en su mejilla, que la conmovió más de lo que esperaba.

Esa noche, hasta que logró dormirse, la conversación con Sofía Ruiz había acaparado todo el pensamiento de Isabel quien, muy a su pesar, había cambiado de opinión respecto a esa mujer, la amante de Dionisio.

Después de desprenderse, no sin esfuerzo, de todos sus prejuicios, había concluido que son las circunstancias las que marcan la diferencia, las que hacen que una acción vil, como puede ser el engaño a un cónyuge,  se convierta en algo menos despreciable, en algo que, a veces, puede tener disculpa, por muy extraño que parezca.

¿Y en su caso? ¿Gaspar tenía alguna disculpa para verse a escondidas con una desconocida?

La señora de Arístegui ya iba camino de la habitación,  pero, de pronto, decidió cambiar de planes: iría a las fuentes, al encuentro de Gaspar.

Si era allí donde se veía con ella, los sorprendería, y sólo así tendría la oportunidad de preguntar el porqué de la traición.

El discurso  de Sofía Ruiz, descarnado y sincero, le había hecho reconsiderar su situación y enfocarla desde una nueva perspectiva.

Mientras se acercaba al edificio, pensó de nuevo en la misteriosa  mujer.

Si la veía de nuevo con Gaspar, el corazón se le rompería en mil pedazos, pero al menos tendría el consuelo de saber que ese amor que sentía por su esposo, por cada centímetro de su piel, por su voz, por su forma de mirar, por todo él, era ya un amor sin destino, inútil como un tren en vía muerta.

Y nada mejor que tener la certeza de la muerte para comenzar con el doloroso proceso del duelo.

Llegó hasta el pintoresco edificio que albergaba la surgencia de las fuentes, y miró a todos lados, intentando localizarlo.

A ella, la misteriosa mujer,  no podría reconocerla, porque sólo le había visto una mano sin enguantar, y el trozo correspondiente de la manga de un vestido  de color cereza.

Agudizó la vista buscando en la parte trasera del edificio, pero, al no ver a nadie, decidió entrar a beber las aguas.

Una mujer uniformada, empleada del hotel, era la encargada de llenar el vaso para evitar a los huéspedes la incomodidad de agacharse en el caño, con  las consecuentes salpicaduras.

Y allí estaba Gaspar, en la parte más baja de la fuente, esperando que la empleada llenase su vasito de agua mineral recién salida de las montañas.

Se volvía ya cuando vio el bonito rostro de su esposa en la parte alta de la escalinata.

—Querida, qué alegría verte por aquí tan temprano, no me lo esperaba.

Isabel miró nerviosa su alrededor, buscando un vestido color cereza en la absurda convicción de que esa mujer andaría  por allí y, además, qué absurdo, vestida como en la imagen que conservaba intacta en su cabeza.

—¿Damos un paseo? —él le tendió el brazo, sonriente, y a ella el corazón le dio un vuelco. Se prendió de sus ojos, tan profundos, tan cálidos, y asida a él salieron al exterior.

—Me alegro de que hayas decidido venir, Isabel, porque debemos hablar. Precisamente ahora iba a buscarte a la habitación.

Isabel miró al frente, intentando mantener la compostura, haciendo un esfuerzo por que él no notase que los brazos la temblaban.

—Tú dirás, Gaspar —dijo sin mirarlo, caminado despacio, dejándose llevar por lo que tuviese que suceder.

De un momento a otro, él le comunicaría que seguirían viviendo bajo el mismo techo pero que había dejado de amarla, que prefería ser sincero con ella  y decirle que tenía una amante.

Quizás la visita de Dionisio, con la suya, le había hecho reconsiderar su matrimonio.

—Quiero hablar contigo, porque no sé lo que te sucede y, créeme, tu actitud me está afectando mucho.

Ella se volvió, sorprendida.

—¿Lo que me sucede a mí, Gaspar?

—A ti, Isabel, querida. Verás, tenía la esperanza de que en este viaje descansases, te relajases y disfrutásemos… «el uno del otro, del amor, de nuestros cuerpos, de la vida, Isabel, que es maravillosa contigo, pero que no vale nada si no te tengo, amor mío…», hubiese querido decirle.

—¿Disfrutásemos, dices? ¡Pero Gaspar, si vas a tu aire a todas horas!

Cuando no te reúnes con unos te reúnes con otros, y cuando no…

«con esa mujer, que te he visto, amor mío, y desde entonces, vivo porque respiro aire, pero en realidad, me siento muerta en vida…

». Isabel calló a tiempo y no dijo lo que pensaba.

—Veo que, en un momento, comenzaremos a discutir, y no quiero que eso suceda —él se detuvo de pronto y la miró con los ojos encendidos de entusiasmo—. Hagamos algo: vayamos al lago y demos un paseo en barquita. Me han dicho que, si se rema con ganas, al otro lado hay una zona preciosa.

Isabel estuvo a punto de destapar sus sentimientos, de pedirle explicaciones acerca de la misteriosa mujer con la que lo vio, pero calló por algún motivo que ella misma no alcanzaba a comprender.

—¿Qué me dices? —le preguntó él, con un empeño  casi infantil, y ella aceptó sin demasiado convencimiento.

Cuando llegaron, el barquero les ofreció  una barquita  con toldo, asegurándoles que el día iba a ser caluroso, y así se protegerían del exceso de sol.

—Hemos de esperar unos instantes, querida, y enseguida zarpamos.

A Isabel le hizo  gracia la  expresión, que consideró grandilocuente para una barquita fondeada en un lago, y sonrió, lo cual agradó a su esposo, quien creyó que era la situación lo que reconfortaba a Isabel hasta el punto de arrancarle una sonrisa, tan ausente de su rostro últimamente.

Enseguida llegó un carro pequeño, del que se bajó, de un salto, uno de los recaderos del hotel, con una cesta de mimbre en la mano.

—Señor Arístegui, aquí tienen su almuerzo.

Gaspar miró a Isabel poniendo un gracioso puchero al tiempo que ladeaba la cabeza.

—¿No me vas a regañar por haberlo encargado sin consultarte? Lo he hecho antes de irme a las fuentes, con la esperanza de convencerte.

Ella sonrió, complacida, mientras negaba con la cabeza.

Con el almuerzo en la maletita de mimbre zarparon, como diría Gaspar, rumbo a la otra orilla.

Él se quitó la chaqueta de lino que llevaba puesta en cuanto comenzó a remar, y bajo la camisa de hilo blanco   se adivinaba  la musculatura de sus brazos, esculpida en cada golpe de remo.

Isabel sintió un deseo casi insoportable de sentirse atrapada entre ese torso grande y fuerte, donde diminutas gotitas de sudor comenzaban a aflorar por el esfuerzo.

El toldo les protegía del sol intenso, y el aire que ascendía se había enfriado en contacto con el agua del ibón, creando una brisa suave y refrescante.

Cerró los ojos y se centró en todas las sensaciones, mientras oía la suave fricción de los remos al penetrar en el agua dulce.

Cuando los abrió, vio que Gaspar la estaba mirando con tal intensidad que le hizo sentirse incómoda.

Estaban el uno frente al otro, mirándose sin apenas pestañear. Por la cabeza de Isabel desfilaron las imágenes de su esposo rozando la mano de una misteriosa mujer, mientras Gaspar pensaba en esa mujer que tenía delante, a la que amaba como nunca podría amar a nadie.

—¿Qué quieres de mí, Gaspar? —dijo  de pronto ella, sorprendiéndose  a sí misma ante lo imprevisto de una  pregunta que no tenía previsto hacer.

Gaspar continuó remando sin responderla, mientras miraba hacia esa orilla de la que partieron, que ya quedaba lejana. Se giró para comprobar, tal y como pensaba, que estaban muy cerca.

—Llegamos, verás como te gusta, es un lugar mágico.

Otro fantasma sobrevoló, de pronto, la mente de Isabel.

—¿Acaso lo conoces? Este sitio, digo, ¿ya has venido aquí?

Él sonrió con la inocencia de un niño.

—No, pero como quería traerte a dar un paseo en barca, pregunté en el hotel, y me dijeron que merecía la pena llegar, porque, así me lo dijeron, es un  lugar mágico.

El inconveniente era que carecía de muelle para descender cómodamente en la orilla, así que Gaspar se aseguró de que en el lugar elegido la profundidad del agua era mínima.

Se descalzó, remangó sus pantalones por debajo de las rodillas y saltó al agua.

Los pies se le hundieron ligeramente en el lodo milenario del ibón y,  arrastrando la barquita, la encalló en tierra firme.

A continuación, le tendió la mano  a su  esposa, que descendió de la embarcación con el rostro transfigurado por la belleza de un entorno natural, salvaje,  pero  más delicado y armónico que cualquier jardín creado por la mano humana.

Estaban encajonados entre montañas, en cuyas vaguadas resaltaba la blancura de los neveros que habían resistido al deshielo.

Bosquecillos de pino negro emergían en las faldas, que se extendían hasta el lago azulado como un manto, salpicado de cuando en cuando por rocas y arbustos.

El rosado intenso de la rosa del pirineo ponía pinceladas de vivacidad en la tranquilidad de un paisaje bucólico.

—Es maravilloso, Gaspar —dijo ella, mirando a su alrededor con la mano haciendo de visera, pues había un sol radiante.

—Ya me lo dijeron, y veo que no era una exageración —le respondió su esposo, que había subido de nuevo a la embarcación para sacar de ella la cesta de mimbre.

El lugar invitaba a  la reflexión. Era casi un sacrilegio romper con palabras el silencio majestuoso de ese entorno, donde el único sonido provenía del canto de misteriosas aves, ocultas al ojo humano.

Dentro de la cestita había una manta que Gaspar desplegó sobre la hierba, y en la que se tumbó boca arriba, las piernas cruzadas,  los brazos también, sobre los que asentó la cabeza. Isabel lo imitó, tumbándose a su lado.