La casa de las aguas 1 Capítulo 30
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Capítulo 30

Don Emérito Gil y el padre Mateo hicieron tan buenas migas que resultó muy agradable para ambos trabajar conjuntamente con la finalidad de encontrar a la nieta de doña Amalia.

En cuanto el párroco resolvió la misa de primera  hora de la mañana en el balneario, bajó al pueblo, donde  ya le esperaba el detective.

—Iremos en mi carruaje, don Emérito, no es gran cosa, pero mucho más cómodo que ir a caballo.

—¿Por dónde comenzaremos?

—Creo que debemos visitar todas las aldeas que podamos.

Ya le dije que busqué  a la mujer  que se ocupaba de los nacimientos por aquel entonces, sin éxito, pues por desgracia, falleció.

Pero ahora es cuestión de armarse de paciencia y preguntar hasta que  nos duela la lengua de tanto usarla, porque esa partera  no es la única conocedora de lo que se cocía por aquí.

—Vamos pues, donde usted me lleve, mosén Mateo.

Se pusieron en marcha, y mientras Emérito Gil escuchaba la interminable charla de don Mateo, deseoso de ponerle al tanto de lo más característico de las pequeñas comunidades que visitarían, contemplaba admirado el impresionante paisaje, donde las crestas montañosas se juntaban con un cielo inmensamente azul, al que parecían rasgar con las afiladas rocas de sus cumbres.

La vegetación de las alturas era escasa, pero los prados verdes que lo salpicaban todo ponían una nota intensa de color, al igual que las muchas variedades de flores que crecían, abundantes, entre la hierba.

Llegaron a su primer destino, una aldea de poquísimos habitantes, cuya sencillez arquitectónica y la parquedad del entorno contrastaban dramáticamente con  las edificaciones del balneario, sus imponentes jardines y los ornamentados edificios que cobijaban las surgencias de las fuentes.

Dos mundos, tan próximos en el espacio, pero tan distantes.

Dejaron el carruaje aparcado junto a la fuente, alejado del barrizal impracticable en que el ganado, al pisotear con sus pezuñas, había transformado la zona circundante al abrevadero.

—En esta localidad apenas hay cuarenta habitantes, terminaremos  rápido —dijo mosén  Mateo, mientras subían desde la fuente por una empinada calle hasta la primera casita.

En efecto, fue una visita que les llevó cerca de una hora, en la que averiguaron a fondo, sin sacar conclusiones interesantes.

Así continuaron, a lo largo de la carretera que recorría el valle, visitando un total de cinco localidades más.

Detuvieron la búsqueda , no porque ya llevasen cerca de siete horas de intenso trabajo de investigación, sino porque creyeron encontrar una pista válida que les podría conducir a algo importante.

Fue al hablar con una de las mujeres del pueblo, una anciana en perfecto estado físico que, además, mantenía intactos los recuerdos de toda una vida.

Ella les habló de una vecina de otra aldea, con la que tenía bastante trato  que, de buenas a primeras,  apareció con  un bebé en los brazos.

La mujer ya tenía cuatro hijos, uno de ellos, un lactante de seis meses, con el que compartía la crianza de esa criatura.

Por toda  explicación dijo  que unas damas de alcurnia le habían contratado como nodriza.

Como los años pasaban y nadie regresó a por la niña, se imaginó que la supuesta nodriza habría hecho un trato muy favorable con esas damas, tan favorable como para que le permitiese  quedarse definitivamente con ella —la anciana  creía recordar que era una niña— a pesar de que ya tenía otras cuatro bocas que alimentar.

El relato de la mujer terminaba  ahí, pero,  mientras recorrían el camino de regreso, los dos hombres fueron aventurando  una hipótesis tras otra , y descartando las menos probables tras saber que la mujer encargada de la crianza del bebé había fallecido hacía unos años, dispersándose posteriormente la familia por el valle y, en el caso menos favorable, fuera de él.

—Yo no sé lo que opina, don  Emérito, pero , en mi humilde opinión, estamos en una pista buena, todo encaja.

El detective opinó, de acuerdo  con la mucha experiencia que ya tenía.

—Padre, no se crea que es tan fácil. No le voy a negar que hemos dado con un hallazgo interesante, que debemos investigar hasta el fondo.

Sin embargo, le diré que su exceso de entusiasmo no está justificado, y me explico: por desgracia, esta situación del abandono de recién nacidos es más habitual de lo que la gente piensa, y sucede tanto en las gentes más humildes como en las mejores familias, por motivos diferentes, eso está claro.

En estas últimas, el abandono es la única posibilidad de deshacerse del fruto de un error que podría costarle a la joven madre la pérdida de  toda consideración, por haber deshonrado a la familia y a sí misma.

El niño se entrega a cambio de una sustanciosa cantidad para su manutención, y la hija deshonrada regresa al hogar familiar sin tacha alguna y con su virtud intacta.

Así, está de nuevo disponible en el mercado matrimonial, preparada para casarse con un buen partido.

—Narrado de esta forma, don Emérito, suena muy mal. Los  bebés parecen inútiles estorbos en lugar de vidas humanas dignas, y las mujeres quedan asimiladas al ganado de una feria, que se adjudicará al mejor postor.

—Le doy la razón, mosén Mateo. Pero podría haber suavizado el relato y, aún así,  la realidad no cambiaría. Es la sociedad la que impone las normas, y el cumplimiento a rajatabla de los preceptos de pertenencia a un grupo requiere de estos sacrificios.

—Tremendos, por cierto, y estoy seguro de que poco valorados por el de ahí arriba, —dijo el cura, elevando los ojos al cielo— que, aunque haga la vista gorda, de todo se entera.

Emérito Gil sonrió con tristeza.

—Pues lo que le decía, mosén: no es tan fácil.

¿Y sabe por qué? Estamos en un enclave muy especial, una zona privilegiada donde surgen aguas medicinales de las montañas.

Desde tiempos inmemoriales, estos lugares han sido los elegidos para el descanso de las clases acomodadas y el tratamiento de afecciones varias, normalmente emparejadas a la edad.

Y aquí es donde intervienen las tías solteras con reumatismo, que se hacen acompañar por una sobrina, todo de lo más normal, salvo cuando el viaje sirve para encubrir a la joven encinta,  a la que nadie conoce, y cuya cara habrán olvidado al paso de unos pocos años, que da a luz a su hijo en una aldea remota.

Como verá, es la coartada perfecta, y utilizada con asiduidad porque, ¿para qué pensar en otras soluciones, si hay una que funciona?

— Con todo esto, don Emérito, me ha quedado claro que lo que hemos considerado como una pista fiable puede que no sea el único caso de un abandono de este tipo, ¿me equivoco?

—Por desgracia, así es, padre. A lo largo de estos años se habrán dado más casos, por lo que es cuestión de atinar con las fechas concretas, y eso ya es más difícil, porque a los testigos se les bailan, como es lógico.

Don Mateo continuó conduciendo el carruaje, pensativo.

—Y ahora, ¿qué?

—Pues ahora, mosén Mateo, tendremos que hacer un buen trabajo de investigación , tras el cual llegaremos a dos puntos: uno de ellos nos conduciría  al descarte definitivo de la familia de la que nos han hablado; el otro, sin embargo, nos llevaría a concluir que hemos  tenido la bendita suerte de dar en la diana.

—Pues, por la cuenta que nos trae, procuraré, con mi presencia, bendecir esa suerte.

Don Emérito guardó silencio unos breves instantes, hasta que soltó una carcajada.

Al día siguiente, después de que don Mateo bajase de Valdelagua, repitieron la hazaña.

Esta vez, sabiendo que tardarían en regresar, mosén preparó una cesta en la que metió pan, chorizo y un buen trozo de queso.

«Las penas con pan, son menos penas», se dijo, al pensar en la posibilidad de que se topasen con el descarte definitivo del sujeto investigado , como diría el detective.

Hicieron varios  kilómetros antes de llegar a la primera localidad que esa mujer había nombrado y donde, supuestamente, había recalado parte de la familia tras el fallecimiento de la madre.

Era inútil andar preguntando casa por casa, así que lo más rápido sería contactar con el cura, él sabría mejor que nadie.

Enseguida lo encontraron, porque la iglesia no tenía pérdida.

Por suerte, el párroco carecía de la juventud de mosén Mateo, lo cual, en el asunto que se traían entre manos, era un punto favorable.

El inconveniente, que siempre ha de haber uno, fue que el anciano sólo oía si se le hablaba a través de una trompetilla que llevaba pegada a la oreja.

Tras un montón de intentos de conversación fallidos, retomando frases, acortándolas para simplificarlas, elevando el volumen hasta estar seguros de que todo el pueblo sabía ya lo que se proponían, al fin el cura les dio un nombre.

Le dieron las gracias con tanta sinceridad como alivio, y partieron en busca del nombre y apellido indicados por el anciano sacerdote, supuestamente el del hijo mayor de la familia por la que preguntaban.

Como la suerte tiene sus reglas propias y no se sabe cuándo va a ser favorable a una causa, esta vez la búsqueda resultó inútil , porque el parroquiano al que buscaban ya no vivía en el pueblo.

—Se fue a la ciudad hace casi un lustro —les aclaró una mujer enjuta,  deseosa de hablar con quien fuese.

—Entonces, ¿por qué nos ha dado el párroco su nombre?

La aldeana sonrió, dejando al descubierto las pocas piezas dentales que le quedaban.

— Mosén José está muy sordo , señores. Y la sordera le trae también desvaríos de memoria.

—En resumidas cuentas, padre: no debemos fiarnos un pelo del anciano párroco— dijo el detective en voz baja.

Pero la mujer, anhelante de conversación, se dispuso a informarles de cuanto necesitasen.

Tan solícita estaba que mosén Mateo sacó el retrato, que llevaba cuidadosamente guardado, en el bolsillo de su sotana.

—Señora, ¿ha visto alguna vez a una joven parecida a esta? —preguntó, por  si se daba la circunstancia de que la niña se pareciese a María Cristina.

La mujer movió la cabeza, convencida.

—Nunca, me acordaría de ella, no se ven mozas tan lindas a menudo.

—Estamos buscando a una hermana del hombre por el que acabamos de preguntar. ¿Está segura de que una  mocita, algo parecida, no formaba parte de la familia?

—Muy segura, señor mío. Eran cinco hermanos, muy seguidos.

Recuerdo que la madre murió poco antes de que se trasladasen aquí, y  el padre contrajo nupcias con una viuda de esta aldea, sin hijos ella, por lo que se hizo cargo de la prole.

Los dos hermanos pequeños murieron al poco, no sé si fue en la cólera del ochenta y cinco.

Mosén Mateo miró a Emérito Valdés, sólo estaban ante el testimonio de una mujer cuya memoria podía fallarle, pero si decidían que el testimonio de los lugareños podía aportar información relevante, tendrían que estar dispuestos a aceptar que lo que les decían  era cierto.

Y si esa niña dada a una nodriza, a la que habían seguido la pista hasta allí, era la hija de María Cristina, esa mujer acababa de decirles que había muerto en la epidemia de cólera del siglo anterior.

En ese supuesto, ya no habría nada que hacer.

—Señora, ¿está segura de lo que acaba de decirnos?

La mujer sonrió.

—No lo voy a estar…Una de mis hijas está casada con el hombre por el que han venido preguntando, él es mi yerno, así que conozco bien a la familia.

—¡Acabáramos! —exclamó el detective, elevando los ojos al cielo—. Podía usted haberlo dicho desde el principio, mujer…

—No me atreví, pensé que era usted  de la autoridad…Mi yerno se fue de aquí porque tuvo algún que otro lío con el contrabando.

Mosén  Mateo sonrió, tranquilizador.

—No se preocupe, antes que cura, yo también era contrabandista, así que no juzgo — dijo, dejando a la mujer boquiabierta—. Como conclusión, podemos sacar en limpio que conoce usted perfectamente a la familia a la que venimos buscando, ¿correcto?

—Así es, mosén —dijo la mujer, que ahora lo miraba atentamente, como  si tratase de buscar, entre los pliegues de la sotana, algún indicio de su anterior actividad delictiva.

—Bueno, pues agradeciendo su valiosa colaboración, debemos continuar con la búsqueda. ¿No podría usted orientarnos al respecto?

—¿A qué se refiere?

—No sabrá si alguna familia de por aquí acogió a una criatura recién nacida hace veintidós años.

—No se me ocurre ninguna, la verdad. Esas cosas se saben. Hay muchas mujeres que hacen de nodrizas, es una forma de sacarse unos cuartos, pero no se me viene nadie a la memoria, no de esa  época.

—Muchas gracias por su ayuda, señora. De todas formas, si recuerda algo, soy el párroco de Sarbiñales, y le agradecería que me hiciese llegar a la parroquia cualquier cosa que recuerde.

—Así lo haré, mosén, descuide usted.

Se despidieron de la mujer y pusieron rumbo a casa con una sensación decepcionante.

Si habían dado con la pista correcta y era esa la familia que acogió a la hija de María Cristina, la niña habría fallecido hacía casi veinte años.

Aun así, debían seguir indagando hasta dar con todos los casos de bebés entregados a nodrizas, y descartarlos todos o, con mucha suerte, encontrar a la nieta de doña Amalia.

Mosén no dijo nada, pero pensó que necesitarían de toda la ayuda de la Providencia para concluir esa investigación con éxito: cada vez estaba más convencido de lo difícil que era la empresa en la que se habían comprometido.