Capítulo 29 #2
—Esto podría ser un entretenido juego, una especie de adivinanza. El juego consistiría en seguir las huellas hasta llegar al asesino.
—¡Dios bendito, doña Úrsula! ¡Que tampoco es cuestión de llamar asesina a la pobre chica!
Doña Úrsula rio sin poder evitarlo, algunas personas eran tan cortas de entendederas, que inducían a todo tipo de errores.
—No, doña Mercedes, no me ha entendido usted, no hablaba literalmente, mujer. Con ello he querido decir que sería divertido hacer pesquisas para llegar hasta la primera persona que contó lo sucedido, la primera afectada, por así decirlo.
Doña Mercedes sonrió como si acabase de serle revelado algo grande.
—Ya comprendo. Pues eso es fácil.
—¿Usted lo cree así? —preguntó la señora Montalbán, interesada de verdad.
—Claro que sí. Aquí solemos estar cada tarde siempre las mismas, y puedo asegurarle que el hecho se ha comentado en estas mesas. Y alguna dama de las aquí presentes ha tenido que ser testigo de quién contó por vez primera lo sucedido. Es sólo cuestión de preguntar.
Doña Úrsula sonrió.
—Pues a mí me parece que no es tan fácil. De hecho, le reto a usted, doña Mercedes: no creo que sea capaz de averiguar quien contó, por vez primera, el chisme de la bañera.
Si algo le gustaba a doña Mercedes era enterarse de todo.
El conocimiento de los asuntos ajenos, a los que era tan aficionada, le proporcionaba una sensación reconfortante de control.
Y el reto de doña Úrsula ponía en entredicho esta capacidad suya de enterarse de todo cuanto sucedía en la temporada balnearia, hiriendo su orgullo.
Aceptó sin dudarlo, sólo para demostrarle a la señora Montalbán que el salón de té era su territorio, sus dominios.
—Pierda usted cuidado, señora, que en menos de lo que usted se imagina, sabré, con todo lujo de detalles, quién fue la primera en tener la valentía de hablar de su percance con esa tal Nieves.
Doña Úrsula se levantó, ya estaba todo hecho y ahora sólo quedaba esperar.
—Ha sido un placer compartir este rato con usted, doña Mercedes, pero no puedo permanecer demasiado tiempo sentada, la pierna comienza a molestarme más de lo soportable —dijo mientras tomaba su inseparable bastón y, derecha como un junco, abandonaba la sala de té, sabiendo que acababa de plantar la semilla y, en breve, sabría quién era la autora de la perversa injuria.
Mientras la señora Montalbán hacía sus averiguaciones, las gemelas Salvatierra y Berta Casalduero intrigaban en el jardín.
—Te ha salido mal la maniobra, Berta, porque esa Nieves sigue en su puesto, como si nada.
La joven Casalduero reprimió la rabia con la que, de haber podido hacerlo, hubiese respondido a Melisa. En lugar de ello, fingió una entereza que no sentía.
—Te equivocas, Melisa. Aunque esa bañera haya vuelto a su trabajo, todo ha cambiado.
Muchas de las damas que acuden a los baños rechazarán ser atendidas por ella.
En su reputación ha quedado una mancha tan difícil de eliminar como una gota de sangre en una camisa de hilo.
Por mucho que se frote, la sombra de la mancha permanecerá por siempre.
Las gemelas asintieron al unísono, sorprendidas. Berta Casalduero aprendía deprisa y, pese a parecer atolondrada y algo mermada de entendederas, tomaron nota de que habría que manejarla con cuidado, pues podía resultar peligrosa.
A lo lejos vieron la inequívoca silueta de Carlos Ribadeo, que Berta distinguió en segundos. Su corazón se aceleró de inmediato, para detenerse cuando vio que no iba solo: a su lado, una joven le daba conversación.
—¡Pero si es Claudia! —dijo Felisa, sin ocultar su asombro.
La hermana de las gemelas Salvatierra parecía mantener una amena conversación con el primogénito de los Ribadeo, a juzgar por las sonrisas en sus caras y la fluidez en los gestos de ambos. Ahora reían, él parecía haber dicho algo muy gracioso.
La escena cubrió de negros nubarrones la visión de Berta. Unos celos, tan ardientes que le quemaban, ascendieron desde lo más hondo hasta materializarse en un rubor intenso en su rostro, la expresión de la cólera y la envidia manifestándose juntas.
—Nuestra hermana es tan sosa, la pobre… ¿Cómo habrá logrado engatusarlo?
—Quizás él también sea aficionado al violonchelo —las gemelas rieron con malicia, pero a Berta ya nada le hacía gracia.
La pareja estaba tan cerca que observó las piernas largas y bien formadas de Carlos, su torso esbelto, el cabello castaño, que llevaba algo crecido, sus ojos soñadores, grandes y profundos, enmarcados en un rostro de óvalo perfecto y mandíbulas definidas.
Él era un ejemplar masculino a imagen y semejanza de los dioses griegos, un icono de belleza viril.
Berta experimentaba un cosquilleo profundo e irresistible al contemplarlo, y lo imaginó besándola con el calor y el deseo con el que los protagonistas de las novelas eróticas iniciaban el cortejo de las damas que acababan entregándose a ellos entre jadeos de placer.
Pero quien estaba a su lado era Claudia Salvatierra con su precioso rostro, riendo con él.
Parecían dos enamorados, ajenos al mundo y a los muchos paseantes que deambulaban disfrutando del bellísimo entorno.
«Dos enamorados», pensó Berta, mientras la rabia que había sentido por esa bañera, a la que Carlos saludó con tanto desparpajo, no era nada en comparación con el oscuro sentimiento que le ennegrecía el alma mientras miraba, embelesada, a Claudia Salvatierra.
Pero ahora ya sabía como deshacerse de una rival de manera fácil y rápida.
—Vuestra hermana es algo sosita, seguro que no sabe de la vida ni la mitad que vosotras dos
A su edad, ¿no ha tenido pretendientes aún? —preguntó Berta, deseosa ahora de indagar en la vida de la primogénita de los Salvatierra, impaciente por hurgar en sus pasajes más íntimos para obtener información útil.
Las gemelas se miraron de refilón, pero Berta captó el gesto. Permaneció alerta, intuyendo que había hecho una pregunta más interesante de lo que parecía a simple vista. Fue Melisa quien respondió.
—Es una larga historia que debe quedar en familia.
Las gemelas volvieron a mirarse, expresando Felisa su satisfacción con la respuesta dada por su hermana. Y Berta supo que, sin proponérselo, había dado con algo grande.