Capítulo 29
Berta Casalduero no comprendía cómo era posible que, aquella mañana, cuando llegó al pabellón de hidroterapia, Nieves aun continuase en su puesto.
Se levantó del banco y fue a buscar a la encargada.
A pesar de que le dijeron que mujer estaba ocupada, la joven sabía cómo arreglárselas para que cualquier subordinado atendiese sus peticiones de inmediato, como así fue, pues al cabo de un momento Rafaela apareció deprisa y corriendo, debatiéndose entre la urgencia por atender sus obligaciones y la necesidad de saber qué quería ahora la joven huésped, tan déspota e impertinente.
—¿Podría explicarme cómo es posible que la señorita Nieves aun siga atendiendo a las pacientes del doctor? — dijo Berta en cuanto la tuvo delante.
Rafaela estaba curtida en el trato con todo tipo de personas y, pese a su humilde condición, pese a que su trabajo consistía en obedecer sin pensárselo a quienes estaban por encima de ella, sabía cómo manejar a según quien.
Y lo cierto era que Berta Casalduero no le daba ningún miedo, por muy fastidiosa e insistente que fuese.
Decidió utilizar la estrategia de la rotundidad de argumentos para cortar de cuajo las pretensiones de la muchacha e impedir que se saliese con la suya a base de insistir y desautorizar que, según había observado la encargada, era su táctica preferida.
—Mire, señorita Casalduero, la orden viene de arriba, no del doctor que, al fin y al cabo, sólo es un empleado del establecimiento.
Y cuando le digo que viene de arriba, quiero decir de muy muy arriba, de alguien que podría comprar tres o cuatro hoteles como este y aun sobrarle para siete u ocho palacios, por eso este hotel es prácticamente suyo.
Así que, si le parece bien, pregunte en recepción por el dueño, y le pide usted explicaciones.
Berta Casalduero se quedó sin palabras. Cuando reaccionó, esgrimió el único argumento que podría funcionar:
—Si es el dueño quien ha dado la orden, sabrá que el cliente siempre tiene la razón…
—Sí, señorita, sí. Pero precisamente por eso, por ser el dueño, y ser inmensamente rico, puede permitirse el lujo de elegir a sus clientes.
Y usted sabe que este sitio es muy exclusivo.
Si a esta persona le pareciese que su intervención, señorita, es molesta o inadecuada, quizás considerase la conveniencia de prescindir de la familia de usted para la próxima temporada.
Berta Casalduero no estaba preparada para semejante contrariedad, pues lo que le acababa de plantear Rafaela no se le habría ocurrido nunca.
Desarmada, permaneció en silencio, se dio la vuelta sin despedirse de la encargada de los baños y, por una vez, comprendió que le habían ganado la partida.
Ni siquiera se molestaría en averiguar quién era ese misterioso dueño, por si acaso era tan poderoso como decía esa mujer.
Doña Úrsula Montalbán nunca dejaba cabos sueltos, y si se había propuesto averiguar el origen de la habladuría que pudo acabar con el empleo y la reputación de Nieves, tarde o temprano llegaría a esclarecerlo.
De momento, consideró adecuado acercarse al salón de té, donde seguro que encontraría a más de una dama hablando de lo sucedido en la rotonda de espera el día anterior, las tardes de verano eran muy largas, tanto como las lenguas de esas señoras, a las que les sobraba mucho tiempo para emplearlo en banalidades, cuando no en rumores maledicentes, sin ser conscientes del daño que, en ocasiones, podían causar.
Entró en la sala. Tal y como imaginó, los sillones de mimbre estaban a rebosar de señoras que movían sus abanicos, relajadas y sonrientes, sentadas alrededor de mesitas donde los camareros iban y venían, surtiéndolas de refrescante limonada y dulces variados, aunque algunas preferían tomarse una copita de anisete, un amontillado o una infusión, cuyo poder digestivo mejoraban con unas gotitas de Chartreuse .
La recién llegada tomó asiento cerca del ventanal, al lado de una mesa donde se concentraban las más parlanchinas de la temporada, ya las tenía catalogadas.
Doña Úrsula se distinguía por su gusto por la independencia, liberada por completo del imperativo social de reunirse a diario, a la misma hora y en el mismo lugar con quienes, en verdad, nada le unía.
Ella iba y venía cuando le apetecía, y sólo si la persona era de su agrado, accedía a compartir un rato con ella.
Normalmente aprovechaba su soledad para observar, escuchar y aprender.
Enseguida se le acercó una de las damas más cotillas de cuantas llenaban la sala. Además de su afición a los rumores, era aduladora en exceso, defecto este que la señora Montalbán aborrecía especialmente. Decidió soportarla con entereza, comprendiendo que podría serle de mucha utilidad.
—¡Doña Úrsula! Todo un placer verla por aquí, nos tenía usted privadas de su ilustre presencia.
«Ya empezamos…», pensó la señora Montalbán, pero saludó intentando que su entusiasmo pareciese sincero:
—Doña Mercedes, es un placer también para mí saludarla.
Ya sabe que prefiero pasear, es lo que más le conviene a mi pierna, pero hoy he decidido darme un garbeo por el salón, que, de cuando en cuando, una debe ponerse al tanto de lo que acontece, pero en boca de las clientes de Valdelagua, que son las verdaderas artífices de la temporada, ¿no le parece?
La dama soltó una risita aguda, corta y potente.
—Diga usted que sí, señora mía. Entre nosotras: la publicación semanal del Gran Hotel, con los artículos de opinión de doctores y afamados literatos, resulta insulsa frente a las anécdotas y experiencias que, a diario, compartimos aquí.
—Pero dígame, ¿qué tal va la semana? ¿Algún asunto de interés?
—Lo más sonado, ya sabe, lo del músico, Tom Porter.
—Pues lo desconozco, ¿qué ha pasado?
—¿Qué no sabe usted nada? ¡Un verdadero escándalo, señora!
Pero si no tiene inconveniente, me sentaré un ratito con usted, que estos asuntos serios son para tratarlos sentada y con un amontillado que le aclare a una el gaznate — doña Mercedes encajonó sus abundantes posaderas entre el entramado de mimbre del sillón vacío.
—Pues cuente, mujer, así calibro yo también la magnitud del drama— se interesó doña Úrsula.
—¡Ni tan drama! …Se cuenta que la señorita De la Hoz ha sido seducida por ese desaprensivo, que, por cierto, ha sido visto y no visto. Desde luego, es un figurín el muy descastado y, claro está, se las lleva a todas de calle, ya nos entendemos.
—A propósito de entenderse, me gustaría cerciorarme de que hablamos el mismo idioma, lo de seducida se refiere usted a …
—Si, señora, seducida, con todas las letras.
Los vieron besándose en la boca, nada más y nada menos.
Por suerte los pillaron a tiempo, y el padre se aseguró de que la damita no saliese de la habitación hasta que el donjuán hubiese puesto tierra de por medio.
Dicen que estuvo a punto de encañonar al desaprensivo, pero que, para evitar un escándalo aún mayor, lo dejó pasar.
Por eso, se comenta, el galán no acudió a otra actuación que tenía contratada con el hotel.
—Bueno, pues me alegro de haber aclarado ese extremo, porque lo del verbo seducir tiene varias interpretaciones, habiendo yo entendido que la joven dama, una vez completada la seducción, había sucumbido. Pero si sólo ha quedado en un beso…
—Un beso descastado e impúdico, preámbulo de males mayores, ya sabe.
—Pues sí que anda revuelto el gallinero —dijo doña Úrsula, con la intención de que doña Mercedes continuase soltando por esa boquita.
— Y lo que se le escapa a usted, por no ser asidua a estas tertulias del salón de té.
—Debería animarme con más frecuencia, pero ya le digo que prefiero darme un buen paseo, como complemento a los baños medicinales.
Doña Mercedes abrió mucho los ojos.
—A propósito de baños, no me diga usted que no sabe nada de lo sucedido allí.
Úrsula Montalbán dudó unos instantes, no deseaba quedar por mentirosa, y quizás alguna de esas señoras estuviese presente cuando preguntaba por Nieves. Al no estar segura, no se atrevió a negarlo.
—Algo he oído, referente a una de las bañeras, precisamente la que me atiende siempre a mí.
—¡No me diga! Y a usted, ¿qué le parece el asunto?
Si algo caracterizaba a Doña Úrsula era su inquebrantable sentido de la justicia, por lo que no faltó a la verdad, ni aun sabiendo que sonsacaría más información desvirtuando la realidad a favor del sensacionalismo.
—Esa empleada es una joya, eso me parece. Es prudente, educada y muy correcta, sabe callar cuando debe hacerlo y dar buena conversación cuando es oportuno. Por lo poco que sé, le acusan de haber tocado a alguna de sus clientas más de lo recomendable.
—Eso dicen, sí —dijo doña Mercedes, algo dubitativa.
—Pero, ¿quiénes han sido las afectadas? ¡Alguien tuvo que contarle a otro alguien su terrible experiencia! ¿No hay nombres concretos?
Doña Mercedes negó con la cabeza, mientras decía:
—Es curioso, doña Úrsula, no había caído yo en eso: mucho escándalo, pero no hay ni un solo nombre implicado en él. No me parece justo.
—¿Para la joven bañera, dice usted?
—No, no, mujer, para las que nos reunimos aquí, porque nos gusta saberlo todo, no quedarnos a medias. Y alguien tiene que saber quién contó a quien lo sucedido.
Doña Úrsula asintió y, aunque lo pareciese por su gesto, no estaba de acuerdo con el concepto de injusticia de doña Mercedes, sino con la afirmación de que alguien, con nombres y apellidos, debía haber lanzado el bulo.
—¿Y no se sabe? ¿Nada de nada?
—Nada. Por la razón que sea, no ha trascendido el nombre de la perjudicada por esa tal Nieves.
Doña Úrsula comprendió que, si quería llegar al fondo, debía agudizar el ingenio. Se trataba de averiguar, pero sutilmente, sin que trascendiese su interés por conocer la verdad. Y la única forma que se le ocurrió fue jugando con su contertulia.
—¿Y no le parece curioso…y divertido?
—¿Divertido? ¿El qué?
La señora Montalbán se inclinó un poco más, para acercarse a doña Mercedes.