Capítulo 28
«¡Rocío, por favor, haz un esfuerzo! », le dijo Nieves, mientras intentaba convencerla para que se levantase.
La efímera y desdichada amante de Tom Porter había dormido de un tirón, porque el sueño y su misericordiosa propiedad de inducir el olvido la mantuvieron aislada de la realidad.
Nieves incluso creyó verla sonreír, hasta que, nada más abrir los ojos, los recuerdos del día anterior cayeron sobre ella, implacables y demoledores.
Comenzó a llorar, retomando ese desconsuelo contra el que no había forma de luchar.
—Tienes que levantarte, ¿acaso quieres perder el trabajo?
La joven miró a Alba, suplicante.
—No puedo ir, Alba, no puedo…
—Venga, Rocío, ya sabemos que tiene que ser duro, pero has de intentar levantarte y hacer el esfuerzo de salir adelante.
Tu adoras tu trabajo, ya verás como, mientras estés ocupada, el tiempo pasará sin que te des cuenta.
Y así, poco a poco, habrán pasado los días y las semanas, y el dolor irá dando paso a la esperanza, te lo aseguro.
Pero Rocío negó con la cabeza.
—Es que no quiero ir, no quiero verlo.
—¿A quién? ¿Al doctor? —preguntó Nieves— Ya sabemos que tienes un jefe que nadie desearía, pero así son las cosas.
Así que haz el favor de vestirte, vamos a desayunar y te acompaño al despacho, te dejo delante de la máquina de escribir y, cuando termine la jornada, me lo agradecerás.
Como dice Alba, te encontrarás mucho mejor, seguro.
—Agradezco vuestras palabras, vuestra buena intención, sois mis amigas y lo estáis demostrando. Pero es que no puedo ir al trabajo, no lo soportaría —como Alba y Nieves la miraban sin comprender, Rocío les dio la explicación—. Creo que el doctor me siguió, y lo vio todo.
Las dos jóvenes se quedaron boquiabiertas, porque la declaración de Rocío lo complicaba todo aún más.
—¡Ay Dios mío! —exclamó Alba, llevándose las manos a la cabeza, mientras Nieves la miraba aterrada— ¡Lo que nos faltaba! Pero, ¿no te lo estarás imaginando?
La secretaria negó con la cabeza.
—Lo sabe, me ha seguido y me ha visto, porque ayer por la tarde me dijo cosas que lo dejaron muy claro.
—Pero, ¿qué te dijo exactamente? ¿No serán fabulaciones tuyas, Rocío?
—No lo creo. Estoy segura de que me vio en el comedor, porque me preguntó qué tal había cenado allí, y, al verme en compañía de Tom —al pronunciar el nombre del músico, Rocío miró por la ventana y su semblante se llenó de tristeza —me siguió, por curiosidad malsana, ya sabéis que es muy retorcido.
Pero lo que me hace tener la certeza de que no me equivoco es que me tiró indirectas respecto a que mi noche había sido larga y estaría cansada, y algo así como que el amor agota… se me pusieron los pelos de punta.
Desde luego, así contado, no parecía una interpretación equivocada de la secretaria, porque las palabras del doctor sólo cobraban sentido si hubiese presenciado la intimidad de los amantes.
Y si así era, el doctor tendría a Rocío comiendo de su mano.
Sabían que deseaba tomarse ciertas libertades con ella, por lo que Alba y Nieves intuyeron cómo se cobraría su silencio.
—Tienes que ir, Rocío, si no lo haces, sólo lograrás empeorar la situación. Procura ignorarlo y haz tu trabajo.
—Yo comprendo que es complicado, porque el doctor es un hombre que…
en fin, se hace insoportable, la verdad.
Pero Alba tiene razón — dijo Nieves, dirigiéndose ahora a Rocío—.
Tú estate a lo que tienes que estar, y haz oídos sordos a lo que te diga cuando no esté relacionado con tu trabajo, ¿podrás hacerlo?
—Lo intentaré, chicas, pero es muy probable que enferme y tengan que traerme a la habitación, porque estoy segura de que voy a enfermar de tristeza, y el asco que me produce el doctor Calderón no va a contribuir a mi mejoría.
Pero de pronto Rocío pensó que, con la excusa de ir a trabajar, se pasaría por la recepción del hotel, se le había ocurrido la posibilidad de que Tom…
—Me vestiré e iré, pero no me obliguéis a desayunar, no tengo apetito — dijo, con la intención de que sus amigas no fuesen testigo de lo que se había propuesto. Ambas asintieron, creyendo que había recuperado algo de la sensatez perdida.
Salieron todas juntas, pero Rocío dejó a sus compañeras en el comedor de empleados y se dirigió directa a la recepción.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días, señorita —respondió el joven recepcionista. Era nuevo y no lo conocía de nada, tampoco él a ella.
—¿Podría decirme cuando ha partido el músico, Tom Porter?
—El señor Porter partió ayer por la tarde, señorita.
—¿Podría revisar si ha dejado alguna nota, por favor?
—El señor Porter no ha dejado ninguna nota, señorita.
— Compruébelo, se lo ruego, es muy importante, quizás alguno de sus compañeros de otros turnos sepa si…
El joven la interrumpió. Rocío le había caído simpática, además de ser una joven tan agraciada que merecía las atenciones de un galán como él. Acercándose un poco, le explicó:
—Entre los compañeros tenemos la consigna de dejar registradas todas las peticiones de un huésped, para que puedan ser satisfechas en cualquier turno. Todos sabemos de todos los clientes, y el señor Porter no ha dejado ninguna nota.
La joven secretaria comprendió entonces que su última esperanza acababa de desvanecerse. Ya se daba la vuelta, cuando el joven la detuvo.
—Notas, lo que se dice notas, no ha dejado, pero si se llama usted Rosa, debemos entregar hoy esto en la habitación doscientos tres…
de parte del señor Porter. Quizás sea el cumpleaños de la dama en cuestión —el recepcionista le guiñó un ojo cómplice a Rocío mientras le alargaba un paquete envuelto en papel dorado, con el membrete del hotel.
Sin pensárselo dos veces, Rocío alargó la mano, miró a un lado y a otro, dio las gracias apresuradamente al joven y se perdió por el pasillo que comunicaba con el pabellón de hidroterapia, donde tenía su despacho.
Aún era pronto, así que el doctor no habría llegado.
Caminó deprisa, con el paquete bajo el brazo, y entró en su despachito, aliviada al comprobar que, en efecto, Prudencio Calderón no estaba allí.
Escondió la cajita, bastante plana, entre unos libros, con la intención de abrirlo cuando finalizase la jornada, pero la curiosidad la devoraba.
Sin pensarlo más, rasgó el papel. Dentro había una caja de bombones, los que vendían en el hotel para que los huéspedes se llevasen un recuerdo al finalizar su estancia allí.
Al quitar el envoltorio, un sobrecito cayó al suelo.
Aturdida, Rocío lo recogió. Los dedos le temblaban mientras lo abría.
«Rocío y Rosa», ambos nombres se parecían bastante, quizás el conserje se equivocó de nombre, pensó a la desesperada, intentando creer que la destinataria podría ser ella, aunque nunca hubiese estado en la doscientos tres.
Sacó el papelito interior, que desdobló y comenzó a leer:
«Estimadísima Rosa,
Conocerla ha sido hermoso. La llevaré en mi corazón, los momentos vividos junto a usted han sido memorables. Quizás, algún día, volvamos a vernos.
Suyo siempre.
Tom Porter»
Su primera reacción fue de una rabia inmensa.
Partió la carta con saña, gruñendo como un animal herido, pero no le dio tiempo a más, porque en ese momento oyó con claridad los pasos apresurados del doctor, retumbando por el pasillo.
A toda prisa, guardó la cajita de bombones en el armario, y tiró a la papelera el envoltorio dorado y los trozos de carta arrugados.
Se sentó en su silla, tras el escritorio, e hizo que revisaba unos papeles, aguantando como podía el dolor en la garganta que le provocaba ese llanto al que impedía aflorar.
La puerta se abrió de golpe.
—Buenos días, señorita, así que ya está usted aquí. La creía recuperándose en la cama.
Como Rocío le miró sin comprender, el doctor vio una oportunidad de oro para torturarla:
—El esfuerzo físico del amor es importante, se lo dice un médico. Y más aún para una joven que no está acostumbrada.
Lo sabía, el doctor Calderón la había estado espiando, escondido entre las sombras, y lo había visto todo.
Rocío se quiso morir, de rabia, de vergüenza, de humillación.
Tanto o más que el hecho de que la hubiese visto casi desnuda, le afectaba que hubiese sido testigo de su cara, transfigurada por la emoción de sentir el amor por vez primera.
Desencajada y pálida, a punto de caer rota en pedazos, Rocío se levantó de la silla:
—Lo siento, doctor, estoy indispuesta, debe usted perdonarme.
Sin pensar en las consecuencias, sin importarle nada más que tumbarse en la cama y dejarse morir de hambre y de pena, Rocío se alejó trastabillando por el pasillo, sujetándose como podía a la pared, intentando no caer desplomada.
En cuanto salió del despacho, el doctor sonrió con malicia.
No le había pasado desapercibida la maniobra de la secretaria, escondiendo algo en el armario justo cuando él entraba.
Enseguida pudo ver la cajita de bombones y, en la papelera, el envoltorio dorado.
Metió la mano y sacó los trozos de papel, que recompuso con pericia en un par de minutos.
Y, al leer el nombre de la destinataria, y la firma de quien lo enviaba, su mezquina sonrisa se ensanchó.
Rocío llegó al edificio donde se alojaban los empleados y subió a duras penas hasta la habitación que compartía con sus amigas.
Sin descalzarse, se tumbó sobre la cama.
Ni siquiera lloró, porque la conmoción sufrida era tan fuerte que su cerebro no procesaba ya ninguna emoción.
Entró en una especie de trance, un subterfugio de la psique para defenderse de la brutal experiencia, en el que, sin ser consciente siquiera de haberse quedado dormida, todos sus sentidos se apagaron, su musculatura se relajó y todo quedó en un fundido a negro donde el tiempo también se detuvo.
Transcurrió la mañana, y Alba y Nieves, al no verla en el comedor, la buscaron en el despacho.
Finalmente, decidieron subir al dormitorio que compartían las tres.
Allí la encontraron, tumbada en la cama, con la respiración tan tenue y el pulso tan débil, que temieron lo peor.
No deseaban llamar al doctor Calderón, sabían que Rocío no lo querría allí, desvistiéndola para examinarla, mirándola de aquella forma en que la miraba, así que ya estaban decididas a llamar a la encargada, cuando la joven abrió los ojos.
—¡Rocío!¡Nos has dado un susto terrible! ¿Estás bien?
Ella asintió, y no mentía. El trance en el que se había sumido reordenó en parte su cerebro, y aunque el dolor y la rabia por lo sucedido en esos dos días terribles aún permanecían, en ese momento estaban amortiguados, por lo que eran soportables.
—Lo sabe, el doctor me vio —fue lo primero que dijo Rocío.
—Bueno, pero ya sabes cómo debes actuar. Y no te preocupes: Alba y yo estaremos muy pendientes de ti y, si entre todas tenemos que pararle los pies a ese malnacido, así lo haremos.
—Hay otra cosa, chicas —dijo Rocío, sorprendiéndose a sí misma por la extraña calma en la que se notaba sumergida —, no he sido la única.
Mi músico, el amor de mi vida, ha dedicado sus días en Valdelagua a repartir amor y notitas por todo el hotel.
Somos al menos dos las que hemos recibido el agradecimiento por los buenos ratos que le hemos hecho pasar.
Alba y Nieves la miraban sin comprender, pero ella se lo explicó:
—Descubrí una nota idéntica a la que me escribió a mí, pero destinada a una tal Rosa. A ella no le envió flores, sino bombones.
Sus amigas callaron, no era el momento de decir nada. Rocío se dio la vuelta en la cama y la dejaron tranquila, comprendiendo que lo mejor era guardar silencio y dejar que el tiempo cicatrizase la herida.
Aquella tarde no hubo paseo hasta el lago. En su lugar, se quedaron velando el sueño de Rocío, sin pronunciar ni una sola palabra que pudiese interrumpir el proceso de reflexión en el que todas se sumergieron.