Capítulo 27
Don Emérito Gil, así se llamaba el detective llegado desde Madrid. Doña Amalia y Fernanda estaban en el gabinete esperándolo, así que, en cuanto el conserje subió con el recado de que un caballero preguntaba por la señora Ferlosio, ambas bajaron de inmediato.
El detective era un hombre de sonrisa cordial, bigote a lo Bismarck, pelo cano y abundante y ojillos sagaces.
Los tres se sentaron en un rincón apartado de la terraza del hotel, donde podrían tratar el asunto con discreción.
Cuando la condesa viuda de Valcerrado le hubo puesto al tanto de todos los detalles, don Emérito, fiel a su costumbre, habló con una sinceridad desprovista de paños calientes, pues era contrario a su proceder el alimentar a sus clientes con esperanzas infundadas.
Prefería sembrar la desesperanza antes que crear falsas ilusiones.
—Señoras, el caso es complicado. Tenemos en contra que han transcurrido demasiados años, y sé por experiencia que el paso del tiempo es el mejor aliado para confundir los hechos realmente acaecidos y borrar pistas.
Además, si el nacimiento de la criatura, que en adelante denominaremos el sujeto investigado, se ha producido en una de las muchas aldeas diminutas que salpican el valle, es muy probable que el acontecimiento haya pasado desapercibido.
—Pero digo yo, don Emérito, que para eso está usted aquí, para investigar —dijo doña Amalia, quizás un poco decepcionada ante la primera declaración del hombre.
—Eso no lo dude, señora: buscaré hasta debajo de las piedras. A celo investigador no me gana nadie. Sólo le advierto que el trabajo es complicado, y que disponemos de pocos datos.
—Sólo un pequeño detalle, que me gustaría que dejásemos aclarado desde ya mismo: prefiero que hable de mi nieta, porque eso de sujeto investigado me suena más a caso policial.
Don Emérito sonrió. Le gustaba dar cierto rigor profesional a las conversaciones y, siempre que podía, utilizar un lenguaje técnico que no dejase lugar a dudas de que él era un profesional de la investigación.
Sin embargo, sus clientes casi nunca aceptaban este lenguaje depurado y aséptico, porque las emociones, tan humanas, contaminaban el planteamiento de la búsqueda.
—Como guste, doña Amalia, el sujeto investigado pasará a ser la nieta .
—Pero, don Emérito — intervino ahora Fernanda —, ¿usted cree que la nieta de doña Amalia aún seguirá por aquí? O, por el contrario, ¿hay probabilidades de que haya salido del valle, y quizás esté en la ciudad, o en cualquier otro lugar del país?
—Interesante pregunta, señora. No soy adivino, pero me atrevería a asegurar que la nieta continúa viviendo por estos lares.
Les explico por qué: si fue entregada a una familia, que aceptó una suma de dinero por su manutención y crianza, eso significa que quienes la acogieron no eran, precisamente, potentados, sino gentes humildes.
Y el proceso habitual, en dicho caso, es que la muchacha continúe en el lugar que la vio nacer, ante la imposibilidad de salir, hacerlo no es fácil para la gente humilde, hay quienes permanecen toda una vida en el terruño, y las mujeres lo tienen aún más complicado.
A no ser que la nieta haya contraído matrimonio con alguien emigrado.
— Y, ¿en ese caso?
—No se preocupe —la tranquilizó don Emérito—, porque sería fácil averiguar cuáles de las parejas matrimoniadas en tiempos recientes vive lejos del valle. Por ahí la nieta no se nos escapará.
Doña Amalia se llevó la mano al pecho mientras sonreía, aliviada, reconfortada al comprobar que, a pesar de las dificultades, también había circunstancias a su favor.
—Antes de su llegada hablamos con el párroco de Sarbiñales, es un joven encantador que se ha ofrecido a colaborar en la búsqueda, aunque, por el momento, sus averiguaciones han terminado en vía muerta.
—¿Un joven, dice usted? Una lástima, porque sólo tendrá constancia de lo sucedido en la parroquia hace poco tiempo.
—Pero lo suple con buena voluntad, eso puedo asegurárselo.
—Me alegro de oírlo, porque si él ha decidido comprometerse en la búsqueda, aun llevando poco tiempo por aquí puede ser de gran ayuda, señora.
—Don Emérito, ¿dónde se hospedará usted?
El detective sonrió:
—Me encantaría poder hacerlo en este hotel —dijo mirando a su alrededor—, pero mis honorarios no cubrirían semejante gasto. Por lo demás, estar en el pueblo me dará oportunidad de moverme con más facilidad a uno y otro de los muchos lugares a los que, sin duda, me lleve la investigación.
—Estupendo, podrá hablar con mosén Mateo, dígale quien es usted, no es necesario que yo baje a presentarles, el camino es infernal.
—Quede tranquila, señora, en cuanto me acomode, iré a verlo de su parte.
—Ya verá que no mentimos al decirle que es encantador, pero cuídese de sus guasas, es un bromista empedernido. ¿Subirá a vernos cuando tenga novedades?
—Así lo haré, doña Amalia. Mientras tanto, relájense, que ahora ya tienen quien organice la búsqueda con la seguridad de que las averiguaciones se harán con rigor científico.
Cuando don Emérito se despidió, ambas intercambiaron impresiones:
—Un poco redicho este hombre, pero parece muy entregado a su profesión, y eso siempre es bueno —le dijo doña Amalia a Fernanda.
Fernanda asintió, aunque estaba pensando en sus cosas.
No sabía si decirle al detective lo de la muchacha que había visto, tan parecida a María Cristina como una gota de agua.
Lo desestimó, seguramente el señor Gil pensase de ella que era una vieja chiflada con afán de protagonismo.
Pero seguiría buscando, por su cuenta. Y el siguiente lugar, por tenerlo tan a mano, era el pabellón de hidroterapia.
—Cambiando de tema, doña Amalia, ¿sabe qué le digo? ¡Que me ha convencido! Creo que estaría bien probar uno de esos baños de aguas medicinales, a ver si noto algo de mejoría.
—¡Buena decisión, Fernanda! Pero deberás pasar por la consulta del doctor, él es quien hace un diagnóstico y prescribe el baño adecuado. Si te parece, mañana vamos juntas.
—Pues claro que me parece, doña Amalia. ¡Es una idea estupenda!