Capítulo 26 #3
—No me extraña que os hayáis quedado sin habla…
Seguro que nunca hubieseis imaginado esto de mí.
He sido una irresponsable, me he comportado como una mujerzuela sin dignidad.
Os entendería si, después de esto, me retiraseis la palabra, no soy digna de vuestra amistad — dijo Rocío ahora más sosegada, aunque las lágrimas continuasen resbalando por su cara.
—No, no digas eso, querida Rocío —dijo Alba de inmediato—, somos tus amigas y seguiremos siéndolo, en eso consiste la amistad verdadera.
Esto no cambia nada respecto a nuestra relación, pero sí es cierto que estoy un poco enfadada contigo, has cometido un acto temerario, Rocío, ¡no conocías a ese hombre de nada!
—Yo lo único que te pediría es que me explicases por qué lo has hecho, quizás de esa forma pueda entenderte —señaló Nieves, aún aturdida.
Entonces Rocío, provista ahora de una calma que contrastaba con la intensidad emocional de los momentos previos, comenzó a hablar, no con la esperanza de que sus amigas disculpasen su tremenda equivocación, sino para que, al menos, supiesen que su conducta no había sido un acto de locura transitoria, sino una fisura en su voluntad por la que se habían colado el deseo, la curiosidad y la ingenua creencia de que aquello era amor.
—Me dejé llevar, chicas. La emoción de sentirme una dama en aquel comedor que tantas veces he visto desde fuera, al lado de un apuesto caballero que me miraba como si fuese la única mujer en la tierra.
Me dejé seducir por sus bonitas palabras, por su sonrisa…
el lago y los aromas que la noche llevaba a las orillas hicieron el resto.
Comenzó a besarme, a acariciarme, y os juro que era imposible no ceder ante él.
Fue intenso y maravilloso, nunca imaginé que podría vivir algo así…
le amo —dijo Rocío, antes de entrar en un nuevo episodio de intenso dolor, lágrimas desbordadas y cuerpo convulso.
Fue Nieves quien decidió que ese no era el camino.
—Rocío, cometiste un error, pero ahora tienes que ser razonable.
Por favor, no vuelvas a repetir que lo amas, porque no es cierto, no puedes amarlo.
El amor es otra cosa, un sentimiento profundo que estás confundiendo con un encuentro transitorio, muy bello y placentero, pero que nada tiene que ver con el verdadero amor.
Alba asintió.
—¡Os juro que es el hombre de mi vida! —sollozó de nuevo la enamorada secretaria, dejándose llevar por la desesperación.
—No, si fuese el hombre de tu vida, estaría ahora contigo —la corrigió Alba—.
Para ti, lo sucedido es algo importante, para los hombres como él, sólo es algo cotidiano.
No te ama, querida Rocío, y dentro de un tiempo, comprenderás que tú tampoco lo has amado nunca.
Sólo te dejaste llevar, como has explicado antes con tanto acierto.
Pero Rocío era inconsolable, así que decidieron que lo mejor sería llevársela a la habitación. Pedirían una tila en la cocina, la meterían en la cama y la infusión y el cansancio acumulado harían que durmiese durante horas. A buen seguro, cuando despertase se encontraría mucho mejor.
En efecto, al poco tiempo, Rocío dormía profundamente, y Alba y Nieves aprovecharon para hablar del asunto.
—¡Qué locura! —dijo Nieves—. Si llegamos a saber que iba a cometer semejante disparate, no la hubiésemos dejado sola.
—Ya sabíamos que estaba obsesionada con el músico, pero yo tampoco esperaba que su anhelo por él llegase hasta ese punto. La hemos fallado, Nieves.
—En cierto modo, así es. Pero ya no podemos hacer nada más que continuar a su lado, arroparla y acompañarla en el proceso de olvidar a ese desalmado.
—¿Crees que, realmente, es un desalmado? —intervino Alba.
—Lo creo, no se juega con las ilusiones de una pobre muchacha ni se le arrebata la virtud como quien roba una pera de un árbol, peras hay muchas, pero la virtud de una joven…
—Pues yo creo que en su acto quizás no haya maldad, sino un comportamiento egoísta, aceptado por la sociedad.
Los hombres pueden satisfacer sus deseos sin que se ponga en entredicho su honorabilidad, salvo si esto mismo sucede entre jóvenes de la alta sociedad, en cuyo caso, la dama se verá resarcida mediante el matrimonio, es la costumbre.
—No estoy de acuerdo contigo, Alba, Rocío era una muchacha inocente, él debería habérselo planteado antes de dejarse llevar por el momento, no es un buen hombre.
—Lo malo es que ella consintió, y eso lo cambia todo. En fin, dejémonos de buscar culpables en un hecho que nunca será juzgado por nadie más que por el tiempo. Ahora preocupémonos sólo por ella, y recemos al santo de nuestra devoción para que Rocío no haya quedado encinta.
Nieves, a quien no se le había pasado por la cabeza tal posibilidad, la miró horrorizada. Antes de que pudiese decir nada, Alba intervino de nuevo.
—Por desgracia, no es nada extraordinario: el mundo está lleno de hijos que llegan a él como consecuencia de actos imprevistos e irresponsables, sin que el amor intervenga.