La casa de las aguas 1 Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Mientras tanto, en el otro extremo del pabellón, Rocío contaba los minutos para que la jornada concluyese.

La presencia del doctor se le hacía ya insoportable, pues toda la tarde había estado lanzándole advertencias cargadas de segundas intenciones.

Ahora ya estaba convencida de que el doctor la vio alejarse con Tom hacia el lago, y de que la había seguido hasta allí.

Temblaba sólo de pensar que él, oculto tras la maleza, pudiese haber presenciado esa escena sobre la hierba, tan íntima, tan especial, la primera vez que ella se entregaba a un hombre.

Tecleó las últimas líneas, llenas de errores, pero ya no le importaba, porque su músico estaría esperándola fuera.

—¿Ya ha terminado, Rocío? —preguntó el doctor, con el mismo retintín con que se había dirigido a ella a lo largo del día—. Parece que tiene prisa.

—Sí, doctor, hoy tengo un poco de prisa —dijo ella sin mirarlo a la cara, mientras apilaba unos papeles, deseando salir de allí cuanto antes —. Adiós, señor.

—Bueno, querrás decir hasta mañana, Rocío.

Ella le miró sonriente. Le hubiese gustado decirle que no habría un mañana con él, porque estaba decidida a seguir a su amor hasta los confines del mundo, si era preciso.

Pero pensó que no merecía la pena darle explicaciones.

Ya salía, cuando la voz de Prudencio Calderón la hizo detenerse en el umbral de la puerta:

—Casi se me olvida, señorita…hace un rato han dejado esto para usted, lo trajo uno de los conserjes.

A la secretaria se le hizo extraño el gesto de amabilidad, pero no dijo nada. El Médico Director se volvió y, de un armario, sacó un ramo de flores.

—Bonito ramo. Lleva una nota, quizás de algún admirador secreto, o no tan secreto, ¿me equivoco,  Rocío?

La joven casi le arrancó el ramo de las manos.

—Gracias. Me voy, doctor.

Esta vez sí, Rocío salió deprisa, los tacones de sus botines retumbando en el pasillo, ahora solitario. Las manos le temblaban mientras miraba el ramo. Era de él, estaba segura. No veía el momento de perderse entre los brazos de Tom y besar su boca. Lo amaba. ¡Lo amaba tanto!

Estaba tan emocionada que, antes de salir del pabellón, se sentó en un banco y sacó la nota del sobrecito. Lo desdobló con impaciencia, conteniendo la respiración.

«Estimadísima Rocío,

Conocerla ha sido hermoso. La llevaré en mi corazón, los momentos vividos junto a usted han sido memorables. Quizás, algún día, volvamos a vernos.

Suyo siempre.

Tom Porter»

La luz del sol poniente incidía en las paredes blancas del pabellón, iluminándolas con la melancolía del ocaso.

Rocío releyó la nota porque, con la primera lectura, las palabras flotaron en un caos de incomprensión, en un baño de irrealidad.

Esta vez, esas letras impresas en tinta negra saltaron del texto para herirla como dardos punzantes.

Las lágrimas quedaron en equilibrio sobre sus ojos, los rayos del atardecer atravesándolas y creando reflejos de arco iris, que se desvanecieron cuando comenzaron a rodar por sus mejillas, mientras seguían cayendo, hasta humedecerle el cuello.

Un gritó desgarrador rompió el silencio del solitario corredor, y al otro lado del mismo el doctor Calderón sonrió, satisfecho.

Alba y Nieves esperaban a su amiga en el lugar de costumbre.

Se preguntaban si el entusiasmo de Rocío sería sólo producto de su imaginación, o quizás entre Tom Porter y ella había nacido una historia de amor verdadera, cuando la vieron llegar.

Traía el rostro enrojecido, y caminaba a trompicones, como si no le importase tropezar y caer.

En sus manos, un ramo de flores. Alarmadas por su aspecto, se pusieron en pie y fueron a su encuentro.

No les hizo falta que Rocío les contase lo sucedido, estaba muy claro que era algo terrible, y ambas supusieron de qué se trataba.

—Se ha ido, se ha ido sin mí… —aclaró Rocío, resumiendo en tan pocas palabras el final de tanta ilusión. Sus amigas la arroparon con su abrazo.

—Bueno, Rocío —dijo Alba—, cenaste con él y ese rato fue inolvidable. Guárdalo como una experiencia irrepetible, algo que podrás contar a tus nietos.

Rocío no paraba de llorar. El problema, pensaron Alba y Nieves, era que se había hecho demasiadas ilusiones, amparada en algo tan ambiguo como una cena. A ambas ya les quedaba claro que las intenciones del músico no pasaron de tener un gesto galante con una guapa admiradora.

—Rocío, querida, no le des más vueltas. Fue amable y caballeroso y pasaste un agradable rato en el comedor, un rato en el que te hizo sentir única y…

Rocío la interrumpió. Tenía la mirada desquiciada, y era evidente la desesperación que asomaba a ella.

—No lo entendéis, chicas… no fue una cena, no, no fue sólo eso.

Las dos amigas se miraron, sin comprender del todo, aunque una fugaz sospecha pasó por la mente de Alba, pero la desestimó por improbable.

—Te…¿te besó? —preguntó con timidez la camarera.

Rocío asintió sólo con la cabeza. Esta vez fue Nieves quien dijo:

—Nadie lo sabe, tu secreto está a salvo con nosotras y tu honor intacto. Olvídate de él, como veras, no era el amor de tu vida. No le des más vueltas, Rocío, en unos días todo esto te parecerá una tontería.

Pero la secretaria rompió a llorar, con tanto desconsuelo que sus amigas no sabían qué hacer para calmarla.

Rocío, al ver que se empeñaban en argumentos vacíos que carecían de fuerza ante la gravedad de su problema, rompió su silencio para confesarse con ellas, soltando de una vez todo lo que la atormentaba, un peso demasiado grande que no podía cargar sola sin romperse:

—No lo sabéis todo…he hecho algo horrible —dijo, intentando vocalizar a pesar de los hipos que la emoción intensa le provocaba. Alba y Nieves intercambiaron una mirada rápida, en la que manifestaron su desconcierto.

—A ver, Rocío, tan terrible no será, sea lo que sea, seguro que tiene solución.

Las palabras de Nieves fueron interrumpidas por el lamento de la secretaria:

—¡He sido una estúpida! Una insensata y una estúpida…si mi madre levantase la cabeza…

Rocío no terminaba de exteriorizar qué era eso tan grave, pero sus amigas comenzaron a temerse lo peor. Y entre lo peor estaba, precisamente, lo sucedido. Alba comprendió que hasta que Rocío no hablase, estarían suponiendo y no podrían ayudarla.

—Por favor, confía en nosotras y dinos de una vez qué te ha pasado. Hasta que no lo sepamos, no podremos ayudarte.

Rocío dejó de llorar. Se sonó los mocos con su pañuelito y las miró, a una y a otra, alternativamente. Nunca habían visto tanta desesperación en la mirada de alguien.

—Me he entregado a él por completo. Anoche, después de la cena.

Sus amigas se quedaron sin palabras, porque la confesión de Rocío era algo impensable.

Pero después de los primeros instantes, en los que reinó el desconcierto, ambas reaccionaron, y lo hicieron de forma distinta: lo primero que se le pasó por la cabeza a Alba fue echarle una buena reprimenda, mientras que Nieves sólo deseaba que le diese una explicación que pudiese justificar un acto tan descabellado.

Pero estaban tan impactadas que ninguna de las dos abrió la boca.