Capítulo 26
Alba había pasado un mal rato en el comedor, pues Rocío y Nieves no habían aparecido por allí, y el grupito habitual de camareras de habitaciones la tomaron con la sabelotodo , que era como la llamaban.
El rumor de la indigna expulsión del recital se había difundido entre todos los empleados del hotel, y fue Alba quien recibió la peor parte, al enfrentarse sola a esa cuadrilla de lenguas en exceso afiladas.
Aguantó como pudo las risas y los crueles comentarios mientras comía sin ganas un plato de legumbres, esperando a sus amigas, hasta que no pudo más y salió, con la esperanza de encontrarlas.
Ahora, sentadas en esa misma hierba que sólo hacía unas horas fue testigo de la entrega de Rocío, Alba se enteraría de todo lo sucedido, comenzando por la peor noticia, la referente a Nieves.
—No es justo, no lo es —dijo la camarera en cuanto la pusieron al tanto, abrazando a su amiga. Ambas comenzaron a llorar de impotencia, de desesperación, de tristeza al saber que tendrían que separarse, sin que le hubiesen dado a Nieves ni una oportunidad de defenderse.
—Bueno, así son las cosas, no sé cómo me las voy a apañar, necesito este trabajo, pero ya pensaré en algo. Y ahora, Rocío, cambiemos de tema, cuéntale a Alba dónde cenaste anoche.
Rocío sonrió. Estaba tan ilusionada que sus ojos brillaban como nunca.
—En el comedor de primera, con Tom Porter.
Alba abrió mucho los ojos, se había quedado pasmada. Así que, para sacarla de su asombro, Rocío le contó su cena con el músico americano en el comedor del Gran Hotel, y el paseo nocturno bajo las estrellas. Lo otro aún tendría que esperar.
—¡Estamos enamorados, chicas! Es el hombre de mi vida, soy tan feliz…
—¿Lo verás luego? —preguntó Nieves, sin darle a entender a Rocío lo extraño que le parecía todo.
—¡Estoy deseándolo! Pensé que me buscaría a la salida del trabajo… Estará ensayando y no ha podido.
Alba sabía que Tom Porter no actuaba esa noche, por lo que dudó de la explicación dada por su amiga, pero no dijo nada.
—¡Cuento los minutos para estar con él! ¡Lo amo tanto!
No sabéis lo maravilloso que es el amor, ojalá lo conozcáis muy pronto —dijo, desbordando un entusiasmo que tanto Alba como Nieves consideraron desproporcionado.
Ambas se miraron. ¿Y si se estaban equivocando?
¿Y si se estaban preocupando por Rocío, en lugar de alegrarse por ella?
Comenzaron a dudar, porque los flechazos, aunque escasos, son tan reales como el amor mismo.
—Bueno, es la hora, he de volver —dijo Alba, poniéndose en pie, y las otras dos la imitaron, entristecidas.
Caminaban de regreso por el parque, cuando vieron a doña Rafaela acercarse a ellas a toda prisa. La mujer sonreía.
—¡Nieves! ¡Menos mal que te encuentro!
—¿Qué sucede ahora, doña Rafaela?
—Una suerte que aún no te hayas ido, porque el doctor me ha pedido que te buscase hasta debajo de las piedras: debes volver a tu trabajo.
Las tres se quedaron desconcertadas. Fue Rocío quien preguntó:
—Y eso, ¿lo ha dicho el doctor Calderón?
—El mismo.
A Nieves le dieron ganas de responder con otra pregunta, «¿y qué pasa si ahora soy yo la que se despide? », pero no lo hizo. Necesitaba ese trabajo, le gustaba lo que hacía allí y, además, la encargada era una buena mujer que no tenía la culpa de nada de lo sucedido.
—Pero, ¿qué es lo que le ha hecho cambiar de opinión? —preguntó.
—No lo sé, pero ha ido a buscarme, él en persona, para decirme que te encontrase de inmediato.
Las tres se abrazaron, saltaron y rieron como niñas, ante la mirada complacida de doña Rafaela.
Rocío recordó entonces la visita de la señora Montalbán a la consulta. Por lo que dijo, no se trataba de nada concerniente a su tratamiento, y la secretaria se preguntó si la dama no habría tenido algo que ver con el cambio de parecer del doctor .
—Quizás tengas un ángel de la guarda, Nieves —insinuó.
—Pues ojalá sea cierto, porque después de esto, creo que me va a hacer bastante falta. Si le han obligado a readmitirme, estará de un humor de perros.
—Yo me llevaré la peor parte, porque debo aguantarlo toda la tarde. Menos mal que soy tan feliz, chicas —dijo Rocío, con el rostro ruborizado por la emoción.
Sonrieron las tres, Alba y Nieves con cierta reserva, porque su lado racional insistía en que el exagerado optimismo de Rocío no estaba justificado por una cena.
La experiencia, tan improbable para una joven de su condición, era un hecho extraordinario e inolvidable que explicaba parte de su entusiasmo, desde luego, pero lo del repentino enamoramiento, pensaban, era disparatado.
La tarde fue transcurriendo sin sobresaltos.
Las señoras que pidieron la dimisión de Nieves habían tomado sus baños por la mañana, y las pocas clientas que ahora esperaban en la rotonda, o desconocían el incidente que se había producido por la mañana, o, simplemente, les traía sin cuidado, porque ninguna de ellas puso objeción alguna a que Nieves preparase sus baños. Entre ellas estaba doña Úrsula.
—Buenas tardes, señora Montalbán — dijo Nieves, nada más verla—. Si no me equivoco, tenía usted hora por la mañana y, por lo que parece, no ha podido ser atendida. Le pido disculpas, surgió un incidente y algunas citas se retrasaron.
Doña Úrsula preguntó, era la ocasión propicia para conocer la versión auténtica de los hechos en boca de Nieves.
—Pues, ¿qué sucedió?
La bañera dudó. En sus ojos apareció el temor, doña Úrsula era una mujer encantadora y muy considerada, y no le gustaría que la buena relación entre ellas se viese enturbiada por la duda.
Por mucho que la señora confiase en ella, la desconfianza siempre se haría un hueco.
Sin embargo, no le quedó más remedio que contárselo todo tal cual había sucedido.
—Esta mañana me vi envuelta en un asunto muy turbio, señora Montalbán. Algunas de las damas no quisieron que yo las atendiese, pues me acusaron de algo terrible que, le puedo asegurar, no he hecho nunca.
La mujer la miró a los ojos mientras asentía con la cabeza, pues no quiso entrar en detalles, no era necesario hacerla pasar ese mal rato. Nieves vio en su mirada un apoyo sincero, estaba segura de que doña Úrsula la creía, y sus palabras corroboraron esta sensación.
—Sabes que yo te creo, Nieves, no hace falta que me digas más. Sin embargo, me gustaría saber tu opinión acerca de por qué ha podido divulgarse ese feo rumor.
—No lo sé, señora, siento decirle que no lo sé. Y créame que me gustaría saberlo, así al menos tendría una explicación lógica y podría defenderme. No sé cómo han vuelto a admitirme, porque el doctor me despidió sin contemplaciones, como es lógico.
—Pero, ¿tú no le preguntaste acerca de la acusación? ¿No te defendiste?
—No pude, señora —dijo Nieves con la cabeza baja, sinceramente afectada al recordar los terribles momentos vividos esa misma mañana.
—El doctor, entonces, ¿no escuchó tu versión?
—No, señora. Era la palabra de esas damas contra lo que yo pudiese decir. No había escapatoria posible, porque el cliente siempre tiene la razón, así que fue doña Rafaela quien vino a decirme que estaba despedida, al doctor ni siquiera lo vi.
Doña Úrsula Montalbán asintió en silencio.
—Insisto, Nieves, ¿no tienes curiosidad por saber de dónde ha podido surgir un rumor tan desagradable?
—Claro que la tengo, doña Úrsula, daría lo que fuese por saber.
Creo que quizás alguien ha malinterpretado alguna actitud mía —me parece casi imposible, porque ya sabe cómo soy de cuidadosa, eso no me lo puede negar nadie—.
De ahí, ha ido creciendo la bola, seguramente con aderezos que otro alguien, sin escrúpulos, le ha ido añadiendo al comentario inicial.
Perdone que hable así de las clientas del hotel, señora, pero estoy indignada: jugar con la reputación ajena es fácil, y yo no tengo más que eso, mi reputación.
—Desde luego, Nieves —asintió la dama, conmovida por sus palabras—. Estoy tan convencida de la injusticia que has sufrido, que me ocuparé de investigar el incidente. Como seguro que alguien ha oído algo, iré tirando del hilo hasta llegar al origen de todo.
Nieves la miró, emocionada.
—¿Haría usted eso por mí? Le estaría muy agradecida, doña Úrsula.
Yo necesito este trabajo, y me gusta lo que hago.
Pero, ¿sabe lo que más me dolió, cuando supe que estaba despedida?
¡Mi dignidad! Me sentí tan mal, al pensar en la imagen que quedaría de mí en este sitio…
eso fue, sin duda, lo peor. Por un instante dudé si reincorporarme o no, precisamente por eso, por la humillación que supone que hayan mancillado mi nombre de esa forma tan sucia.
Una vez más, doña Úrsula quedó admirada por la profundidad de los razonamientos de Nieves.
Cada vez estaba más convencida de la terrible injusticia cometida con ella, una decisión tomada a pesar de la inferioridad de condiciones de la empleada del hotel, en total indefensión.
No era eso lo que había soñado para Valdelagua cuando su esposo y ella se entusiasmaron con el proyecto hasta el punto de adquirir la mayor parte de acciones del complejo balneario.
—Pues no le des más vueltas, porque sólo te servirá para entristecerte. Déjalo de mi mano, haré todo lo posible por esclarecer lo sucedido, tienes mi palabra.
La bañera sonrió, emocionada.
—Ya tiene usted su baño, doña Úrsula. Disfrútelo. Estaré pendiente de usted, llámeme para lo que necesite.
—Gracias, Nieves —dijo la señora Montalbán mientras le tendía la toalla, que la joven recogió con la cabeza vuelta, tal y como las normas de discreción lo requerían.