Capítulo 25 #2
—¿ Con Lo de Marta te refieres a la muerte de su primera esposa, Gaspar?
¡Volvió a casarse, por Dios! Y ha dejado a su legítima mujer en casa para venirse con esa…
Todo Madrid está a al tanto del romance prohibido, te recuerdo que en el hotel hay muchos madrileños, y se va a saber, no me gustaría que nos viésemos envueltos en un asunto así.
El asintió, cariacontecido. Isabel tenía razón, Dionisio les había puesto en un compromiso trayendo con él a la señorita Ruiz. Trató de disculparlo, intentando que su esposa comprendiese las circunstancias de su amigo.
—Lo casaron, Isabel, tú lo sabes. Lo casaron de cualquier manera para que olvidase a Marta, pero ese matrimonio sólo fue un parche que empeoró, aun más, su depresión.
Ya que hablas de Madrid y de sus gentes, creo que es de sobra conocido el mal carácter de la esposa.
Se comenta que le hace la vida imposible.
—Puedes contarme lo que quieras, Gaspar, pero el honor de un hombre es sagrado. Y, para mí, uno capaz de estar con otra mujer mientras tiene una esposa, sea esta como sea, no tiene perdón.
A continuación, Isabel miró fijamente a Gaspar, atenta por si él le rehuía la mirada, buscando algún atisbo de culpa en sus ojos profundos, pero no lo encontró.
Se quedó un poco desconcertada, su esposo no era un cínico, por lo que las palabras que ella acababa de pronunciar deberían haber removido su conciencia.
¿Y si quizás lo que vio en las fuentes tenía otra explicación distinta a lo que ella había imaginado?
—Por favor, Isabel, trata de ser comedida, Dionisio ha sufrido tanto… —dijo él, insistiendo en el tema de su amigo.
Isabel se había vuelto hacia el armario y buscaba su vestido azul de seda brocada. De espaldas a su esposo, él no pudo ver que estaba llorando.
Se reunieron todos en el comedor. Isabel, sin proponérselo siquiera, desbordaba sensualidad, y estaba tan bella que eclipsaba, sin duda, a las otras mujeres. Sin embargo, su gesto era a ratos desabrido, como si estuviese haciendo un esfuerzo por parecer amable y se le olvidase.
Degustaron con calma la magnífica cena del hotel, consistente en aperitivos variados, pastelitos Mazarine, rosada a la marinera, galantina de ave, rosbif a la inglesa y helado de praliné con pastelillos de hojaldre.
Tomaron champán para celebrar el encuentro entre amigos, así como vino de burdeos de la exclusiva bodega del Gran Hotel y, a los postres, la camaradería de los hombres era indiscutible.
No sucedía lo mismo con Carmen, Sofía e Isabel: la primera, de carácter reservado, apenas hacía algún que otro comentario en exceso neutral y, por lo tanto, carente de interés, mientras que la relación entre las dos últimas parecía haberse estancado en un punto muerto, del que ninguna de las dos parecía dispuesta a salir.
Antes de acudir al salón para la actuación musical de la noche, salieron todos a la terraza, donde los caballeros degustaron una copa de brandy. Reconfortados por la excelente gastronomía y esos vinos inigualables, disfrutaban de la velada con entusiasmo.
—Si me disculpan, creo que debo retirarme — dijo Carmen, al poco de salir al exterior.
Eduardo se puso en pie:
—¿Te encuentras bien?
—Sí, no te preocupes, pero estoy demasiado cansada, el viaje y tanto ajetreo…
—Bueno, he de comentarles, ya que se han dado las circunstancias propicias para ello, que mi esposa y yo esperamos nuestro primer hijo.
Las palabras de Eduardo Sotillos fueron coreadas por felicitaciones y buenos deseos.
—Pues ahora que ya conocen el motivo, comprenderán que debo descansar. Buenas noches a todos, sigan disfrutando de la velada sin mí.
Isabel estaba furiosa. Ahora, para terminar de complicar las cosas, se había quedado a solas con Sofía Ruiz y estuvo tentada de retirarse con cualquier excusa. Mientras pensaba en algo convincente, la amante de Dionisio Maldonado se giró hacia ella.
—Me gustaría poder hablar con usted, Isabel. ¿Le importa que demos un paseo?
Ante semejante petición, a Isabel no le quedó más remedio que aceptar, lo contrario hubiese sido una descortesía.
—Vayamos si quiere, pero no considero que seamos personas con nada en común, por lo que me temo que nuestra charla va a ser insustancial, en el mejor de los casos.
Se alejaron en silencio hasta que los árboles del jardín inglés las acogieron bajo la majestuosa bóveda de sus copas.
—Puedo comprender su actitud hacia mí y me duele, aunque menos de lo que se figura, porque estoy acostumbrada —comenzó la señorita Ruiz.
Ante semejante derroche de sinceridad, Isabel vio la oportunidad de decirle a esa mujer todo cuanto había estado callando desde que llegaron esa misma tarde.
—Mire, Sofía, creo que yo nunca me acostumbraría a ser la comidilla de los salones. Antes de hacerme inmune a la acritud de los demás, procuraría rectificar mi comportamiento.
—Ya veo, piensa usted como todo el mundo.
Isabel la miró, indignada:
—¿Cómo quiere que piense? Es usted la amante de un hombre casado, está aquí con él y va a compartir su cama, mientras la legítima esposa se debate entre la opción de creer lo que él le haya dicho o, por el contrario, derramar lágrimas en soledad mientras acepta que él la engaña.
Sinceramente, ¿Puede alguien creer que eso está bien?
Sofía Ruiz agachó la cabeza, quizás avergonzada, pero enseguida pareció recomponerse.
—Puede usted juzgarme, está en su derecho, pero a veces, antes de hacerlo, hay que conocer las circunstancias.
Ya sé que no hay excusas posibles, pero en mi descargo, le diré que amo a Dionisio y que él me ama a mí, sólo en la medida en que es capaz de hacerlo, pues el amor más importante es y será el de su esposa fallecida, Marta, a la única que él reconoce como tal y cuya muerte aún no ha superado.
Yo soy su pequeño consuelo, una mujer muy distinta a ella que, sin embargo, le da la esperanza que necesita, el apoyo para confiar de nuevo en que la vida, a pesar de los golpes, merece ser vivida.
Y, si para estar con él y calmar su dolor he de estar en boca de toda la sociedad madrileña, no me importa.
Lo que piensen o digan todos aquellos que viven atrapados en la hipocresía de unas existencias grises, me da igual, no me preocupa.
No espero que me entienda, ni que me disculpe, ni que por ello cambie la opinión que tiene de mí, pero al decirle esto, al menos podrá detestarme con causa, ahora que conoce mis razones.
Isabel permaneció en silencio, el discurso de esa mujer, a la que creía superficial y frívola, tenía bastante más sensatez de lo que hubiese esperado.
—Mire, Sofía, las infidelidades me parecen algo odioso, denotan una total falta de escrúpulos que…
La señorita Ruiz la interrumpió:
—Dionisio es un buen amigo de su esposo.
¿Cree usted, sinceramente, que un hombre como Gaspar de Arístegui tendría por amigo a un hombre deshonesto?
Yo creo que no, don Gaspar es una persona íntegra, ese es el concepto que de él tiene su amigo.
Las circunstancias de Dionisio, créame, son muy especiales.
—Pero, aun así, ¿justifican el engaño? —insistió Isabel, que no paraba de pensar en su esposo tomando una mano femenina entre las suyas detrás del edificio de las fuentes.
—No es un engaño, su esposa no le ama, vive un infierno a su lado.
Pero ya sabe usted que lo que ha unido Dios, el hombre no lo puede separar.
Hay muchos matrimonios, unidos hasta la muerte, porque las normas sociales y la religión así lo han decidido.
Y ahora, por favor, póngase en el lugar de ese hombre al que amo sinceramente, y dígame usted lo que haría: ¿continuar adelante, rompiendo las reglas, para salir de la oscuridad?
¿O seguiría a oscuras, esperando el final de sus días, sin más deseo que acabar cuanto antes?
Isabel pensó. Gaspar era un hombre de honor, al que amaba como a ningún otro podría amar. ¿Lo echaría todo a perder por una mala temporada?
—No— respondió Isabel en voz alta a sus pensamientos, y su interlocutora la miró sin comprender—. Puede que usted tenga razón, la honestidad es siempre la misma, cambian las circunstancias.
Permanecieron en silencio hasta que oyeron las voces de los hombres, que iban a su encuentro.
—Estáis aquí —dijo Gaspar, acercándose a su esposa y tomándola del brazo—. Eduardo ya se ha ido, estaba intranquilo dejando a Carmen sola, es comprensible. Imagino que estaréis cansados, pero, aun así, ¿os apetece que vayamos a la actuación musical?
Sofía y Dionisio se miraron unos segundos. Sus caras se iluminaron de una forma muy especial, y entonces Isabel comprendió. Era la misma mirada que aún podía ver en Gaspar, algo muy poderoso que, sin palabras, comunicaba mucho.