Capítulo 25
Como siempre le sucedía, Gaspar despertó con las primeras luces del alba.
Isabel aun dormía, tan plácidamente que no quiso despertarla, a pesar de que le hubiese gustado hacerlo.
Con cuidado, como si fuese un niño a punto de cometer una travesura, acarició un mechón de su cabello suelto sobre la almohada.
Nunca se acostumbraría al feliz hecho de tener por esposa a esa belleza que descansaba, como una princesa de cuento, a su lado.
Se puso boca arriba y comenzó a darle vueltas al asunto que lo atormentaba.
¿Habría dejado Isabel de amarlo?¿Amaba, quizás, a otro?
En una sociedad donde el matrimonio era casi siempre impuesto por condicionamientos sociales o intereses económicos, también las mujeres tenían amantes.
Sin embargo, Isabel se había casado enamorada de él, estaba seguro.
Nieta de un aristócrata arruinado, había trabajado como institutriz en Francia, país natal de su padre, y posteriormente en Inglaterra, donde Gaspar la conoció, cuando estaba al cargo de la educación de los hijos de un buen amigo suyo.
A pesar de quienes niegan con vehemencia la existencia del flechazo, su primer encuentro lo fue.
Gaspar había estado con otras mujeres, pero nunca había sentido lo que sintió al ver a Isabel, al mirarla.
Sabía que fue amor a primera vista porque tuvo la sensación, indiscutible, de que el sentimiento fue mutuo.
En ninguna otra mujer había notado esa vibración que percibía en Isabel cuando él la acariciaba con los ojos.
Se casaron al medio año de conocerse, y lo hicieron sólo porque se amaban, sin que mediasen en su acuerdo matrimonial intereses de ningún otro tipo.
Y, en unos días, se cumplirían cinco años de ese bendito día en el que se unieron para siempre.
Gaspar, con la mirada fija en el techo de la habitación, renovó en silencio su promesa de amor por esa mujer cuyo suave aroma llegaba a él, despertando sus sentidos.
No habían tenido hijos, pero no le importaba, porque la prioridad era tenerla a ella.
Se preguntó si quizás fuese eso lo que había enfriado su relación, a pesar de que Isabel nunca habló de la maternidad como meta esencial en su vida.
Le gustaban los niños, pero siempre había manifestado con claridad su opinión al respecto: si la naturaleza tenía a bien darle descendencia, acogería a sus hijos con todo el amor de una madre, pero si le eran negados, no le importaría demasiado con tal de tenerlo a él, le había dicho.
Gaspar de Arístegui se levantó, prometiéndose, un día más, tener paciencia, aunque estaba deseando, como el hombre enamorado que era, hacer el amor con ella. Se vistió sin hacer ruido y se fue, cerrando la puerta con suavidad para no alterar la placidez de su sueño.
Isabel hacía ya unos minutos que estaba despierta, aunque fingiese dormir.
Si Gaspar tenía sus rutinas, no iba a ser ella quien las alterase.
Se dio media vuelta, aunque sabía que, por mucho que lo intentase, ya no volvería a dormirse.
Comenzó a pensar en los planes para esa misma tarde, pues llegarían unos amigos de Gaspar, con los que pasearían por los jardines y tomarían algo en la terraza exterior.
Subirían a cambiarse para la cena en el comedor, donde su esposo había reservado ya una mesa en la que cenar todos juntos.
Pensó, sin demasiado entusiasmo, en lo que se pondría, quizás el vestido de seda azul con brocados, muy apropiado para la noche.
Otro día más, pensó, que compartirían con extraños, rodeados de gente, sin la intimidad necesaria para dedicarse una mirada o cogerse la mano y notar el calor y la energía del otro en un gesto tan simple y reconfortante.
Entristecida, pensó que lo mejor para evitarse un sufrimiento perpetuo sería hacerse a la idea de que la bonita historia de amor con Gaspar había llegado a su fin, porque él, tras cinco largos años de matrimonio, ya se había cansado de ella.
Mientras tanto, Gaspar aguardaba a alguien en la recepción del hotel, en un lugar discreto donde pasar desapercibido. Era consciente de que hasta las paredes tenían ojos, y lo último que deseaba es que alguien se fuese de la lengua y tuviese que darle más explicaciones de la cuenta a su esposa.
Los invitados del matrimonio Arístegui llegaron a media tarde, y en cuanto se instalaron, bajaron a la recepción, donde se reunirían todos. La sorpresa de Isabel fue mayúscula, pues una de las recién llegadas era la última persona a la que esperaba ver allí.
—Isabel, querida, tengo el gusto de que conozcas, por fin, a mi buen amigo Eduardo Sotillos, y a su esposa, Carmen. A Dionisio ya te lo presenté en su día, aunque no tenemos el placer de conocer a su acompañante… —matizó Gaspar, con la intención de que su amigo hiciese las presentaciones.
—Ella es la señorita Sofía Ruiz —les dijo a todos Dionisio, aunque a Isabel no le hiciera falta, pues ya sabía de quien se trataba.
Con mano lánguida estrechó la de la recién llegada, mientras contenía la rabia como podía.
«¿Acaso Gaspar está perdiendo el norte?», se preguntó, esbozando una sonrisa obligada.
Todos juntos se dirigieron hacia el parque, donde a aquella hora de la tarde la temperatura era deliciosamente suave.
Los hombres iban delante, tratando de sus asuntos.
Eduardo era el asesor jurídico de Gaspar y Dionisio era socio de una azucarera en la que Arístegui tenía la mayor parte de acciones.
Las mujeres, detrás, mantenían una conversación banal, pues no les unía ningún interés común, al contrario de lo que les sucedía a los caballeros.
Isabel se sentía muy incómoda compartiendo su tarde con la señorita Ruiz, y esta parecía darse cuenta, pues interaccionaba lo mínimo posible.
Después de recorrer el bonito parque inglés se sentaron en la terraza trasera, con vistas a los jardines.
El atardecer comenzaba a dibujar el cielo de ocaso, ofreciendo un espectáculo tan bello que a nadie dejó indiferente.
Las tres mujeres, sentadas juntas, bebían limonada fresca y continuaban estrujándose las ideas para mantener una conversación cordial y diversa.
Afortunadamente, la presencia de huéspedes del hotel, que ocupaban sus mesas en la terraza o paseaban por los alrededores, era continua, lo que proporcionó algún que otro comentario amable del tipo «¡Qué sombrero tan bonito el de esa mujer!
», o «Los caballeros tienen suerte de no ir encorsetados con este tiempo», opinión esta de la esposa del abogado.
Isabel, que últimamente se las apañaba cada vez con más frecuencia para prescindir del molesto corsé, así se lo hizo saber.
—Pues yo considero — añadió Sofía Ruiz— que el cuerpo femenino tiene que ser delicado, casi etéreo, y el corsé nos ayuda a resaltar esa ligereza, tan propia de las mujeres.
Isabel, algo aburrida ya de estas conversaciones sin trasfondo, decidió aprovechar para hacer del tema un interesante debate.
Al fin y al cabo, sus contertulias eran mujeres jóvenes — «y algo libertinas», pensó —, por lo que las opiniones carecerían de la censura moral que impondrían en la conversación mujeres de más edad, en su mayoría conservadoras.
—Perdone que discrepe, Sofía, pero el corsé no es más que otra de las muchas esclavitudes a las que nos somete nuestra condición femenina.
—Ese es un punto de vista, Isabel. Yo prefiero hacer ese sacrificio para verme más bella.
—Bueno, quizás para usted esa sea una cuestión prioritaria, al fin y al cabo, su aspecto es importante para mantener su estilo de vida —respondió Isabel, arrepintiéndose de inmediato.
Se hizo el silencio, porque las tres conocían el trasfondo de esas palabras. Terminaron de beber la limonada sin pronunciar palabra, observando con falsa complacencia a los huéspedes que iban y venían, en un ambiente tenso y artificial.
Por suerte, llegó el momento de subir a las habitaciones para cambiarse de ropa antes de la cena. En cuanto se encerraron en la suya, Isabel no pudo aguantar más, y estalló, enfadada con Gaspar por lo que ella consideraba una encerrona.
—Puedes creerme o no, pero pensé que Dionisio vendría solo.
—Pues ya ves que no ha sido así —respondió ella.
—Me ha sorprendido tanto como a ti, pero sé que harás gala de tus impecables modales y aguantarás, confío en ti, cariño —le respondió su esposo, suplicando con los ojos.
—Pues no estés tan seguro, porque ya le he soltado a esa mujer una indirecta, sabes que, cuando algo me supera, me cuesta contenerme.
Gaspar se mesó el cabello, nervioso.
—Dionisio y yo hemos sido toda la vida buenos amigos, Isabel, él es una gran persona. Me daría mucha pena perderlo.
—Pues se ve que, para ser tan amigos, no te mantiene al tanto de sus asuntos, querido.
—Quizás no se atrevió…es una situación muy comprometida, la suya.
—No creo que un hombre capaz de presentarse con su amante sea tan gran persona, Gaspar. Este es un lugar público, pueden conocerlo, es una vergüenza.
—Por favor, no lo des tanta importancia, ¡no estamos en Madrid!
Aquellas palabras fueron el detonante. En la mente de Isabel, en su segundo plano, pero siempre presente, como una sombra amenazadora, estaba una mujer, a la que Gaspar, su esposo, tomaba la mano detrás del edificio de las fuentes.
—Me sorprendes, Gaspar, no esperaba eso de ti, siempre tan mirado…Así que, como no estamos en Madrid, podemos permitirnos ciertas licencias, ¿no es cierto?
Gaspar, obviamente, la miró sin comprender.
—No te entiendo, Isabel, no sé por qué dices eso. Desde lo de Marta, Dionisio no se ha recuperado, y va por ahí dando tumbos, este es otro de ellos, desafortunadamente.