La casa de las aguas 1 Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Don Prudencio, lo que tengo que tratar con usted no es asunto médico, sino personal, por lo que no le incumbe a su secretaria. Si es su hora de salida, respétela, por favor.

Rocío tuvo que tragar saliva, porque su jefe no era hombre que se dejase humillar, y menos aún delante de una empleada. Contempló boquiabierta la docilidad con la que el doctor Calderón acató la orden de la dama, asintiendo con una mansedumbre desconocida en él.

—Puede retirarse, señorita —dijo, mientras pensaba que ya pondría firme a la secretaria cuando la metomentodo de la señora Montalbán se largase de allí.

En cuanto se quedaron a solas, la dama fue directa al asunto.

—Doctor, no estoy aquí por mi pierna, ni porque me duela nada. Vengo a interrogarle acerca de un despido que usted ha aprobado esta misma mañana, porque necesito una explicación. Y más le vale que sea convincente.

El rostro del Médico Director se tornó violentamente rojo. La ira y la indignación provocaron esa visible alteración, que no pudo disimular.

—Creo que se refiere usted a una de las bañeras.

Doña Úrsula le miró fijamente, antes de preguntar:

—¿Ni siquiera sabe su nombre?

—Nieves se llama. Y permita que le dé esa explicación que busca, señora: mis pacientes se han quejado de que esa bañera les hace tocamientos indebidos. Es un hecho muy grave, que no puede pasarse por alto.

—Y esa empleada, Nieves, ¿qué ha dicho al respecto?

El doctor comprendía que estaba siendo acorralado por la dama. Respondió desganado:

—No ha dicho nada, señora.

—¿No se ha defendido de la acusación?

Don Prudencio Calderón, acostumbrado a hacer y deshacer en su territorio, el pabellón de hidroterapia, se sintió menospreciado y cuestionado, pero no arrepentido, allí las decisiones las tomaba él, y no había quien cuestionase su indudable autoridad.

Pero ahora se entrometía esa mujer, cuyo esposo contribuyó a la construcción del complejo balneario comprando un importante paquete de participaciones en el negocio.

En resumidas cuentas, la dama que ahora tenía delante era la mayor propietaria, y podría pedir al consejo de  dirección su cese inmediato.

Apretó los puños con fuerza antes de responder.

—No, señora.

Doña Úrsula, cada vez más convencida de que Nieves no había tenido ocasión de exponer sus argumentos, le preguntó sin más rodeos.

—Pero, ¿ha escuchado usted sus alegatos?

El Médico Director se vio definitivamente acorralado.

—No, señora— dijo muy a su pesar, con la mirada baja, pues su orgullo herido le impedía mirar de frente a la señora Montalbán quien, ahora sí, estaba en situación de decirle lo que pensaba al respecto.

—Doctor, casualmente, Nieves Sagunto es la bañera que me atiende.

Solicité  que fuese ella quien lo hiciese porque, además de ser una profesional impecable, pues prepara los baños con rigurosidad, ateniéndose a sus especificaciones al pie de la letra y manteniendo una limpieza escrupulosa, es una persona amable, con la que se puede dialogar, una joven educada en la que yo no he advertido ningún problema, todo lo contrario.

Por eso, señor, pongo la mano en el fuego por Nieves, y apostaría algo a que la acusación, tan irresponsablemente vertida, sólo obedece a la maledicencia de una dama atormentada, que hay muchas, se lo aseguro.

Don Prudencio Calderón permaneció en silencio, pues no podía rebatir esos argumentos al no haberse molestado en escuchar a la empleada despedida. Sólo pudo asentir sin oponer resistencia, por lo que el siguiente paso de doña Úrsula estaba claro:

—Lo más sensato es que restituya a Nieves en su puesto de inmediato, el balneario no debería perder a una trabajadora como ella por un simple rumor, carente de pruebas.

—Señora … —se atrevió a objetar el doctor— una de las jovencitas que estaban presentes cuando las damas hicieron la advertencia acerca de esa bañera, sufrió un ligero desvanecimiento.

Y, como médico, casi podría asegurarle que pudo ser debido a la impresión, al constatar que, en su inocencia, había sido una de las víctimas.

Doña Úrsula no se anduvo con contemplaciones.

—Doctor, me parece muy poco serio por su parte llegar a esa conclusión sin haber estado presente, sin haber hablado con ninguna de las partes implicadas en este asunto. Hay mucha damita impresionable y mojigata, vaya usted a saber qué pasó en realidad.

Don Prudencio entendió que no había argumentos capaces de evitar que su autoridad en el pabellón se viese comprometida ante la decisión de doña Úrsula de readmitir a la bañera en contra de lo que él había ordenado.

Así lo haría, Nieves regresaría a su puesto de trabajo, pero él se encargaría de que se arrepintiese de haber vuelto, porque le haría la vida imposible.

Pero se aseguraría de que la señora Montalbán permaneciese al margen.

—Una última cosa, doctor: creo que debería pedirle disculpas a la joven por el mal rato que, sin duda, se habrá llevado tan injustamente.

—Se las pediré, señora, quede tranquila —respondió el Médico Director, cada vez más convencido de que esa humillación le saldría muy cara al chivo expiatorio que ya había elegido para satisfacer su venganza.