La casa de las aguas 1 Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Y así fue como Fernanda contabilizó otras veinte empleadas, entre las que paseó demostrando un sincero interés por su actividad, al tiempo que las descartaba una tras otra, pues ninguno de esos rostros se correspondía con el que viera sólo un instante, pero que había quedado grabado en su mente como si lo hubiese fotografiado.

Había estado tan inmersa en su búsqueda que, cuando se dio cuenta, el baño de doña Amalia hacía más de un cuarto de hora que había concluido.

Se apresuró hasta el pabellón, temiendo que tuviese que buscarla por todo el hotel, pero doña Amalia la esperaba en el exterior, donde un arbusto de rosa antigua regalaba su delicioso aroma a quien se sentase en el banco que había justo debajo.

—¡Pues sí que te has tomado en serio lo de pasear! —dijo la señora, sonriente.

—Calle, calle, doña Amalia —respondió Fernanda, haciendo un gesto con la mano, como si espantase una mosca—, que me he liado más de la cuenta.

¿Sabe lo que he estado viendo? La lavandería y la nave del planchado.

¡No se imagina cómo está todo de bien organizado!

Además, tienen unas máquinas modernísimas, que lavan la ropa ellas solas.

—¿No me digas? —dijo la señora, mirándola con sorpresa—. Aunque era de imaginar que la cosa tiene truco, Fernanda, porque dime tú, si no, cómo hacen para suministrar al hotel tantísima ropa blanca, y tan limpia.

—Y el baño, ¿qué tal?

—Los ánimos están soliviantados en las salas. Al parecer, una de las bañeras ha sido acusada de algo feísimo, y la han despedido. No he sabido quien es la muchacha, por más que la han descrito.

—Pero, ¿qué ha hecho, si puede saberse?

—Algo como toquetear a las clientas al secarlas. Que digo yo que la mayoría ya somos mayorcitas para saber dónde nos tocan y cómo.

—¿Ve, doña Amalia, por qué no voy yo a los baños? —dijo entonces Fernanda, y ambas estallaron en carcajadas.

En cuanto la condesa viuda de Valcerrado hubo recibido su tratamiento hidroterápico, la bañera correspondiente limpió la sala a fondo para que doña Úrsula Montalbán entrase, pues era la siguiente en la lista. Al ver que Nieves no estaba, la dama preguntó por ella.

—Señora, esa empleada ha sido cesada en su puesto —respondió la mujer que la atendía ahora. Doña Úrsula se sorprendió.

—¿Cesada? ¿Nieves? ¿Por qué motivo?

La bañera no se sentía cómoda hablando con una clienta del despido de su compañera, a quien consideraba una buena trabajadora.

Aún no daba crédito a lo sucedido, tan repentino y descabellado.

Todo porque una de las damas, haciéndose eco de algo que alguien le había contado, provocó un escándalo sin precedentes en la rotonda de espera, donde una joven, dicen que impresionada por el comentario, había sufrido un pequeño desvanecimiento.

A partir de ahí, las damas presentes pidieron la cabeza de Nieves, figurativamente hablando.

Y se llevó a cabo el despido, este sí, literal.

La mujer no le explicó nada de esto a doña Úrsula, tan sólo le hizo un resumen perfecto de la resolución final:

—Así lo ha ordenado el doctor Calderón, que es quien manda en esta sección, señora.

Doña Úrsula, que ya había comenzado a desvestirse, se quedó pensativa, mientras la bañera, haciendo uso de su profesionalidad, aguardaba pacientemente con la toalla en las manos.

—Ayúdeme a vestirme de nuevo, por favor —dijo la dama de pronto.

Sin cuestionar la petición de la señora Montalbán, la empleada le ató el corsé, cuyas cintas había aflojado un minuto antes.

—Hoy no tomaré mi baño, así que llame a la siguiente en la lista —dijo la dama, con su habitual consideración, antes de salir.

Doña Úrsula Montalbán caminaba con incuestionable elegancia, a pesar del bastón que se veía obligada a llevar. Avanzó por el pasillo con la cabeza alta, los andares dignos y una determinación que, aunque no era visible, se adivinaba en su actitud, armada de decisión.

Rocío aún no había terminado su jornada de la mañana cuando la dama llamó con suavidad y, sin esperar respuesta, entró.

—Señorita, necesito hablar con el doctor, si es tan amable de avisarlo…

—Lo lamento, señora, pero en este momento está pasando consulta. Si quiere puede esperar a que termine.

—Por supuesto que esperaré, lo que haga falta —dijo la mujer, con una sonrisa en la cara.

—Pase entonces a la salita de espera, en cuanto el doctor pueda recibirla, yo la avisaré. La acompaño.

—Gracias, es usted muy amable —dijo la dama, y siguió a Rocío hasta la sala contigua, donde tomó asiento.

La señora estuvo esperando más de media hora hasta que el doctor Calderón pudo recibirla. Rocío la condujo a la consulta, donde el Médico Director, nada más ver de quien se trataba, se puso en pie.

—¡Doña Úrsula! Lamento haberla hecho esperar tanto.

—No se preocupe, don Prudencio, la paciencia es un don divino —respondió la señora, sonriente.

—Tome asiento, por favor —dijo el médico mientras le ofrecía la silla, con una actitud en exceso servil que  a Rocío le sorprendió, pues desconocía la importancia de la señora Montalbán.

La hora de salida de la secretaria había llegado, por lo que antes de que el doctor se encerrase con la señora en el despacho, le pidió permiso para ir a comer.

—Doctor, no sé si debo ausentarme o quizás me necesite —preguntó con cierto temor, pues las respuestas de don Prudencio podían ser de lo más desagradables.

—¿No ve que tengo una dama en la consulta? ¡Ya comerá usted cuando terminemos, señorita! Pero la respuesta de doña Úrsula fue inesperada.