Capítulo 24
Fernanda había pasado la noche dándole vueltas a lo sucedido en el salón de fiestas.
Cada vez estaba más segura de que no fue un espejismo, que es lo que pensó en los instantes posteriores a la visión de aquella joven que descendía las escaleras laterales del escenario, y en la que creyó ver la cara de otra joven, tan añorada y querida.
Era muy lógico que así fuese. Estaban buscando a la hija de María Cristina, por lo cual las probabilidades de que se pareciese a ella entraban dentro de lo posible.
«Pero, ¿y si lo cierto es la impresión de los minutos posteriores, en los que creí haber visto sólo un fantasma?
». La idea se coló en el pensamiento de Fernanda, haciéndola dudar.
Al final determinó que no tenía nada que perder si dedicaba parte del tiempo de su estancia allí a recorrer el hotel en busca de esa misteriosa joven.
Ya sabía que era un empleada, pues alguien comentó que unas trabajadoras del complejo balneario se habían colado en el espectáculo por las escaleras del escenario.
Pero era consciente de que allí trabajaban muchas personas, parte de las cuales ni siquiera ponían un pie en el hotel, como las empleadas de la lavandería, las cocineras, las costureras o las limpiadoras que comenzaban su jornada al caer la noche para que las numerosas instalaciones exteriores del hotel estuviesen en perfecto estado.
Como primera medida, podría intentar conocer a todas las camareras de habitaciones, a las bañeras del pabellón de hidroterapia, a las camareras del comedor, a las empleadas en la peluquería, a las doncellas que el hotel asignaba a las clientas que así lo solicitaban…
Tendría que pasear durante horas por todas las instalaciones, a ratos con doña Amalia, a ratos sola, aprovechando cada minuto, porque se dio cuenta de que tenía un enorme trabajo por delante, casi equivalente a buscar una aguja en un pajar.
Por supuesto, no le diría nada a la señora, pues lo último que deseaba era que se ilusionase en vano, ya bastante había sufrido.
—¿Vamos a desayunar, Fernanda? —doña Amalia ya estaba arreglada.
Se había puesto un vestido de seda ligero, adornado con un collar de perlas de dos vueltas, zapatos de charol verde botella, a juego con la seda del vestido, y se había recogido el cabello en un moño alto, que destacaba sus bonitas facciones.
Se la notaba algo rejuvenecida y mucho más animada.
Fernanda, desvelada desde la seis de la mañana, llevaba más de una hora haciendo que leía en el sillón de la sala. Asintió, encantada de que, por fin, hubiese llegado la hora de recorrer el hotel con una mirada nueva, poniendo atención a cada uniforme femenino que viese.
Cuando salieron del comedor, doña Amalia propuso dar el paseo matutino hasta las aguas, el mismo que hacían a diario.
Así llegaron hasta la buvette, la doncella atenta a las caras de las mujeres con las que se cruzaban: las camareras que llevaban vasos limpios desde el hotel, las barredoras que cuidaban la terraza trasera, las criadas que secaban las mesas y las sillas humedecidas por el rocío…
todas esas caras escrutaba Fernanda con atención, sin que ninguna de ellas le devolviese ni un simple gesto que le recordase a la añorada María Cristina.
—Tengo hora en las salas de baños— dijo de pronto doña Amalia—. Y tú, ¿sigues en tus trece, negándote a venir conmigo?
—Déjese, que lo mío ya no tiene remedio, doña Amalia.
—¡Mira que eres obstinada, Fernanda! La artrosis de las manos no desaparecerá, pero, al menos, no te irá a más. Podrías probar…
—Ya veremos —respondió la doncella sin convicción, porque ahora, más que nunca, necesitaba ese tiempo que la señora empleaba en los baños para seguir buscando sin tener que darle explicaciones de por qué rondaba los edificios auxiliares del hotel, como la lavandería, que era el primero donde había decidido investigar, sin ningún motivo especial, sino por el simple hecho de que por algún lado debía comenzar.
—Bueno, pues me voy. ¿Qué piensas hacer, mientras tanto?
—Iré a darme un paseo, doña Amalia, que parece que con tanto comer estoy engordando un poco.
La condesa viuda de Valcerrado le dedicó una sonrisa cariñosa y cargada de ternura, porque Fernanda era de constitución robusta y pesada, y siempre había sido así, por lo que un par de kilos, que era lo que podría haber engordado, no se le notaban en absoluto.
—Como quieras, pero piensa lo de los baños, me haría ilusión que probases con un tratamiento, a ver si te alivia.
Fernanda asintió. Antes de despedirse le dijo:
—Doña Amalia, dentro de una hora estaré aquí, a buscarla.
La señora se sintió reconfortada al saber que, estuviese donde estuviese, contaba con el apoyo de esa mujer fiel, que escuchaba sus lamentaciones, compartía sus alegrías, reía y lloraba con ella y estaba siempre ahí, atenta para recoger sus pedazos y volverlos a pegar.
Fernanda no tenía tiempo que perder, así que se encaminó hacia los edificios auxiliares, donde se encontraba la lavandería.
Pondría cualquier excusa para entrar, deseaba verles la cara a cada una de las mujeres que trabajaban allí.
Se encaminó, decidida, y entró por la única puerta que vio abierta.
Olía a jabón y a esencia de lavanda, y el ruido era tal que las mujeres que había dentro se veían obligadas a hablar a gritos.
Enseguida pudo ver el origen de esos decibelios de más: unas enormes máquinas giratorias, alimentadas por un motor de sesenta y cinco caballos que proporcionaba electricidad a todo el complejo balneario.
En el interior de esos bombos rotatorios, la fricción y el agua caliente, unidos a la acción detergente de la lejía y el jabón, lograban que sábanas, toallas y manteles saliesen milagrosamente limpios.
Al lado de estas máquinas de lavar había otras, también accionadas por el motor, que tenían la finalidad de escurrir la ropa para que pudiese ser transportada con mayor facilidad hasta un patio trasero plagado de cuerdas, donde las prendas secaban al sol, perfectamente estiradas para facilitar el planchado.
Fernanda estaba absorta en el funcionamiento de las máquinas, sin las cuales mantener limpia la lencería del hotel requeriría un ejército de lavanderas, cuando una mujer se acercó a ella.
—Perdone, señora, ¿desea algo?
La doncella de doña Amalia miró a la joven, descartándola de inmediato.
—Me he perdido, señorita, pero no me importa que así haya sido, es muy interesante ver cómo se gestiona la limpieza de la numerosa lencería del hotel.
—¿Le gustaría ver las máquinas de cerca?
—dijo la joven, cuyos ojos brillaban de entusiasmo al poderle explicar a una de las señoras cómo lograban que las sábanas en las que dormían cada noche, los montones de toallas que se utilizaban en el pabellón de hidroterapia, los manteles, las servilletas, los delantales de las camareras de habitación, los de las doncellas, y un sinfín más de textiles diversos, tuviesen la pulcra apariencia de la que se enorgullecían en el hotel.
—Pues claro que me gustaría, nunca imaginé que esto fuese así.
Y la joven guio a Fernanda Castro por el edificio, donde también contaban con enormes lavaderos manuales, donde algunas de las mujeres lavaban los textiles más delicados, que sufrirían en exceso con el movimiento rotativo de los bombos.
Mientras este periplo informativo tenía lugar, Fernanda iba escudriñando cada uno de los rostros.
Tuvo la precaución de contar el número de empleadas en el edificio de la lavandería, y lo mismo hizo al asomar al patio, donde las inmaculadas ropas blancas reflejaban el sol de la mañana y ondulaban al ritmo de la brisa, esparciendo el olor a limpieza profunda.
—Gracias, señorita, ha sido muy ilustrativo este paseo por la lavandería del hotel. Ya veo que son ustedes un ejército…
—Sólo en la lavandería veinte personas, más otras veinte planchadoras.
Fernanda sonrió al comprobar que había visto a todas las empleadas. Ahora debía meterse en la zona de planchado.
—¿Y lo de la plancha? No me imagino cómo es posible mantener estos montones de ropa en perfecto estado.
—Las empleadas son auténticas profesionales, se quedaría usted boquiabierta si viese la velocidad a la que dejan una sábana doblada sin una sola arruga.
—¿Podría verlo?
La amable joven dudó antes de decirle:
—Yo soy la suplente de la encargada de lavandería, por eso no me ha importado mostrárselo. Pero la encargada de planchado…no sé…
De pronto, a Fernanda se le ocurrió una buena idea.
El Gran Hotel Valdelagua tenía su propia imprenta, donde semanalmente tiraban un número de una revista en la que se publicaban los resultados de los análisis periódicos de las aguas minerales, así como artículos firmados por médicos de baños que se alojaban en el hotel, elogiando el manantial de Valdelagua y sus propiedades terapéuticas.
Junto a esto, algún relato de entretenimiento, obsequio de conocidos escritores alojados en el refugio termal, y artículos de opinión de personajes varios.
En la revista podían consultarse también asuntos prácticos, como las actuaciones musicales previstas para la semana siguiente y las horas de las mismas.
En resumidas cuentas, una publicación para pasar el rato y estar informado de cuanto acontecía en el hotel.
—Es una lástima, pues se me acababa de ocurrir escribir un pequeño artículo acerca de estas mujeres anónimas, gracias a cuyo trabajo disfrutamos de esta higiene impecable.
La joven no preguntó, supuso que estaba hablando con una ilustre huésped, escritora o periodista, de las que cada temporada honraban al balneario con su visita. Siendo así, no habría problema, supuso la empleada.
—Venga conmigo, señora, la encargada no podrá negarse a que visite usted la nave de planchado.