Capítulo 23
Cuando doña Rafaela, encargada de las salas de baños y de todas las bañeras que trabajaban en el pabellón, se dirigía hacia el despacho del Médico Director, el corazón le latía con violencia.
Enfrentarse al doctor Calderón no era nunca agradable, pero en esa ocasión se le hacía especialmente duro.
Nieves era una buena trabajadora, puntual, respetuosa con sus clientes y cumplidora como nadie, pues las salas que ella atendía siempre estaban limpias y ordenadas, y nunca habían llegado a sus oídos quejas sobre su persona, más bien al contrario, pues había clientas que sólo deseaban ser atendidas por ella.
Entró en el despachito de la secretaria del doctor y preguntó por él.
—Ahora está pasando consulta —le respondió Rocío, tan ojerosa y cansadísima como deseosa de que acabase la jornada de la mañana para reencontrarse con Tom Porter, que era lo único que le importaba ya.
—Es que ha surgido un asunto complicado. Te lo digo a ti porque sé que eres buena amiga de Nieves.
Rocío se alertó.
—¿Está bien?
— De momento sí. Pero unas damas le acusan de algo horrible, y debo hablarlo con el doctor, él es el responsable último de todos los que trabajamos en el pabellón de hidroterapia.
La inquietud comenzó a apoderarse de Rocío, porque el hecho de que la encargada estuviese allí indicaba, sin duda, que se trataba de algo serio.
—Pero, ¿no me puede contar qué es eso tan horrible que ha hecho Nieves, según esas señoras?
—Sí, hija, sí —respondió antes de dar un suspiro doña Rafaela—. Según dicen, Nieves se propasa con las señoras y les toca sus partes pudendas mientras les seca.
Rocío no pudo evitarlo y emitió una carcajada.
—¿Nieves? ¡No! No me lo creo ni aunque me lo jure esa dama delante de la biblia. ¡Vaya estupidez! Pero, ¿de dónde habrá surgido semejante disparate?
—No lo sé, Rocío, pero la cosa pinta fea.
Además— ahora la encargada bajó muchísimo el volumen de su voz al tiempo que se acercaba a la secretaria—, con este hombre, que no atiende a razones ni confía en nadie, la pobre Nieves lleva todas las de perder.
Y es una lástima, porque es trabajadora y buena como nadie.
En ese momento, el doctor Calderón irrumpió por la puerta que comunicaba su consulta con el pequeño despacho de la secretaria y, al ver allí a doña Rafaela, se paró en seco.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Entretener a esta joven para que no cumpla con su trabajo?
Doña Rafaela, que era una persona cautelosa, también pecaba de ser poco prudente cuando se trataba de defenderse de las numerosas injusticias que le tocaban, de lleno o de refilón, casi a diario.
Por eso, sin poder suavizar el tono, le contestó al doctor como le dictaba hacerlo su sentido del deber.
—No, señor, por supuesto que no. La joven, usted lo sabe, es una excelente secretaria, y yo, también lo sabe usted, me desvivo por ser una trabajadora ejemplar. Venía a comentarle que ha surgido un problema de cierta importancia.
—¿De qué se trata? —dijo el doctor Calderón sin levantar la vista de la historia clínica que ocupaba su atención.
—Señor Médico Director, unas damas acusan a una de las bañeras de ciertas tácticas poco adecuadas con las clientas, referentes a tocamientos indebidos.
—¿Quién es la infractora? —preguntó el doctor, y Rafaela y Rocío se miraron, preocupadas, pues tal y como supusieran, el doctor no le iba a dar a Nieves el derecho a réplica, pues acababa de demostrarlo llamándola infractora.
—Nieves Sagunto, señor Director Médico.
«La pecosa», pensó de inmediato Prudencio Calderón. Una lástima, porque la joven, tal y como rezaba el dicho, era niña hermosa. Y él adoraba a las féminas hermosas.
—¿Algo más que yo deba saber? —preguntó el doctor con una indiferencia indignante.
—No sé si tiene importancia o no, una de las jóvenes damas ha estado a punto de desvanecerse cuando se ha enterado —dijo doña Rafaela, consciente de que debía mantener al doctor al tanto de todo, para que no la acusase de negligente.
—Claro que tiene importancia, las clientas son sagradas. Despida de inmediato a esa empleada.
—Pero señor, Nieves es una trabajadora ejemplar y…
El Médico Director no le dejó terminar la frase.
—¿Se atreve a cuestionar mi decisión?
—No, no señor, pero creo que, al menos, debería darle a Nieves Sagunto la posibilidad de explicarse, puede que sólo sea un malentendido.
—Si la versión de esa bañera no coincide con la de las clientas que la han acusado, tenemos un problema, porque alguna de las partes miente. ¿Cree usted, señora, que las clientas del hotel son unas mentirosas?
—Lo desconozco, señor Médico Director— respondió doña Rafaela, sacando de nuevo su coraje a relucir. El doctor Calderón permaneció unos minutos en silencio, durante los cuales la encargada, y también Rocío, se temieron lo peor.
—Pues debería usted saber que las clientas nunca mienten, grábeselo a fuego en la frente si quiere seguir en su puesto de trabajo, ¿lo ha entendido?
«No, señor, pero no me queda más remedio que tragar con lo que usted me diga, que para eso es el que manda», pensó doña Rafaela antes de contestar:
—Sí, señor Médico Director.
—Comunique a la joven su despido. Antes de comer. Así tendremos ocasión de sustituirla para la jornada de mañana.
Doña Rafaela se fue, pero Rocío se quedó allí, petrificada, sufriendo por su amiga. Aquello era un abuso de poder, una trampa, un malentendido… Nieves era la última persona que se merecería un trato así.
Doña Rafaela buscó a la bañera, y la encontró limpiando una de las salas de baños que tenía adjudicada.
—¿Podemos hablar un momento, Nieves?
—Cómo no, doña Rafaela, ¿qué se le ofrece?
A la mujer se le partió el alma al contemplar la ingenuidad con que la joven se dirigía a ella, era evidente que aún no le había llegado ningún rumor de lo sucedido en la rotonda de espera. Comenzó con un circunloquio, no estaba preparada para ir directa al asunto.
—Nieves, hija, ante todo, quiero que sepas que esto no tiene nada que ver contigo, ni conmigo, por supuesto, porque te considero una empleada ejemplar.
—Me asusta…dígame lo que sea, por favor.
La cara de lástima de doña Rafaela le hizo a Nieves confirmar que la intranquilidad que se había apoderado de ella estaba justificada.
—Ha sucedido algo…verás, unas damas se han quejado de ti, y me han obligado a irle con el cuento al doctor.
—¿Y? —preguntó la bañera, casi fuera de sí, acompañando el vehemente gesto con sus manos abiertas en señal de incomprensión.
—Pues que dice que estás despedida…no he podido hacer nada, Nieves, te lo juro…—dijo la mujer, al borde de las lágrimas.
—Pero, ¿de qué me acusan esas señoras, si puede saberse? —preguntó la joven, sin resignarse a aceptar una decisión que ya era firme.
—Ya ves qué absurdo…dicen que les has tocado indebidamente mientras las secabas.
—¿Yo? —Nieves abrió mucho los ojos, ahora estaba más sorprendida que indignada.
Si no fuese porque la acusación era muy seria y había precipitado su despido, le hubiese parecido incluso cómica.
Se sintió como si la realidad fuese una macabra pesadilla y, por un instante, creyó que despertaría de pronto. Pero no fue así.
—Ya ves, eres la última de mis empleadas a la que me esperaba que acusasen de algo así.
—Pero, ¿usted me cree capaz?
—Pues claro que no, hija, y así se lo he hecho saber al doctor. Pero ni me ha escuchado —dijo la encargada, dejando caer sus brazos a ambos lados del cuerpo, en actitud derrotada.
Nieves comprendió que eran hormiguitas defendiéndose del enorme pie que se había propuesto aplastarlas. Estaba acabada, allí ya no tenía nada que hacer. En esos instantes sólo sentía impotencia. La mirada de Rafaela, sincera y angustiada, expresaba la misma consternación.
—Pues ya está todo dicho. Me voy, doña Rafaela, gracias por todo, es usted una buena encargada, me he sentido muy a gusto trabajando a sus órdenes. Y no se preocupe, sé que le habrá resultado muy difícil venir a decirme esto, ya conozco al doctor y es un hombre sin conciencia.
Rafaela se quedó allí quieta, en pie, con las manos cruzadas en el regazo, mirando sin ver cómo la silueta de Nieves se alejaba por el larguísimo pasillo del pabellón.
Una lágrima rodó sin poderlo evitar por su rostro ajado.
Lloraba por todas las Nieves de este mundo, tan injustamente tratadas. Lloraba, también, por ella misma.
Rocío pudo salir a la hora en punto, bajo la mirada resentida del doctor, que se quedó atendiendo a una dama, doña Úrsula Montalbán.
Respiró el aire puro del exterior casi a bocanadas, pues no soportaba compartir espacio físico con ese hombre, que cada vez le producía mayor rechazo.
Por suerte, la vida había cambiado para ella de la noche a la mañana, y ahora, en lugar de aguantar a ese jefe perverso, cuyas miradas le erizaban la piel, pasaría la vida al lado de un maravilloso y apuesto músico, un genio, un artista, del que estaba tan enamorada como él, sin duda, lo estaba de ella.
Se habían entregado el uno al otro y, con sus cuerpos, habían sellado una unión imposible de romper.
Pero ahora la prioridad era encontrar a Nieves, necesitaba saber qué había sucedido.
—¡Nieves! ¡Espera! —gritó al verla en la dirección opuesta al comedor, que era donde iban siempre a esa hora.
La bañera se detuvo.
—Nieves, lo sé todo. No es justo, ese doctor es un…un…
—No gastes saliva descalificándolo, Rocío, ya sabemos lo que es el doctor Calderón.
—¿Qué piensas hacer? Al menos intentarás defenderte, ¿no?
Nieves negó con la cabeza, sorprendiendo a la secretaria, que no se esperaba que una luchadora como su amiga se fuese sin antes defenderse con uñas y dientes.
—¿No piensas hacer nada? —insistió Rocío, incapaz de creerlo.
Nieves la miró, antes de decirle:
—Sabes que es absurdo, Rocío. Es la palabra de las clientas contra la mía. Y llevo las de perder.
Rocío la tomó del brazo, y caminaron despacio, juntas.
—Yo tenía algo maravilloso que comunicaros a Alba y a ti, pero ahora, con lo que te ha sucedido, me siento fatal por ser tan feliz como soy.
Nieves, haciendo un esfuerzo, la miró y sonrió sin ganas.
—¿Y eso tan estupendo?
—Anoche me sucedió algo increíble, Nieves, ¡estoy enamorada!
—¡Cuánto me alegro por ti! Pero, ¿de quién? Sí que has guardado el secreto, desde luego.
—De Tom Porter.
Nieves se alarmó tanto que olvidó su propio problema para centrarse en esa noticia extraña que Rocío acababa de darle. Lo último que hubiese imaginado era que su amiga seguiría insistiendo con lo del músico.
—Pero, Rocío, ¿cómo vas a estar enamorada? ¡Sólo has cruzado cuatro palabras con él!
—Esta mañana no hemos podido hablar, pero anoche…¡Anoche fue un sueño! ¡Estamos enamorados, Nieves! Me invitó a cenar con él en el comedor de primera, como las señoras del hotel. ¿Y sabes qué? ¡Nadie se atrevió a echarme de allí!
—Pues no sabes cuánto me alegro por ti— dijo Nieves sin comprender del todo, con la sensación, por segunda vez en esa aciaga mañana, de que la realidad le estaba gastando una broma pesada y que, de pronto, todo volvería a la normalidad.
Se alegraba por Rocío, desde luego que sí, pero algo no encajaba, era todo tan precipitado que resultaba extraño, casi perturbador.
—Bueno, busquemos a Alba en el comedor, tengo que contárselo. Soy tan feliz que lo único que empaña mi felicidad es lo sucedido contigo, Nieves, ¿No hay posibilidad de que se solucione?
—No lo creo, el doctor no se anda con contemplaciones, lo sabes tan bien como yo.
—No desesperes, por favor, hablemos con Alba, a ver qué piensa ella de todo esto.
Nieves asintió sin ganas, dejándose llevar, como si ya no fuese dueña de su propia vida.