La casa de las aguas 1 Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El que el nombre de esa Nieves saliese en la conversación le dio a Berta la posibilidad de invertir los papeles.

Ahora sería ella quien mantuviese a las hermanas con la incertidumbre.

Cuando les contase lo que les tenía que contar, las gemelas Salvatierra la mirarían con ojos nuevos y la respetarían por fin, aunque no fuese más que por la cuenta que les tendría hacerlo.

Y, tomando a cada una de ellas por un brazo, les puso al tanto de lo sucedido hacía unos días en el té de las cinco, asegurándolas que, en muy poco tiempo, los rumores de la mala reputación de la empleada del pabellón circularían por todo el hotel.

—No te creemos —dijo Melisa, recurriendo a ese odioso plural que Berta aborrecía—. No creemos que hayas sido capaz de imaginar algo tan perfecto. ¡Le hundirías la reputación a la de las pecas!

—Pues lo he hecho —dijo Berta, mirándolas alternativamente—.Y cuando os llegue el primer rumor, comprenderéis que Berta Casalduero no miente nunca— dijo, adoptando un tono dramático que acentuaba la impresión que quería causar.

—Ya lo veremos, Berta.

No tuvieron que esperar demasiado. Aquella misma mañana, las tres fueron a las salas de baños y, como solían hacer, se sentaron en la rotonda de espera.

Allí había varias damas comentando algo entre susurros.

Melisa aguzó el oído con mucha discreción, y se quedó impactada por lo que oyó.

Entonces, una de las señoras miró a las tres chicas y le dijo a su contertulia:

—¿No deberíamos advertirlas? ¡Son tan jóvenes e inocentes!

Melisa era muy rápida de reflejos, por lo que forzó la confesión, preguntando a su vez:

—¿Advertirnos, señoras? ¿Sucede algo que debamos saber? —dijo, mientras sus ojos grises fingían temor con magistral teatralidad.

—Pues sí, criaturas, pues sí, creo que deberíais estar al tanto.

—Pero, ¿y si no lo entienden? —dijo la dama que tenía al lado.

—¿Cómo no lo van a entender? ¡Ya están creciditas!

—Eso es señora, díganos lo que sea, por favor, peor sería que corramos un riesgo y, por callárselo, nos suceda algo terrible— dijo Felisa, pues Berta permanecía callada, a la expectativa, creyendo saber de antemano de qué se trataba.

—Pues sí, niña, tienes razón: no me perdonaría que, por omisión, una dulce e inocente criatura fuese objeto de semejante perversidad. Mirad, jovencitas: hay una empleada que se propasa con las mujeres que acuden al baño que ella atiende.

Felisa y Melisa se miraron asombradas durante un segundo. ¡Berta tenía razón, lo había hecho!

La ingenuidad de la mujer, esa que les había supuesto a ellas tres y de la que carecían por completo, despertó en Felisa y Melisa ese afán insano por divertirse. La ocasión era perfecta, y no iban a dejarla escapar. Por eso Melisa preguntó:

—¿Cómo que se propasa? ¿Qué quiere usted decirnos?

Las damas se miraron, y la que había objetado que quizás las jovencitas no alcanzasen a comprender del todo, le dijo en tono reprobador:

—Te lo dije. No lo entienden.

—Por favor, señoras —dijo ahora Berta—, ¿qué es lo que debemos entender?

La dama se cansó de adivinanzas, y decidió explicarse de una vez por todas.

—Mirad, niñas, una de las empleadas, la de las pecas en la cara, se propasa con las clientas.

Eso significa que intentará tocaros en esas partes de vuestro cuerpo que siempre van ocultas y que nadie debe tocar, ni vosotras mismas, por descontado —la señora se irguió en el banco y asintió con la cabeza, satisfecha con la rotundidad de su discurso.

Pero las gemelas no habían terminado de divertirse a costa de las mojigatas damas, así que Melisa fingió que la impresión causada por el comentario le provocaba un desvanecimiento que su hermana, al tanto de la función que representaban, pudo contener antes de que se diese de bruces contra el suelo.

Las damas, asustadas, pidieron ayuda a gritos, mientras Berta Casalduero, impactada por la actuación de las gemelas, se preguntaba hasta dónde serían capaces de llegar esas dos con sus jueguecitos.

Alertada por el alboroto, salió la encargada de las bañeras, que se apresuró a atender a la jovencita víctima del síncope.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó la mujer apesadumbrada, pues cualquier incidente en el pabellón de hidroterapia, aunque no fuese por negligencia propia, le costaba una reprimenda, con su consecuente amenaza de expulsión. La explicación se la dio otra de las damas, que había sido testigo de todo.

—Pues ya que lo pregunta, señora, creo que ha llegado el momento de que esto salga a la luz de una vez por todas.

Todo viene por una empleada suya, Nieves, la de las pecas, que se propasa con las damas y jovencitas.

Y esta inocente ha sido su víctima, está claro.

Cuando la pobre ha tomado plena conciencia de lo que le ha hecho esa depravada, se ha desmayado.

—¡Esto es una completa vergüenza! —elevó la voz otra de las señoras —. ¡Deberían tomar medidas de inmediato!

—Antes de que otra jovencita, o cualquiera de nosotras, salga perjudicada. Incluso podría pegarnos alguna asquerosa dolencia, porque si es tan fogosa como parece, seguro que ya padece alguna de ellas.

Todas las caras, muy serias, miraban a la encargada, que estaba de pie en el círculo, expuesta e indefensa. Melisa continuaba con el paripé, apoyada en el hombro de su hermana.

—Señoras, por favor, antes que nada, he de entender qué es todo esto, porque, la verdad, no sé de qué me hablan.

Pero las damas allí presentes se liaron a picotazos verbales contra ella como si fuesen gallinas disputándose el gallo del corral.

Y, cuando entre el guirigay, la mujer logró entender que se culpaba a Nieves de tocar indebida e indecorosamente a las clientas a su cargo, no daba crédito.

Estuvo a punto de hacerlas callar para decirles que esa acusación no era más que un bulo, pero se contuvo, consciente de que serían incapaces de razonar en el estado de obcecación en que se hallaban, mientras pensaba en lo necesitadas que estaban, todas ellas, de sus baños tranquilizantes, de eso no cabía duda.

—No se preocupen, señoras, que el balneario solucionará de inmediato este percance. Hablaremos primero con la señorita Nieves y …

Una de las damas le impidió terminar la frase.

—Oiga, señora, ¿usted no ha oído eso de que el cliente siempre tiene la razón?

Las clientas aquí presentes —dijo, erigiéndose en portavoz de quienes no se manifestaban— nos oponemos a tomar ni un solo baño más mientras esa mujer esté en su puesto de trabajo.

Su despido ha de hacerse efectivo de inmediato.

Berta Casalduero sonreía por dentro, sin exteriorizar su satisfacción.

Lejos de alarmarse, comprendió, satisfecha y sorprendida, el poder que tenía la palabra para despedazar una reputación en pocos minutos, y pensó que quizás esa podría ser la estrategia para darles a las gemelas una valiosa lección.