La casa de las aguas 1 Capítulo 22
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Capítulo 22

Nieves fue la primera en despertar aquella mañana.

Había dormido tan profundamente que ya nada quedaba de la sensación de cansancio y desvalimiento con la que se acostó.

Estaba optimista, dispuesta a afrontar el nuevo día con ilusión, sin sospechar que los acontecimientos que se desarrollarían en unas horas, y en los que se vería implicada de forma directa, harían que hubiese deseado no levantarse en todo el día.

Eso era precisamente lo que le sucedía a Rocío. Estaba tan dormida que ni siquiera la despertó el movimiento habitual de sus compañeras por la habitación.

—¿Llegaría tarde ayer? —le preguntó Alba a Nieves— Yo caí rendida y no me enteré de cuándo regresó.

—No creo que tardase mucho, estábamos las tres extenuadas.

—Pobrecita, pues parece que no ha descansado bien, debería haber despertado ya.

—Llamémosla, con un jefe como el doctor no puede llegar tarde al trabajo. Y menos aún después de lo que pasó anoche, todo el hotel ya debe estar al tanto de que nos echaron del recital.

—Rocío —Alba se inclinó sobre ella y la llamó bajito, y después de un par de intentos, la secretaria comenzó a abrir los ojos.

—¡Vamos, gandula! ¡Es hora de levantarse! Si no te das prisa, no podrás desayunar.

Rocío se desperezó, a pesar de que aún hubiese dormido unas cuantas horas más. Lo sucedido la noche anterior no se le iba de la cabeza, y temió que sus amigas pudiesen verlo en su cara. Enseguida se desvanecieron sus temores absurdos, cuando Alba le preguntó:

—¿Tardaste mucho en regresar? Nieves y yo ni siquiera nos enteramos, estábamos agotadas. Yo no me hubiese despertado ni con un alud de piedras.

Rocío bajó la vista, pero la levantó enseguida, tratando de disimular.

—No, qué va, sólo me di un refrescante baño en el ibón a la luz de la luna —rio al ver la cara de las dos— ¡Es broma!

No era el momento de contarles lo sucedido, porque era tan importante que necesitaba hacerlo con tranquilidad, y ahora tenían el tiempo justo para salir a toda prisa hacia sus respectivos puestos de trabajo.

—Hoy no nos da tiempo ni a desayunar — dijo Alba.

—Tampoco tengo demasiado apetito —respondió Rocío, mientras se vestía a toda prisa. Al recoger del suelo sus enaguas, tuvo buen cuidado en ocultar la pequeña mancha delatora, que se había secado y ahora arrugaba el algodón de la tela.

A los pocos minutos salían todas hacia sus destinos. Se separaron en la entrada del pabellón hidroterápico, donde Alba continuó hasta la puerta de servicio trasera.

—Hasta luego, Nieves —le dijo Rocío, cuyo rostro brillaba de un modo especial. El miedo y el aturdimiento habían dado paso a la excitación de sentirse una mujer locamente enamorada de un hombre especial y maravilloso, con el cual había sentido la inmensidad del amor.

—Nos vemos en la comida —respondió Nieves, sin imaginar que el cotidiano encuentro en el comedor no se iba a producir aquella mañana, porque todo se iba a torcer desastrosamente.

En cuanto Rocío entró en su despacho, el doctor, como de costumbre, ya estaba esperando.

—Llega usted dos minutos tarde, Rocío — dijo Prudencio Calderón—. Pero hoy se lo perdonaré, quizás no haya usted descansado debidamente.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de la joven al tiempo que le pareció que la sangre se le congelaba en las venas.

Como un relámpago, pasó por su mente la descabellada idea de que el doctor la hubiese seguido hasta el lago, y ese pensamiento disparatado le provocó ganas de vomitar.

Para confirmar sus temores, el doctor continuó hablando, y todo apuntaba a que sabía más de lo que debiera.

—¿Qué tal la cena en el comedor principal? Imagino que habrá notado usted el tremendo contraste con el comedor de segunda. Pero es malo acostumbrarse al lujo, señorita, luego no se puede prescindir de él y hace uno lo que sea para seguir disfrutándolo.

Las palabras del doctor, tan imprevistas como delatoras, provocaron que Rocío se tambalease un poco por la impresión que le produjo escucharlas, sintiéndose como en una de esas pesadillas de las que no se puede despertar.

Al darse cuenta de su indisposición, el Médico Director comprendió hasta qué punto tenía a la joven en sus manos.

—Siéntese, señorita, su noche, me temo, ha sido larga, y necesita descansar. Hoy hará usted un trabajo ligero, por mí no se preocupe, puedo ser muy comprensivo cuando me lo propongo.

Rocío obedeció. Se sentó delante de su máquina de escribir, deseando que llegase cuanto antes la hora de salir y reencontrarse con Tom, al que se abrazaría con tanta fuerza que nada en el mundo podría separarlos.

Hizo un esfuerzo por evitar pensar que aún le quedaba toda una jornada aguantando al doctor.

Berta se había levantado de muy mal humor aquella mañana.

Ni siquiera saludó a su padre, que leía la prensa que cada mañana dejaban en recepción para que los ilustres clientes permaneciesen informados de cuanto acontecía en el mundo exterior mientras disfrutaban de sus inolvidables días de descanso en Valdelagua.

—Madre, ¿voy a bajar a desayunar, o aún estoy castigada? —preguntó con el ceño fruncido y los brazos cruzados, en actitud desafiante.

En ese momento, el señor Casalduero levantó la vista del periódico.

—Virtudes, nuestra hija, ¿ha hecho algo inconveniente que yo deba saber?

Madre e hija sabían lo fácil que era manejar a ese hombre, tan hábil para los negocios, pero tan inútil para imponerse a su esposa, así que lo apartaron del asunto en cuestión de segundos:

—Nada que debas conocer, querido esposo, ya sabes que yo me ocupo de todas estas minucias. Bertita, a veces, se pone un poco pesada, y hay que saber decirle que no, por su bien. Eso es todo.

Doña Virtudes había despertado pensando en lo sucedido el día anterior.

El mal ya estaba hecho aunque, viéndolo desde otra perspectiva, comprendió que se ahorraba la incómoda situación de explicarle a Berta todo aquello con lo que las madres deben ilustrar a las hijas antes de su noche de bodas.

Se sonrojó al pensar en las clases aceleradas que recibió de su esposo, nada más casarse, para poder satisfacer sus deseos.

En esos momentos hubiese querido saber, para ahorrarse el estado de ansiedad en el que permaneció hasta que su confesor, quizás apiadándose de ella, quizás cansado de oír sus lamentaciones, le aseguró que lo que sucedía dentro del matrimonio estaba permitido, por muy escandaloso que a ella pudiera parecerle.

Definitivamente, estaba convencida de que los libros le habían ahorrado el rato más incómodo de su vida.

—Entonces, ¿me preparo para bajar a desayunar? ¿O debo permanecer toda la mañana leyendo la biblia? —insistió Berta, sarcástica.

Don Agustín Casalduero no pudo reprimir una sonrisilla irónica, que ocultó tras las páginas del diario. Su hija Berta estaba desarrollando un carácter que quizás les trajese complicaciones, pero, de momento, le resultaba incluso gracioso.

—Prepárate, anda. Y con las Salvatierra, haz como si nada hubiese pasado —le dijo doña Virtudes en un susurro, porque no le convenía despertar la curiosidad de su esposo, quien, ajeno a todo, continuaba empapándose de las métricas financieras, que era lo suyo.

Al cabo de un rato, los Casalduero caminaban por el pasillo del hotel, el matrimonio delante, Berta detrás, recuperando por momentos el optimismo, porque estaba deseando reencontrarse con las gemelas, segura de que sólo así le vendría la inspiración para devolverles la broma, pero multiplicada por dos, como ellas.

Fue después de desayunar cuando las jóvenes se encontraron en el paseo hacia las fuentes, tan frecuentado a esa hora de la mañana.

—Berta Casalduero, no esperábamos que recuperases tu vida social hoy mismo, tu mamá parecía tan enfadada…—dijo Felisa, simulando preocupación.

—No os preocupéis por mí, chicas, ya veis que no es tan fiero el león como lo pintan. A mi madre se le escapó la mano, pero nada más.

—Bueno, te castigó sin acudir al recital, que estuvo fantástico.

Berta reprimió la rabia, calmándose al anticipar la dulce venganza que, sin duda, habría de llegar.

—¡Y lo que te perdiste, aparte de la música!  —dijo Melisa, mirándola fijamente para suscitar su curiosidad, como así fue.

—¿Sucedió algo que yo deba saber?

—Bueno, lo de que Carlos Ribadeo se escapó de la actuación con una joven desconocida no es importante, ¿verdad, Felisa? Es mejor que le contemos lo otro.

La sorpresa fue tan grande e ingrata que Berta Casalduero se quedó con la boca abierta y balbuceó unos instantes antes de que las perversas gemelas se echasen a reír:

—Es broma, querida…en realidad eso no sucedió, pero como ese joven está tan cotizado, podría haber sido, ¿no te parece?

De nuevo, la idea cada vez más asentada de la futura venganza contra las Salvatierra ayudó a Berta a proseguir con la conversación sin sacarles los ojos a las gemelas, aunque se quedó con ganas. En su lugar dijo, aparentando la mayor indiferencia posible:

—Desconozco si está solicitado o no, y si lo está, mejor para él. Pero entonces, ¿qué pasó?

—¡No te lo vas a creer!

Y Melisa procedió a contarle lo sucedido con las tres empleadas del hotel, a las que habían sacado — casi a patadas, según ella— de la actuación en la que se habían colado, intentando hacerse pasar por damas, aunque la pobreza y falta de refinamiento de su apariencia no convencieron a nadie, por eso fueron rápidamente descubiertas y expulsadas.

—¿Y sabes quién era una de ellas? —preguntó Felisa a Berta.

—Pues no lo sé, ¿acaso he de saberlo?

—¡Pues claro! ¿Te acuerdas de la bañera, la de las pecas, con la que se paró a hablar Carlos Ribadeo en el paseo? ¡Era una de ellas! —reveló Felisa, con entusiasmo.

—Seguro que se colaron con la intención de buscar un amante entre los muchos caballeros asistentes. Esas mujeres pobres son así: libertinas, calculadoras y muy ambiciosas— matizó Melisa.