La casa de las aguas 1 Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Una completa suerte, querida, aunque hay lenguajes universales, los más íntimos, que no necesitan de la palabra para que dos seres se entiendan.

«¡Qué romántico!», pensó entonces Rocío, sin sospechar que, lejos de pretenderse poeta, el músico estaba preparando el terreno poco a poco.

Cuando vino la langosta, ella esperó unos instantes, en los que observó con atención cómo se las apañaba su acompañante para atacar ese plato con tanto adorno.

Ella lo imitó tomando la pala de pescado y el tenedor y manejándolos con sorprendente soltura, como si lo hubiese hecho toda la vida, o como si formase parte de una habilidad ancestral heredada.

A los postres, influenciada por todo lo que le estaba sucediendo, tan parecido a un sueño, Rocío se sintió una mujer poderosa, una triunfadora, una seductora irresistible, aunque ni siquiera conociese el significado de esa palabra.

Tom Porter no había parado de recordarle lo bella que era y, desde que comenzaron a tutearse, los halagos habían dado paso a insinuaciones concretas que le hacían experimentar el vértigo de una caída, mientras sentía la belleza del vacío inmenso a su alrededor.

—Vayamos fuera, hace una noche deliciosa —propuso el músico cuando terminaron de cenar, mientras la joven secretaria flotaba en una nube, sin poder creer del todo lo que le estaba sucediendo, tan maravilloso.

Le parecía un milagro que Tom Porter quisiera seguir disfrutando de su compañía y, a pesar de estos ramalazos de incredulidad, el absurdo convencimiento de que él estaba tan enamorado como ella comenzaba a cegar su sentido común.

Aturdida por la bebida y la falta de sueño, todo comenzó a adquirir un aura de irrealidad.

En esos momentos, en el comedor, el doctor y su esposa se levantaban de la mesa.

—Querida, deseo dar un paseo, para bajar la cena. Imagino que querrás ir a descansar.

—En efecto, Prudencio, ya son horas. Y tú deberías hacer lo mismo.

—No te inquietes, Piedita , que me doy un garbeo rápido y enseguida me reuniré contigo — dijo, mientras tomaba las manos de su esposa entre las suyas—. Creo que no es necesario que te acompañe.

Ella lo miró con la misma frialdad de siempre.

—No, ya sabes que no. Date prisa. —dijo ella, acostumbrada a las ausencias de ese esposo, cuyas infidelidades ya tenía asumidas como un mal irremediable.

Él asintió y se perdió entre las sombras de los árboles.

Mientras salían al exterior, el músico intentaba un acercamiento evidente del que Rocío no se percataba, como no lo hacía, tampoco, de las miradas contenidas de los camareros, esos compañeros con los que, a veces, coincidía en el comedor de empleados.

Embriagada por tantas sensaciones, sentía que nada había más allá de ese momento glorioso, después del cual todo lo demás no importaba.

Caminaron uno al lado del otro, en silencio, y Rocío temió que él pudiese oír los latidos desbocados de su corazón, pues no dejaba de ser una joven de humildes orígenes, paseando junto a un exitoso músico americano, tan apuesto que sólo mirarlo desataba en ella sensaciones nuevas, prometedoras de placeres hasta ahora desconocidos.

El poco champán que había bebido obraba el efecto de transformar la realidad: las farolas brillaban con una intensidad única, iluminando la abundante vegetación, las flores, la imponente fachada que, por efecto de la misma, creaba un juego de luces y sombras donde todo era posible, incluso que ella pudiese convertirse en una princesa.

De pronto, como en el cuento, los labios del príncipe se posaron sobre los suyos con exquisita dulzura y ella no los rechazó, nadie se imaginaría a la bella durmiente rechazando el beso que la sacaría de una eternidad en sombras.

Se dejó besar mientras él rodeaba su cuerpo con sus brazos poderosos.

Tenía los ojos cerrados y la sensación de estar en un sueño era cada vez más acusada.

Los labios besaban, mordisqueaban su boca con ansia, intentando llegar más allá, más profundo.

Y Rocío comenzó a reaccionar, su cuerpo sabía lo que quería, así que sus labios se sumaron al juego, mordisqueando también, buscando con ansias penetrar en los del otro.

Tom Porter se apartó de ella, la miró y sonriente, tomó su mano e hizo que lo siguiese, esta vez era el flautista de Hamelin, tocando la dulce melodía del deseo, ella atrapada entre las notas de tan hermosa composición.

—Vamos —dijo él, antes de tomarla por la cintura y besar de nuevo esa boca que ahora hizo del todo suya, introduciendo una lengua impaciente que sobresaltó a la joven, hasta que comprendió el juego, al que se unió. Fue en ese momento cuando supo que ya nada tenía vuelta atrás.

Abrazados, él la fue guiando poco a poco hasta donde quería llegar, la solitaria orilla del ibón.

Iba absorto en el deseo palpitante, imparable, ella envuelta en una locura de amor que le hizo perder la noción de la realidad, sin percatarse de que, arropado por las sombras, alguien los había seguido.

Tom Porter temió, de pronto, que ella se retractase, no sería la primera vez que una jovencita mojigata le dejaba con las ganas en el último momento.

Y eso sería terrible, porque él era un mujeriego empedernido, pero nunca, jamás, había forzado a una mujer.

Para evitar el desastre, decidió que tendría que encandilarla hasta que ella fuese incapaz de negarse.

—Eres una diosa, ¿lo sabías? Eres tan bella que me haces perder el sentido —dijo antes de besarla de nuevo con suavidad, mientras, con mucho cuidado, como si temiese que ella pudiese romperse, comenzó a acariciarla poco a poco, llegando cada vez más lejos, palpando con suavidad y pericia hasta que sus dedos, sin encontrar oposición, pero sí cierto sobresalto causado por la sorpresa, llegaron donde las caricias se convertían en deseo ardiente, en pura excitación.

—Esto es un sueño, Tom…estar aquí contigo es…

—No hablemos más, amor, porque todo lo que digamos se queda corto, me vuelves loco, sólo deseo sentirte, sentirte tan cerca como no puedes imaginar —dijo él, y prosiguió con el juego de esos dedos expertos hasta que ella fuese incapaz de negarle nada, logrando su sumisión completa.

Cuando la tuvo a su merced, la tumbó con suavidad sobre la hierba y reanudó el dulce besuqueo, al que ella correspondió, cada vez con mayor curiosidad, porque su cuerpo estaba experimentando un placer jamás antes sentido.

Sabía que lo que estaba sucediendo era algo grande, algo que la cambiaría para siempre, estaba conociendo el amor.

No era como lo había imaginado, pues siempre pensó que sería la consecuencia lógica de un noviazgo que culminaría en matrimonio, pero eran tantas las emociones, tantas las sensaciones nuevas, que lo único que le quedaba era dejarse llevar por la peligrosa corriente que ya la arrastraba.

No existía más que ese momento único, lo que estaba sucediendo era imparable, y lo deseaba tanto que no pensó en las consecuencias.

Al cabo de unos minutos ambos reposaban tumbados boca arriba sobre la hierba, todo había sucedido muy rápido y ya no había vuelta atrás.

—¿Te ha gustado? —le preguntó él.

Rocío, recuperada del hechizo del cuento de hadas, estaba temblando. Ahora sí, era consciente de lo que había entregado. Algo turbada miró a su alrededor, temerosa de que algún paseante insomne los hubiese visto. Como ella no respondía, Tom Porter se levantó.

—Vámonos, aquí hace fresco —le dijo, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.

Caminaron en silencio, Rocío dándole vueltas y más vueltas a lo que acababa de suceder, en el cambio irreversible que se había producido en su cuerpo, él, relajado y tranquilo, mirándola de cuando en cuando con una sonrisa difícil de interpretar. De pronto le pasó un brazo por encima del hombro.

—¿Te acompaño al pabellón?

Ella sonrió débilmente.

—Si es lo que deseas…

—Pues claro que lo deseo, bella mía —respondió Tom Porter con su encantadora sonrisa, que así continuaba pareciéndoselo a Rocío a pesar de que, con lo sucedido, la magia de ese encantamiento que flotaba en el aire minutos antes parecía haberse esfumado.

Enseguida llegaron al edificio donde se alojaban los empleados. Se pararon ante la puerta.

—Que pases buena noche, Rocío, espero que sueñes conmigo —dijo él sin dejar de sonreír, mientras le besaba la mano, a pesar de que momentos antes habían compartido toda la intimidad posible.

Se fue, con las manos en los bolsillos y el andar ligero, mientras Rocío contemplaba cómo se alejaba hacia ninguna parte.

Intentó poner en orden los acontecimientos de la noche, pero eran tantos, tan intensos, tan importantes, que todo giraba en su cabeza produciéndole una especie de vértigo.

De pronto se vio allí sola, en medio de la noche, y se sintió extrañamente desamparada.

Pero enseguida se recompuso, segura de que él la amaba.

Tenía a Tom Porter por un hombre de honor, que sólo permitiría que una joven le entregase su virginidad si estaba convencido de que ella iba a ser la mujer de su vida.

Subió al cuartito que compartía con Alba y Nieves.

Ellas dormían tan profundamente que no se despertaron cuando entró.

Se quitó el vestido y, al caer su enagua al suelo, vio la mancha del color de una fresa madura rompiendo la blancura impoluta del algodón.

Temblando, se metió en la cama, mientras pensaba que su vida acababa de cambiar para siempre.

Tom Porter, su sonrisa y su aplastante masculinidad ocuparon sus últimos pensamientos antes de caer rendida por el cansancio y las emociones.