La casa de las aguas 1 Capítulo 21
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Capítulo 21

Lo que nadie les podría prohibir nunca era pasear por la orilla del lago, así que, cogidas del brazo, caminaron en silencio hasta allí. La noche era estrellada, y en la superficie del ibón se miraba la luna, cuyo reflejo temblaba sobre la rugosidad del agua.

Se sentaron en la hierba, sin importarles las manchas de verdín que podrían estropear sus vestidos de señoritingas impostoras, que pocas ocasiones tendrían para lucir.

—Ha sido bochornoso —dijo al fin Rocío.

—Para mí, lo peor es que haya salido en nuestra defensa doña Isabel. Ya os comenté que es una persona de fiar, pero detesto que me haya visto en esa situación.

—Bueno, al menos tenemos el consuelo de que el salón de fiestas estaba en penumbra, por lo que la humillación sufrida ha sido mínima.

Nieves casi tuvo ganas de sonreír, pero las palabras de Rocío devolvieron la seriedad a su semblante.

—Perdonadme, amigas, os he podido meter en un buen lío —dijo la joven, rompiendo a llorar. Las otras dos la arroparon con argumentos indulgentes.

—No ha pasado nada, sólo se ha quedado en un susto, que ha de valernos para que aprendamos cual es, definitivamente, nuestro lugar —añadió Alba.

—Tenía tantas ganas de asistir, lo había imaginado tantas veces…— dijo Rocío antes de soltar un profundo suspiro, evitando hablarles a sus amigas del músico, que era el motivo fundamental de toda esa locura.

—Estoy muerta de sueño —Alba bostezó y se dejó caer sobre la hierba.

—Yo también. Pero, ¿sabéis qué es lo peor?  —cuando supo que tenía la atención de sus dos amigas, Nieves continuó —Ya podemos dormir deprisa, porque mañana tenemos que madrugar, como siempre.

Alba soltó una risita.

—¿Cómo se hace eso de dormir deprisa? ¿Soñando que corres, o qué?

Esta vez las tres rieron.

—Vámonos. Mañana será otro día en el que comenzaremos de nuevo, como una hoja en blanco. Espero que no terminemos con los tachones de hoy —dijo Nieves poniéndose en pie, mientras Alba y Rocío la imitaban.

Regresaron al pabellón de empleados con andares pausados, a Alba y a Nieves el cansancio se les hacía ya insoportable.

Rocío, sin embargo, no se daba por vencida.

Algo le decía que no debía despojarse aún de ese vestido, humilde pero hermoso, porque en el momento en que se metiese entre las sábanas, las doce campanadas sonarían, y el sueño habría terminado para siempre. Y ella quería seguir soñando.

Subieron a la planta donde estaban los dormitorios. Las tres compartían el mismo desde la primera temporada, circunstancia esta propiciada por el orden alfabético en el que eran adjudicados los alojamientos.

—Chicas, yo no tengo sueño —dijo Rocío nada más entrar—. El susto ha sido tan grande que tengo los nervios a flor de piel. Ahora soy incapaz de dormirme, dentro de un rato, quizás, pero no ahora, así que me bajo a tomar el fresco.

Alba y Nieves no hicieron intención de seguirla, estaban agotadas, así que se limitaron a asentir mientras se despojaban de sus vestidos. En un par de minutos estaban acurrucadas entre las sábanas, donde cayeron enseguida en un sueño profundo.

Rocío paseó despacio hasta el paseo arbolado del hotel, llevada por sus pies, como si estos supiesen algo que ella desconocía.

Tenía hambre y estaba muy cansada, pero miró al cielo, plagado de estrellas, y su corazón se aceleró.

Decidió sentarse en un banco, donde el airecillo fresco de la noche le traía sensaciones hermosas, emociones que nunca había experimentado, pero que sentía con tanta fuerza como si ya las hubiese vivido.

Cerró los ojos unos segundos, y a punto de caer rendida por el sueño, una voz le hizo abrirlos.

—Señorita, espero que el recital haya sido de su agrado.

Allí estaba el motivo por el que no había dormido en dos noches y por el que tanto había arriesgado. Las emociones cayeron sobre ella como lluvia fina sobre la tierra seca.

—Señor Porter…

—El mismo —sonrió el apuesto americano, mientras pensaba que esa cara tan hermosa ya la había visto momentos antes de que comenzase el espectáculo, y quizás en otra ocasión, pero no recordaba cuándo.

Rocío sentía la intensidad con la que él la miraba, y lo interpretó como la confirmación del flechazo que había surgido desde su primer encuentro. Se reafirmó en la idea de que era el hombre más guapo que había visto nunca.

—Entonces, ¿le ha gustado el concierto de ragtime ?

—¡Oh, sí, muchísimo!

—Me alegro, porque he pasado todo el recital pensando en usted. De hecho, he tocado para usted —dijo Tom Porter, creyendo recordar ahora que esa joven le había dicho su nombre en una ocasión, sin que su memoria fuese capaz de recuperarlo cuando más lo necesitaba.

La secretaria creyó que el corazón dejaría de latirle de un momento a otro.

Pensó si no se habría quedado dormida y toda esa conversación no era más que un maravilloso sueño.

Pero la brisa de la noche erizó el vello de sus brazos, y eso le hizo comprender que todo era tan real como el frescor, ahora excesivo, que le hizo abrazarse.

—¿Tiene usted frío?  Acompáñeme dentro —dijo Tom Porter, tendiéndole la mano, mientras una sonrisa de dientes níveos le decía que negarse no le estaba permitido.

A pesar de lo sucedido poco antes, a pesar de que había experimentado lo que significaba saltarse las normas no escritas que regían la sociedad, la joven tomó la mano del músico y se levantó.

—Aún no he cenado, y no sabe lo que desgasta un recital. Me sentiría muy feliz si me acompañase.

Rocío, de nuevo, se sintió incapaz de negarse, como si la mirada de ese hombre tuviese el poder  de secuestrar su voluntad.

Así que, del brazo de Tom Porter, se dirigió al comedor, esta vez al de primera.

Se detuvo en seco antes de entrar, pero su sorpresa fue enorme cuando el maître , al que conocía de verlo por los pasillos, inclinó la cabeza a modo de saludo antes de guiarlos hacia una mesa pequeña situada en una de las esquinas más íntimas del comedor.

No reparó en la presencia del doctor Calderón.

Él sí la había visto entrar, y sus ojos la siguieron sin pestañear, a pesar de la presencia de su esposa.

—¿No es esa tu secretaria, Prudencio?

Él asintió con un monosílabo.

—Y, ¿puede saberse qué hace aquí? No me gusta nada esa chica, creo que es de las facilonas, lo cual es un peligro para ti.

— Piedita , tengamos la fiesta en paz. Disfruta de la cena, ¿de acuerdo?

Y Piedita calló, porque sabía que con  Prudencio era mejor no discutir.

De inmediato, dos camareros se acercaron a la mesa donde se sentaban el músico y la secretaria.

—Desearíamos tomar langosta Bella Vista y ternera Financier. ¿Le gusta la elección?

La joven desconocía por completo lo que esas elaboraciones le añadían al marisco y a la carne, pero no estaba en condiciones de escoger. Aun no podía creer que estuviese en el gran comedor, frente a Tom Porter, el hombre cuyo rostro llevaba tres días, con sus noches, acompañándola a donde fuese.

—Y tráiganos un espumoso francés —añadió él.

Cuando el camarero regresó con la bebida, le acompañaba otro que portaba un candelabro pequeño, en el que encendió una vela que llenó la mesa de una magia especial, la de la luz oscilante e íntima.

—Yo…no sé si debería… —se resistió Rocío a llevarse la copa a los labios— No estoy acostumbrada.

—Por favor, brindemos por este encuentro que, estoy seguro, es cosa del destino —insistió él.

Las palabras del galán sonaron como música celestial en los oídos de una joven ingenua, convencida de que la locura que se había apoderado de ella era sentida, de igual modo, por el hombre con el que se disponía a brindar.

Acercaron sus copas y bebieron, él entornando los ojos mientras contemplaba la belleza de esos rasgos femeninos que miraban el mundo con curiosidad, ella saboreando por vez primera el champán que los huéspedes consumían con tanta asiduidad como el agua mineral del balneario.

Verla así, exteriorizando con tanta inocencia cada nuevo descubrimiento, enardeció el deseo del músico, al imaginarla descubriendo también el placer del amor por vez primera.

—Me gustaría conocerla un poco más, usted ya sabe a qué me dedico, pero yo lo desconozco todo.

—Soy la secretaria del Médico Director, ya se lo comenté — dijo Rocío, sin ocultar el orgullo que su puesto le producía.

—Sí, cierto —respondió el músico, acostumbrado a lidiar con situaciones comprometidas—, lo recuerdo, querida, pero quisiera que me hablase un poco más de su trabajo.

—Me gusta mucho lo que hago, nunca pensé que llegaría a tener un empleo así en el balneario — dijo la joven, dándole otro traguito al vino espumoso, que le estaba gustando más de lo que hubiese supuesto, mientras el señor Porter pensaba en el aburrimiento mortal que le depararía semejante trabajo a alguien tan creativo como él.

En ese momento se le ocurrió la forma de recordar cómo se llamaba sin que ella supiese que lo había olvidado por completo.

—Por cierto, me gusta mucho su nombre, le va muy bien.

—¿Rocío? —preguntó ella, sonriente— Bueno, no es frecuente por aquí.

«Rocío, Rocío», repitió Tom Porter una y otra vez, para que no se le olvidase de nuevo.

—Pero dígame, ¿cómo es que siendo usted americano habla tan correctamente mi idioma?

El señor Porter sonrió, y Rocío miró, embelesada, su boca. Creyó ser víctima de un hechizo o de algo parecido, porque deseó lanzarse sobre ese hombre y mordisquear esos labios con suavidad, rozarlos, acariciarlos con su lengua. Él era una religión nueva, desconocida, tan poderosa como prohibida.

—Antes de contestarle, le rogaría que me llamase Tom a secas y, si no tiene inconveniente, me gustaría tutearla. Estar delante de tanta belleza, pero verme separado de usted por tanta corrección, se me hace ciertamente incómodo.

Rocío se sonrojó y asintió.

—Soy americano, en efecto, pero mi madre nació en la isla de Cuba, y vivió allí hasta que se casó. Con ella siempre he hablado la lengua de los colonos, el español.

— Pues es una suerte —respondió la secretaria— el que podamos entendernos.