Capítulo 20 #3
—Señora Beaumont— se levantó el hombre, e hizo una pequeña reverencia a modo de saludo.
—Buenas noches, don Ignacio. Perdone la interrupción y lo que quizás considere una intromisión en el trabajo que, con tanto acierto, realiza usted, pero he considerado que debía venir cuanto antes, porque no desearía que, por mi culpa, se tomasen medidas expeditivas que, por lo precipitado, pudiesen resultar injustas.
El director no entendía nada, porque cuando la señora de Arístegui irrumpió en su despacho apenas había tenido tiempo de interrogar a las empleadas.
Carraspeó, un poco nervioso, pues nada le molestaba tanto como las situaciones fuera de su control en el establecimiento que con tanto orgullo dirigía.
—Pues dígame, señora, la escucho con sumo gusto.
—Si no me equivoco, el subdirector ha sacado a estas tres jóvenes del salón y las ha traído a su despacho, ¿cierto?
—Así es, señora: las empleadas estaban sentadas en la tercera fila de la sala de actuaciones, pero el motivo de tal atrevimiento aún lo desconozco.
—Pues mire por dónde, yo se lo puedo aclarar, si no tiene inconveniente: las jóvenes han sido invitadas por el señor Tom Porter, yo misma fui testigo de esa conversación, casualmente, por lo que imagino que ese es el motivo por el que ellas acudieron.
—Señora Beaumont, con independencia de la invitación cursada por el señor Porter, las señoritas, aquí presentes, deberían haberla declinado con rotundidad, alegando que la asistencia al salón de fiestas es incompatible con su condición de empleadas del hotel.
—Y tiene usted razón, don Ignacio. Pero estoy aquí para que sepa que sus empleadas no han actuado con descaro, ni les ha movido el deseo de infringir las normas, estoy segura de ello.
Tan sólo les ha movido la ilusión, son jóvenes, seamos benévolos.
Alba es mi camarera de habitación —la chica estaba tan asustada que no reaccionó al oír su nombre— y le garantizo que no puede haber, en todo el hotel, una persona más correcta, trabajadora y eficiente que ella.
—Gracias por su aportación, doña Isabel. En fin, no es mi deseo desconfiar de su palabra, la cual es incuestionable, por lo que dejaremos este espinoso asunto en una amonestación, con la esperanza de que estas mujeres aprendan la lección y piensen antes de actuar impulsivamente.
—Señor, si me permite —intervino Rocío, que se sentía responsable por haber insistido en acudir al recital— mis compañeras eran totalmente reacias a esta locura, y sólo lo han hecho coaccionadas por mí, que he insistido más de la cuenta, abusando de la amistad que a ellas me une.
Don Ignacio tenía años a sus espaldas dirigiendo, temporada tras temporada, el Gran Hotel Valdelagua.
Su trabajo consistía en que todo funcionase con tanta perfección como la maquinaria de un reloj suizo, pero también era parte importante del mismo escuchar a los clientes.
Esta faceta de su cargo le había permitido comprobar que, por muy adinerados que fuesen algunos de ellos, carecían de valores como la educación y el respeto, e iban sobrados de cinismo y soberbia.
Por eso le conmovió el gesto de esa empleada defendiendo a sus compañeras, un derroche de nobleza, tan escasa entre los centenares de seres que abarrotaban las habitaciones.
El hombre no manifestó ninguna emoción, estaba tan encorsetado en su papel de director que nunca se apartaba del guion. Pero resolvió de inmediato:
—Señoritas, no quiero ni saber sus nombres. Por esta vez, dejaremos el asunto en una simple torpeza por su parte, pero deben saber que un nuevo error pondrá en serio peligro su continuidad en el hotel. Agradezcan a doña Isabel su oportuna intervención. Pueden retirarse.
Se levantaron, cabizbajas y derrotadas. Isabel Beaumont, en pie, contempló su salida del despacho, una tras otra, cediéndose el paso con amabilidad.
Le enterneció el aire desvalido con el que caminaron hacia la puerta, ataviadas con ese intento, realmente acertado, de encajar con el resto de jovencitas que habían acudido al recital.
Sin duda habían demostrado tener más gusto y elegancia que muchas de ellas, pero les faltaba, para poder competir, el dinero de unos padres millonarios.
En cuanto se fueron, Isabel se volvió al director.
—Gracias, don Ignacio. Si me permite que se lo diga, creo que ha hecho usted lo correcto, créame.
El director la miró a los ojos durante unos segundos, y ella comprendió que estaban en la misma sintonía. Sin embargo, el hombre tan sólo le dijo:
—Gracias, señora. Es inusual que una clienta del hotel dé la cara por una empleada. Me alegro de constatar que el servicio de habitaciones es de su completa satisfacción.
—En efecto, don Ignacio, mejor atendidos no podemos estar —dijo la dama antes de salir del despacho con la intención de regresar al salón de fiestas antes de que Gaspar se preguntase dónde estaba.
De vuelta, Isabel fue pensando en la vida, en las personas, en las decepciones que nos llevamos y en lo complicado que es, a veces, lo que podría ser tan sencillo.