Capítulo 20 #2
Doña Francisquita Latour, sentada al lado de doña Anita de Ansótegui y Valdés, reparó de inmediato en la joven que descendía del escenario y, escandalizada, se preguntó qué hacía la bañera, sospechosa de propasarse con las clientas, acudiendo a un recital exclusivo para huéspedes.
«Las sufragistas y sus ideas acabarán con el mundo», pensó antes de volverse a cuchichear con doña Anita quien, alarmada, giró la cabeza hacia atrás.
Allí estaba doña Caridad Martínez de la Vera, la cual, advertida ya por doña Anita de las perversas aficiones de la bañera, le susurró algo a su esposo.
El hombre chasqueó la lengua, se removió un poco en el asiento y continuó como si no hubiese oído nada.
Doña Caridad, desesperada, miró hacia atrás, donde pudo localizar a su buena amiga Ágata del Pulgar, a quien hizo una seña que ella comprendió a la perfección, pues se levantaron de sus sillas y, pidiendo disculpas por la incomodidad que causaban al resto de espectadores, llegaron al pasillo, donde se juntaron para salir por la puerta principal cogidas del brazo.
En cuanto estuvieron fuera, Doña Caridad, algo sofocada, le dijo a su amiga:
—¡No sé a dónde vamos a llegar! ¿Puedes creer que he visto a esa tal Nieves, la bañera de la que te hablé, sentada en el salón?
—Y eso, ¿cómo es posible?
—Lo desconozco, pero si en este establecimiento de lujo quieren hacer las cosas a derechas, deberían comenzar por no permitir que empleados y clientes disfruten de sus ratos de ocio juntos. Me parece una relajación excesiva de las normas y costumbres.
—¡Por supuesto! ¿Dónde se ha visto algo así? Vayamos de inmediato a poner una queja al director, aunque nos perdamos media actuación. Total, esa música moderna no me está gustando nada, donde esté un buen vals…
Del brazo se dirigieron hacia la recepción del hotel.
Sólo habían pasado quince minutos desde que el espectáculo diera comienzo cuando el adjunto al director, caminando a toda prisa por el pasillo lateral del salón de fiestas, llegó hasta el extremo de la tercera fila, donde fue testigo de cómo tres empleadas del hotel —las conocía perfectamente— contemplaban embelesadas la actuación, vestidas de una manera impropia de su condición y mezcladas, como si tuviesen derecho a ello, con los ilustres huéspedes.
Aquello era intolerable. Conteniendo la furia que le provocaba la insensatez de las jóvenes que, por cierto, le habían puesto en un buen compromiso delante del director, se acercó a la primera de ellas, a quien susurró algo al oído.
Esta, a su vez, transmitió el mensaje a las otras dos, y de inmediato, las tres se levantaron de sus asientos para seguir, cabizbajas, al subdirector quien, derecho como una vela y con la cabeza muy alta, abandonaba el lugar transmitiendo la sensación de haber solucionado un catastrófico error.
Fernanda, atenta al espectáculo, ni siquiera se percató de lo sucedido. Y aunque lo hubiese hecho, la oscuridad del pasillo lateral le hubiese impedido escrutar el rostro de las jóvenes.
Isabel Beaumont sí se dio cuenta, al igual que doña Anita de Ansótegui y doña Francisquita.
Ellas se apoltronaron en sus asientos, tranquilas al comprender que, en ese hotel tan carísimo, los descuidos eran corregidos de inmediato, mientras Isabel contemplaba la escena apenada.
Nacer a uno u otro lado de la frontera social marcaba la diferencia, y se sintió afortunada y, al mismo tiempo, miserable.
Y la única forma de aliviar su malestar era intercediendo por ellas.
La idea pasó por su cabeza a la velocidad de un relámpago, sin darle tiempo a calibrar las consecuencias.
Sin pensarlo dos veces, se volvió hacia Gaspar, «discúlpame un momento», le dijo antes de levantarse y salir por el mismo pasillo que tanto tráfico tenía esa noche.
A toda prisa se dirigió a la recepción, también ella en busca del director.
Salió a su encuentro el recepcionista de guardia.
—¿Puedo ayudarla, señora?
—Quiero ver al director, si es tan amable de llamarlo.
—Creo que en estos momentos no va a ser posible, está ocupado.
Isabel insistió.
—¿Podría decirme si está en su despacho? No se lo pediría si no fuese algo urgente —dijo Isabel, mirándole con esos bonitos ojos que captaban la atención completa de quien se reflejaba en ellos. El recepcionista no pudo negarse.
—En efecto, señora, está en su despacho, pero la atenderá en un rato, porque ahora está reunido.
—Por favor, debo verlo de inmediato, se ha producido un malentendido que tengo que resolver en seguida, pues yo estoy implicada en el asunto que están tratando.
El recepcionista dudó, pero el argumento de la dama era de peso, así que asintió.
—En ese caso, la acompañaré, señora —dijo levantando el mostrador batiente, del que salió para guiar a doña Isabel Beaumont.
Cuando llegaron al despacho, el hombre llamó con los nudillos antes de abrir la puerta.
—Señor, la señora de Arístegui está aquí, dice que debe verle de inmediato por el asunto que le ocupa a usted en este momento —explicó a toda prisa el recepcionista, antes de que le cayese la bronca por interrumpir.
Al director, lógicamente, no le quedó más remedio que asentir, e Isabel entró, escoltada por las caras de sorpresa de Alba, Nieves y Rocío.