La casa de las aguas 1 Capítulo 20
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Capítulo 20

Al fin, después de dos días de insomnio y preparativos, había llegado la hora que con tanta ilusión esperaban, Rocío en especial.

Vestidas para la ocasión, peinadas con esmero y oliendo a la frescura del jabón de tocador como sustituto del perfume del que carecían, las tres empleadas caminaron cogidas del brazo por el paseo arbolado que recorría la fachada principal del Gran Hotel, aunque según se iban acercando al edificio, la indecisión comenzó a menoscabar su confianza.

—Entraremos por la zona de servicio, desde luego —dijo Alba sin esperar respuesta de sus compañeras, pues hacerlo por la principal les resultaba impensable.

Para ello, debieron dar la vuelta a todo el edificio.

Subieron las escalinatas de piedra y entraron en esa parte que Alba conocía bien, pues era un pequeño zaguán desde donde se accedía a una de las escaleras de servicio.

Desde allí se salía al patio interior que comunicaba la escalera de honor con el amplio rellano del salón de fiestas.

A partir de ahí todo eran dudas, porque comenzaban a sentirse como impostoras, ocupando un espacio que no les pertenecía.

—Debemos actuar con naturalidad —dijo entonces Rocío para tranquilizarlas—. Si mostramos dudas, llamaremos la atención.

—Yo me estoy arrepintiendo a cada minuto que pasa, chicas —añadió Nieves —. Los clientes nos conocen, y se preguntarán qué pintamos en el espectáculo.

—Creo que será mejor que esperemos fuera, en la puerta que comunica con el escenario. Tom Porter entrará por allí y nos verá —sugirió Rocío, al ver que sus compañeras se estaban desinflando. No podía permitirlo, porque llevaba dos días soñando con el momento de acudir a la actuación.

—Pero, ¿y si se ha olvidado de que nos invitó al recital? Sólo con pensarlo me muero de vergüenza, plantadas allí como tres papanatas mientras el músico se pregunta quienes somos — dijo Nieves, la más reacia a proseguir con la aventura.

—Pues si no nos conoce, nos damos la media vuelta y asunto concluido —respondió Rocío, segurísima de que Tom Porter había sido incapaz de olvidarse de ella en esos dos días.

—Bueno, visto así… Pero es mejor que vayamos a la puerta del escenario, para que no haya testigos de nuestra humillación —propuso Alba, quien, contagiada por el pesimismo de Nieves, cada vez tenía menos esperanzas de que aquello concluyese con éxito.

—Vamos de una vez —apremió Rocío, tirando de ellas—. ¡No os creía tan cobardes! Pensad, ¿qué es lo peor que puede pasar?

—¿Lo peor? Que la gobernanta me llame a su despacho y me pida explicaciones acerca de qué hacía una de sus camareras de habitaciones, vestida de quiero y no puedo, entrando en el espectáculo. ¡Y ya me diréis qué excusa puedo poner!

—¿Me vais a dejar tirada ahora? ¿En serio? —dijo Rocío —. No hemos dormido, y la falta de sueño os está pasando factura. Pero en cuanto estemos en el concierto, el ritmo ragtime os quitará el cansancio y ese abatimiento que os lo hace ver todo negro.

—Venga, vamos — dijo Nieves—, terminemos de una vez con esto, para bien o para mal.

Se fueron las tres hasta la puerta por donde los artistas y ayudantes accedían al escenario, y esperaron allí.

Por suerte, pasaba poca gente, pues los huéspedes del hotel entraban por la puerta principal del recinto, y ya estaban ocupando sus asientos para la actuación.

Permanecieron en silencio, nerviosas, apoyadas en la pared mientras esperaban la llegada del músico.

Un hombre, que sin duda formaba parte del séquito que Tom Porter traía consigo, entró por la puerta del escenario sin mirarlas. Rocío hubiera querido preguntarle por el cantante, pero no se atrevió.

Las esperanzas eran cada vez más débiles cuando, de pronto, vieron venir al músico desde el fondo del patio.

—¡Ya está ahí, chicas! —susurró Rocío, cuyas manos habían comenzado a temblar, más por el miedo al rechazo que por la emoción.

El hombre se acercaba cada vez más, pero en su gesto sólo había indiferencia, estaba claro que no las reconocía.

De pronto, Rocío, sin pensarlo, sonrió y avanzó un paso, con visible indecisión.

En un primer momento, Tom Porter pareció molesto, pero enseguida enfrentó la bella mirada de la secretaria y, al fin, sonrió.

—¿Nos recuerda, señor Porter? —dijo Rocío, señalando a Alba.

El músico dudó unos segundos, como si las hubiese olvidado, pero la rápida intervención de Rocío le hizo reaccionar.

—Nos encontramos aquí hace dos días, y tuvo la amabilidad de invitarnos a su concierto.

Tom Porter, de nuevo, expresó sorpresa durante un tiempo ínfimo, pero enseguida se recompuso.

—Claro, señoritas, cómo no, están ustedes invitadas. ¡Pasen, por favor!

Para su sorpresa, les hizo una seña para que le precediesen.

Así lo hicieron, por lo que subieron al escenario, aún cerrada la cortina del mismo.

Pero para bajar al salón, la única forma de hacerlo era por las escalerillas laterales.

Apartando el telón para pasar, Rocío contempló, aterrada, los cientos de ojos que la verían descender las escaleras.

La misma pavorosa sensación tuvo Nieves.

Y Alba, la última en salir, a punto estuvo de tropezar en uno de los peldaños, a causa de los nervios.

El doctor Calderón se quedó pasmado al ver que su secretaria tomaba asiento en una de las sillas de la tercera fila, seguida por otras dos jóvenes, una de las cuales trabajaba en el pabellón de hidroterapia, estaba seguro, un rostro bonito nunca se le escapaba.

Rocío, pensó, estaba bellísima, parecía una damita de las muchas que abarrotaban el salón de espectáculos.

Sonrió ladino, convencido de que estaba perdiendo el tiempo mientras se decidía y no: esa bella joven estaba a sus órdenes, y ya era hora de que se sometiese a él sin reservas.

Isabel Beaumont también fue testigo del descenso de las tres chicas desde el escenario, y sonrió complacida.

Estaban guapísimas, nadie diría que eran unas simples empleadas.

Se alegró mucho de que su sueño de acudir al recital se hubiese hecho realidad, y se sintió orgullosa de haber contribuido a ello.

Pensando en las jóvenes se le hacía un poco más llevadera la presencia de Gaspar a su lado, quien esperaba el comienzo del concierto abstraído en sus problemas, como le sucedía últimamente.

La escena que presenció esa misma mañana ocupaba todo el pensamiento de Isabel, sumiéndola en un mar tenebroso de aguas profundas y agitadas, donde creía ahogarse.

Las gemelas Salvatierra reconocieron de inmediato a la joven bañera, objeto de las atenciones de Carlos Ribadeo, y de la que Berta estaba tan celosa.

Una lástima, pensaron, que estuviese recluida en su habitación y se perdiese el espectáculo, no el que iba a dar Tom Porter con sus músicos, sino el que estaban dando esas tres empleadas del hotel, presentándose allí, en un lugar que no les correspondía, disfrazadas de damas.

Doña Amalia y Fernanda acudían todos los días al salón de fiestas, porque el propósito principal de su estancia en el Gran Hotel no era obstáculo para que disfrutasen de las instalaciones balnearias y los entretenimientos que, cada noche, se ofrecían a los huéspedes, pretendiendo hacer de Valdelagua el mejor lugar para el turismo hidrotermal.

En el momento en que las chicas descendían las escaleras, doña Amalia, con la vista en el interior de su bolsito, buscaba el abanico.

Fue Fernanda quien, llevada por el movimiento inusual en el escenario antes de abrirse el telón, miró hacia las escalerillas.

El corazón se le detuvo al posarse un instante en uno de los rostros de las jóvenes, pues durante ese segundo, se sintió transportada en el espacio y en el tiempo al palacete de los condes de Valcerrado, donde tantas veces viera a María Cristina descendiendo la escalinata de su casa.

Cuando quiso reaccionar, todo había quedado en una impresión, en el escenario ya nada se movía, y la joven se había esfumado como si se tratase de un espejismo.

La doncella de doña Amalia permaneció confusa unos segundos, intentando esclarecer qué parte de la realidad había sido contaminada por su imaginación.

De pronto, las luces de las lámparas de araña se apagaron mientras el telón se abría, quedando el salón iluminado por las luces escénicas.

El director de espectáculos presentó a la compañía de Tom Porter y el ritmo, tan novedoso, del ragtime , inundó el salón de fiestas, las notas musicales transformando el aire en una vibración llena de una energía alegre y contagiosa.

Fernanda se guardó de contarle a doña Amalia lo sucedido.

Sin embargo, algo se había despertado en su interior.

Su intuición le decía que aquella extraña sensación era algo importante que no terminaría allí.

Por eso mismo calló, pues, al menos de momento, era lo más prudente.

Supo que, desde ese instante, no debía bajar la guardia ni un segundo.